El hueso del amor - Patricia Suárez

De todo el osario que son tus recuerdos
hay un hueso sin nombre que es el amor.
Algunos lo ubican entremedio de una costilla flotante
pero depende del cuerpo; puede estar en el pie,
o en el final del sacro,
eso que antes de ser quienes somos
era nuestros rabos.
Los anatomistas están desconcertados;
un médido palpa tu pecho, halla tu corazón intacto,
y diagnostica: El hueso del amor no está para nada
sano. Hace un garabato, es una receta:
un tónico, una pócima, un algo.
¿Hago ejercicio, salto la comba,
lagartijas todas las mañanas,
eso que se llama crosfit,
saltos de rana, estocadas, sentadillas,
la maratón del municipio,
me tiro al fin y al cabo por la ventana?

De todo el esqueleto que se levanta día a día
y empieza la jornada, primero duelen los dientes
y después la espalda; el hueso del amor
se astilla seguramente, te raspa,
a veces estás seguro de que careces de él
y de pronto cuando llegas a tu casa
el perro te salta a la cara o tu esposa
se abalanza.
Puede que tus hijos te dirijan una mirada.
Nada excesivo, nada concreto, pero la certeza
del hueso del amor avanza y a la noche cruje
(a esa hora que sólo los que hablamos español, sabemos,
la madrugada), se ablanda, pierde toda su consistencia
como una medusa en agua salada y hace lo que debe hacer
desde la creación o desde la charca,

se estremece, respira y ama. 

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