Diatriba de Caperucita Roja. Habla la MADRE

Habla la Madre


Del asunto de tener marido yo lo sé todo, de estar casada. Dos veces, la primera con un viejo, porque le hice caso a la madre. Y me fue bien, claro que me fue bien, el viejo me trataba bien, no me pegaba nunca. Le molestaba que fuera a la feria y todos me echaran el ojo; en este pueblo siempre le andan echando el ojo a una mujer, todos babeando por el talle de una mujer. Al final me puso criada y parecía que yo tocaba el cielo con las manos ¡tener una criada!. Dos años estuve subiéndomele encima como una loca en pleno ataque de frenesí, a ver si me preñaba. Porque el viejo era muy viejo, éste primer marido mío no tenía fuerza en los ijares ni simiente en los cojones; y cuando iba a la iglesia, todos en la iglesia me miraban mal, pasaba yo y por lo bajo se hacían cruces y cuernos; y murmuraban que yo era una bruja. Aquí, cuando una se aparta un ápice de lo que mandan las Escrituras, es bruja. Bruja es la vieja y la joven, bruja es la monja que tiene el estómago maltrecho; bruja es la sirvienta a la que el patrón se monta, bruja la velluda, bruja la lampiña en los sobacos, bruja la con verrugas, bruja la que tiene lunares, bruja la pelirroja. Bruja la yerma. Al final, el milagro ocurrió una noche y quedé preñada de la niña: el viejo, mi esposo, estaba que daba saltos de alegría. Cuando le dejó de dar saltos el cuerpo, le empezó a brincar el corazón y así fue que se murió antes de que naciera la niña. Otra vez, sospechada de bruja. Preñada y viuda, bruja; preñada del demonio. Hay pueblos donde en lugar de caer las pestes que a nosotros nos caen y nos llenan de bubas y morimos como moscas en menos de tres días, debería caerles una plaga que les deshiciera en la boca, la lengua. Teniendo una papilla en la boca es más difícil comentar sandeces. No me dieron ganas de ponerle nombre a la niña; ningún nombre. No la llevé al bautizo, no la llamé de ninguna manera. Con decirle niña e hija, bastaba. Ese fue motivo de pelea con mi madre, que me hizo la guerra desde el día que nací yo. Cuando nací yo, cuando ella mi madre estaba de parto, ya me venía odiando. Los seres que cuidan el monte se escondieron y ninguno fue capaz de echarme una bendición para que tuviera yo buena vida; había uno solo de un palmo de alto, dice mi madre, que ella vio con el rabillo del ojo cuando iba a parir bajo el roble, y ese al verla, le echó una escupida.
Mi nombre?
Para qué lo quieren saber?
Pero él hombre que conocí después, cuando amamantaba a la hija, me llama Hermosa.
Hermosa sí que es un nombre aunque no lo sea.
Mi madre me dijo que no debía acceder a los pedidos del hombre que me esperaba en el bosque. Un hombre que desea encontrarse con una mujer en el bosque no tiene intenciones de convertirse en marido. ¿Acaso sabía yo quién era él? Ese hombre bien podía ser el demonio en cuerpo presente, ¿me había fijado yo antes de yacer con él, sino tenía pezuñas hendidas en vez de pies? Me gustaba ese hombre, ni joven ni viejo, de ojos gitanos, de pelo abundante y negro, de dientes perfectos para la mordida. Mi madre dejó la casa y se levantó con sus manos una cabaña, en medio del bosque. Entonces el hombre vino a vivir conmigo, en pecado. Anunciamos que viviríamos en pecado y que aceptábamos el mal pecado de la cohabitación de la carne entre hombre y mujer, porque si hubiéramos dicho que subirnos uno a otro como animales nos parecía lo más natural del mundo, en este pueblo nos hubieran procesado y quemado. El cura párroco de nuestro pueblo es como un cerdo que busca desenterrar para comerse las trufas del pecado.
Resultó así que el hombre me empezó a mirar la hija; la miraba con ojos de reemplazarme a mí con ella. Era una niña, muy niña, pero cosas peores le han hecho los hombres a niñas menores que la mía. Al final iba a resultar que la vieja podrida de mi madre tenía razón en todo; el hombre largaba fuego por los ojos cada vez que la veía a mi hija.
Hice una tortilla y le dije a la hija, Llevásela a tu abuela y no te entretengas en el camino. Hay lobos feroces y es peligroso.
Y ella se fue, me hizo adiós con la manita y se cubrió la cabeza hasta los ojos con su capucha roja. Pobrecita criatura; me acusan ahora de haberla lanzado a los osos, a las bestias salvajes del bosque. Pero digo yo, ¿era peor acaso que de un solo bocado la devorara su propio padre, mi nuevo marido?
No, no. No me contesten ya, piénsenlo un solo momento. ¿Hubiera sido mejor la muerte o el oprobio?
Piensen si no es como digo yo; vivimos un tiempo en que sólo podemos elegir cuál muerte será mejor; la nuestra.



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