Elogio del tacón aguja (en forma de pluralis modestiae y pluralis auctoris) - Por Patricia Suárez

Nacimos en el reino de los zapatos. Nuestra zapatería fue fundada por el pater familias, un sesudo e incansable esmerlí que viajó al norte del país en trenes rigurosamente descuidados, durante el gobierno del general Perón, en los años ’40, cuando gracias al carnet de filiación al partido imperante, se podía viajar gratis. Las poblaciones del norte argentino, criollos descendientes de españoles y de indios quichuas, suelen tener baja estatura: para ellos, el tacón alto que les ofrecía nuestro abuelo era un sueño realizado. El negocio de zapatos creció y en la pequeña ciudad en la cual el trabajador esmerlí se afincó, fundó una cadena de zapaterías. Tenía una ilusión: hacerse millonario vendiendo zapatos de mujer y bien hubiera podido decir, como Imelda Marcos, ex primera dama de las Filipinas y acusada de poseer 2700 pares de zapatos en el Palacio Malacanang: "Sí, claro que siempre quise acumular más y más cosas bellas, pero eso no es un crimen, pues no existe un exceso de belleza" . No le interesaba a nuestro abuelo otra cosa que vender zapatos: exhhibirlos en las vidrieras, atender a la dama, probarle el zapatito con el auxilio del calzador y realizando con sus propios dedos lo que se podría denominar “el toque básico” del vendedor de calzado: controlar que el dedo pulgar no se golpee en la puntera del del zapato y que el tobillo no sea arañado por la colilla. Este último toque implicaba rozar la piel de la clienta, a la que luego se invitaba a dar unos pasos y contemplarse en el espejo para comprobar el garbo del calzado. Todo esto era vendido sin perder la paciencia ni la sonrisa (dos virtudes especialmente esmerlíes) y halagando la dureza del cambrillón como los beduinos halagan la joroba del dromedario u otras metáforas aún más fálicas que no es de buen tono mencionar. Después de todo, ¿hay muchas palabras en nuestra lengua tan eróticas como la palabra cambrillón? (Sí, sabotaje. La palabra sabotaje tiene también un regusto clandestino de erotismo y tiene también que ver con los zapatos. Para aquellos que lo han olvidado: la palabra "sabotaje" deriva de "sabot", el término con que se designa en francés a los zuecos de madera que los trabajadores textiles del siglo XVIII colocaban dentro de la maquinaria de las fábricas "como acto de desafío".)
El deseo perdido por los zapatos femeninos, le ocasionó al pater familias no pocas querellas conyugales, especialmente celos. El modus operandi de nuestro abuelo esmerlí consistía en obsequiar zapatos a la Cajera con quien mantenía un breve romance o a la Empaquetadora que se rindió a un affaire con él. La leyenda acerca del zapatero, incluye que era aficionado a visitar cabarets de nuestra ciudad e –según palabras de la sagrada esposa- irse de juerga. Nos, nos inclinamos más a sospechar que se dirigía a estos antros de perdición con el fin de inspirarse en nuevos diseños así como vender a las obreras del table-dance, también llamadas desnudistas o coperas, confecciones de su pecunio. Al fin y al cabo, Herlinda de Armas, una de las más famosas bailarinas de cabaret de La Habana y estrella del Hotel Capri en su tiempo, es considerada un ícono de la latinidad por haber dicho: “Chica, yo lo hago todo arriba de mis tacones”y sin ir más lejos, en la última década, los zapatos de plataforma de Celia Cruz, pasaron a enriquecer el tesoro del Museo Smithsonian Latino. ¿Por qué no habría nuestro abuelo de pertenecer a una vanguardia de la moda como Manolo Blahnik, Jimmy Choo o tantos otros? Si hasta hubiera podido bautizar a sus diseños como Ivonne, Naty, la Rita… y tantos otros sonoros nombres femeninos que nuestra abuela le tiraba a la cara cada vez que lo recibía a  su regreso por las madrugadas, con algunas copas de más y por así decir, en estado de epifanía creativa, recibiendo como todo agradecimiento el mote de viejo verde y putañero.
Nuestro abuelo era, a su manera, un hombre sencillo y hasta de infidelidades discretas que podría haber sido un magnate si él hubiera querido. Sólo que el pater familias no fantaseaba con viajes paradisíacos adonde desatar sus amores con estas musas inspiradoras; puesto nunca hubiera movido su honorable trasero a un sitio donde no pudiera vender sus zapatos de mujer. Desconfiaba del extranjero tanto como del aceite de ricino y se caería, precisamente de culo, si supiera que hoy por hoy en Capri, Italia, se ha vetado el “calzado ruidoso”: se arrestó a una pareja por usar chanclas surferas, y es de suponer que unos tacones agujas serían aún una infracción mucho peor.

No regalaba él a sus amantes cualquier par de zapatos, sino unos de tacón aguja que el esmerlí mandaba a hacer especialmente a un fabricante de calzado llamado Salvatore Calzone, quien se decía a sí mismo Gepetto, porque eran tan perfectas sus creaciones que no más le faltaba que se le volviera carne la horma y más arriba de la horma, la pierna de la bella mujer que lo calzaría. No existió para Calzone ninguna Hada Azul que le realizara el deseo, sino una numerosa familia siciliana que trabajaba, como los duendes, noche y día para salir adelante. Tal vez, la Cajera o la Empaquetadora sintiera respecto del par de zapatos confeccionado por el pater familias y su fámulo Calzone aquello que una vez Madonna sentenció respecto de los suyos: que eran mejores que el sexo, frase que, la verdad sea dicha, deja muy mal parado a nuestro abuelo y su perfomance amatoria en la alcoba. Casi por obligación, la esposa esmerlí puso fin a estos devaneos en medio de un escándalo con dos tiros al pecho a su marido, una siesta de domingo en la que ella calzaba unas mugrosas chancletas. El negocio de los zapatos de mujer, fue heredado entonces por el yerno del finado esmerlí, nuestro padre. De sólo saber que nuestro padre confundía el nombre de los célebres tacones Luis XIV, con el de Luis XV, el esmerlí se retorcería en su tumba. Los tacones son llamados así en honor al Rey Sol, que se chiflaba por ellos, y que nuestro padre desconociera la historia de Francia no lo hacía menos ridículo a los ojos de su suegra –a quien él apodaba para sus adentros “la asesina vieja puta”; nuestro padre desconocía el término “uxoricida”, mucho más apropiado para el caso-. Nuestro padre careció, a todas vistas, de la grandeza de Luis XIV. Compartía con el Rey Sol, en cambio, la baja estatura que lo llevó a inspirar a su zapatero personal Nicholas Lestage, la idea del tacón alto. Le dio precisas instrucciones; los quería refinados, aunque adornados con vistosos lazos, brocados y piedras preciosas; suelas de color rojo; tacones con una pequeña curvatura; bordados en plata con escenas de batallas... Hasta tal punto el Rey era fanático de sus nuevos zapatos que prohibió llevar el exclusivo modelo al resto de la corte y aquel que le desobedeciera sería castigado con la pena de muerte. Más tarde, se hicieron los tacones Pompadour y así, la gente se fue acostumbrando y ya jamás se bajó de ellos. Que nuestro padre haya querido ser seminarista en su juventud y más tarde paracaídista, no explica su negligencia particular –lindante a la idiotez y el cretinismo, según nuestra abuela esmerlí- para llevar a la quiebra en un lustro, un negocio que llevaba cuarenta años prosperando. Nuestro padre era un hombre de campo, hijo a su vez de campesinos, y todo su conocimiento del arte del zapato femenino, llegaba hasta cuando la vaca holandesa o la aberdeen angus pasaban a mejor vida en la curtiembre. Sabía, como dice el dicho, de la misa, la mitad. En nuestra familia se culpó a los gobernantes de la nación, raza que existe, a Dios sean dadas las gracias por ello, para excusarnos de todas las estupideces que nos pasan. Nuestra persona fue criada a la vera del recuerdo de ese gran zapatero esmerlí y a la sombra del campesino que, según su suegra, nomás le faltaba apretar un tacón Luis XV para comprobar si de él manaba la leche. Nuestra persona fue conminada a hacer del negocio de zapatos su vida entera, y en la más dulce adolescencia ya andaba calzando féminas haciendo al lado ascos a juanetes y deformaciones naturales del pie. El derrotero del negocio familiar, fue para nuestra persona la libertad y a su modo la esclavitud de aquel antiguo mundo donde el olor del cuero era la náusea existencial. Nuestra persona debe agradecer al tacón aguja –que por otro lado no ha dejado de calzar en la práctica desde los doce años- porque le ha permitido corregir su pie plano –aunque la Organización Mundial de la Salud pronto obligará a los vendedores de zapatos de tacón alto poner en las cajas la etiqueta: “Usar tacones altos es perjudicial para la salud”- así como dirigir sus apetitos eróticos al terreno de la literatura, donde su vocación encontró la horma de su zapato, y de esta manera realizar el pasaje que tanto recomendaba Platón –quien probablemente nunca se calzó un tacón alto, aunque nuestra persona no pondría las manos al fuego para asegurarlo-: que la belleza corporal lleve a la belleza del espíritu.
 

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