Bajo tu dominio. Monólogo para un mentalista

Alfio está con su atuendo de mago.Viste un frac. Galera, capa, varita.Está practicando trucos frente a un espejo de cuerpo entero, antiguo.A su lado, está Nina, una mujer hipnotizada.



Alfio

Ahora ella está ahí, dormida.
Le digo la palabra ‘Constantinopla’ y duerme, cae en un trance mucho más profundo.
Si le digo la palabra ‘Madagascar’, no despierta pero se mantiene como la ven.
Esta es una técnica que tiene muchos niveles de sueño.
Hace mucho que practico la hipnosis. No hay secreto que se me escurra.
Es una práctica deliciosa. Hace creerle a uno que es Dios. Un poco Dios, no mucho.
He hecho el bien: ayudado a la gente a soportar el dolor. La hipnosis puede funcionar como un analgésico.
También hice cosas que no hubiera debido. O tal vez sí. No estoy seguro del juicio con que vivimos en este mundo. Alguno, dormido, me confesó un secreto. Dónde guardaba cierto dinero, cierta posesión...
Los magos somos gente pobre.
Merlín era un viejo que no tenía donde caerse muerto.
El Gran Houdini corría la coneja.
Tengo dos manos, dos ojos, dos piernas, como cualquiera. Hablo tres idiomas. Podría ser maître en un gran restorán. Podría ser profesor de francés, sombrerero, carpintero, pegar carteles en una avenida o picar piedras. Si lograra evitar la necesidad de mostrar mi magia, podría hacer cualquier cosa. Hasta tendría una casa, una casita de libro de cuento, dos hijos, nena y nene, y una mujercita que supiera cocinar. No importa mucho qué: con albóndigas con salsa portuguesa me conformo. Muchas ventanas tendría mi casa. Para que entre el sol. Ya saben; donde entra el sol, no entra el médico...

No lo pasamos bien en asuntos de dinero.
Pero uno no puede evitarlo. La magia es un acto inevitable.
El entusiasmo, la adrenalina que despierta en el otro una ilusión. Yo sé cuánto le gusta al público el ilusionismo. Por eso lo importante, es que nunca, nunca, pase lo que pase, descubran el truco. Si yo fuera emperador, decretaría la horca a aquel que revelara el funcionamiento de un truco. Un artista, un pintor, no anda por la vida predicando cuál pincel, hecho con cuáles cerdas, puede llevarlo al éxito. Usted quiere pintar un cuadro? Muy bien. Rómpase el alma averiguando cómo se hace. Aquí no hay nada fácil.
Pero ellos ven una rosa blanca hacerse paloma, y al conejo que brota de la galera como un rábano de la tierra. Aplauden, aplauden. Están eufóricos; eso me gusta mucho de mi arte. Durante un rato, ellos creen que las leyes del universo pueden ser alteradas. La materia se transforma; los cuerpos transgreden la ley de gravedad y levitan. Algún espectador en trance dice cosas a su acompañante que jamás en su existencia hubiera pronunciado. A veces, cuando leo la mente de una persona sentada en la oscuridad en su butaca, y digo los números o los pensamientos de esta persona, en voz alta, este pequeño acto de adivinación no lo satisface. El público intenta sonreír y divertirse cueste lo que cueste, porque es una bestia mansa, domesticada hace siglos, de cuernos cortos y pezuñas limadas. Pero ocurre a veces que esta persona, a la que no gustó que se hiciera público su pensamiento, huye del salón y deja una estela de acritud, un mal sabor de boca.
Muy bien, digo yo. ¿Para qué ha venido?
Uno va al barbero para afeitarse la barba.
Si se enfrenta a la magia, debe estar dispuesto a todo.
Aquí alguien sube al estrado; yo le ordeno que mire pendular a mi varita mágica. Su nombre es Penélope. Lo único que perdura es el movimiento. La inestabilidad. La marea. Algunos dicen que no son hipnotizables; yo no conocí a ninguno que no fuera susceptible a mi influjo. Lo hice hasta con un apretón de manos. Los puse bajo mi dominio.
Cuando pronuncie el nombre de alguna ciudad exótica que he elegido esa noche, como puede ser Constantinopla, Alejandría, Babilonia, Samarkanda, ese voluntario caerá en el nivel más profundo de sueño hipnótico. Hará su número. Lo haré aletear como una gallina, o tal vez cantar una serenata mariachi a un amorcito de infancia... Luego, repetiré el nombre de la ciudad. Tocaré su hombro izquierdo, donde ramificanciones de la aorta se vuelven muy fina y lo haré despertar a la realidad. Con un chasquido de mis dedos, habrá olvidado todo lo que sucedió durante su sueño...

Este brillo que me rodea es el del precioso pajarito. La Fama, la más veloz de todas las plagas: vive moviéndose y corriendo se fortalece; pequeña y medrosa al principio, al poco se remonta a los aires, y con los pies en el suelo esconde su cabeza entre las nubes. Tiene ojos y bocas en sus alas, y lleva por donde va tanto la mentira como la verdad. Dicen que vive en un palacio de bronce sonoro donde atentos oídos oyen todas las voces, por leves que sean. Pero yo digo que no es cierto; digo que ella vive conmigo, aquí, en mi galera y vuela solo cuando yo la hago partir y le ordeno: “Vuela!”

De vez en cuando, atraído por ella, se acerca algún jovencito y me dice: ‘Maestro, permítame ser su discípulo, su asistente’, y yo me niego. Rotundamente. Vienen aquí a buscar el conocimiento que no pueden darles en el colegio; pero yo les ofrezco otro destino. La vanidad está en el aire y hay que saber vivir con ella. No debe perderse el porte; acá uno debe estarse quieto y vigilarlo todo, como si se estuviera hecho de alabastro. Pero el que viene atrás de la fama, es quien me observará desde bambalinas destilando su envidia; ese sirviente un día querrá ser maestro y usará su magia para cortarme la cabeza.

(Frívolo)
Por eso yo prefiero las mujeres. Sí, señores. A lo mejor porque de mi arte las pobrecitas no comprenden nada. Están a mi lado, luciendo su figura, el vestido de organza que siempre les compro para la ocasión. Una ayudanta debe ser una bella muchacha. Todas, indefectiblemente, acaban siendo diabólicas. Esto tiene de lamentable el arte de la magia.

Ella, Nina.
Ahora está allí, dormida.
Puedo preguntarle cualquier cosa y va a contestarme.
Si supiera las cosas que dice hipnotizada correría a tomar un tren expreso.
(A ella) Nina, Nina, ¿me oye?
El Maestro quiere preguntarte:
Nina, ¿estuviste husmeando en los libros de magia?
Mírenla cómo dice sí con la cabeza.
El hipnotismo vuelve a las personas a su santa inocencia.
Nina es una criatura.
A veces, estando aquí parado veía cómo coqueteaba con alguno del público.
Algún caballero.
Está claro que yo me enamoré de ella.
Sufría.
Terminada la función, iba al camarín. Ella guardaba con sumo cuidado la varita en el estuche, la galera en su caja, doblaba pliegue por pliegue su vestido de organza. Yo la miraba hacer... había en un florero cuatro orquídeas que algún estúpido, de un palco, le mandó... Las orquídeas no se colocan en agua, pero Nina es tan bruta... Le digo: “Nina, estas flores son para disfrutarla con la vista; sólo eso. Hasta que se marchitan y se mueren”. A ella no le gustó la observación.
Es díscola.
Creo que intenté besarla.
La besé.
Le hice una caricia.
Ella me rechazó.
La suma de mis celos y su malhumor fue un coctail explosivo.
Le ordené: Siéntese.
Ella lo hizo.
Voy a despedirla del oficio de partenaire de mago.
Ella susurró alguna maldición.
Tiene ojos de gitana.
No pueden apreciarlos porque ahora apenas están entreabiertos...
Le dije: “Voy a pedirle un último favor. Un truco nuevo que estoy practicando... Observe atentamente la varita; el poder de la reina Penélope que llega hasta nosotros desde siglos... Relájese.”
Luego pronuncié:
“Constantinopla”
Ella cayó en trance.
Yo dí algunas órdenes.
Hace de esto cinco años.

¿Hemos sido felices?
Sí, hemos sido felices.
La felicidad, si uno la sabe encontrar, está a la vuelta de la esquina...
Pero a nadie le gusta atravesar el puente de la servidumbre.
Ladrar como un perro a la luna.
Produce pánico.
A mí no me importa nada de todo eso.
Hay una sola palabra de todas las palabras que existen que me he prohibido pronunciar.
Nina la busca en libros, en diccionarios, me acecha cuando duermo...
Yo no la digo.
Ordeno.
Ordeno el mundo.
El mío, el suyo.
Mire esta varita con atención.
¿Quiere volver a sentirse inocente como un niño?
Sube?
Quién desea subir hoy y entrar en otro universo?

Apagón





Comentarios

  1. Muchas gracias por la magia. Y, por favor, no la pronuncies nunca.

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