miércoles, 3 de agosto de 2016

Diatriba de Caperucita Roja. Habla la nena

Una vez me pareció ver los enanos que marchaban a la mina donde guardan el tesoro. Yo estaba recogiendo hongos. Enseguida corrí en la dirección que me pareció verlos; pero ya no estaban. Mi abuela dijo que los enanos no existen y por ende eso que ví no existió nunca. Yo no entiendo como uno puede ver cosas que no existen.


Bárbara es mi nombre.
Sólo mi abuela lo dice.
El marido de mi madre me llama Hermosa. A mi madre también le dice Hermosa.
Mi madre no es Hermosa. Está gastada por los años, ajada, y si no fuera porque toda la aldea la acusa de bruja a ella, diría yo que le hicieron una brujería para que envejezca tan rápidamente. Le llego a decir eso y me da vuelta la cara de un tortazo. Ultimamente le dio por corregirme tirando de las trenzas como para arrancármelas de la cabeza. Es mala. Pero en la aldea todas las madres son malas y los padres son peores. Cuando ella me zurra, el marido le dice que es mala, que no lo siga haciendo. Entonces lo hace con más saña.
Ojalá se muera.
Ya sé que me voy a ir al infierno.
Pero todavía falta.
A la noche me quedo mirando las estrellas a través del agujero en el techo, y pienso que si se muere de repente porque yo se lo deseé, tal vez la culpa que me dé por haber matado a mi madre con el pensamiento, envenene todos mis días.
Me importa un pimiento.
Anoche, mientras miraba las estrellas vi el ojo del marido de mi madre asomado.
Mirándome.
En la aldea dicen que él tiene cuernos.
Tal vez quieren decir que mi madre lo engaña con otro hombre.
Pero ella está loca por él, aunque él me prefiere a mí.
Igual yo no quiero que él me robe, me lleve, me fuerce.
Antes muerta.
Por eso, cuando vi su ojo grité.
Hoy mi madre me mandó a llevarle un bizcocho a mi abuela. Por qué? A mí no me gusta cruzar el bosque y a la vieja no le gusta el bizcocho; están esos enanos panzudos que hoy se dejan ver y mañana se esconden. Después mi abuela también me zurra porque hablo cosas que dice que no debo hablar. Que me van a quemar los de la iglesia por andar contando de los enanos que guardan el tesoro y los duendes que desde siempre odiaron a mi familia.
Odio el bosque; no me retobé al mandato de mi madre porque sé lo que me espera.
Él, bajo el roble, que me dirá: Quítate la capucha roja, hermosa.
Y me llevará de la mano hasta esos lugares que ellas dicen que no existen.

Pero que él conoce.  

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