martes, 9 de agosto de 2016

Sal y Ceniza. Monólogo de magia judía para un hombre. Autor PS

1959. Hotel de descanso.
Las sierras de Córdoba, Argentina.

Un biombo. Detrás, la partenaire, una mujer joven está cambiándose.
En escena él. Está demaquillándose el albayalde la cara.



Él:
¡Sabina! ¡Sabina!
Qué mala costumbre no contestarme.
Zi blozt azoy fun zij, vi zi volt guepisht mit boyml.[1]
Ah, el amor hace pasar el tiempo, y el tiempo hace pasar el amor…
Oy vey!
Yo sé cómo hacerte salir pero no voy a hacerlo porque después me peleas.
Cae una media de nylon del otro lado del biombo.
Me costó mucho esfuerzo dejarte aceptar las propinas.
Está bien, consentí en que tuvieras admiradores a cambio de las propinas. Las otras también lo hacían: Elen, Lili… después me dejaron por algún huésped de hotel que creían millonario y se iban con él. Gajes del oficio. A veces volvían, algunos años después. Moira volvió, por ejemplo. Que ningún mal de ojo se olvide de ella! Ya sé que te conté; te lo conté hace mucho tiempo; puedo volver a contarte y puedes tener el suficiente don de gente como para oírme. Cuando Moira volvió era muy inteligente, mucho más, muy diestra con los dedos, con los naipes. Aprendió prestidigitación robando en el tranvía las carteras de las señoras, las billeteras de los caballeros…
No me oyes; no me prestas atención.
Sabina: déjame explicarte por qué no quiero que vayas con él.
Te piensas que son celos.
Silencio.
Pero yo estoy más allá de los celos. Estoy viejo. No lo digo para que me tengas piedad. Yo sé que no puedes tener piedad por mí.
Sonido de lamento.
No te burles.
Sos una muchacha indecorosa.
Estoy ahí delante del público contando chistes y no tienes ni la buena voluntad de reírte un poco. Me haces quedar como un estúpido. La Torá recomienda que la esposa debe tener la mitad más siete años que el esposo. Eso recomienda, pero no por ser más joven que lo haga quedar como un idiota.
¿Cuál es el que no te gusta?
El chiste del condenado a muerte?
Practiquemos: yo lo cuento, vos te ríes.
El condenado a muerte camina hacia el patíbulo y todos los reos lo saludan. Pregunta:
- ¿Que día es hoy? 
-¡Lunes!
-¡Je! –dice- ¡Linda forma de empezar la semana!
Silencio.
Eres cruel, Sabina.
Paciente: su objetivo es hacerla reír.
Probemos con otro…
Los de amor, que te gustan más. El eterno femenino!
A ver:
-Moishe, durante tu viaje vas a seguir siéndome fiel?
-¿Cómo puedo saberlo? Yo soy un viajante de ropa interior femenina, no un profeta...
Otro:
Abraham va a probar fortuna al Brasil, y deja a su hermosa esposa en Buenos Aires. Después de dos años vuelve y encuentra a su mujer con un bebé en sus brazos.
-¿Quién es el padre de esta criatura?, ¿es León Kaminsky?
-No, Abraham.
-¿Es Bernardo Josevich?
-No, Abraham.
-¿Es Jaime Kleinkop?
-No, Abraham.
-¿Qué te pasa?, ¿acaso no te gustan mis amigos?
Mira, este último no te hará reventar de risa, pero es un chiste galante. Elegante.
Una dama, en la calle, pierde una liga. Un rabino la levanta y al devolvérsela, entre barbas, murmura:
-Deuteronomio, capítulo tal, versículo tal.
La señora, intrigada, regresa a su casa, busca en la Biblia, y encuentra el pasaje aludido: "La felicidad está más arriba".
Silencio absoluto. Caen prendas al otro lado del biombo.
Parece que estás hecha de la misma ralea que tu anfitrión.
Enfático.
Es necesario que no vayas a cenar con ese hombre.
Te invitó a cenar en su cuarto? Es preciso que no vayas.
Te lo ruego, te lo imploro, Sabina.
¿Quieres que te aumente el sueldo?
¿Quieres que te compre el visón?
No puedo comprarte un visón. Un zorro, a plazos…
Sabina, mujercita…
Una enagua cuelga del biombo.
Estás tan enojada.
Una palabra que me digas no te secará la lengua.
Yo entiendo que no entiendas, porque sos muy joven. Tanto que ni siquiera sos judía. No sabes nada de la guerra, querías ser cancionista, después actriz de la radionovela. Vienes de Berisso, ¿se llama Berisso la localidad donde vos naciste? Es muy distinto a todo lo mío. No hablo del oficio, el asunto de la magia ni… lo de los chistes… No, es que trato de explicarme. No quiero te vayas, nada más. No quiero te marches a la habitación de ese hombre. Sea por la razón que sea, no quiero.
¿Es que quieres que te suplique?
¿Quieres que me arrodille?
¿Qué te prometa regalos especiales?
Silencio.
Yo no soy un asesino, Sabina. No soy un… un… homicida. Los homicidas están en las películas, en el cine. En la vida real, hay gente. La gente sufre mucho. Cuando yo era niño, en mi casa faltó de todo, pero hambre no faltó jamás. Eso enseña.
Risueño
Me acordé del del pollo.
Un comensal llama al mozo, después de haber sido servido, y le dice:
-Oiga, ¿qué le pasa al pollo que me trajo? Tiene una pata mucho más corta que la otra. Y el mozo le contesta:
-¿Usted pidió el pollo para comerlo o para bailar con él?
Silencio.
No, ya sé. No ayuda a comprenderme.
No tendrías que ofenderte conmigo.
Bajo
Sobre todo, no tendrías que ir a decirlo a la policía.
Sabes ya como funciona esto. La adivinación, el mentalismo.
Parte lo sé, me viene a la mente un refucilo.
El don.
Parte me lo invento. Me doy cuenta por la expresión que ponen cuando los toco…
Quise enseñarte esto, todo lo que pude te lo enseñé. ¡Comes y niegas! No deberías ser así de ingrata. No es mi culpa que sólo puedas con el truco de los pañuelos. Admito… admito y te pido disculpas: nunca tuve que reír cuando se te voló la paloma a la viga (ríe otra vez) y todo el hotel de Los Penitentes te decía ‘fraude, fraude’ y se moría de risa… pobre bicho, qué susto tenía. Sos muy bruta con las manos; es una crítica que te hago, para que aprendas mejor. La magia es una cuestiòn de práctica: tienen que acostumbrársete los huesos de las manos. Got iz an alter kuntsnmajer.[2] No te enojes también por esto. No quiero tu enojo, soy un pobre viejo, un maestro de artes antiguas… y anémicas…
Vos crees que él es un hombre de mundo, un caballero.
Ojalá tenga cien casas, en cada casa cien cuartos, en cada cuarto diez camas y que las convulsiones lo arrojen de cama en cama. Porque no sabes quién es…
Vos crees que soy víctima de los celos.
Un viejo impotente…
Primero pedí un voluntario.
Los del sindicato ferroviario lo mandaron al rubito pequeño, con cara de laucha. Cerró los ojos y yo le toqué la frente. Escuchaste lo que le dije?
No, estabas atareada sonriendo al público.
Le dije:
Mi señor! Este es para usted un viaje de placer. Un viaje planeado y ansiado durante largo tiempo. Hizo ahorros para venir.. Compró una maleta de cuero para venir hasta aquí. Hay en usted un amor... Dos amores... pero, pero... ¿son dos o son tres? Ah, qué pícaro. Creo que son dos nada más. Una es rubia con rulos y la otra, ¿morena, no?... la otra es...  morena.
El voluntario se puso color granate. Pero le gustó. Le gustó! Por la casa de mi padre que si esa laucha tuvo una amante alguna vez fue por pura equivocación. ¡Lo hice quedar como un héroe, rebosante de virilidad ante los compañeros! Después te dejó a ti la propina en la galera. A lo mejor creía que te podía seducir…
Oy, vey, Sabina.
¡Yol cheyetz vern!
Cuando vi al público mejor dispuesto, pasé entre las filas.
Vos ibas atrás mío con la galera, no podías ver mi rostro.
La palidez que me agarró.
Dije a una fulana con una panza así a punto de explotar: “Su hijo será varón”; a otra muy fea: “Conseguirá un novio antes que termine el año”; a un señorito con cara de cretino: “Se romperá una pierna, pero triunfará en la baraja”; y al hijo del conserje: “Su tía falleció en las primeras horas de la tarde”. Y seguí, seguí tocándoles la frente y viendo los pequeños avatares de sus futuros: un viaje a Europa sin retorno, una ruptura,  una pena.
Así llegué hasta él. No había nada distinto, un anuncio, sino hubiera evitado acercarme.
Te piensas que me gusta evocar los malos recuerdos…
Pero no es cierto.
Vey iz mir!
Cuando pasé el dedo por la frente, ardió la marca de Caín.
Yo sé que tú no crees en eso, pobre Sabina.
Oswiecin te parece una palabra rara, ni siquiera un pueblo de la Polonia.
Este, tu galán, era un secretario ahí. Un escribiente. Ves? Tengo la bondad de revelarte el oficio de tu futuro amante; tu futuro esposo, si tienes suerte. Te piensas que un secretario no puede hacer pecado, porque no se entinta las manos con sangre. Pero él sí podía. Podía. Anotaba, enlistaba. Aquí, la columna de la derecha, en su libro, los que viven. Aquí, los que van a las cámaras de gas. No decía en ningún lado, no se sabía que la columna izquierda era la muerte en las cámaras de gas. La gente le preguntaba: Señor secretario, ¿adónde vamos? Yo lo recuerdo perfectamente, con mucha claridad. Te crees que estoy mintiendo, que estoy inventando. Ojalá pudiera olvidarme. Nos miraba la estrella, el número en la muñeca y anotaba. Aquí o aquí. El no contestaba ni media palabra a la gente; le daba de asco.
Lo vi cuando lo toqué.
El asco le vi.
Es claro, yo no soy más que un judío miserable.
A lo mejor tenga que cambiar la rutina, para ocultarlo. Para que no se revele tan fácilmente… No soy el hombre valiente que a vos te gustaría; el hombre valiente en mi lugar no hubiera sobrevivido allá. Yo he peleado por una papa; otros peleaban por ideales…
Por favor, Sabina, estoy tan triste.
Ven aquí y siéntate en mis rodillas. Como al principio, déjame que te cuente.
No te vayas con ese hombre sucio, con la manos manchadas por el crimen.
Sabina deja aparecer la ropa interior.
Oy oy oy. Te pondrás encajes, puntillas, para verlo.
Ya veo que estás enojada.
Era la pistola simulada, de fogueo! Bien sabes que no tenemos de las otras.
Por qué tenías que gritar?
Nada más quería verle el susto en el rostro.
Qué cara le pintaba la muerte.
Pero tenías que gritar, alertar al personal del hotel…
Te fallaron los nervios. A vos o a mí nos fallaron los nervios.
Tu galán, estaba tieso en la butaca, cagado en los pantalones.
Le conté el de Hitler, cuando visita al astrólogo.
-A ver -dice el astrólogo- sí, acá está muy clarito. Usted se va a morir un día de fiesta judía.
-Bueno, pero ¿qué día? -pregunta el nazi.
-Ah, eso no lo sé, pero cualquier día que usted se muera va a ser de fiesta judía.
Después me sacudiste vos la espalda y la pistola se disparó en el techo.
Oy vey!
No me contratan más.
No importa; le vi el susto de muerte, le olí el miedo al asesino.
¡Qué placer!Un poco estúpido, sí. Pero con eso tengo bastante.
Decís que te hice avergonzar.
Por eso serás amable con él.
Está muy mal, pero no voy a detenerte.
Te vas a verlo a él ahora?
Lo vas a consolar?
Te harás un árbol sin sombra.
Te haces de sal y ceniza.
Que tengas diez barcos repletos de oro y te lo gastes todo en médicos.
Ahora andáte.
Andáte con él, Sabina.

Apagón.








[1] Idish. Es tan agrandada como si meara aceite.
[2] Dios es un viejo prestidigitador.

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