sábado, 13 de agosto de 2016

Sentíme, Dorita. Monólogo para un médico de juguetes. Autor PS

Inspirado en la historia del pintor Oskar Kokoschka y su muñeca de pluma.




Si dejaras de quererme
hasta el sol que brilla tanto,
para mí no brillaría
Francisco Lomuto


Buenos Aires, circa 1956.
Clínica de Muñecas en el Barrio de Monserrat.

Escenario
Reparito en un taller de compostura de muñecas.
Una estantería con potes con ungüentos, carretes de hilos, pinzas, frascos con ojos.
Pedazos de muñecas.
Una mesa cuadrada, dos sillas.
Un reloj cucú.
Entra Pascual, arrastrando por el cuello una muñeca de trapo tamaño natural. La tira encima de una silla y procede a cerrar las ventanas, los postigos.


PASCUAL
Sentíme, calláte ahora.
Vos tenés la culpa de todo al final.
Se sienta, agitado.
Ahora vendrá por allí o por allí el marido, el matón que mande el marido, o la policía.
¡Cuánta desgracia junta!
Desesperado
¡Ya está hecho, ya el mal está hecho!
Vos me trajiste mala suerte, Dorita.
Vos fuiste una muñeca funesta.
Me venciste. Vos sos la imagen de ella que cobró vida, pero me venciste
Vos estabas de acuerdo con ella para hacerme caer?
Ustedes son todas iguales, ¡las muñecas, las mujeres!
¡Ahora todo lo que sigue es cuesta abajo!

Maltrata violentamente a la muñeca.
La vuelve a sentar en la sillita.

Qué te duele a vos?
Vení que te coso. No me hagás ni pensar, Dorita.
Vos sabés lo que ella fue. ¡No haber tenido un arma!
Se te sale la estopa por el pecho. Hubiera sido mejor la pluma. Vení, abre la blusa de la muñeca y cose, qué biaba te dieron. Sabés que no me gusta que me contradigan, que te metas en medio como una vieja suplicando. Te la buscaste; guardáte los reproches, Dorita. Querés que te ponga un relojito dentro? Podés hacer de cuenta que es un corazón. O que es una bomba. Sentíme: te pongo un cascabelito…?
Ya tenés cosida el alma, Dorita.

¡Silencio, chito! … ¿Qué es eso?

Revisa las ventanas, los postigos.

Se levanta tormenta, viento norte…
Tenés el pelo volado.

Le cambia la peluca.

El cabello este es natural, te lo cambio para que me perdones los zarpazos.
Lo tenía una Ada Rosa que nunca vinieron a buscar. Los niños son así, como las mujeres, al final. Te dejan en prenda el muñeco, o el corazón, te dicen ellas, y no vienen más. Yo reparo elásticos, arreglo los ojitos bizcos, y ellos no aparecen más. Y un día, veinte años después, vuelven. “Vengo a buscar lo que es mío”, piden los cretinos.
El difunto papá contaba siempre eso. La mocosita que vino a buscar su muñeca cuando era una muchacha grande. “¿Qué cosa se te perdió acá?” “Una Lolita Johnson”, le dijo ella, “que cantaba y se me mojó y le traje para que arregle”. “No hay más Lolita Johnson”, le dijo el papá, “gracias que todavía estamos nosotros”. Se puso a llorar ¡desesperada, desconsolada!, como si la víctima hubiera sido ella. ¡Pobre Lolita Johnson!

Desesperanza

Capaz ella esté muerta.
Capaz ella lo haya perdido.
¡Pero qué imbécil! ¿Y si era mío?
Yo, que no tengo ninguno, ¿y si justo ese era mío?
Haber tomado tantos cuidados para no preñar una fulana y llegar a ahora para no tener ninguno. Y la Laura no quería hijos. Yo no le hice hijos a mi mujer, porque no quería hijos. Capaz que por desprecio, capaz que yo no era bueno para ella. Ella no era buena para mí.
Qué desatino todo. Y viene esta insulsa… Esta cretina y me dice…
No puede que sea mío.
Alguno vendrá a matarme en cualquier momento.
No tiene la menor importancia. De veras.
Antes venga, mejor.

Se queda atento, oyendo.

Es el Efraín…? No. Le conozco los pasos. Tiene pisada de tullido.
Si no me la sacaba de las manos él…:
“¡Andáte, andáte, Pascual, salí de acá!”
Y la mucamita gritaba, gritaba…: “¡Señora, señora!”
Yo la vi caída al pie de la escalera… Lo primero que pensé: Ya está haciendo teatro, se hace la muñeca descalabrada conmigo. Qué ganas tuve de levantarla y sacudirla de nuevo para que se le acomoden los elásticos de una vez. Pero se queda quieta y le sale un hilito de sangre por acá, por el labio… Me dio un paráte cuando la vi; y la voz de Efraín chillando: “Andáte, Pascual, después voy para allá, andáte, escondéte”.
Sentíme: ya podemos ir al baile de nuevo.
Intentando la alegría.
Fuimos sensación, Dorita, en el Club Italiano. La gente no nos podía sacar la vista de encima.
Vos te luciste, lástima que te pisaste el vestido al final. Tenías chingada la puntilla. Capaz que te la cosí mal; no ando bien de la vista.
No practicamos bien el vals.
No, no.
Vos creés que sí, pero no.
No te engañés, no nos esforzamos.
Es que no hay que tratar de bailar bien. HAY que bailar bien. Bueno, si no le entendés, no lo entendés. Igual, los demás esto no lo vieron. Vino el Efraín y me dice: “Te volviste loco, Pascual?”. Me vino coraje de oírlo. Así que le contesto: “¿Yo, volverme loco? Yo estoy más cuerdo que nunca, Efraín”. “Te viera tu padre, que está en el Cielo, y se muere de nuevo”. Para empezar el difunto papá no está en el Cielo porque nunca creyó en supercherías, era ateo y anarquista. Nos tenía hasta acá con el anarquismo. Vos le mentabas a la Virgen o al Cristo y él te metía un soplamocos que te aflojaba los dientes. Por pelotudo infeliz, te decía. Segundo, si cuando el difunto papá vivía, iba algún cándido y le preguntaba al papá si era mejor noviar con una muchacha y no llegar a nada o casarse y formar una familia, el papá largaba el resoplido del gato “Vos querés un consejo?”, decía, “te doy un consejo: hagas lo que hagas, te vas a arrepentir igual”. Así que el papá estaría contento de verme bailar valses y milongas con vos, que sos una Muñeca de trapo, y no con aquella ave de rapiña que decia que me quería.
Por ahí dicen que las marionetas no saben besar.
Que las muñecas no saben besar.
Pero yo le dije a todo el mundo que tus besos son los mejores, que son los de la fruta dulce. Y lo dije bien alto, para que la cretina parara de conversar con los copetudos amigos del marido, el socio de la fábrica de pastas, todos esos infelices que fueron hechos por error una mala noche por una mala hembra, dije: “Y cómo besa dulce la Dorita!”

Ríe

Qué silencio todos los italianos juntos, se les apagaron las mandolinas…
Cómo le molestó eso a ella. Antes, antes del baile. Cuando creía que yo tenía otra mujer y que esa mujer no eras vos, Dorita! Hasta que te vio en el baile y supo que eras una muñeca, casi se vuelve loca: hasta entonces meta mandar papelitos, la manda a la mucamita con la fotografía de cuando fuimos al parque juntos, para que la recuerde dice la estúpida…  Ella arriba del petiso, y yo le doy la mano, haciendo el payaso triste. ¡Qué bronca me da!

Un silencio.

La cosa es que esa vez, el gitano dispara la máquina, tiene el magnesio húmedo y salimos como dos negros del Africa. A ella se le ven los dientes y las bolitas de los ojos. Si fueramos artistas del Sarrasani con esa pinta seríamos millonarios.

Resopla, fastidios.

Vuelvo al paseo hace dos o tres días, por ver si me la encuentro. ¡Ahí vuelve el cornudo, el abandonado de la malafémena esa! Que ahora debe salir de paseo con otro o con el cancerbero del marido o con alguno de los trescientos amantes que debe tener escondidos. Yo, paseo solo, y lo veo al Gitano que muestra el diente de oro. Se acuerda que yo vine.
Me dice: “Conserva la fotografía con la señorita?”
“¡No!”, le digo.  “No sé de qué señorita me habla.”
“Esa con que usted paseaba, haciendo el tortolito.”
“No tengo idea; me confunde con otra persona.”
“Esa, la rubiecita con la que hacían manitos en el banco al lado de las rosas.”
Viejo ridículo, le faltó decirme.
Me marcho ofendido, hago dos pasos y entierro el pie hasta el tobillo en bosta de perro.
¿Cómo puede ser que los perros caguen tanto?

Sudor, desesperación otra vez.

Ay, Pascual, ¿qué te pasa?
¿Qué esperás para morirte?

Sonido de pasos.
Permanece atento.

La brisa, los árboles.

Enhebra una aguja, corta el hilo con los dientes.
Cose el intersticio entre los dedos.
Corta el hilo; contempla el dedo anular.

Acá te hubiera puesto el anillo.
Ahora no te pongo nada.
Estás igualita a ella.
Pero ella tenía mal carácter.
Y era mala.
Acá no trajo todas las muñecas que rompió. Las llevaba a la Casa Schill, a que se las arreglara el alemán. Eh: la niña era elegante: tenía todas muñecas traídas de afuera, la Mariquita Pérez, pero la española, no la de industria nacional; la Cayetana, amadrinada por la misma Duquesa de Alba. Mucha muñeca fina, pero ella, una malcriada, una destrozona. Era de esas que cuando les dá el ataque, rompen la cabeza de la muñeca contra la pared y la hacen trizas. Mala, lo que se dice mala. El día anterior mucha canción de cuna, mucha ropita de lana para el juguete y después ¡caprichitos y añicos! Hay que cambiarle la cabecita al pobre muñeco.
Peró: si es más o menos lo que hizo conmigo.
Ahora estás vos.

Desesperado, busca en el interior de la blusa de Dorita un montoncito de cartas.
Las va quemando de una en una.

No te asustes: no las voy a leer.
Son pruebas que hay que desaparecer, cuando me acusen en el Tribunal de…

Inaudible

No puedo ni decirlo.
Vos estás pálida también, Dorita.
O te pongo colorete en las mejillas o te hago un té que te levante.
A ver si podés ser la de antes…
Sentíme: podemos salir a tomar un té y que los matones me acaben en un café. Es lo mismo donde uno viene a morir.
No hay por qué estar recordando a esta zanguanga.( Por una carta) Esta, la última, ¡hace dos meses! “Si usted me abandona, yo muero de amor al día siguiente.” Escupe: ¡Grupo! La agarro cuando sale de Misa: “¿Por qué me dejás? ¿Pasó que te cansaste? Decímelo, estoy grande, no me voy a espantar por escuchar una verdad de labios de una mujer como vos”. Me dice…, no le entiendo lo que masculla. Lloriquea con ese llantito asqueroso de la mujer culpable; me dan ganas de darle un bofetón.
Al final larga Que no puede verme más. Que después de todo yo nunca le ofrecí algo mejor. “¿Qué esperás”, le digo, “que nos fuguemos como dos chiquilines a vivir de la caridad en un pueblo de mala muerte?”
Sigue llorando, ¡qué asco, qué rabia que me da tanta querella!
Que yo soy un hombre malo, dice, que soy el culpable de su pecado.
Y le pego el bofetón.

Un silencio.

El té, ¿lo querés de tilo, Dorita?
Porque quedó manzanilla también.

La tormenta, el viento.
Un perro aúlla, lejos.
Tacos de mujer contra el empedrado.
Pascual mira.

¿Aquella quién? Ah, la tabernera.

Muy angustiado.

Mirá a qué hora sale de la taberna; esa no es vida para una mujer. Por algo no se le conoce marido. Vení, hagamos pasar un poco el tiempo.
Te canto un poquito. Sentíme: ¿no querés que te cante?

Busca una guitarra o un instrumento.

Señalando Dos veces me la tiró el papá; miento: una me la tiró y una me la quiso vender. Lo agarré justo con los billetes en la mano. Le armé un lío. El me decía: Pascual, no seas tarambana: la música te va a perder. Sosegáte, leé a Carlos Marx. Leé El Capital. Leé a Errico Malatesta.
Yo me iba por ahí, con la guitarra; tenía el berretín de ser guitarrista famoso.
Mierda, nada.
Te canto.

CANTA Nada.

Luego:
Yo no quiero querer más.
Nunca, a ninguna, nunca más.

Se desata la tormenta.
No vendrán con esta lluvia.
Los matones no salen si llueve de esta manera.
Se les moja la pólvora.

Contempla por un resquicio de la ventana.
Después, con una nonada de energía.

Vení, trabajemos un poco.
Vení, quedáte quieta.
Estos ojos son mejores: bamboleantes, lo más moderno en ojos para muñecas. Fabricados por Américo Bolner en Rosario.

Le arranca los ojos anteriores y le va poniendo los nuevos, con los dedos y con pinzas.

Sentíme: estos otros ojitos no estaban buenos, Dorita. Eran de una Santa Cecilia. Un adefesio que creó el difunto papá a lo último. Vienen del Hospital Santa Lucía y le dicen: “Don Florencio, ¿puede hacernos una imagen para la capillita?” “Claro”, dice el papá, comedido, mandado a hacer. Estamos comiendo y nos pregunta a la Laura y a mí, que entonces ella vivía (no te pongas celosa, Dorita, ya hace mucho que está bajo tierra la pobrecita)  “¿las santas son muy distintas de la muñecas?” “Sí, papá”, le contesta la Laura. Ella le decía papá. “Las santas hacen milagros”. El difunto papá le hace así con los hombros; total, él es ateo y es anarquista. Se pone a cocinar la pasta, le hace boquita de corazón, va a la Casa Nené y busca una ropita que ni pintada. Después quiere conseguir los ojos de las muñequitas francesas, que son de sulfuro. Paperweight. Se caminó toda Buenos Aires atrás de los paperweight. Al final, le puso los durmientes estos, le pinta un laúdcito de papel y se la lleva a los del hospital, que eran amigos suyos. “¿Qué hizo, don Florencio?”, le preguntan. “Esta es una santa Cecilia; nosotros necesitamos una santa Lucía”. “¿Cuál es la diferencia?”, dice el. “Una tiene un platito con los ojos y la otra es música”. “Ya entiendo”, dice el papá. Le saca los ojos a la santa Cecilia y les dice, “Le hacemos una bolsita para los ojos y listo. El laúd no se lo sacamos, porque la santa Lucía puede ser ciega, pero no es sorda también. ¿O era una mártir cristiana de esas que estaban todas estropeadas?” Medio que lo sacaron a patadas del hospital con la santa a cuestas y él se cabreó y la arrumbó en el desván, de cara a la pared, en reprimenda.
Pero estos ojitos son mejores que los de ella.
A ver, miráme, Dorita.
Estás linda, eh.

Silencio

Pero yo los ojos no me los puedo arrancar.
Yo la sigo viendo donde voy.

Suena el reloj cucú.
Pascual va hacia el reloj. Arranca al pajarito, lo tira al piso y lo aplasta con el pie, como a una colilla de cigarrillo.

Ya no corre más el tiempo acá.
Va a ser siempre la primera vez que la vi.
Estoy acá y ella paradita ahí.
Me dice, modosita: “Yo antes solía venir, pero no estaba usted. Era otro caballero”. “Era mi papá, ya falleció”, le explico. “Ah, dice ella, era un hombre muy amable”. Le pregunto a qué viene. “Viene a traer un muñeco que se le rompió al hijito?” “No”, me dice, dura. No me acuerdo cómo sigue, hablamos y hablamos un montón: los extraños no deben hablar tanto.  Ella dice que no es feliz en el matrimonio. Ay, maldición de Dios. Si el matrimonio no se ha hecho para ser felices. ¡La lotería se hizo para ser felices! Pero, ¿quién se lo hace entender a las mujeres?
Pero… pero ahí va el otario a consolarla.
Maldito sea el día que nací, ¡que la consuelo!
Sentíme, vos: ¡ese era el punto para matarla o para suicidarme! Pero no, no, yo me metejoneo hasta la verija o porque ella es bruja y me hipnotiza como la serpiente al pajarito para zampárselo o porque estoy desorbitado o porque nada se me da bien y este es mi destino.
Después, ella viene por meses y hace brillar el sol para mi.
Es lo oscuro, viene por la noche cuando el marido sale, revisa las máquinas de hacer fideos; viene y cada vez que viene hace brillar el sol.

No es imposible querer a una mujer casada.
Son cosas que pasan. Capaz mi error fue que nunca le dije mucho a ella... ¡Que sé yo si la quería, si no la quería! Los sentimientos no me salen decirlos. Porque no está bien que el hombre ande diciendo bobadas. Después, ella me echó en cara que yo le dije que no cometiera la estupidez de quererme. ¡Haberle dicho eso yo! ¡Antes me cortaba la lengua! Y por ahí se lo dije, porque la Laura antes de morir, mucho antes de morir, antes de enfermarse, me dijo, torva: Lo peor que me pasó fue conocerte, Pascual. Capaz que a esta malvada, que ahora se debe debatir entre cielo e infierno, quise advertirla; porque cuando uno, un hombre, un ser humano, vive en su casa lleno de reproches al final piensa que algo de esos reproches deben ser cierto. No era mala la Laura, era una fierecilla sin domesticar. Pero hay que ver las cosas que decía, le paraban los pelos a más de cuatro. Tenía delirios de grandeza, quería viajar por todo el mundo, odiaba el taller. Pero yo nunca le prometí que la iba a hacer princesa. Y tampoco era que estaba loco por ella, que hubiera hecho cualquier cosa por ella, besarle el ruedo del vestido. No: yo la quería bien, la respetaba. Una tarde, cuando era soltero, estábamos con el papá en el taller, en la puerta, y pasó la Laura del brazo con la hermana. El papá me la señaló: Mirá, Pascual: ahí tenés tu Linda Miranda, que camina y anda. Y después, me recita el versito, el aviso que ponían en la Billiken los fabricantes de la Linda Miranda. Nos hicimos novios y me casé con la Laura. Andando el tiempo, empiezo a creer que el papá me había señalado a la hermana de la Laura, a mi cuñada, a la Hilda, no a la Laura. El viejo era zorro, no me lo aclaró nunca. Pero a mí se me metió eso en la cabeza, que él me marcó a la Hilda, y le empecé a arrastrar el ala a la Hilda. Después de casado; por eso la Laura me agarró inquina.

El versito que el viejo me recita cuando pasa la eterna disconforme de mi mujer, dice…
Oí a ver si te gusta a vos, Dorita:

Quien cuida de sus rulitos
Y la peina con esmero
Es un gracioso lorito
Parlanchín y peluquero.
Una dulce hada madrina
Le dio gracia en el andar,
Como Lindita camina
Nadie puede caminar.
Qué bien vestidita queda
Con la ropa que le hicieron
Un gusanito de seda
Y un picaflor tintorero.



Pero después te hice a vos. Cambueca, fatal, todo me sale así.
Cómo se llama, cómo se llama?, dicen
¿Te acostás con ella?
¿A quién se parece? ¿Se parece a alguna que conociste antes?
Grito a todos lados: Ésta es Dorita, la más fiel de las mujeres. Y sí, se parece a una que andaba conmigo. Una de esas que hacen cornudos a los maridos nomás porque les pica abajo, que arruinan una familia, los hijitos, que rompen los muñecos… Pero aprovechan y con el cuento del marido viejo le hacen felonía tras felonía al marido y al amante…
Silencio

¿Dónde está ella ahora?
¿Dónde estás?

Retoma

Me manda llamar con la mucamita.
Me pide que hablemos en la casa, a la siesta, que no habrá nadie.
Que no estará el ruin del marido, entiendo.
Lo llevo al estúpido del Efraín, que me haga de campana.
El espera abajo, yo subo los dos pisos.
Sentíme, Dorita, subo los dos pisos y no me canso del deseo que tengo de verla.
Me vine viejo, me vine zonzo sin darme cuenta…
¿Cómo me pasó?

Repite la escena poniendo a Dorita en el papel de la amante.

Ella sale y el corazón, este hijo de puta, esta piraña, que me anida dentro, se me dá vuelta y me arrojo a sus pies. Tengo pudor de memorar las palabras que le dije.

Con timidez, gritos sordos.

Le digo que ella es mi locura!

Besa las manos de Dorita.

Y ella me pide que pare de hacer el loco. Que deje de llevarte a todas partes.. De ponerla en ridículo a ella con vos, de terminar avivando al marido de que ella me quiso!
Sentíme, Dorita: ella está celosa de vos
Le voy atrás como un perro.
Y entonces…
Entonces…

Triste

Yo no voy querer más. Porque esta es una maldición.
Te ponen la carne delante, como un dulce, como un plato de fruta y vos agarrás.
Vos decís, vos sabés, que me tiente con la fruta no quiere decir que esté pisando la trampa. ¡Infeliz! Sos un infeliz. Y después te ponés a buscar como un loco si atrás de esa carne que se mustia, con la que te das un banquete, hay un alma dispuesta para vos. No te basta con querer, ¡querés que te quieran!
A qué estupideces nos reduce la naturaleza.
Pero, mientras dura, te afanás en el amor.
Ella, se afana en el amor.
Porque se le llama Amor.
Pero un Juguetero le llamaría Desperfecto.

Vení, matemos otro pedazo de tiempo.
Toco otra cosita…
A la Yacopi la salvé de milagro de la hoguera que le hizo el difunto papá. Yo venía oliendo la chamusquina, y me preguntaba: ¿El papá va a hacer asado a las cuatro de la tarde? Eran como la cuatro de la tarde. No: había puesto unos cartones a quemar con la Yacopi encima. Fijáte cómo la marcó. El que era capaz de llorar por una Marilú cachada, ¡me quiso destruir la guitarra que era mi única alegría! El, un hombre tan noble, como dicen todos. A la final era malo. Yo me hubiera criado guacho con la mamá y otra hubiera sido mi vida.
Buena mandarina esa también, que se me fue de chiquito. El papá me explicó que ella se murió del pecho, pero yo sigo pensando que se tomó la estricnina para no tener que verlo más.
Más bajito, más fuerte te toco. Cómo querés?
Vos sos la última que yo quiero.
No me importa que tengás el corazón de trapo.
Sentíme…

Rasguea algunos breves acordes en la guitarra.
Más tarde. arregla la cuerda de un juguete.

Acá chiquitos se ven todo el día y son uno peor que el otro.
A cuál más malcriado, más egoísta.
Por eso con la Laura no quisimos tener hijos.
Porque hay que ser muy bueno, para tener hijos buenos.
Parece que en eso estábamos de acuerdo con la Laura.
O a lo mejor no los quiso tener conmigo de rabia. Porque me enamoré de la Hilda. No sé si estaba enamorado de la Hilda; capaz que sí. Cuestión que hijos no tuvimos; no tengo ninguno.

Final
Muy bajo.

Me dice:
Dejáme tranquila, Pascual.
“No entendés que no quiero verte. Que estoy esperando un hijo.”
“Con vos no se puede ser bueno!”, le largo. “Sucia! Me dijiste que no te acostabas con tu marido! ¡Me dijiste que eras mía!” Veo todo negro; ella es una cosa chiquita así (señala la estatura) y la sacudo, para quitarle la pavada, la sacudo, sube la mucamita, grita, sube el Efraín que me la va a quitar de las manos parece…
Pero yo sigo y la echo escalera abajo…, de la rabia.
Cuesta abajo dos pisos.

Silencio

Ya está hecho.
Todo el daño que se podía hacer ya está hecho
Y capaz que el crío era mío.

Los postigos  se golpean con fuerza por la tormenta; los abre, se asoma.

Nomás es la tormenta.
¿Vos ves a alguno?
Por esta (besa la cruz de sus dedos) que nunca vuelvo a querer a nadie.
Sentíme, Dorita: hoy no viene a matarme ninguno, ¡con lo que yo me quiero morir!


Apagón

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