jueves, 11 de enero de 2018

Un Rothko en casa esquina - Por Patricia Suarez

Me alivió saber que los museos de Houston, Texas, no habían sufrido grandes daños con el Huracán Harvey. Un año atrás visité la Rothko Chapel, en las inmediaciones del Museo Menill. Estaba de paseo y me recomendaron conocerla como un lugar de paz. Yo había visto trabajos de Mark Rothko, reproducciones casi todas, y aunque no entiendo de arte abstracto, la sumatoria de colores, cuadrados con franjas anchas y franjas estrechas, en lugar de producirme rechazo, me atrajo. Cada color tiene un impacto emocional sobre nosotros y este impacto emocional está fuera de nuestro control y de nuestros conocimientos del arte.

La capilla fue proyectada y pagada por los Menill, millonarios filántropos. La construcción fue terminada en 1971. El edificio tiene forma octogonal y visto a cierta distancia semeja un fuerte; en medio de un estanque se yergue el monumento de Barnett Newman en homenaje a Martin Luther King, Obelisco trunco. Tal cual lo indica el nombre, es un obelisco roto hacia el cielo, haciendo ver de esta manera que la lucha por los derechos civiles está sin terminar. O mejor: que se trata de una lucha que no tiene final. Mark Rothko fue comisionado para pintar catorce cuadros que colgarían dentro. Se trata de telas donde los colores son el acero, el negro en sus diversas tonalidades y el violeta.
Estos colores habrían de incitar a la introspección y a la meditación.
Apenas entrar allí uno comprende que es un espacio de respeto, iluminado con luces blancas y tenues. El único mobiliario de la Rothko Chapel son bancos como los de cualquier templo, largos y dispuestos hacia el norte y hacia el sur. También hay un gran espacio vacío donde debería haber un atrio según la arquitectura tradicional de una iglesia. En ese espacio, algunas personas se sientan sobre almohadones o alfombras en posición de loto, a meditar. La atmósfera es silenciosa y los practicantes están allí comunicándose con la divinidad propia, le llame cada uno como le llame. Algunos están de rodillas, otros de pie, alguna gente ora apenas moviendo los labios, otra reza el rosario. Dios es uno para todos, es el mismo, y es bueno.
El sentido de la Rothko Chapel fue unir a todas las religiones en un espacio común: todos podemos compartir nuestra vida espiritual, aunque cada uno lo haga a su modo. Al fin de cuentas todos pedimos lo mismo: paz para la humanidad.
No soy una persona religiosa pero me bastó acercarme a los cuadros y contemplarlos en silencio un buen rato. De pronto, los negros no eran tan negros y los violáceos tenían destellos de luz. Acaso sea esto la eternidad.

El tiempo se pasó sin que yo lo notara y hubiera podido quedarme allí horas, simplemente sentada; de pronto este viaje me había dado un regalo: la paz. Me fui pensando en cuánto bien haría al mundo que hubiera una Rothko Chapel en cada esquina, en cada puerto, adonde calmar la locura del diario vivir. 

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