La Niña Grande - Cuento de Navidad


Vestirían a la Niña Grande, como todos ellos la llamaban, con el pantaloncito rojo, una chaqueta y un gorro de lana del mismo color y una barba de algodón que la mamá había fabricado la víspera, a escondida de sus otros hijos. Los buenos eran en total tres, de siete, cinco y cuatro años y querían darles el alegrón de recibir a Papá Noel en persona. La dañada era sólo la Niña Grande. Con esfuerzo y tal vez malgastando los ahorros, les compraron los juguetes pedidos, el tren, la muñeca de bucles rubios, la pelota. Claro que eran de las jugueterías del barrio o aquellos que el carpintero y su mujer hacían y ofrecían; no eran los juguetes de las grandes tiendas que los chicos veían por televisión…
La Niña Grande estuvo de acuerdo en ponerse el disfraz.
Debía salir por el balcón; ellos dirían a los niños que la Niña Grande se atragantó con un hueso del pollo. La harían entrar en el balcón, allí estaría la ropa del Papá Noel plegada y escondida detrás de las jaulas de los pájaros que en el pasado tuvieron de mascotas y a los que la Niña Grande, antes de ser tan grande, había acogotado por el puro placer de verlos morir. Dos cacatúas, una por vez, y un canario de canto casi perfecto. La Niña Grande se vestiría, haciendo caso omiso de si algún vecino pudiera espiarla desnudarse y volver a vestirse. Ningún vecino vería nada nuevo; explicó la mamá, las mujeres somos todas iguales, tenemos todas nuestras cosas en el mismo lugar.
La Niña Grande tenía diecinueve años, pero una mente de once.
Tal vez nunca saldría de ahí, de los once años.
Una inflamación de las meninges, una enfermedad.
A los once años, hoy día, casi no hay niño que crea en la Navidad. Había pasado dos diciembres internada de muy pequeña. En el hospital, ya se sabía que no había Papá Noel, que no había sidras y gritos de felicidad. Todo era muy solo allá, excepto un payaso que llegaba a animar el pabellón de oncología y sabían que después se encerraba en la enfermería, por horas y horas, posiblemente para drogarse con morfinas. La mamá y el papá comprendían que ella había dejado de creer en el Papá Noel, en los tres Reyes Magos, quién sabe en qué más. Era imposible estar metido en un hospital y tenerle fé a la magia; apenas si había esperanza con un doctor, un especialista, a quien confiar.
Debería entrar por el balcón, sorprender a los hermanos pequeños.
Gritar: “Jo jo jo, feliz Navidad”.
El papá y la Niña Grande lo practicaron toda la tarde anterior, la del 23. La voz ronca, aguardiente que bebía San Nicolás para quitarse el frío del polo norte.
Ahora, reciencito, ella había salido al balcón y despacio se fue quitando su corpiño talla L para ponerse la chaqueta de plush y la barba. Ningún vecino la estaba observando, nadie había a pesar del calor. Nadie, nadie; los pájaros a la medianoche dormían, dormían parados. No tenían costumbre de acuclillarse, los pájaros en sí eran bastante estúpidos. Los pájaros de la ciudad no sabían vivir la vida; la Niña Grande cada vez que veía uno, lo escupía, lo atacaba, para que el muy infeliz del pájaro comprendiera que el cemento no era un lugar donde vivir y volara lejos, más allá, bien más allá de lo lejos.
De pronto, todo explotó, la noche.
Daba la medianoche.
La Niña Grande estaba ahí parada y debía entrar a la casa, saludar a sus hermanos y entregarle los tres paquetes que tenía para ellos; que los padres habían puesto en su bolsa falsa de Papá Noel, para que los niños creyeran que ella era Papá Noel. No estaba segura de por qué la mamá y el papá les hacía eso a sus hermanos. Era duro de pensar que eligieran mentirles. ¿Por qué los engañaban? Tal vez no debía preguntarselo; la Niña Grande había aceptado actuar de Papá Noel para sus hermanos y lo haría. Sabía que era importante cumplir una promesa cuando uno la había hecho.
Oyó que su madre susurraba:
“Niña Grande…”
Ella no se movió; contemplaba el cielo y las estrellas con atención.
“Liria…”
Ese era su nombre; deslizó la puerta del balcón y entró al comedor, donde estaban todos reunidos. Estaba a punto de gritar el saludo convenido, cuando algo la aferró desde el hombro. Sonrió como no lo había hecho desde el día que salió del hospital; podía tratarse de un alambre de la jaula, pensó, que hubiera enganchado el plush de la chaqueta navideña.
Atrás de ella, gordo y sudado, un viejecito gorgoteó:

Jo jo jo, feliz Navidad.

Comentarios

  1. Les debo el agua y el pastito a los Reyes.
    Había abandonado toda esperanza. Imaginaba nuevos cuentos del verano y me enojaba conmigo: imposible, este año seguro que no.
    Y cuando me estaba yendo hice un último intento, y acá estaba.
    La misma voz y siempre diferente. Sigo las huellas, palabra por palabra, renglón por renglón, y termino sorprendido: me atraparon otra vez.
    Lo anoté hace un rato en Grandes Libros: con otros autores me asomo a vidas asombrosas, viajo a lugares que nunca visitaré, conozco épocas lejanas. Cuando leo lo que escribís estoy en casa.
    Y si a veces uno se siente extraño, o es difícil entender, y hacerse entender, acá no pasa. Está escrito en mi idioma natal, en mi lengua materna. La voz en mi cabeza suena así.
    Buen fin de semana.

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