Al mono no siempre le sale todo bien- Patricia Suárez - ESPECIAL MONERIAS

Al mono no siempre le sale todo bien
Cuento tradicional de Sudáfrica, traído de Malasia
Patricia Suárez
Especial Monerias 2
En Sudáfrica se cuentan muchos de los cuentos malayos, ya que allí habían sido llevados grandes cantidades de malayos como esclavos hace varios siglos.

Había una vez un mono que era mucho más inquieto que los demás monos. Trepaba a un árbol y a otro, y de tanto trepar, cayó de un árbol y se clavó una astilla en la cola. Gritó cuanto pudo gritar de dolor y se pellizcó la cola con las uñas para intentar quitarla, pero no hubo caso. Al final, decidió ir a ver a un Barbero en la aldea cercana.
-Amigo Barbero, tengo una astilla en la punta de mi cola. Si puedes sacarla, te pagaré muy bien.
El Barbero lo intentóuna y otra vez, pero al hacer fuerza para quitar la astilla, le cercenó sin querer la punta de la cola del Mono. Este se enojó todavía más y maldijo su mala suerte que lo hacía, el mismo día, caerse de un árbol, clavarse una astilla y perder después la punta de la cola a manos del barbero.
Gritó:
-¡Barbero: devuélveme mi cola o me tendrás que dar tu navaja!
Como el Barbero no encontró el modo de poner la cola en su lugar, le tuvo que entregar su navaja al Mono.
Camino a su casa, el Mono se encontró con una vieja que cortaba ramas con las manos y al hacerlo se lastimaba los dedos. Tenía ya los dedos todos llagados y ensangrentados y por eso le dijo:
- Vieja, trabajar así es muy duro. Si usas esta navaja podrás cortar las ramas con facilidad.
La Vieja tomó la navaja y empezó a usarla con tal entusiasmo que al poco rato se rompió. El Mono, otra vez dio saltitos de rabia y gritó:
-¡Vieja, rompiste mi navaja! Deberás conseguirme una nueva, o sino me llevaré todas esas ramas para hacerlas leña y calentarme con un lindo fueguito.
La Vieja no pudo conseguirle otra navaja al Mono, así que le dio toda la leña que ella había juntado. El Mono se llevó la leña y fue a un pueblo cercano a venderla. Por el camino halló a una mujer sentada, cocinando unas galletas con una llamita de un fuego miserable, que apenas calentaba. El Mono le dijo:
- Mujer, tu leña esta casi consumida. Quédate con estos leños para poder cocinar más galletas.
La mujer tomó los leños y le agradeció pero cuando la última rama se hubo quemado cocinando unas galletas de olorcito rico, el Mono gritó:
- ¡Mujer, quemáste toda mi leña! Ahora debes entregarme todas tus galletas o devolverme todos mis leños.

La mujer no pudo devolver todos esos leños, no había nadie a quién pedirle unos leños por ahí. Le pidió por favor que no se llevara las galletas. La señora tenía siete hijitos pequeños a los que alimentar y uno que venía en camino, aclaró, señalando su barriga. El Mono se encogió de hombros: a él las cosas le habían salido mal durante todo el día: primero la astilla, después la punta de la cola, después la navaja, ahora los leños… La mujer trató de explicarle que ella no tenía la culpa de que la suerte del Mono ese día haya estado mal. Ella podría regalarle unas galletas para que endulzara su día, pero no más que unas pocas, porque sino, se moriría de hambre. El Mono perdió la paciencia y le pidió sí o sí o los leños o las galletas, así que la mujer no tuvo más remedio que darle las galletas recién horneadas.  El Mono tomó las galletas y partió hacia el pueblo, pero en el camino se encontró con un perro que lo atacó y mordió tan fuerte que mató al mono. El perro no se comió al mono, pero se comió todas las galletas.

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