Juan Tul y la ardilla - ESPECIAL CONEJOS - Patricia Suárez



Juan Tul y La Ardilla
ESpecial conejos 1
pATRICIA sUAREZ 
Cuento de Guatemala
Cierta vez el conejo Juan Tul sostenía con las manos el techo de una cueva.  Pasó la ardilla, se detuvo y al verlo en tal apuro le dijo:
—¿Qué haces Juan Tul?
—Ya lo ves, sostengo el techo de esta cueva.
—¿Estarás cansado?
—Mucho.
—Si quieres yo te ayudaré.
—Me harás un favor porque te digo que ya no puedo más.
La ardilla tomó el lugar de Juan Tul y allí se estuvo horas de horas hasta que cayó en la cuenta de que se trataba de una broma. Bajó las manos y salió de la cueva. Estaba muy enojada y decía para sí misma: “Cuando lo encuentre, le voy a morder las largas orejas con mis filosos dientes. En cuanto lo encuentre...” y así mil amenazas más.
A los pocos día encontró a Juan Tul y le dijo:
—Me engañaste con eso de la cueva.
Juan Tul, haciéndose el sorprendido, le contestó:
—Jamás he estado en la cueva que dices. Llevo meses en este yuyal. Por cierto, estoy que me muero de cansancio. ¿Por qué no me das una mano?
—Con mucho gusto— respondió la ardilla
Juan Tul le echó encima los hatos más grandes de yuyo y escapó. La ardilla se rindió bajo el peso y como pudo se escurrió y luego pensó: "Otra vez me engañó Juan Tul". La ardilla se puso furiosa otra vez, y los pelos de su cola se erizaron como púas, tanta era la rabia que sentía. Repitió: “Cuando lo encuentre, le voy a morder las largas orejas con mis filosos dientes. En cuanto lo encuentre...” y así otra vez mil amenazas más.
Pero la ardilla tenía buen corazón y andando los días olvidaba las ofensas de Juan Tul.

Por eso cuando en un camino se volvió a encontrar a Juan Tul, le dijo:
—Ya no me engañarás más, Juan Tul. Con este caña te voy a dar una paliza.
—¡Qué cosas dices! Desde niño vivo junto a este árbol. Jamás me he alejado de él. No sé, la verdad, no sé de qué me hablas.
—De todas maneras te tengo que castigar.
—¿Y por castigarme así, vas a despreciar las piñuelas que están allí?
—¿Dónde?
—¿No las ves, tonta? ¡Allí, a la orilla del camino!
Y mientras la ardilla buscaba las piñuelas, Juan Tul desapareció.
Una tarde, la ardilla tropezó con Juan Tul y le dijo:
—Oye, Juan Tul...
—Yo no soy Juan Tul. Yo acabo de salir del bosque que está del otro lado del camino.
—Entonces ¿me darás un poco de agua? ¡Vengo sedienta de tanto correr!
—¡Claro que sí! Aquí tienes mi calabaza lleno de agua. Bebe hasta la última gota, si quieres.
Sedienta como estaba, la ardilla bebió de golpe todo el contenido del calabaza. No era un animalito que tuviera desconfianza de los otros, y tal vez esto era un error, porque Juan Tul le había hecho muchas travesuras y de todos los colores. Así fue: cuando tomó aliento cayó de bruces. Lo que había tomado era aguardiente. Entonces Juan Tul, muerto de risa, le dijo:

—Vieja borrachina, ahora alcánzame si puedes. Y echó a correr. 

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