Ysolda muerta de hambre. Monólogo para una mujer que amó. Autor PS

1955.
Una mujer de 50 años.
Está frente a una cámara documental.
Es una campesina vestida de luto. Con un pañuelo negro en la cabeza. Está molesta y cada tanto se lo arregla o se lo vuelve a anudar. Se rasca.


YSOLDA:
Iba a ponerme un pañuelo de color.
Compré la tela hace más de dos meses, cuando usted me escribió que iba a venir.
Uno color bordó con unas margaritas así de grande, que parecían tortillas.
Después no me animé.
Porque yo no estoy de fiesta, estoy de luto.
En la guerra perdí a mi marido, perdí a mis hermanos, mis parientes en los bombardeos. Mi padre murió de pena poco después. Yo no puedo estar de fiesta. Y yo menos que nadie festejé cuando terminó la guerra.
Y sin pañuelo no quiero estar. No me gusta que se me vea el cráneo desnudo.
Me gustaría que quien me viera piense: Qué linda es la mujer italiana.
No que diga: Mamma mía, qué susto. ¡Una calavera!
Me dicen que no es asunto del cuero cabelludo, que el problema está en otra parte. No es tiña, no es lepra, no es ninguna peste. Yo no sé. Me restrego agua de nogal, semilla de sandía. Las machaco con el morterito y el aceite que larga le pongo nata, recién ordeñada y me frego, me frego. No crece.
Esto va para diez años. Mil pañuelos negros me hice desde ese tiempo. Un médico que anduvo de paso una vez, me pone la mano en el hombro y se mira la punta de los zapatos. Me desahucia. Se me salía de la boca el insulto. Yo no soy tranquila, no. Má, va!, pensé, déjalo con su pensamiento estropiado que se vaya a hacer daño por otra parte. A mí me tocan mis hijos o a mí, y yo salto como una fiera.
Ahora mis hijos son grandes, Corradino y el otro. Entre ellos también se defienden a muerte; el mayor no permite una sola palabra fuera de lugar para con el hermano. ¡Pasó de peleas el pobrecito! Tengo dos hijos que son dos ángeles. El pequeñito cuando me ve sin el pañuelo, corre y me acaricia acá en el medio de la calva. O en la nuca, donde el pelo crece apenas y queda pinchudo como cerdas de un cepillo. “Mamá, peladita”, me dice y se ríe. Me viene una ira de meterle un esquiafo. Pero qué se le va a hacer? Son niños. A éste lo perdono por niño que me haga burla y al Corradino por varón. Porque Corradino me conoció con las trenzas negras, largas que me llegaba abajo del pecho. Gruesas. Un pelo que si yo quería me hubiera puesto a tejer redes para los pescadores. Pero eso era antes, ahora parezco un pelele. De esos que se saltan de una caja y ¡pum! asustan a los niños. Una vez vi uno así en una juguetería, en Milano, en otro tiempo. Yo tenía la edad de mi hijo chico, once tal vez. Tal vez, no lo recuerdo. Acompañé al padre a vender un crucifijo, con las liras del crucifijo compramos semillas de trigo. Compramos un producto, una medicina que traía una leyenda que decía Infalible. Contra los bichos y todas las alimañas del sembrado. Mi padre estaba tan contento! Sembró el trigo y estaba así de alto, verdecito. No se le atrevió ni un solo gusano, no se le enredó ni una brizna de maleza. Entonces cayó el granizo. Piedras del tamaño de un huevo de gallina. Después volvimos a sembrar papa. Yo le decía: La papa viene de América. Antes aquí se comía la castaña y en el este, el nabo. Mi padre me decía: La papa existió siempre, burra! Pero a mí me lo explicó ese asunto y el de los indios, el Maestro, en el colegio. A mí me gustaba ir al colegio, prestaba mucha atención. Cuando aprendí a leer y a escribir, mi padre me retiró. En questa casa, el que no trabaja, no come. ¡Qué idea venir a acordarme ahora del viaje a Milano! Yo lo adoraba a mi padre; después lo odié mucho. Cuando lo enterré él todavía estaba enquistado conmigo y yo estaba llena de odio. Toda una vida queriéndose para venir a odiarse así! Las personas estamos mal hechas.

Perdón. Pero más de una vez me pasó que el nudo se desata solo y entonces es una vergüenza. Igual, la vergüenza y yo somos viejas conocidas. Vamos de la mano.

Ahora sí. Disculpe.
Le cuento y terminamos.
Hay cosas que hacer.
Usted dígame cómo me veo.
Yo sé que esto es una entrevista seria. Pero yo soy una mujer, no quiero salir hecha un estropajo. Que las personas miren esto y digan después: No es posible que esa donna haya despertado amores!
Gracias.

A Giorgio, mi difunto, lo llaman al frente.
Marcha, no podía escaparse. Si aquí te escapabas, eras desertor. Después te encontraban, te fusilaban ahí mismo. Algunos huyeron a las montañas, se juntaron con los partisanos. Yo le dije, No te pongas entre los primeros, Gigi. No hagas nada antes que los demás. Tú, tranquilo. Piensa en mí, que te espero. En tu hijo Corradino. Tú, quieto, chito. Le di un consejo. Era valiente y terco. Un bestia. En la trinchera se paró para ver dónde estaba el enemigo. Había una colina, no sé qué cosa que no le dejaba ver. Le dispararon, murió el primer día de guerra. Murió tal como fue en la vida; con la frente alta y sin hacerme caso.
Triste sí, estaba triste.
Un año, dos años.
Nos moríamos de hambre.
Para comprar el pan hacíamos una cola que salía del pueblo.
Mi padre se iba al bosque y bajaba una corneja con la escopeta.
Hacíamos caldo de corneja y corteza de pan.
Un pajarraco asqueroso. Las arcadas no nos dejaban tragar.
Le poníamos mendrugo de pan viejo. Ablandado.
Perdíamos los dientes, el pelo. Perdíamos el aire, la respiración. Perdíamos las lágrimas, las ganas de llorar. Las mujeres, la sangre que teníamos todos los meses, no volvía. La perdíamos. Perdíamos todo, pero el hambre no la perdíamos. ¡Qué cosa maldita!
Los hombres se iban todos a la montaña: Raffaele, Gennaro, Bernabó. Massimo, el rengo. Mi padre se fue a la montaña; él estaba bien allá, viejo como era entre los arces y los pinos.
Después llegaron los alemanes.
A las seis, toque de queda.
No se salía, no se asomaba la nariz.
Suena la sirena y hay que correr a esconderse.
Nunca en campo abierto hay que estar. En la tierra hay que correr en zigzag, no sé para qué. Para tropezar más rápido, no sé.  Todos trastornados estábamos, murieron muchos en la confusión.
Los alemanes no eran buenos.
¡Qué van a ser buenos! Antes el demonio!
Acá decían tedescos todos malignos.
Un día, juntaron quince, veinte hombre y se lo llevaron donde empieza el puente. Hay un paredón. Los pusieron en fila y los fusilaron uno al lado del otro. Hombres rebeldes, sediciosos, que buscaban el mal. Eso dijeron ellos. Yo los conocía; estaba el panadero, dos obreros de la fábrica de sombreros, el hijo del enterrador, don Gianni. Ahora hay una lápida allí, de bronce, que los recuerda.
Yo no los podía ver.
Quién ganaba, quién perdía.
Un pimiento me importaba.
Un pimiento que me hubiera comido.
Pero incordiaba todo ese asunto.
La muerte tan cerca que parecía la propia sombra.

A la noche no dormía.
Una noche, me paseo por la casa y oigo un llanto. En el cobertizo.
Llueve esa noche. Miro, veo las gallinas flacas todas muertas. Veo un tedesco llorándoles al lado, haciéndoles el velorio. ¡Qué rabia que me agarró! Salgo y no sé qué voy a hacer. Matarlo, creo que voy a matarlo. Tengo un ímpetu. Yo no soy tranquila. El tedesco se pone de rodillas y balbucea no sé qué cosa. Me pide perdón; las gallinas se comieron la pólvora, él estaba jugando. Se me saltan las lágrimas de la rabia. ¡Cómo se puede ser tan estúpido!, le digo. El tedesco se pone en pie y me llega aquí, al hombro. Delgadito, un alfeñique. Nosotros estábamos consumidos, pero éramos más robustos que él. Si lo soplaba con los pulmones que yo tenía, volaba como una hoja.
Sacó de una vianda de acero, chocolate.
Me miraba con esos ojos transparentes, de no ver nada.
Chocolate, galleta.
Yo tengo un niño que criar. Agarré todo.
Me miraba comer y sonreía.
Después se habló de lascivia.
Pero yo no sé. ¡Tenía cara de bobo!
Seis gallinas muertas. Para cuando las sacamos de la lluvia estaban duras, no servían para nada. Las ablandé con el mortero. Algo comimos…
Otra noche, vuelve.
Trae carne del mercado negro. Un día tocino, otro jamón. Chorizo!
Corradino se ponía colorado a la medida que comía.
Yo digo: Los alemanes son malos, pero este hace esa buena acción; se va a ganar el cielo. Era un secreto entre él y yo, porque las buenas acciones se hacen con modestia; uno no va por ahí gritando las bondades. Los soldados tenían prohibido intimar con las mujeres; en Francia las putas les hicieron más bajas con la sífilis que las balas en el campo de batalla.
Tú te vas a ganar el cielo, ragazzo. Le decía yo. El no entendía niente.
Un día me dice con señas: Cuando termine la guerra, te llevo a mi país. A casarte.
Yo me reí. ¡Mire si yo…, mire si yo…! ¡…con el enemigo!
Le da ínfulas ¿pero qué quería? ¡me daba risa semejante cosa!
Naturalmente, le contesto. Si ni sé quién eres, uno que está mal de la cabeza, naturalmente.
Era la guerra, en la guerra ni los hombres ni las mujeres tienen derecho a andar pidiendo amor puro. Así que me golpea y me sangra aquí y cuando veo la sangre, yo pierdo la cabeza y le pego a él. No sé cuánto dura esa paliza, cuando se va casi no puede caminar porque le di con el bastón de la tranca. Yo quedé tirada en el suelo.
Después me entero que él va derecho al cuartelito, le cuenta a todo mundo su sufrimiento, llora y se pega un tiro.
Qué necesidad de hacerse malasangre!
En una guerra, venir a padecer amores, me digo yo!
Qué rabia, qué injusticia.
Qué necesidad!
Corre el rumor, los alemanes pierden la guerra.
Nace el niño.
Después me rapan, con una navaja me cortan las trenzas negras. Todo el pelo, de raíz. Como si fuera maleza. Así me pasean por todo el pueblo.
En señal de escarnio.
Esto les parece muy decoroso, muy justo.
Voy pelada, con el niño en brazos y me tiran basura.
Me gritan, me insultan.
Me obligan a comer comida podrida.
¿Pero qué mal hice?, decía yo.
¿Aceptar de comer?
¿Cuál fue el daño?
Hasta mi padre me acusó: Te lo mereces, Giovaninna.
Muérase, viejo de mierda!, le grité.
Alguna vez se lo tenía que decir, ¿no cree?
Arriba de un camioncito me llevan para que me vean todos.
Ellos, que se dicen cristianos. La gente de mi pueblo.
Yo apretaba al bebé contra la teta y le decía:
Sh, sh. Tú, toma la teta, bambino.
El niño chupaba, tranquilo.
Toma la teta.


Fin

Comentarios

  1. ¡que puedo decir? me maravilla y me sorprende esa imaginación que se pone en lugar de cada protagonista y sus acompañantes secundarios. Desde Caty Kharma y todos sus personajes, hasta los diferentes los otros personajes, todos distintos, de nacionalidad y caracter diverso, todos singulares que pueblan sus obras de teatro, sus cuentos y novelas.

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