LA MONA DE PATRICIA SUÁREZ. Especial Monerias.

La Mona
Inspirada en una fábula de Félix María Samaniego
Patricia Suárez 
Especial Monerias 1

Estaba la Mona espantosamente aburrida y salió a dar un paseo. Iba silbando una melodía, como un fox trot, cosa que hacía bastante mal porque la desdichada Mona no sabía silbar. O se mojaba demasiado los labios y escupía a todo el mundo alrededor, o se los mojaba demasiado poco y entonces al soplar llena de ínfulas, le daba un ataque de tos.
Trató de entretenerse dando saltitos y haciendo una que otra pirueta, y tan osado y tan alto fue último su giro, que al caer de la medialuna vino a dar contra el tronco un nogal. Por suerte, no se golpeó pero se llevó una gran sorpresa. ¡Un nogal, nada menos! ¡Y cargado de nueces! La Mona se relamió: ¿no eran acaso las nueces sus frutos preferidos, favoritos, que la hacían morir de gusto? Las bananas a ella la dejaban fría; veía una banana y era como ver un gusano musculoso y fisicoculturista. Pensarlo y hacerlo fue una misma cosa, trepó por el árbol hasta la rama más alta, cargada de unas nueces tan brillantes que parecían gotas de lluvia, dispuesta a comerse una.
“Ay”, suspiraba la Mona, “cómo le voy a hincar el diente a esa nuez; me la voy a comer todita. ¿Cuánto hace que no como nueces? Desde el cumpleaños de mi prima Roberta, la de orejas largas. No, desde mucho antes, quizás la Navidad o el Día de los Monos… Hace tanto que ya no me acuerdo cuando fue la última vez que comí una nuez sabrosa.” Estiró la mano, descolgó una nuez. Era grande y verde y ella no perdió ni un instante en preguntarse si las nueces verdes se pueden comer así nomás, si no se debe usar un cascanueces para abrirlas… Mordió tan fuerte que el diente le hizo cruuunch y le dolió hasta la encía. ¡Madre mía, el diente de la Mona hasta se había aflojado y la cáscara de la nuez no se había abierto ni un poquito! Y el dolor del diente la hizo llorar y de la rabia, una rabia que más parecía un huracán, la llenó por completo: agarró la nuez verde y con todas sus fuerzas la tiró al piso y así tampoco se cascó siquiera un poquito. Si había algún fruto que desde hoy en adelante la Mona iba a odiar para siempre, pero siempre siempre, iba a ser la nuez. Así de simple.
Capaz desde hoy hasta le caían simpáticas las bananas.
Las bananas nunca hacen doler los dientes.

La nuez, allá sola en el suelo, no rió, porque las nueces no ríen. Pero si hubiera sabido reírse, a lo mejor, le hubiera dado tal ataque de risa por esa Mona atolondrada, que se habría partido de par en par, y si la Mona hubiera tenido paciencia, tal vez podría haber tomado la pulpa sabrosa de su interior y en dos mordicos, ñam, ñam, se la habría comido.




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