viernes, 5 de agosto de 2016

La Patrona de lo imposible ya no atiende aquí. Monólogo para una santa desmadrada. Autor PS

Capilla de Santa Rita de Casia.
La santa, con su hábito conventual, tal como la vemos en las estampitas. Habla a un feligrés que está arrodillado frente a ella.



SANTA RITA:
A ver, querida, yo soy santa Rita de Casia, patrona de lo imposible. No, no: es que no es mi protectorado: yo no atiendo asuntos amorosos. Ya, ya me explicó usted que el estúpido mira ahora a su compañera de oficina y eso la hace muy desgraciada. Me lo explicó, pero si me permite una opinión desde los santos reinos, tengo que recordarle que Jesús nos alienta a compartir nuestros bienes con el prójimo. Lo sé, lo sé el estúpido no es un bien; pero usted está enamorada de él y no acepta que sea de otra. Jesús habló en contra de la propiedad privada, en una parábola que San Mateo no copió –en el fondo, a Mateo le  tiraba su pasado de recaudador de impuestos…-. Tampoco sé bien qué quiere decir con eso de estar enamorada. Yo, casar me casé: pero estar enamorada es harina de otro costal. Me casé dos veces: con Niccola primero y después con Dios. Habrá escuchado eso que se dice que el segundo matrimonio es el triunfo de la virtud por sobre la realidad… ¿Sí, verdad? Me lo inventé yo; son palabras mías.
Yo acá en la capillita me encargo de los esposados nada más.
Mire, bella dama, por asuntos de amor usted tiene que ir a pedirle a San Antonio, el de Padua. El otro loco del desierto no…, el Abad, quiero decir, el Abad no tiene que ver con el amor, los amores. El está en contra de la carne, la mente, el espíritu o dónde fuera que sea la cocina de los sentimientos.  Acá al lado, tiene la capilla de San Antonio. ¡Uh, un santo poderosísimo! ¡Lo siguen más mujeres que a una estrella de la actuación!
No, no, yo lamentablemente no la puedo ayudar. Qué lástima, con lo que a mí me gusta ayudar a las jóvenes. Sí, patrona de lo imposible, me dicen… eh, eh, modestamente. El vulgo me llama así, porque yo… con Niccóla, el esposo mío, tuve mi cruz también: el imposible era él. Ayuda, no le prometo, bella dama, porque corregir un marido es imposible. ¿Por qué se pensó estoy acá arriba? No: por la belleza a una no la santifican; ni a las mártires les pasaba eso y mire que también ellas iban con poca ropa encima. Hable más bajo, que Teresa me tiene unos celos espantosos, me odia. Es que ella era muy fea, se dedicaba a leer, a escribir: pobre mujer, estaba desahuciada.
Pero después de casados tuvimos los problemas con mi Niccola. Porque antes de casados no nos conocíamos. Viene mi madre un día y me dice: “¿Tenés todo cosido, todo bordado, todo limpio, Rita?” “Sí, madre”. “Mejor. Porque mañana tu padre te casa con un hombre”. Antes se hacía así; San Antonio de Padua no había; cuando los padres no querían que los hijos se casen, los hijos iban y tomaban la cicuta. En Verona la cicuta se vendía por quintales. “Qué alegría, madre. ¿Es buen hombre?”, le pregunté yo, más feliz que si paloma del Espiritu Santo me hubiera cagado encima. “Yo no te dije eso, Rita. No digas lo que no digo”, me contestó y al día siguiente estaba unida a Niccóla hasta que la muerte nos separara. ¡Gracias a Dios que existe la Muerte! Toda la vida esperando por un esposo y mi padre me casa con Niccóla. Por eso, a mí en el santoral, me tienen defendiendo el matrimonio; es un trabajo como cualquier otro, no me quejo.
Un día, el de Arriba viene y me pregunta: “Rita, ¿querés que lo traiga a Niccola para que se siente a tu diestra?” Genuflexa, le contesté: “A Niccóla, rey mío? Por qué humillar a tu sierva con semejante compañía?” ¡Pero va, que si llega a subir ese gandul de las parrillas adonde lo mandé atar, no le juro porque acá jurar no puedo, pero le aseguro que me metía a hurí de esas que bailan y bailan, a cada rato para Mahoma, su nombre no cunda en mi boca!
O sea, entiéndame, bella dama, se lo aclaré ya. ¡No me estufe con el novio infiel! Usted se tiene que casar y recién después yo la atiendo. Se casa con este oficinista y después que se casa, se pelea, tiene disturbios o lo que sea, le dá una paliza o le rompe un brazo, pongamos, y entonces usted viene y me cuenta. Yo ahí la puedo escuchar, para eso soy la abogada de lo imposible. Si conmigo la cosa no le resulta, habla después con un abogado de lo posible, y le pide la mitad de los bienes que le corresponden porque son muy de usted y se los tiene bien ganados. Hay que aguantar en el matrimonio, yo siempre lo digo a las malcasadas que me vienen a llorar aquí. Una esposa tiene una misión que es soportarlo y sufrirlo todo, como escribe Pablo a los Corintios…. Entre nos: ya vio lo que era Pablo que no le conocimos doncella… lo que usted no sabe es ¡quiénes eran los corintios!, pero ¡calla, boca! no hay que levantar falso testimonio. Lo que le digo: soportarlo y sufrirlo es también una misión y el jornal es la mitad de los bienes del soportado. Lo justo es justo. Después, usted hace como yo y se mete a un convento que allá es lugar para una mujer tranquila. Llora y de las lágrimas nacen rosas, pide higos en invierno y los higos crecen de los árboles secos y si medita en el Evangelio y ora, le sale un estigma en la frente y con los dineros del imposible se compra lana merino para hacerse una linda toga. Esta es shetland, de la buena. ¿Sabe lo que era en mi época conseguirse lana shetland? ¡Otra que patrona de lo imposible había que ser! ¡Había que negociar con los piratas!  
¿Y por qué ahora usted no está segura de casarse? ¡Si el matrimonio, después de alabar a Cristo, es lo más hermoso en la vida de una mujer! La mujer cristiana nació para el sufrimiento. Una sufre día y noche y después se muere y se va al Cielo derecho, derecho. Pero no hay que hacer trampa: nada de echarse al foso de los leones para que los Papas se confundan y piensen que se es mártir. No, no, no. Hay que levantarse cuando el sol asoma, y amamantar, amamantar, cambiar pañales, lavar pañales, cambiar pañales. Lavar ropa del marido, lavar sábanas del lecho, preparar comida, cambiar pañales, cocinar al marido, amamantar. Cocinar al marido, amamantar, cambiar pañales; yacer con el marido, yacer con el marido, yacer con el marido: amamantar. Una pide a Dios que el marido se digne a poner una criada; el marido ¡Dios sea loado en lo Alto! pone la criada, entonces después la buena esposa cristiana ya no yace más con el marido por veinte o treinta años porque el marido yace con la criada. ¡Qué hermosura es el matrimonio, gloria a Dios en el cielo y a Jesucristo su único hijo, Nuestro Señor!
Espere que lo llamo. ¡Antonio, te precisan! ¡Antonio! Es que está muy atareado siempre, busca que busca cosas, que una aguja que se perdió en un almohadón, que el recibo de un haber, que un lacito, que una horquilla… Lo tienen en un frenesí sinfín. Aparte está un poquito mal de la testa. Estas fulanas que vienen aquí y le piden que él les resuelva los amores, los adulterios, se enojan con él y lo ponen de cabeza. Tiene que usar gorguera, le recomendó San Pantaleón. Para los males de la cervical, pobre Antonio. Yo le dije: Antonio, tienes que retirarte. No les hagas más favores a estas ingratas descuacharrangadas. A cierta edad uno tiene que cuidarse más los huesos, mírate el cuello. Parece un dromedario, pobre Antonio. ¡Antonio! ¡Antonio! Ya viene, usted estése tranquila, que el novio no se le escapa con la sin-dicha de la oficina. Antonio es una fiera para atrapar a los novios rebeldes…
No, pero no se moleste, bella dama. Está bien, ahí en la urnita deje…, para las flores artificiales, para el insecticida. Es que a las rosas de género se las comen las polillas. Es una vergüenza, pero así es como estamos en la santidad. En este gabinete en que se atienden los imposibles maritales, nos comen las polillas.
¡Antonio, que te llaman! ¿Te estás haciendo el sordo?
¡Antonio, por la perra que te parió, venía a atender y dejáte de lujos!

Apagón.  

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