jueves, 20 de abril de 2017

DESPERTAR #historiasdelibros



Leo, leo todo lo que cae en mis manos. Un libro, dos libros, mil libros. Y lo que no me cae a las manos, lo salgo a buscar. Cuando se me termina la biblioteca de la escuela, que es pequeñita, me hago socia en la biblioteca de Empleados de Comercio. Es el Sindicato al que pertenece mi padre. Leo toda la mitología que encuentro. Leo sobre las costumbres de otros pueblos, de otros países. Los libros para mí por esa época se dividen en los que entiendo y los que no entiendo.  A los trece leo Hamlet, del que no entiendo casi nada. Subrayo frases y se las digo a los chicos que me gustan. Ellos tampoco entienden y me miran como a un molusco, un ser que no saben cómo se come. Yo concluyo que las frases de Hamlet me trajeron mala suerte con los chicos. Hamlet es un pusilánime, un idiota. A los quince, la vieja de Literatura nos hace leer El principito. A ese libro lo entiendo y el Principito directamente me parece un imbécil. Nunca le diría a nadie una sola frase del Principito, espantan a la gente. Hasta ahora no tengo un gran amor, porque la premisa dice que no se puede tener un gran amor antes de los catorce años. Que se es inmadura para enamorarse. Pero yo a los catorce beso a un chico, le doy mi primer beso. Vive en la otra cuadra y se llama Héctor. El tiene trece años. No estoy muy segura de que me guste, pero voy y compro un kilo de naranjas, las parto al medio y empiezo a chuparlas. Me dice una amiga, que ya besó a uno o dos chicos, que dar besos de amor es como chupar naranjas. Practico hasta que me arden los labios. Mi madre está contenta porque incorporo vitamina C; no tiene ni idea de que éste es el arte de besar. Un anochecer, estamos sentados en la puerta de mi casa. No sé de qué hablamos, y él se inclina o yo me inclino y nos besamos. Un beso delicado, breve, una flor. No recuerdo si la relación sigue o si siguen los besos, pero mi madre sospecha de ese chico que se para durante horas bajo mi ventana durante la noche, como Romeo. Romeo también me parece un estúpido sin cuento; no me explico el camote con Julieta si horas antes estaba que se moría por Rosalinda. Este es otro pusilánime shakesperiano pero se le nota menos. En resumen, por dictamen de mi madre se termina el romance y ya no puedo salir a la calle. Le pregunto al chico que besé si le puedo hablar por teléfono, si podemos seguir juntos pero por teléfono. Me dice que no y me insulta. Después va y se tira a una pileta sin agua y se rompe los dos brazos. No lo veo nunca más, nunca, nunca más en toda la vida, como si se lo hubiera tragado la tierra. A los quince voy a la librería más famosa de la ciudad, la mejor abastecida y pido el Kamasutra. Quiero leer el Kamasutra, que habla de las costumbres indias y de los amores. No me lo quieren vender, soy muy chica, alegan. Apelo a que estamos en democracia y que el Kamasutra es un libro como cualquier otro, habla de folklore indio, de la India, en realidad. Acabo por vencerlos y me venden el Kamasutra. Leo el Kamasutra a los quince años; para los dieciséis ya lo tenía estudiado. 

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