Mendigando amor - Radioteatro. Capítulo 2

Capítulo 2

Escena 1

RELATOR:
Como un vendaval, propiamente como la Sudestada, llegó Miguel Castillo a cobrar su pan al almacén El Lagarto Verde. Ni palmas ni alegría lo recibieron allí. Sino dos muchachas, las hermanas Das Penas, que sintieron el aguijón del amor en el corazón. La mayor, Iria, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar, y la menor, Ana, murmuró una oración a la Virgen para que le cumpliera el deseo tan grande que tenía de ese hombre. Ahora que lo digo, me pregunto yo si la Virgen cumple esta clase de pedidos. Pero estaba allí una niña nacida ciega y con poderes para ver el futuro, la hija de Catalina Fernández, la Lotera, que nunca acertó con un billetito para sí misma… Y la niña chilló advirtiéndoles



CATALINA LA CIEGUITA
¡Cuidaó, muchachas! Que le veo el anillo casado, casado mal y pa’ sufrimiento de vosotras.

RELATOR:
Pero las Das Penas ya se habían enamorado de muerte. Y les metieron dos mamporros a la niña para que no emitiera palabra.
El único que no comprendió esos asuntos fue el propio Miguel Castillo.

MIGUEL:
Cuatrocientos pesos, me deben.

IRIA:
Y tú me debes el zurcido de mi corazón…

MIGUEL:
¿El qué?

ANA:
Las aspirinas y los medicamentos, me tienes que pagar. Por la agonía en la que me has sumido.

MIGUEL
¿Les hizo mal el pan? Por ahí la mama le echó mucha sal a la masa. A ella le gusta todo muy salado. Si hasta alguno dice que mató al tata de tanta sal que le ponía al pan y quién sabe si otra sustancia no le metió que…

CATALINA
¡Les dije que la anciana aquella era una envenenadora!

IRIA y ANA
Si sigues diciendo esas cosas, niña, ¡te amordazamos!

RELATOR:
Es que el amor convierte en malvadas a mucha gente.
Y en la noche negra de los malos pensamientos pestañeó en las dos muchachas.

MIGUEL:
¿Les digo a mama que les hornee más panes?

IRIA:
Sí, sí!

MIGUEL
Y bizcochos? Quieren que le traigamos bizcochos? Pueden ser libritos, cuernitos, pan de Cremona… La mama sabe todas las recetas.

IRIA:
Queremos todos.

ANA
Queremos todo lo tuyo.

IRIA
Yo quiero, ella que ni come lo que le hace tu madre.

ANA
Yo que ni como ni duermo desde que te he visto.

IRIA
Ella, que ni come y es pues de puro desprecio.

ANA
Que no es cierto.

IRIA
Que lo es!

MIGUEL
Bueno, traigo o no traigo los bizcochos?

IRIA y ANA
Traélos!


Escena 2
En medio de sonidos de gaita chirriantes que hacen una melodía insoportable.

RELATOR
Y arriba, en el Cielo, entre música de ángeles desafinada, las santas que protegían a la familia Das Penas, reñìan…

QUITERIA:
Las dejarás caer.

MARIÑA
Son dos muchachotas y ya tienen libreta de enrolamiento.

QUITERIA:
Así haces todo, Mariña. Abandonaste a su suerte a tu devoto José das Penas y te cansaste de enseñarle la gaita a los ángeles. Eso que tocan es cualquier cosa. Esto es verdaderamente un infierno.

MARIÑA
Ahora entiendes de mùsica, Quiteria?

QUITERIA:
Cuando tu corona de martirio, hubieran debido arrancarte la lengua con una tenaza de hierros rojos.

MARIÑA
Y a don José, no lo abandono. Lo reservo para un destino de príncipe.

QUITERIA
¿Y qué destino le puedes dar cuando ya está viejo y vencido? Te lo ha pedido tanto y lo desoyes. Te prende velas y no le haces caso. Te adorna con rosas el altarcito y miras para otro lado.

MARIÑA
Nunca he sido una mujer fácil.

QUITERIA:
¿Y cuál es su único ruego? Que si las hijas han de amar, porque al fin y al cabo es el destino de toda carne sobre la tierra, al menos que no amen a un argentino, moreno y peronista. Y vas y les pones delante de la nariz un negro y peronista. ¿Tanta necesidad hay de hacer daño, Mariña?

MARIÑA
Métete en tus propios asuntos.

QUITERIA:
Eres capaz de entregarles las hijas a un turco en tu afán de …

MARIÑA
Qué tiene de malo un turco?

Entra Miguel Arcángel haciendo sonar la trompeta

MIGUEL ARCANGEL
¡Que me coma un tigre, malparidas!

QUITERIA Y MARINA
¡Santo Miguel Arcángel! Oh, glorioso príncipe de la hueste celestial, defièndenos en la terrible combate que estamos librando contra…

MIGUEL ARCANGEL
¡Que me coma un tigre las alas y me haga pedazos!

QUITERIA:
Maestro, ¿qué …?

MIGUEL ARCANGEL
¡Que me coma un tigre como el cristiano traga la hostia! Ustedes, que me corrompieron el Cielo con esas muñeiras y esas vejigas de no sé qué monstruo… tenemos a los querubines ahogados de los pulmones de soplar la vejiga asquerosa del Leviatán, para arrancarle un lamento, un bufido, ¡pero qué asco! Los levanté en peso: ¿Qué pasó con las trompetas celestiales? ¿Qué es esto de la vejiga de monstruo? Acaso se han quedado sordos?

QUITERIA:
No he sido yo, maestro. Es la Mariña que les quiso enseñar melodías de nuestras tierras; ella, ella… ella fue.

MARIÑA
¡Acusona!

MIGUEL ARCANGEL
Y me dicen los insolentes: Nos ha pegao la música esta, don Miguel Arcángelo. Y si no podemos con las gaitas, los dedos más pequeñitos tocaremos los cascabeles…

QUITERIA y MARIÑA
¡Cascabeles!

MIGUEL ARCANGEL
¡eso mismo! ¿Y qué cuernos son los cascabeles? Enseguida reparté cachiporrazos entre los querubines. ¿De dónde vienen estas ínfulas de Luzbeles? Y todo por culpa de ustedes, que les trajeron las vajigas del leviatán que…

QUITERIA:
Ella, ella, ella.

MIGUEL ARCANGEL:
Me sacan ya mismo ese instrumento del Cielo o las vuelo siete pisos abajo a las dos. Comprendéis?

QUITERIA:
Yo, por qué? Fue ella, ella la que…

MIGUEL ARCANGEL
Ella y aunque fuera la Madre de Dios, las saco a patadas ahí detrás. Que los ángeles no tendrán espaldas, pero las santas tienen culo!


Escena 3
RELATOR
José Das Penas sólo tenía ojos para la prosperidad de su negocio. Había una cosa a la que temía más que a la muerte: volver a España. Allá había dejado a su esposa, que se murió de pena, a los hermanos traidores que retozaban con el franquismo, y al sueño de la República. Había dejado atrás a Catalina la Lotera, quien guardaba para sí misma, billetes perdedores, porque ya se sabe el dicho de “afortunado en el juego y desafortunado en el amor…” aunque ella era desafortunada en ambas cosas, porque amaba a José Das Penas y le había dado la chiquilla, la niña ciega, que él se negaba a reconocer como suya. José, a su modo, también amaba a la lotera, pero la creía mezquina porque nunca le vendía un billete por el cual recibiera al menos un mísero premio consuelo.

CATALINA LA LOTERA
José de mi vida, ¡no me dejes sola en España!

JOSE
Me iré, Catalina la mezquina: tengo que salir de este valle de lágrimas. Guardar la memoria de Consuelo y salvar a mis hijas de la guerra y de los franquistas…

CATALINA
Llévate a la pequeña Catalina, que es hija tuya.

JOSE
No.

CATALINA:
Por amor a mí, José. Por esa noche de pasión que vivimos bajo los almendros en la que fue concebida.

JOSE
Era un nogal y yo fui muy cuidadoso para…

CATALINA
Es tu hija!

JOSE
Esa ceguera legañosa no puede ser mía…

CATALINA llora y suplica
José, por favor, sálvame la chiquilla. Aquí la tristeza la está poniendo del color de la azucena. Agradezco desde el fondo de mi alma, que por su carencia no pueda ver tanto terror y sangre en esta tierra… Llévatela, y algún día ella será muy útil. Porque aunque no vé las cosas de esta tierra, vé las que suceden más allá de esta…

JOSE
Por caridad, la llevaré como mía. Y porque espero que algún día me susurre el número de la suerte que tú te negaste a darme mientras te quitabas las cuatro enaguas y las seis polleras, aquella noche, bajo el rumor del nogal, al que yo le creía oír las palabras: nueve cero doce, nueve cero doce…

RELATOR
Para consolarse de su soledad y de la ausencia, José Das Penas no pensaba en otra cosa que fuera dinero: en acumular pesos argentinos. Esa misma mañana, había hecho una transacción harto beneficiosa: había comprado especias de Medio Oriente a Abdul ben Ami, un mercader de la Arabia. El árabe –turco, como lo llamaban en la Argentina por confusión sobre origen- había vendido por chauchas y palitos, ramas de canela y picante de la India, que algunos denominan…

ABDUL
Curry.

RELATOR
El turco Abdul vendía además una sustancia que traía de contrabando. Una sustancia prohibida. Se trataba de un polvo, que volvía a los hombres más alegres a la hora de yacer con la amada. Provenía del cuerno machacado del rinoceronte blanco y costaba fortuna. Podía ser consumido como el rapé, aspirado, o bien disuelto en agua, igual que un terrón de azúcar y todo lo que era tristeza se volvía potencia. José Das Penas enseguida vio que tenía en las manos la posibilidad de volverse rico, si la policía no lo descubría…

JOSE
¿Cuántos saquitos del polvo de rinoceronte tiene?

ABDUL
Un cargamento completo. Traído directo de la China.

JOSE
No estará adulterado? No sé, con harina o azúcar blanca?

ABDUL
Es puro, purísimo. Llévalo a un anciano, José Das Penas, y verás cómo el viejo resucita.

JOSE:
Te creo.

ABDUL
Mira, te doy esta bolsica y vé qué pasa con ella. Espera a ver los resultados…

RELATOR
Pero Abdul Ben Ami tenía otros intereses en la casa de José das Penas.

ABDUL
Ana, Ana…

RELATOR
Por Ana das Penas, el turco Abdul era capaz de traer la luna rallada en una mantequera de plata. Por ella podía hasta matar. Lo haría todo para conseguir su amor, excepto abjurar de su fé.

ABDUL
El Corán es mi ley. Y Ana das Penas es mi corazón.

RELATOR
Esperaba, nada más, que la fortuna sonriera a José Das Penas en El Lagarto Verde y se convirtiera en el emporio porteño del azafrán y el pimentón, el clavo de olor y la canela. El cuerno de rinoceronte, convertiría al lugar en el zoco más preciado de Buenos Aires, donde los hombres adoloridos de la entrepierna pudieran vencer por fin sus temores y turbaciones, apasionar a las mujeres, conquistar las doncellas incoquistables, y todo, a un precio de nada.

ABDUL
Peines de carey. Lista de mercancía se ofrece a José das Penas: peine de carey, jabón de coco, agua de rosa, agua de jazmín, vainilla, romero y lavanda, polvo de rinoceronte, esencia de unicornio…


Escena 4
RELATOR
El amor, esa fuerza del demonio. Mientras Ana cruzaba tijeras para que Miguel Castillo no fuera de su hermana, sino sólo de ella; Iria consiguió su dirección y caminando muy despacio, se fue hasta Barracas Sud donde echó sal sobre los ladrillos de su puerta, para que sólo a ella la quisiera.

IRIA recita un ensalmo para el amor
Amarre de amor para Miguel Castillo. Novena a San Judas Tadeo mirando el retrato de Miguel. Como retrato de Miguel no tengo, lo pensaré muy fuerte.
Miguel: te quiero porque te quiero
Te quiero porque te quiero
Y en el querer nadie manda
Te quiero porque me sale
De lo más hondo del alma.

RELATOR
Y en un cuarto escondido de la casa, Ana hacía lo mismo.

ANA recita un ensalmo para el amor
San Antonio Bendito que al monte fuiste, el rosario y el silabario perdiste, te encontraste con Jesús, quien te consoló y tres virtudes te dio:
- Que lo olvidado se recordará,
- Que lo perdido se encontrará y
- Que lo alejado se acercará y Miguel Castillo mío será.

RELATOR
Sólo la pequeña Catalina temía lo peor, y enloquecida por el vaho de la muerte que ya creía respirar, repetía una rima inaudible que para ella significaba mucho y para los otros apenas era una niñería…

CATALINA LA CIEGUITA
Don Federico mató a su mujer
La hizo picadillo
La puso en la sartén
La gente que pasaba
Olía que apestaba
Era la mujer de don Federico.

JOSE
Qué dice?

IRIA
Juega

ANA
Qué dice?

CATALINA LA CIEGUITA
Mánchate con ceniza la frente.
Acuérdate hombre que eres polvo y que en polvo te has de convertir.

IRIA
Qué se calle!

CATALINA LA CIEGUITA
Las culebras están mudas cuando yo hablo…

IRIA y ANA
Si fueras mayor diríamos que estás borracha…

CATALINA LA CIEGUITA
Ese hombre parece que les mete el amor, pero les meterá el odio…

Sonidos de tortazos.
Llanto y gritos de Catalina


Escena 5
RELATOR
Pero en la panadería, Miguel Castillo horneaba el pan y ajeno al hecho de que era objeto de mil hechizos, cantaba:

MIGUEL
Las solteras son de oro
Las casadas son de plata
Las viuditas son de cobre
Las viejas de hojadelata.
Las muchachas españolas
Son lindas como una flor

MADRE DE MIGUEL
Miguel, que el pan no se queme!

MIGUEL
No, mama.
Las solteras son de oro
Las casadas son de plata
Las viuditas son de cobre
Las viejas de hojadelata.
Las muchachas argentinas
Son lindas como una flor

MADRE DE MIGUEL
Miguel, que el pan no se ponga negro!

MIGUEL
No, mama. Pierda usté cuidado.

MADRE DE MIGUEL
Que el pan no se enfríe, que el pan no quede duro!

MIGUEL
Pero no, mama! El pan estará caliente. El pan quedará crujiente para las hermanitas Das Penas.

RELATOR
Así se dispuso Miguel para llevar su pan, al día siguiente, a esas dos féminas que no cesaban con sus embrujos. Y ellas, en EL lagarto verde, como en una guarida, lo esperaban, lo anhelaban, se pasaron la noche en el balcón y en la ventana, venteando en el aire de la madrugada el olor de él, como hace la leona en la selva con la gacela preciada.

Fin Capítulo 2

Personajes del Capítulo 2

  1. Relator
  2. Ana
  3. Iria
  4. Catalina la niña
  5. Catalina la Lotera
  6. José
  7. Santa Mariña
  8. Santa Quiteria
  9. Miguel Arcángel
  10. Abdul
  11. Miguel Castillo
  12. La madre de Miguel Castillo

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