miércoles, 3 de agosto de 2016

Diatriba de Caperucita Roja. Los tres monólogos

Diatriba de Caperucita Roja



Habla la Madre
Del asunto de tener marido yo lo sé todo, de estar casada. Dos veces, la primera con un viejo, porque le hice caso a la madre. Y me fue bien, claro que me fue bien, el viejo me trataba bien, no me pegaba nunca. Le molestaba que fuera a la feria y todos me echaran el ojo; en este pueblo siempre le andan echando el ojo a una mujer, todos babeando por el talle de una mujer. Al final me puso criada y parecía que yo tocaba el cielo con las manos ¡tener una criada!. Dos años estuve subiéndomele encima como una loca en pleno ataque de frenesí, a ver si me preñaba. Porque el viejo era muy viejo, éste primer marido mío no tenía fuerza en los ijares ni simiente en los cojones; y cuando iba a la iglesia, todos en la iglesia me miraban mal, pasaba yo y por lo bajo se hacían cruces y cuernos; y murmuraban que yo era una bruja. Aquí, cuando una se aparta un ápice de lo que mandan las Escrituras, es bruja. Bruja es la vieja y la joven, bruja es la monja que tiene el estómago maltrecho; bruja es la sirvienta a la que el patrón se monta, bruja la velluda, bruja la lampiña en los sobacos, bruja la con verrugas, bruja la que tiene lunares, bruja la pelirroja. Bruja la yerma. Al final, el milagro ocurrió una noche y quedé preñada de la niña: el viejo, mi esposo, estaba que daba saltos de alegría. Cuando le dejó de dar saltos el cuerpo, le empezó a brincar el corazón y así fue que se murió antes de que naciera la niña. Otra vez, sospechada de bruja. Preñada y viuda, bruja; preñada del demonio. Hay pueblos donde en lugar de caer las pestes que a nosotros nos caen y nos llenan de bubas y morimos como moscas en menos de tres días, debería caerles una plaga que les deshiciera en la boca, la lengua. Teniendo una papilla en la boca es más difícil comentar sandeces. No me dieron ganas de ponerle nombre a la niña; ningún nombre. No la llevé al bautizo, no la llamé de ninguna manera. Con decirle niña e hija, bastaba. Ese fue motivo de pelea con mi madre, que me hizo la guerra desde el día que nací yo. Cuando nací yo, cuando ella mi madre estaba de parto, ya me venía odiando. Los seres que cuidan el monte se escondieron y ninguno fue capaz de echarme una bendición para que tuviera yo buena vida; había uno solo de un palmo de alto, dice mi madre, que ella vio con el rabillo del ojo cuando iba a parir bajo el roble, y ese al verla, le echó una escupida.
Mi nombre?
Para qué lo quieren saber?
Pero él hombre que conocí después, cuando amamantaba a la hija, me llama Hermosa.
Hermosa sí que es un nombre aunque no lo sea.
Mi madre me dijo que no debía acceder a los pedidos del hombre que me esperaba en el bosque. Un hombre que desea encontrarse con una mujer en el bosque no tiene intenciones de convertirse en marido. ¿Acaso sabía yo quién era él? Ese hombre bien podía ser el demonio en cuerpo presente, ¿me había fijado yo antes de yacer con él, sino tenía pezuñas hendidas en vez de pies? Me gustaba ese hombre, ni joven ni viejo, de ojos gitanos, de pelo abundante y negro, de dientes perfectos para la mordida. Mi madre dejó la casa y se levantó con sus manos una cabaña, en medio del bosque. Entonces el hombre vino a vivir conmigo, en pecado. Anunciamos que viviríamos en pecado y que aceptábamos el mal pecado de la cohabitación de la carne entre hombre y mujer, porque si hubiéramos dicho que subirnos uno a otro como animales nos parecía lo más natural del mundo, en este pueblo nos hubieran procesado y quemado. El cura párroco de nuestro pueblo es como un cerdo que busca desenterrar para comerse las trufas del pecado.
Resultó así que el hombre me empezó a mirar la hija; la miraba con ojos de reemplazarme a mí con ella. Era una niña, muy niña, pero cosas peores le han hecho los hombres a niñas menores que la mía. Al final iba a resultar que la vieja podrida de mi madre tenía razón en todo; el hombre largaba fuego por los ojos cada vez que la veía a mi hija.
Hice una tortilla y le dije a la hija, Llevásela a tu abuela y no te entretengas en el camino. Hay lobos feroces y es peligroso.
Y ella se fue, me hizo adiós con la manita y se cubrió la cabeza hasta los ojos con su capucha roja. Pobrecita criatura; me acusan ahora de haberla lanzado a los osos, a las bestias salvajes del bosque. Pero digo yo, ¿era peor acaso que de un solo bocado la devorara su propio padre, mi nuevo marido?
No, no. No me contesten ya, piénsenlo un solo momento. ¿Hubiera sido mejor la muerte o el oprobio?
Piensen si no es como digo yo; vivimos un tiempo en que sólo podemos elegir cuál muerte será mejor; la nuestra.



Habla la Nena

Una vez me pareció ver los enanos que marchaban a la mina donde guardan el tesoro. Yo estaba recogiendo hongos. Enseguida corrí en la dirección que me pareció verlos; pero ya no estaban. Mi abuela dijo que los enanos no existen y por ende eso que ví no existió nunca. Yo no entiendo como uno puede ver cosas que no existen.
Bárbara es mi nombre.
Sólo mi abuela lo dice.
El marido de mi madre me llama Hermosa. A mi madre también le dice Hermosa.
Mi madre no es Hermosa. Está gastada por los años, ajada, y si no fuera porque toda la aldea la acusa de bruja a ella, diría yo que le hicieron una brujería para que envejezca tan rápidamente. Le llego a decir eso y me da vuelta la cara de un tortazo. Ultimamente le dio por corregirme tirando de las trenzas como para arrancármelas de la cabeza. Es mala. Pero en la aldea todas las madres son malas y los padres son peores. Cuando ella me zurra, el marido le dice que es mala, que no lo siga haciendo. Entonces lo hace con más saña.
Ojalá se muera.
Ya sé que me voy a ir al infierno.
Pero todavía falta.
A la noche me quedo mirando las estrellas a través del agujero en el techo, y pienso que si se muere de repente porque yo se lo deseé, tal vez la culpa que me dé por haber matado a mi madre con el pensamiento, envenene todos mis días.
Me importa un pimiento.
Anoche, mientras miraba las estrellas vi el ojo del marido de mi madre asomado.
Mirándome.
En la aldea dicen que él tiene cuernos.
Tal vez quieren decir que mi madre lo engaña con otro hombre.
Pero ella está loca por él, aunque él me prefiere a mí.
Igual yo no quiero que él me robe, me lleve, me fuerce.
Antes muerta.
Por eso, cuando vi su ojo grité.
Hoy mi madre me mandó a llevarle un bizcocho a mi abuela. Por qué? A mí no me gusta cruzar el bosque y a la vieja no le gusta el bizcocho; están esos enanos panzudos que hoy se dejan ver y mañana se esconden. Después mi abuela también me zurra porque hablo cosas que dice que no debo hablar. Que me van a quemar los de la iglesia por andar contando de los enanos que guardan el tesoro y los duendes que desde siempre odiaron a mi familia.
Odio el bosque; no me retobé al mandato de mi madre porque sé lo que me espera.
Él, bajo el roble, que me dirá: Quítate la capucha roja, hermosa.
Y me llevará de la mano hasta esos lugares que ellas dicen que no existen.
Pero que él conoce.  



Habla la Abuela

Yo de la guerra entre el cuatro y el tres, estoy segura que gana el tres. Es fácil de ver todas las cosas que pasaron con tres: tres son las personas de la Santa Trinidad, treinta y trés años de edad vivió Jesús; tres horas pasó María al pie de la cruz sagrada; tres veces cayó Jesús con tan pesado madero cargado, y a las tres subió a la luz. El cuatro en cambio, es número menos sagrado, por eso cuando junto los yuyos para los enamorados y para los otros, los que precisan reposo, siempre repito una oración en número de tres.
Vienen de todas partes acá, a mi humilde cabaña en el bosque anclada. Hay un árbol añoso junto a mí y en él tengo sombra y leña en invierno. Hasta de la aldea llegan a pedirme consuelo y parece que olvidan que hace tan poco me echaron de allí a la voz de bruja y encantadora, tan poco hace el tiempo que me fui.
Una me pide que le haga un té para que el amor no la olvide camino de las cruzadas; pero no le digo yo y me lo guardo en las mientes, que mejor otro amor y menos espere al que nada siente que la deja y se va. Otra me dice que diez es el número de los hijos y le doy yo la ramita de perejil que haga el bien, y el número no ascienda y mejor menos cumpla con el marido el deber, que a la hora de comer si no hay pan, los niños darán berridos. Viene el soldado que teme y amuleto quiere, y amuleto le hago aunque la valía viene de otro lado; mientras él tiene el amuleto prendido, avanza su pie con coraje y el miedo en vencido.
Viene uno una vez me dice que amar desea, a una caprichosa de la aldea. Opero mis oraciones, mis yuyos, mis pócimas coso en el caldero. Cuando le doy a beber, me pone en la frente una cruz, y grita muy fuerte llamando a los demás, los soldados de la Inquisición. Por qué me devora el hombretón de esta manera? Nada más porque quise hacerle el bien y en nombre de Dios? Por qué fui buena cuando debí meterle una coz?

Me llevan con cadenas a la rastra, lejos veo venir a la hija de mi hija, la pequeña. Corre como el diablo y como el diablo viene con la capucha roja rasgada y sin la verde pollera. Y al final ganó el cuatro: cuatro son los elementos y los sentidos son cuatro; cuatro con María fueron los asistentes de Dios, que son José y Nicodemo, el Centurión y San Juan, y cuatro me llevan a hoy a la rastra a la tortura y el fuego y cuatro gritos daré por mi carne maltratada.   

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