NINA, monólogo inspirado en La Gaviota de Antón Chejov, por Patricia Suárez

Rusia, 1902
Teatro de Arte de Moscú
Un vestidor del Teatro, pequeñito, casi un desván debajo de una escalera
Una mujer de unos 40 años, compuesta y sonriente, cuelga y cepilla los abrigos del público en el vestidor.

Escena 1
NINA:
Cepillando un sacón corto.
Lo hago por gusto.
Casi nunca se dan cuenta, pero cuando se dan cuenta me gano una propina.
Ustedes me oyen y se preguntan a quién le estoy hablando: a ustedes. Ya no es moderno que una, desde acá, les hable a ustedes.  Pero si no hablo, no me oigo la voz. Y si no entreno la voz, ¿quién me va a llamar para que actúe arriba del escenario?
Acá me llaman la Gaviota, me lo puso el estúpido del acomodador, que seguro quiere tener algo conmigo. Acá en el teatro desde el más chiquito al más grande, son todos unos babosos. Los chicos porque quieren ganar experiencia y los viejos, unos viejos verdes. Pero me dice la Gaviota porque siempre estoy hablando de irme a descansar al mar. Unos días, al mar.
Igual, mucho apodo, mucho apodo, pero el acomodador no me invitó para que nos fuéramos al mar. No importa: el mar en compañía me trae malos recuerdos. No voy a contar ahora la cosa penosa que me pasó con el nene. De eso no voy a hablar, no. No hablo de eso.
No quiero aburrirlos tampoco.
Si me están escuchando a mí, es porque bien que se aburren con la obra que están dando ahí dentro. Tres hermanas, una obra del maestro Antón Chéjov. No hay canciones, no hay bailes, todos sufren. A la gente no le gustan los espectáculos donde se sufre mucho, porque para eso está la gaceta con las malas noticias.
Y está la vida, claro. ¿A quién no le pasan cosas malas en la vida?
A veces hasta se ensaña con una, sin que una le haya hecho nada.
¿Y por qué, digo yo, por qué?
No nos vamos a poner a filosofar ahora.
(en tono de chimento)
La actriz principal es la esposa del autor.
Entre nos, ella no es nada buena actriz. Yo le escuché los gritos, los retos, al maestro director Stanislavski cuando le decía que ella no servía para nada. La Olga Knipper. A mí, si un director me dice una cosa así en el teatro voy derecho al río Moscova y me suicido en sus aguas heladas. Pero las actrices de ahora no se suicidan más, pasó de moda el suicidio, el tener dignidad, o será que éstas son todas una avivadas, unas trepadoras. Ella, la Olga Knipper, le dice: “Maestro director, voy a estar bien en el papel en tres o cuatro funciones”. Ahí se oyeron unos gritos de Stanislavski que nos pusieron los pelos de punta a todos los que estábamos foyer y tuvimos la desgracia de oír. “¡Insolente, inútil, usted tiene que estar bien catorce ensayos antes de salir a la función, no mejorar en la función!” Sentimos un golpazo fuerte, pensamos, ¿le habrá pegado el Maestro director? Porque pegarle a una mujer, por mucha razón y sabiduría que tenga él, no está bien… Pero no: fue la Olga Knipper que se cayó al suelo desmayada y como está gorda como una vaca se oyó un sonido de terremoto. Uno de los viejos le alcanzó una jarra con agua y cuando entró a la sala para animarla, el Maestro Director le dijo: Ponga matarratas en el agua, por lo menos que muera como una señora.
Ser digna, es lo que yo siempre digo. Una cosa importante.
A mí me encantaría tener un asunto con el Maestro Director.
Esto, entre nos.
Me dijeron que no le gustan las mujeres.
Igual, me gustaría que un día me diga “Nina, quiero probarla a usted en el papel de alguna de estas insulsas que no le llegan a los tobillos.” Si eso pasa, yo por esta cruz que les juro (se besa los dedos) voy de rodillas y le pongo una lápida de bronce grabada a mi angelito. Que lo enterrado sin lápida.
(se tapa la boca, muy emocionada por el recuerdo).
Perdón, me vino el recuerdo.
Pasa unos instantes en silencio.
Ya está, ya está. ¿Dónde estaba?
Ah, sí. Si el Maestro Director supiera que existo.
Pero lo único que  tengo por ahora es el sacón este mugriento… ¿de quién será? Hay que venir al teatro con esta caspa y este gastado en los codos; no ponerle un parche, un remiendo... Este sacón debe ser de una aspirante a actriz, una cantante, Dios sabrá.
Muestra el sacón a público.
Hay que tener un saco feo, eh? Para venir al teatro con esto.
Mejor no lo cepillo más a ver si se me quedo con los harapos en la mano.
Qué viejo es este sacón, qué arruinado está.
A ver qué hay aca?
Revisa un bolsillo
Un pasaje de tranvía, pelusa. Más pelusa.
Qué ruindad!
Apagón.
 
Escena 2
Con un abrigo de piel en la mano
Un día, me dejaron acá uno de armiño. Una cosa tan bella, tan blanca ese animalito, que no se podía creer. Viéndolo, yo pensé, los armiños deben conocer un puente secreto por el que suben a la luna y se revuelcan ahí, en la luna, por eso son así de blancos. Nunca pude saber de quién era el tapadito; me lo dejó un criado y lo recogió después un criado. Me puso un rublo en la mano, que hoy por hoy, con lo que cuesta ganarlo, es un montón.
Habrá sido una condesa la dueña del tapadito, una duquesa…
Eso fue hace bastante tiempo, un año quizá. Daban una obra del Maestro Alexei Tolstoy sobre un zar. Aclaro el nombre del autor para que no se lo confundan con el gran maestro, el escritor León Tolstoi. No hay por qué saberlo todo, y la gente que escribe teatro es la gente que escribe teatro y la gente que escribe libros es la gente que escribe libro. La muerte de Fiodor Ivanovich¸ se llamaba la obra.
Ahí fue, en esa obra cuando se conocieron el Maestro Chejov y la Olga Knipper. El vive en Yalta, vino de Yalta al teatro y ella andaba ahí, viboreando. Hacía un papelito, un papel, y parece que el Maestro Chejov se deslumbró con la Olga Knipper. Ojo, que él no era ningún tonto, pero le gustan las actrices. No hay nada que hacer y eso que las actrices que actúan bien, la mayor parte, no hay una linda de verdad.
Capaz si yo estuviera arriba del escenario en lugar de acá, sería bien feúcha.
Se sufre mucho arriba del escenario.
Esto no lo digo yo, lo decía la señora Arkádina.
Una actriz famosa de las tablas rusas; ahora casi nadie se acuerda de ella. Pero era bien famosa, llegó hasta ser muy rica y compró una dacha. Yo la consideraba a la señora Arkádina una maestra en el arte. Casi mi maestra. Siempre que abría la boca, yo la escuchaba atentamente. Ella no me quería mucho.
Aunque la verdad es que mucho no quería a nadie.
Era una mujer egoísta.
A veces el arte hace que las personas sean egoístas.
O que estén siempre en la luna, pensando en sus cosas, en sus delirios. Y cuando les hablan, cuando los necesitan, no están, no oyen. Una vez un actor me dijo que si era necesario robar a su madre, carne de su carne, para viajar a hacer una audición a San Petersburgo, la robaba.
El teatro de San Petersburgo se está poniendo muy de moda. Antes era una provincia nada más. Ahora marca la tendencia de lo que es el buen teatro. Ya dije que éste actor amigo que tengo, es capaz de robar a la pobre madre para ir ahí…
Así, unos pasan, otros pasan, nadie queda para semilla.
Oye.
Dice?
¿Se acordó usted quién era?
Una mujer bellísima la señora Arkádina; se cuidaba la piel de una manera como a ninguna de estas arrebatadoras de cartera le he visto hacer.
Oye.
Esa, la misma.
No pasó del todo al olvido entonces.
Tuvo el suceso desgraciado de la muerte de su hijo, pobre muchacho. Quería ser escritor. El, quería ser escritor. Ella, en el fondo pienso que no quería que él fuera escritor. Esto, entre nos. Porque si una cada vez que viene un hijo le dice por un lado Qué lindo y por otro lado Esto es lo más necio que oí en mi vida, el muchacho acaba por volverse loco. Que es lo que le pasó y se pegó un tiro ahí mismo, en el salón de al lado donde ellos estaban tomando té. Hasta salió en las noticias.
Entre nos, el muchacho estaba enamorado de mí.
Sí, sí.
De mí.
Yo era mucho más hermosa, antes, y joven, claro. De esto hará veinte años. Tenía unos ojazos así de grandes. Después, con la pena de lo que me pasó con mi nene, se me pusieron opacos. No voy a hablar de lo del nene, no. No hablo de eso.
La Popova que es una actriz de carácter me dio un frasquito con colirio para los ojos. Ella también lo usa para quitarse la irritación.
Maliciosa
La irritación de que todos los papeles se los quite la Petrova.
Mete la mano en el tapadito de piel. Saca una esquelita.
Ríe maliciosa, lee
La espero a usted en la habitación 38 de Le Royal Meridien. Use lo que me gusta. Suyo, Yura.
Un silencio
Ay, si yo me dedicara al chantaje, ¡lo rica que me haría!
Lástima que siempre me gustó la actuación, el teatro.
Esa fue mi desgracia,  la verdad.
Era así de chiquita, un almita que no valía nada y ya se lo decía a mi maman. Mi maman era muy buena, una mujer santa, nunca me salió con que ese es un oficio de putas y esa clase de cosas ominosas. Me mandó a la dacha de la señora Arkádina para que aprendiera algo, y el señorito se enamoró de mí, qué castigo.
Qué desgracia el amor cuando le cae a uno como una granizada.
Largo silencio.
Quise decir una tormenta de granizo.
Que uno no se puede atajar.
Otro silencio; silba un poco
Está queriendo distraerse de un pensamiento.
La señora Arkádina no me quería porque le robé el amante.
Ya dije que yo era muy hermosa; no voy a estar excusándome a cada momento.
No: ningún escándalo. ¿O qué? Ustedes nunca tuvieron una gran pasión y la siguieron? No estoy aquí en tren de juzgar, ¿pero tuvieron o no tuvieron una gran pasión? ¿O tuvieron la dicha de vivir siempre infelices, alegres, sin sobresaltos?
Mi gran pasión era actuar y el amante de la señora Arkádina era un gran autor. Todos ustedes lo leyeron; todos ustedes lo admiraban. Está el maestro Tolsoi, Alexei y León, los dos; el maestro Chéjov, las obras viejas de Pushkin y está el maestro Trigorin, para muchos y por mucho tiempo, el mejor de todos ellos; el que se elevaba por sobre todos ellos. Se arrastraban para oírlo de función en función y de pieza en pieza.
Y él ¡se arrastraba ante mí!
Un silencio
Está muy bien hasta donde yo sé; vive en París, monta sus obras en París. Es bastante feliz, una felicidad que le alcanza para vivir decentemente.
Oh, viene el intervalo.
Guiña un ojo, alegre
Seguro que los que se durmieron durante la obra aprovechan a huir ahora.
Saluda a la gente que se acerca
Buenas noches, buenas noches.
Tenga buenas noches usted.
Apagón

Escena 3
Con un abrigo en la mano, revolviendo los bolsillos
¡No! ¡Ojo, no se confundan conmigo! Yo nunca robo a la gente. Me podrían echar por robar a la gente y a mi edad y en mi condición, ¿qué otro trabajo podría conseguir? Me gusta leer los sobrecitos, las cartitas, las esquelitas con mensajes de amor, citas clandestinas, declaraciones indecorosas. Los viejos boletos de tren, de lugares y países adonde yo podría huir, vivir, ¡soñar! Idioteces que una hace para matar el tedio-
A veces, entre los abrigos del público, guardo los abrigos del elenco, de los actores. Este, por ejemplo, cortito y al modo del Ejército, es del asistente del maestro director Stanislavski. Discreto, prudente, a la hora del día, propio como es el asistente del maestro director. Éste, con vivos de zorro que parece comadreja raída, (sonriente, vengativa) es el abrigo de la Olga Knipper. Un día le encontré una cartita de amor en el bolsillo.
Ya les dije, yo tengo debilidad por las cartas de amor. Me la iba a quedar, porque la harpía no se la merece. Después pensé que mejor no, porque ella era capaz de hacer un escándalo y lo único que faltaría es que yo terminara de patitas en la calle por la infame esa. Así que la copié y la llevo siempre conmigo. Es mi amuleto de la suerte.
¿Les leo?, ¿tienen todavía tiempo para oír una cartita?
Ojo, que esta es una historia de amor y sábanas de verdad, caliente, caliente.
Saca un papelito estrujado y lee
Estoy mejor de salud, pero he pasado una tos muy fuerte. No ha llovido nada y hace calor. Masha se va el cuatro y llegará a Moscú el seis. Me dices que le enseñaré tu carta a Masha. Gracias por la confianza. Por cierto, Masha no tiene la culpa de nada. Tarde o temprano te darás cuenta tú misma. Empecé a leer la obra de Naidenov. No me gusta. No tengo ningunas ganas de leérmela entera. Envíame un cable cuando te traslades a Moscú. Estoy cansado de escribir a las direcciones de otros. Y no te olvides de mi caña de pescar, envuélvela en papel. Estate alegre y no triste, o al menos, intenta parecer alegre. Sofía Sredina vino a verme; tiene un montón de cosas que decir, ninguna de ellas interesante. Lo sabe todo acerca de tu enfermedad y sobre quien estuvo a tu lado y quien no. Madame Sredina, la mayor, ya está en Moscú. Si te parece beber vino, dímelo y te traeré un poco. Escribe y cuéntame si tienes dinero y si te las arreglarás hasta que yo llegue. Chaleyeva está viviendo en Alupka. Vive muy pobremente. Estuvimos cazando ratones. Escribe y cuéntame qué haces, en qué papeles repites y qué otros nuevos estás ensayando. No eres tan perezosa como tu marido, ¿verdad? Querida, sé mi esposa, sé mi amiga, escríbeme buenas cartas y deja de sembrar melancóleras, no me tortures. Sé una esposa gentil y amable, la esposa que eres en realidad, al fin y al cabo. Te quiero más intensamente que nunca, y como marido soy completamente inocente. ¿Por qué no le entiendes, alegría mía, mi pequeño garabato? Adiós. Sigue bien alegre. No dejes de escribirme todos los días. Te beso, muñequita, y te abrazo. Tuyo, A.
Ay, ojalá el maestro Chéjov se metiera con otra!
A veces, ella ni siquiera le dice en qué lugar de Moscú está viviendo.
Entre nos, hay rumores de que la Olga Knipper tiene un amante.
Pero como van las cosas parece que el maestro Cheojv no se meterá con otra y hay quien dice que él está tan enfermo que se muere. Que le queda un año o a lo sumo dos. ¡No te mueras, maestro, antes de que yo suba al escenario! ¡Espérame, maestro!
Se pone el abrigo de Olga Knipper.
Apesta a perfume barato.
A la gente
Afuera, hay un muchacho vendiendo bebida.
Es amigo mío, vaya y cómprele, que seguro le hará descuento.
Afuera, hay una muchacha que vende violetas. Ramitos de violetas
Afuera, hay un viejito que vende bombones.
Afuera, hay un perro muerto de frío subido a un pescante.
Afuera, hay …
Afuera, está el mundo, ¿verdad?

Escena 4
Mirando un reloj de pared con atención
La obra ya debe estar por terminar. La Olga Knipper actúa haciendo largos sus decires, para durar más tiempo arriba del escenario. Es de las personas a las que les gusta durar y no quemarse, como una. Ustedes me ven así, vestidita con estos andrajos y no les voy a contar cómo tengo de remiendos la enagua! Es chiste, es chiste. Está muy sana mi enagua. Pero nunca se imaginarían quién soy yo.
Ojo, que nos voy a salirle con que soy la hija escondida de la zarina.
Pero yo también soy actriz.
Era muy buena. (Rie) Todas las actrices dicen que son muy buenas. Brillantes, excelsas.
Qué linda palabra excelsa.
Y después de la función, saludan a público con una reverencia o una mano en el corazón, y corren como locas a los camarines a encerrarse a llorar porque comprenden que son un desastre.
Al principio, hice una obra del maestro Trigorin, el gran Trigorin. Un papelito menor; porque Trigorin me decía: Capullito, es mejor que empieces de abajo. Sino, el público, los críticos, dirán está ahí porque es la amante del autor. No por sus propios méritos y talentos. Y yo creo en el mérito.
Por esta cruz lo juro, por mi maman que me lloró cada día después que la dejé para irme atrás de ese… ese… de una ilusión.
Y después nació el nene. No voy a hablar del nene acá.
No tengo ganas de que nos pongamos tristes.
Había otra en la que yo podía actuar, otra obra de él, y él me dijo: Capullito, es mejor que no aparezcas demasiado. No, piénsalo bien; para que no haya ningún escándalo. Que la gente no diga el maestro Trigorin pone en el protagónico a su querida, su manceba, con quien tiene un hijo…
Entonces el nene se murió.
Digo entonces, pero no es que ocurrió por el desprecio de Trigorin.
De una pulmonía se me murió.
Frío, frío en los pulmones. El mismo frío que tengo yo acá dentro, en el alma. Hay que cuidarse mucho del frio en este país.
Pero la vida sigue, qué cosa.
Qué manía.
Ay, si la vida se pudiese detener.
Ay, si la vida pararía de hacer daño alguna vez.
(se recompone)
Un vodevil, otro vodevil
Medio riendo
Rodando de vodevil en vodevil, recuperé la alegría de vivir.
Porque el teatro le devuelve las ganas de vivir a…
(Negando)
Estoy exagerando.
Al final el vodevil tampoco paga bien.
Yo soy sola, pero tengo que comer.
Yo tengo que vivir, porque alguna vez me voy a subir ahí (señala el escenario, exaltada). ¡Ahí! ¿Ven, lo ven? Ahí voy a estar y ustedes se van a poner de pie para aplaudirme y yo les voy a decir: Gracias, gracias, porque gracias a ustedes viví.
Un silencio
Trigorin, él…
La gran Arkádina, ella
… sabían decir que el talento se tiene o no se tiene.
… que es más digno aceptar vivir con decencia, que afanarse en un sueño si una no tiene ningún talento.
Eso, ¿quién lo puede saber? Tengo mi amuleto de la suerte (aprieta frente a los demás la carta de amor de Cheojv) ¿Alguna vez podré brillar yo, clara y evidente? ¿Que el cielo se vista de fiesta porque estoy yo, brillando, que nada, nadie, por una vez sola, empañe el escenario para mí? Y yo haré, majestuosamente, así
Se inclina en una reverencia profunda ante el público.
Se oyen los aplausos de la obra Tres hermanos que ocurre en el teatro.
Ya terminó la función.
(Nina saca los polvos, se arregla un poquito y sonríe con su sonrisa profesional)
Todos esos aplausos rotundos son para todos los actores, ahora hacen una reverencia profunda… A la Olga Knipper le cruje la cintura cuando se inclina profundo… y además lo hace con falsedad, porque tiene miedo que se le desarme el peinado. Al público hay que saludarlo como si una fuera un pájaro que se posa, una gaviota, como me dicen a mí, precisamente, una gaviota sobre un risco.
Así.
Hace su reverencia.
Nada de tirar besos a la platea, que eso es una cursilería, una grosería. La Olga Knipper cuando vino el maestro Chéjov, lo hizo claramente. Una mona loca. Para que se hiciera noticia la relación de ellos. Pobre maestro Chéjov, pobre alma mía. La primera vez que pusieron sus obras, fue un fracaso absoluto, los críticos lo trataron de imbécil. El maestro Tolstoy, León, al que él tanto venera, le dijo que escribía muy mal teatro, pero no tan mal como Shakespeare. Entonces el maestro se rió con su risa linda y franca que lo hace más buen mozo todavía. Porque, no sé si lo notaron, es muy buen mozo el maestro Chéjov. Pero después sus obras fueron un éxito. Al maestro Chejov, parece, según interpreto yo, que el fracaso y el éxito lo tienen sin cuidado. Lo vive como cuando una mira el cielo y pasa una estrella fugaz, a veces pasa, a veces se hunde la mísera estrella en forma de roca dura, en medio de un pantano.
Cepillando el abrigo de pana que ella tiene puesto.
Que no me vayan a ver desaliñada.
Los maestros de la actuación le enseñan a las actrices que el arte imita la vida.
El arte debe imitar la vida, chillan.
Pero yo digo que no. Mirénme a mí, sino.
Esto solo les digo y me pongo a trabajar.
Sonríe alegre pero adentro está muy triste.
Es al revés:
La vida imita al arte.
Piénsenlo.
Nina Sarechnaia, recuerden mi nombre. Por si vuelven a saber de mí, sepan a quién están aplaudiendo arriba del escenario.
Bueno, a moverse.
Ya terminó la función.
Ya terminó la función.
Apagón.
Fin de la obra


Comentarios

  1. Bravo Patricia. Genial escribir la saga de este personaje, riquísimo.

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  2. Bravo Patricia. Genial escribir la saga de este personaje, riquísimo.

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