martes, 2 de agosto de 2016

La mujer bígama. Monólogo para una mujer. Por P.S.

Escenario
Una mujer en un despacho, sentada frente a un secretario de edad mediana, hundido entre legajos.
Personaje
Freya, una de mujer de edad indefinida. Entre 40 y 50 años.
 


FREYA:
Me dijeron que espere al Juez acá, por eso estoy.
La verdad es que nada me gustaría más que ir a un café, a tomar un café. Pero en el café no voy a tener con quien hablar y yo necesito hablar. Aunque nada más me oigan las paredes, le hablo a las paredes. Me dijeron que usted era una persona amable, que sabía tratar con los declarantes. Por eso el Juez lo hizo secretario suyo; debe ser una virtud muy importante la amabilidad, tratar bien a las personas…
Ya sé que no me va a contestar.
Porque si me habla transgrede la ley. Las normas, algo de eso.
Yo no quiero llevar a nadie por el camino de fuera de la ley, no me malentienda.
Averigüé, claro, si lo mío era un delito por el que me podían meter presa. Cuando me dijeron que no, me quedé más tranquila. Imagine que yo tengo hijos que criar, tres chicos, Mal que mal tengo tres hijos. Mis maridos no pueden con los chicos. Ninguno de los dos. Los hombres parece que se las arreglan solos, pero no se las arreglan solos nada en la crianza. Pregúntele a cualquier divorciada. Bueno, ustedes deben saber de eso bastante. De divorcios quiero decir. Para mí el divorcio es un pecado.
(baja la voz)
No me mire así. ¿Qué tiene?
Además tampoco me puede mirar.
¿Usted dice que acá todo lo que yo diga puede ser usado en mi contra?
O eso solamente se dice en las películas de tiros?
No tiene ni idea de todo lo que tienen mis maridos para decir.
Los dos están enojados.
Yo sé que en el fondo el enojo es algo del machismo. Porque el enojo viene porque no saben cuál de los dos es el más engañado. Ellos dicen: “Freya me fue infiel y eso me enoja. Eso es un sufrimiento insoportable. Pero ¿no le fue infiel también al otro?, ¿cuál de los dos es más cornudo?” Si cada uno de los dos llega a resolver que el otro es más cornudo que él, entonces santo remedio, se acabó el disgusto: los hombres son siempre unos niños. Así, todos contentos, o casi todos contentos.
Porque yo elegir no puedo elegir. Si pudiera elegir, hubiera elegido hace tiempo.
La gente tiene muchas fantasías. Mi hijo mayor me dijo que salió el asunto en los diarios y que el padre le había dejado faltar en la escuela, para que los compañeritos no se burlaran de él. Capaz la directora de la escuela o la maestra, se imagina que tener dos familias es vivir en una fiesta constante de la noche al día.
A lo mejor usted piensa lo mismo.
Porque nadie se imagina que una es esclava de las dos familias.
Una mujer común y corriente es esclava de una sola.
No puede levantar la vista del legajo para opinar, ya sé.
Lástima que el Juez tarde tanto.
Van a declarar que el segundo matrimonio es nulo. Porque eso es lo que contempla la ley. Me lo dijo el abogado ya. Me pusieron un abogado de oficio. Ay qué ternura me dio ese chico, con el nudo de la corbata mal hecho, desastrado. Hace dos días, mientras repasaba el caso, lo miro bien: tenía puesta una media de cada color. Yo me mordí los labios al principio, me prometí: Freya, calláte. Pero al final no pude con mi genio y le pregunté: “Doctor, usted no tiene novia?” No, me dijo que no tenía. “Pero madre tiene?” Me dijo que tenía madre, una, en SanMiguel de Tucumán, lo cual significa que está bastante lejos para hacerse cargo del nudo de la corbata y de las medias del hijo. “Mire, permítame”, le dije. Me acerqué y le hice bien el nudo, como le hacía a Pepi cuando iba a la oficina antes que yo. El abogado de oficio se puso pálido, yo creí que se desmayaba ahí mismo. Yo para mis adentros pensé, este chico necesita una mujer que le haga un buen desayuno, jamón, unos huevos revueltos, un café bien negro, como comen en las películas norteamericanas. Con un hilito de voz me increpa: “Está queriendo seducirme, señora?”
Así que yo no sé si el abogado que me puso el tribunal, sacará mi caso adelante.
Por ahí es medio estúpido también.
Capaz tenga que pagarle yo daños y perjuicios a Carlos.
Le juro que no sé de dónde voy a sacar para pagarle daños y perjuicios a mi marido. Porque yo todo lo que gano lo pongo en la casa, en las casas. En las dos familias.
Una familia para salir adelante necesita mucha plata.
Lo del amor son macanas.
Yo sé que Carlos por dignidad no me aceptaría la plata. Pero los chicos necesitan plata. La nena tiene que crecer, terminar el séptimo grado, más adelante festejar los quince años. A las chicas ahora les gusta hacer fiesta. En mi época, la fiesta de quince era un incordio; la obligaban a una, que a entrar en el vestido con ballenitas, que a sonreír para la foto, que a bailar el vals con un tío, con otro tío, con el padrino. Las chicas de ahora, en cambio disfrutan de la fiesta de quince y eso que cuestan un ojo de la cara, pero a ellas no les da culpa. Por eso, por lo que digo, Carlos tendría que aceptarme la plata. Si yo tuviera plata, se entiende. Lo tremendo sería si tienen que sacarle plata a Pepi, con un embargo, no sé. Porque entonces tampoco Pepi me va a querer recibir -¡y tengo dos hijos con Pepi, los varones!-; si tiene que vender la casa, que compramos los dos cuando nos casamos, para pagarle la mitad Carlos, no me querrá volver a ver. Para él la plata es importante y sospecha que Carlos es un indecente que me lavó el cerebro para que yo me casara con él. Pobre Carlos. El abogado que me pusieron dice que mientras yo resuelva mi vida con mis maridos puedo alojarme en los Hogares del Espíritu Santo, que ahí las religiosas me van a acoger con gusto.
Ya quisiera yo ver eso.
¿Usted conoce los Hogares del Espíritu Santo?
Ya sé, no me contestará una palabra.
Mire, al final no sé si la opinión de otra persona tiene peso en mi historia.
Ojo, que lo digo con respeto.
Porque usted es un hombre, el Juez es un hombre, mis dos maridos son hombres, mis dos hijos son varones y los varones piensan distinto. Creen que todo es sexo, que la lujuria me lleva de las pestañas de la cama de un marido a la cama del otro, y que yo ando enloquecida metida en ropa interior de seda y agitada, acalorada, pensando en las posiciones sexuales que haré con cada uno esa misma noche. Los varones piensan así, no me contradiga. Es científico, lo leí en una revista, un artículo sobre el cerebro femenino. Una mujer piensa una sola vez por día en el sexo, mientras el hombre ya pensó en ello diecinueve veces. ¡Diecinueve!
La nena no es mía, Sofi es hija de Carlos con la primera esposa que se murió de cáncer apenas nacida la nena. Pobrecita, la mujer. Carlos el día que me conoció, que se enamoró de mí, se me declaró así: Freya yo necesito una madre para mi hija y te necesito a vos a mi lado, te necesitamos los dos para toda la vida.
Póngase en mi lugar.
Me casé con él.
Lo ayudé con la nena; es un encanto de nena.
Me dice Mamá y todo. Y sí; yo la crié desde los dos años: ya tiene once. De este año no pasa que se haga señorita. Yo ya le expliqué todo, por si le viene un día que yo no estoy. Seguro al principio le va a costar pedirle al padre que la acompañe a comprar toallitas femeninas a la farmacia. Aparte en la Villa, hay dos farmacias nada más. Está una chiquita que atiende una vieja yendo para la Sierra de la Ventana y está la otra un Farmacity para cuando se llena de turistas. Igual es muy sano el lugar, el aire puro, comida casera; hace diez años que trabajo llevando turistas a Tornquist y nadie se me enferma.
Pasa así, estoy tres días en Ventana acomodando la gente y haciendo los papeles y los otros días en la Capital donde arreglo los asuntos de la Inmobiliaria. En la inmobiliaria ésa trabajo hace quince años; antes trabajaba en otra, venta y alquiler de departamentos en Quilmes, por la época en que vivíamos con Pepi en Quilmes y nació Santiago el mayor. Sebastián ya nació cuando estábamos en Barracas, en la Capital. Me gusta el barrio de Barracas porque si algo falla y no puedo viajar en el coche de la empresa, me voy hasta la estación Constitución y ahí me tomo el tren a Tornquist que tarda, pero es cómodo. En Tornquist me busca Carlos con el Fiat. Vivo de Constitución a seis cuadras nada más, y de Tornquist a treinta kilómetros.
Conoce Tornquist?
Es bastante bonito y Ventana es un sueño, muy lindo para vivir ahí.
La nena se aburre un poco en Ventana, quiere las luces de ciudad. Ya sabe cómo son las chicas. Yo siempre que vengo a Buenos Aires, a la Capital quiero decir, le compro la ropa acá, que hay mejores tiendas. Le compro un juguetito en Cebra, antes de ir a la estación. A veces no le pego con el talle, entonces la mamá de Carlos que cose muy bien, se lo arregla. Ella no me quiere, no es buena suegra conmigo. Vive diciéndole que soy una prostituta porque no me quedo a vivir con ellos; le tengo explicado que por mi trabajo no puedo dejar de viajar y que además la plata se necesita para vivir, porque con la pensión de ella y lo que gana Carlos no se vive ni pagamos la hipoteca. Por suerte Carlos no es apegado a la madre. Igual a mi suegra le pagamos unas vacaciones a las cataratas del Iguazú, en un centro de jubilados. Se las regalamos para el día de la madre; hay que hacerle algún regalo a las suegras si una quiere estar bien con ellas.
Como sea, estoy segura de que fue mi suegra la que me denunció.
Mi suegra, la mamá de Carlos.
Usted no me va a decir.
Repetirá lo que ya sé, que la denuncia fue anónima.
La otra suegra es un amor. Dorvalina.
Es loca de la cocina, los buñuelos, los bollitos, con canela, sin canela, con vainilla, con pasas de uva, con cascaritas de naranjas. Pienso en los bollitos y se me hace agua la boca.. El nene, el menor, siempre me corrige. A mí y a mi suegra Dorvalina, Muffins se llaman. No se llaman más bollitos, buñuelos. ¡Cómo cambian los nombres de las cosas! Qué rápido una cosa pierde sustancia y se convierte en otra. Parece que las cosas tuvieran olvido.
Usted sabe de lo que le hablo cuando le hablo de bollitos, de buñuelos?
Me puede hacer un gesto con la cabeza pero no lo haga, total entiendo igual. Usted y yo debemos tener más o menos la misma edad. O sea que sí sabe lo que son bollitos. Las galletas de antes, las boca de dama, el polvorón, las pepitas, los anillitos, las melba, las lincoln. Cierto? Conoce?
Mi semana es más o menos así. El domingo a la noche meto los bollitos en el tupperware que me mandó mi suegra, preparo la valija, en el fondo siempre la ropa nueva o los libros para Sofi. Mientras preparo, Sebastián se tira en mi cama y salta. Ya es un chico grande, no sé que manía agarró de comportarse como un bebé otra vez.
Bajáte, Sebastián.
Nada, no hace caso.
Bajáte, Sebastián.
Me bajo si me llevás con vos a Las toninas.
No voy a Las toninas. Nunca voy a Las toninas.
A Tandil.
No.
No puedo ir de viaje con vos?
No.
Cuándo voy a poder ir de viaje con vos, mamá?
Nunca.
Pero el tema no se termina. Llega el otro y empieza a preguntarme las tareas de idioma. Tiene idiomas en la escuela y siempre se lleva la materia, lo aplazan. No tiene cabeza para las lenguas extranjeras. El padre se enoja, se sulfura, pero si no tiene cabeza, no tiene cabeza. Le chilla que es igual a mí, que no tengo cabeza. Que no hablo más de un idioma y eso que me mandaron a dos academias. Nada, no saqué nada más que dolor de cabeza. Cuando estudiaba francés, me hacían escuchar a Edith Piaf. Cuando estudiaba inglés, oia las canciones de Frank Sinatra. Conclusión: me sé todo el repertorio de Frank Sinatra y todo el repertorio de Edith Piaf y ni una palabra de inglés o de francés.
¿Usted habla algún otro idioma? Digo, cuando habla.
¿Qué hacen acá cuando viene a declarar un extranjero, un inmigrante sirio, por ejemplo, un senegalés? Ya sé, no me puede responder. Contratan un intérprete, seguro.
Corrí por uno, corrí por otro.
Y ustedes me dicen que me ponga contenta porque viviré con las monjas de los Hogares del Espíritu Santo.
Me cago en la hostia!
Perdone.
Me siento con el mayor, le hago repetir los verbos en francés. Mientras, cocino para tres días y meto la comida en el freezer. Pollo sin piel, porque Pepi tiene alto el colesterol, ravioles con salsa rosa, budín de pan para el más chico y flan para el más grande. Les dejo plata para que se compren un tentempié en la cantina de la escuela, a mi marido no le gusta que compren unos bocados ahí así que no les da un centavo. Mientras se hace la sopa de tomate, meto toda la ropa en el lavarropas, con suavizante porque si no se quejan los tres. Tengo dos camisas de Pepi que no quiere que se las planche la planchadora china de la otra cuadra; lo hago yo. Voy al lavarropas, saco la ropa, antes de medianoche la tiendo. Para cuando tiendo la ropa, los chicos ya están durmiendo, los beso en la frente, en las mejillas, en el hoyuelito de Seb en el mentón, para despedirme. Ellos ni abren los ojos. Viene mi suegra, la buena suegra, al día siguiente y destiende, dobla y guarda. Calentará la comida que les dejé y sirve. Compra el pan, la leche para el día aunque ninguno ya toma leche. Después cuando regreso yo, la leche está cortada y debo tirarla por el resumidero.
Espulgo al perro antes de irme. Tenemos un perro, un golden retriever o lo parece. Le costó una fortuna a mi marido y por eso él quiere que siempre esté peinado y con el pelo brillante. Le doy una cepillada y le saco el sarro de los dientes; todo durante la noche. Me fijo que no le falte el Dog Chow. Antes le comprábamos Royal Canin, cuando era cachorro y comía menos, pero ahora la plata no alcanza y nos conformamos con el Dog Chow que venden en el supermercado. El perro aúlla cuando me voy y me recibe moviendo la cola cuando llego.
No hay amor como el de un perro.
Mi marido me acompaña a la puerta, me pellizca los senos.
Siempre dice: La próxima semana vamos a hacer más el amor.
Pido un taxi, me voy.
En el viaje, antes de caer dormida reviso la agenda. Llevo conmigo una novela, hace como siete meses que cargo una novela romántica, Bodas de odio, de Florencia Bonelli, una escritora que vende muchos libros, muy famosa, y me recomendaron unos clientes de la agencia. No pude abrir el libro aun, leo la agenda, los clientes de Ventana, los de Tandil. Las reparaciones de la cañería, las humedades y los cumpleaños. Suegras, cuñados, cuñadas, ex cuñados, amiguitos de la escuela, el jefe de Carlos, el jefe de Pepi, la secretaria de Pepi, la portera del edificio en Barracas, la directora de la escuela de Sofi, le médico de la diabetes de Carlos…
Me duermo como un tronco.
Qué pesado es el sueño de una mujer casada.
Los solteros duermen más y sueñan otras cosas, fantasías.  
Llego cinco horas después, Carlos me está esperando o debo esperarlo yo, un rato. Nunca me quejo de esperarlo, pero en invierno se me hace duro. Hace frío en Tornquist; a veces me castañetean los dientes. Cuando estaciona, se baja, rápido me abre la puerta para que suba a su lado y no me congele. El tiene esos gestos, abre la puerta del coche, de los lugares adonde vamos, me ayuda a quitarme el abrigo, me acomoda la silla cuando me voy a sentar. Siempre dice que el día más feliz de su vida fue cuando se casó conmigo.
Y ahora van a declarar que ese día fue una nulidad.
Ay, pobre Carlos.
No duermo porque ya se despierta la nena para ir a la escuela.
Mamá, mamá! , llama cuando sabe que estoy y viene corriendo a abrazarme.
Mamá, mamá!
¿No son las palabras más bellas del mundo?
Mi nena! La abrazo y le doy su regalo. El piyama si es con ositos, ella quería con gatitos. La muñeca si es rubia, la quería negra y si es negra quería un payasito. Nunca doy en el blanco con el deseo de mi nena. Ella hace como que no le importa, y capaz que juega y capaz que no, con el regalo que le traje. Pero yo ya me quedé triste. ¿Quérés que vaya a la juguetería, a la tienda y te cambie el juguete?, le pregunto.
Me dice que no, que se conforma
Entonces se larga a llorar.
Usted tiene chicos?
Si tiene chicos seguro me entenderá.
El Secretario se  incorpora en la silla.
Me callo; seguro le hice doler la cabeza.
Es que cuando empiezo a hablar, no paro.
Mi marido me dice que tengo cuerda.
Ríe.
Los dos me lo dicen.
Los dos son muy distintos, pero viera usted que en muchas cosas son iguales.
Los hombres son todos muy parecidos en la vida cotidiana; sin ánimo de ofender.
Pero eso no quiere decir nada, porque lo que importa de verdad en la vida de un hombre, es la mujer. Y lo mismo, al revés. Hay gente que aprende estando sola y hay gente que aprende de la vida estando en pareja. A mí me gusta estar con un hombre, vivir con un hombre. Y no es que no tenga vida propia, como comentaron por ahí las revistas: es que yo no puedo imaginar mi vida sin un hombre al lado. Sin su calor.
Por qué no puedo vivir sin un hombre?
No tengo la menor idea.
Con la voz muy baja.
Y le digo, mi vida no termina acá.
Yo lo quiero mucho a Pepi y a Carlos lo quiero más.
¨Pero si tengo que casarme de nuevo, me casaré otra vez más.
No es pecado casarse; a lo mejor es peor pecado estar solo, mezquinando.
El Secretario se pone de pie, cruje la bisagra de una puerta que se abre. 
Freya se pone de pie.
Su Señoría, no veía la hora que llegara usted.

Fin de La mujer bígama










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