martes, 12 de julio de 2016

MENDIGANDO AMOR . Capítulo 3 - Radioteatro

Capítulo 3

Escena 1

RELATOR:
Sin duda son extraños los hechizos de amor. Porque a veces parece que funcionan y a veces parece que no funcionan. Porque a algunos les parece indigno, hechizar, o como se dice aquí, ENGUALICHAR a la persona amada, y a otro les parece lo más natural del mundo, un refuerzo del sentimiento. De la misma manera que se fabrica un refuerzo para la cama, donde el colchón, por el centro, se hunde. Los GUALICHOS que las hermanas Das Penas habían hecho al corazón de Miguel Castillo, surtieron sus efectos. Al principio, Ana estaba de pie como una azucena en cada uno de sus sueños. Pero después fue Iria, quien como un remolino oscuro lo atraía a placeres desconocidos.Al fn, tironeado entre un gualicho y otro, acabó por trastornarse…

MIGUEL:
Mama, ¿dónde esta la canasta de pan que tengo que llevar a las hermanas Das Penas?

ARMIDA CASTILLO
Ya la llevaste.

MIGUEL
No, mama. No les llevé nada.

ARMIDA
Les llevaste no una, sino diez canastas de pan.

MIGUEL
No, mamita. Viejita linda, está confundida. ¿Quién iba a hornear tanto pan?

ARMIDA
Toda la noche estuviste despierto, frente al horno ardiente. Asándote como en el infierno. Miráte cómo estás. Pálido, la camisa te queda como un sudario. En mala hora metí la cola en la casa de José Das Penas.

Miguel tose.

ARMIDA
Oíte toser. Vas a terminar en un sanatorio, en Córdoba, formando parte del coro de los tuberculosos. Cuando vos naciste y tu padre te vio, lo primero que dijo fue: “Pucha! Qué macana!” Después se mandó a mudar al sur. Apolonio Castillo, todo un político, un pensador de barrio bajo. Te crié sola para que seas fuerte pero a los siete, a los ocho, te escapabas a fumar a las vías con esos vagos, todo por patear una pelota. Ahí te vi y pensé “Este guricito no llegará nunca a nada”. Estaba la Chichina ahí, que me leía los pensamientos y me riñó: “No digás eso; tu hijo tiene la suerte del perro amarillo”. No sé lo que quiso decir… Lo habrá dicho por el olor a azufre que ella soltaba…

Miguel se ahoga de tos.

MIGUEL:
Todavía siento el olor del azufre cuando venía la Chichina amiga suya… Eso es lo que me hace toser.

ARMIDA:
No me cuentées, ¿querés? Nueve meses te llevé en el vientre para que me vengas con cuentos. A vos lo que te tiene así son las polleras de las gallegas. Malhaya la hora que entré a esa casa.

MIGUEL
Yo me acuerdo de las cosas que hacían, mama, cuando volaban…

ARMIDA
Tendría que meterte un sopapo por insolente.

MIGUEL
Mama, bien que me acuerdo de la Chichina…

ARMIDA
Oíte toser nomás. De un momento a otro vas a escupir sangre.

MIGUEL
Mama, no me mortifique…

ARMIDA furiosa
Ahí tenés otra canasta de pan! Llená de pan el almacén de las dos harpías. Que se atiborren de nuestro pan. Que revienten de mi pan.

MIGUEL
Gracias, mama. Comprendáme, estoy enamorado.

ARMIDA
Me hacés reír. Sos un estúpido. ¿A quién le arrastrás el ala?

MIGUEL
A… A…

ARMIDA
Ni vos sabés.

MIGUEL
A las dos hermanas.

RELATOR
Esa misma mañana, aproximadamente a las once de la mañana, llevó Miguel sobre sus hombros la onceava canasta de pan a El lagarto verde. Lo más raro de todo, es que el pan se vendía, como un milagro de Jesucristo, pero al revés. En vez de haber cada vez más pan, había cada vez menos y José Das Penas se enriquecía. Hubiera mirado mejor a Miguel Castillo, sino fuera por la aberración que sentía por los argentinos.

JOSE
De sólo pensar tener la simiente de un argentino en la casa, me vienen arcadas.

RELATOR
En la panadería, doña Armida Castillo quedó muy afligida. Lloraba con un llanto seco, sin lágrimas, porque se le habían acabado de cuando el ETERNO la expulsó de su lado. DIOS EN LO ALTO la rechazó en la forma de un cura párroco de una iglesia de pueblo de mala muerte. La excomulgó primero y la sacó a escobazos después, cuando la vio robando agua bendita de la pila. Ella lo maldijo:

ARMIDA
Volveré con un pueblo entero y quemaremos las iglesias.

RELATOR
Pero ese momento aun no había llegado. Y ella temblaba cuando sopesaba las humillaciones recibidas y las por recibir… ENVIADO por algún ser que no es de este mundo, entró en ese momento a la panadería PIRILO, el amigo que ella aguardaba. Era un trabajador, un maquinista de tren afiliado a La Fraternidad. Desde 1943 a esos días, el gobierno se las estaba haciendo pasar negra a los obreros.

PIRILO
Doña Armida, felices los ojos que la ven.

RELATOR
Armida apenas si gruñó.

PIRILO
Doña, estamos en un brete. Y hay que hacer una alianza.

ARMIDA
Yo no entiendo de política, Pedro. Yo no sé de conjuras.

PIRILO
Hay que apoyar al Secretario de Trabajo. Lo quieren rajar. No lo vamos a permitir. La Fraternidad y la Unión Ferroviaria no lo quiere del todo. Algunos no lo pueden ver ni pintado. Tenemos muchos rojos, muchos comunistas, extremistas como dijeron los del Gobierno cuando disolvieron la segunda CGT. Los de Empleados de Comercio también apoyan. Está todo muy feo, Farrell mandó detener a Juan Domingo Perón y lo mandaron a la Isla Martín García.

ARMIDA
Qué fin desdichado.

PIRILO
Ayer salió en el diario Crítica: “PERON YA NO CONSTITUYE UN PELIGRO PARA EL PAIS”.

ARMIDA
Y qué esperás que haga yo?

PIRILO
Usted nada. Usted, tranquila. El Miguel, tiene que venir. Y los oficiales panaderos. Para apoyar. ¿Cuántos tiene ahora? Tres, cinco…

ARMIDA
Parecés del fisco.

PIRILO
Déjeme hablar con el Miguel, doña.

ARMIDA
Hablále, convencélo, si eso te hace feliz. Pero no creo que logres nada, porque anda ATORTOLADO por dos chinitas que no valen ni el blanco de la uña.

PIRILO
Déjeme a mí. Cuando le recuerde cómo el padre lo mentaba allá en el sur…

ARMIDA
¡Acábaramos esta conversación acá, Pedro! Venir a traerme a ese desgraciado difunto a la memoria, que si algo bueno y noble hizo en su vida fue mandarse a mudar y morirse chupado apenas le cayó la miseria.

PIRILO
No hable así del finado, doña. Usted sabe que él luchó por los obreros en la Patagonia. Por una Argentina donde todos fuéramos iguales ante la ley, que no deportara a los extranjeros que buscaban un país mejor…

ARMIDA
¡Los extranjeros! ¡Vos decís los bombistas!

PEDRO
Doña Armida, don Apolonio, que en santa gloria esté, murió con el nombre suyo y del Miguel en la boca.

ARMIDA
Terminemos acá. Esperálo a Miguel, que está por venir. En cuanto lo suelten sus amores, llevátelo al comité. Acá el pan se hace solo. Los oficiales te puedo dar alguno, no todos.

PEDRO
Gracias, doña Armida. Gracias. El coronel Perón y los trabajadores de este país se lo agradecerán.

ARMIDA fastidiada
Sí, si. Seguro. Andá nomás.


Escena 2
RELATOR
Entra como un loco, como una ráfaga del Viento Norte, Miguel Castillo a El Lagarto verde. Sin verlo, Catalina la niñita visionaria, es la única que la estás viendo.

CATALINA LA CIEGUITA
Qué traes?

MIGUEL CASTILLO
Pan, pan blanco y perfumado.

CATALINA LA CIEGUITA
Estamos hastiados de pan.

MIGUEL
El pan no harta. El pan siempre es bueno.

CATALINA
Atrás está Ana alimentando con bolitas de pan a las gallinas. Gran lujo de las gallinas.

MIGUEL
Mentís.

CATALINA
No te conviene ninguna de las dos.

MIGUEL
¿Y quién me conviene?

CATALINA
Yo.

MIGUEL
¡Encamotarme con una mocosa! Querés que vaya preso.

CATALINA
Podrías mantenerlo en silencio. Algún día voy a crecer.

MIGUEL
No.

CATALINA
En diez años seré mayor de edad y podremos casarnos…

MIGUEL
No, no, no.

CATALINA resopla.
¡Rayo es el amor!

MIGUEL
No te empaques, Catalinita. Te compro un dulce. Un pirulín de esos que no vende don José, de tres colores. ¿Te gustaría? Podemos ser amigos. Querés?

CATALINA
Si no hay más remedio.

MIGUEL
Pero séme franca. Quién de las dos hermanas me quiere?

CATALINA
Las dos.

MIGUEL
Pero cuál me quiere más?

CATALINA
Una llora por los rincones y la otra en anda en Babia desde que apareciste vos.

MIGUEL
Pero a tu entender, ¿cuál es la que me ama?

CATALINA
Entender yo no entiendo nada. ¡Si ayer cumplí ocho años!

RELATOR
Tal es la confusión de Miguel, tironeado entre el amor a Iria y a Ana, e imposibilitado de amar a las dos a la vez, porque eso constituiría, a la larga, el delito de bigamia, que decidió querer a aquella que lo quiera más a él.

MIGUEL
Me dijeron que aunque vos sos muy niña podés ver el futuro.

CATALINA
Ah, eso sí.

MIGUEL
Y qué ves?

CATALINA
Es la que te mira pícara, ésa es la que está loca por vos…

MIGUEL
Y cuál es la que…?

Sonido de la puerta de entrada que se abre y los pasos furiosos de Don José.

DON JOSE, de improviso
¡Catalina, qué estás haciendo, demonio!

CATALINA
Padre, el muchacho vino a traernos la canasta de pan…

DON JOSE
Fuera, Catalina. Fuera, a vender lotería a la puerta.

CATALINA
Sí, padre.

DON JOSE
Y no grites sí, padre; no, padre, ¡que no soy tu padre!

CATALINA
Está bien, padre. No lo llamaré más mi padre. Aunque mi madre me dijo que lo era.

RELATOR
Don José no lo quería a Miguel Castillo. Pero el pan ¡tanto se vendía ese pan que don José no se animaba a ponerlo de patas en la calle!

DON JOSE
En mi casa, en mi familia, somos gente de trabajo.

MIGUEL
Lo sé, don José.

DON JOSE
Nunca, los santos del cielo no me dejan mentir, hubo un aventurero merodeando a alguna de la casa. Y estas hijas mías son dos azucenas. Aunque anden medio revueltas, porque las dos disputas cuál de ellas entrará a monja primero. ¿Sabías, que quieren ser monjas y meterse enclaustradas en un Convento?

MIGUEL
Las dos??

DON JOSE
Desde niñas que no hacen otra cosa que rezar novenas. A veces, les rezan a las Virgen equivocada, de atolondradas que son. Y a veces, nomás por llevarme la contraria, le rezan a la Macarena de Sevilla. ¿Y por qué? Porque son tozudas, como todas las religiosas.

MIGUEL desanimado
No sabía que deseaban ser monjas sus hijas.

DON JOSE
Hasta mi esposa, buenísima, fue un monja un tiempo.

MIGUEL
Robó usted a su esposa de un convento?

DON JOSE
Cómo se te ocurre, insolente, malnacido? Con quién te piensas que habla, con un bandido, con un pícaro de siete suelas? No, la buenísima Elena, que profesaba a nuestro Santiago de Compostela. Una noche sin luna, se corre la voz por La Coruña que la Madre Superiora es una mora escondida. Y van los gallegos, cristianos de buena ley, y gritan: “Quémenla, quemen a la Mora!” E incendian el convento. Y por allí, por una grieta, se escapa mi Elena y después viene y se hace mi mujer. Una santa.

MIGUEL dudoso
Psé.

DON JOSE
Ahora, ¡a volar!

MIGUEL
Puedo ver a las monjas, don José?

DON JOSE
Que monjas?

MIGUEL
A sus hijas.

DON JOSE
Están rezando.

MIGUEL
Está bien. Adiós, don José.

RELATOR
Así, enojado consigo mismo por dejarse embaucar de tan estúpida manera por don José, Miguel Castillo volvió cabizbajo. Se sentía burlado por sus propias sensaciones. ¡El estaba seguro de que las muchachas se habían prendado de él y ahora le decía el viejo gallego que no, que querían ser monjas en el convento! Pero la niña, que era adivina, había declarado que las dos estaban enamoradas de él. ¡No podía perder así, tontamente, las ilusiones! Arrastrando los tamangos, pasó el día caminando sin rumbo.


Escena 3
RELATOR
Pero don José estaba muy contento con haberle volado el pretendiente a las hijas. Limpiaba el mostrador con un trapo rejilla y silababa una muñeira.

Don José silba.

RELATOR
Pero alguien en el cielo no veía con buenos ojos, la mentira y la violencia que le habían hecho a un pobre muchacho enamorado.

SANTA QUITERIA
Pst, José. Pst, José, acá arriba.

DON JOSE
¡Santa Quiteria!

SANTA QUITERIA
Habla más despacio. Que si mi hermana sabe que vine, me revienta. Tiene un carácter esa Mariña.

DON JOSE
Santa mía, ¿a qué debo tu honor?

SANTA QUITERIA
Estás obrando mal, hijo. En el Cielo los embustes no se ven con buenos ojos.

DON JOSE
El argentino quiere quitarme a mis hijas y hundir mi casa en la desgracia.

SANTA QUITERIA
Lo que se tenga que hundir, se hundirá. Pero no te rebajes a la mentira y al engaño.

DON JOSE
Ya lo sé, santa mía. Estoy arrepentido pero…

SANTA QUITERA
Dejálo entrar a tu casa y yo te prometo la prosperidad de tu negocio. El pimentón vivirá un auge como nunca se ha visto antes en ningún mercado; las sardinas tendrán el triple de tamaño y la gente correrá a comprarlas porque las creerá truchas, me refiero a grandes como una trucha. Los argentinos han inventado todos estas palabras del lunfardo que confunden a cielo y tierra.

DON JOSE
Yo no sé si debo aceptar tu generosidad, santa Quiteria

QUITERIA
El dulce de membrillo hará que tengas una cuadra de cola, por día. Te comprarán hasta las chinches de tu colchón. Te vendrás rico. Dále tu hija a Miguel.

DON JOSE
Pero ¿cuál? Tu santa hermana, siempre me prometió ayuda, para que ninguna de las dos cayera en manos de un argentino.

QUITERIA
Mi hermana no está bien de la cabeza. De una vez, que bajo un pino verde, la pateó la mula torda. Y le dio acá, en plena nuca, la patada. Cualquier otra de mis nueve hermanas hubiera muerto al instante. ¡Pero ella es tan cabeza dura, que la mula torda la pateó y se levantó cantando como si nada! Sin embargo, yo creo… Yo creo que en el fondo a la Mariña, se le removieron las ideas.

DON JOSE
Acabarán mis penurias y mi miseria, santa Quiteria?

QUITERIA
Acabarán.

DON JOSE
Y mis hijas?

QUITERIA
Acabarán como acabamos nosotras.

DON JOSE
¿Y eso qué quiere decir…?

QUITERIA
Adiós, José. El Altísimo me llama.

DON JOSE
No, no, no. No te vayas! Respóndeme, ¿qué debo hacer?

QUITERIA
Adióoooooos, José.

RELATOR
Don José das Penas quedó pensativo: entregar sus hijas a cambio de la prosperidad de su almacén, El lagarto verde. ¿Qué es de verdad más importante en este valle de lágrimas? El dinero o la honra? La honra hace a las personas ganarse el cielo, cuando fina la vida en esta triste morada. Y malandras, hay un montón con plata. ¿Sufre menos o más un malandra platudo? Las hijas de don José, eran un dolor de cabeza y no servían sino para quitarle el aliento de cada día, con la cantinela: “Padre, dame,dame”, “Dame, dame”. Por eso, él pensó: si tanto pedían las hijas y él les daba; por qué él no iba a dar a sus hijas al argentino morocho y vil que las galanteaba y él se quedaba con la plata para disfrutarla a sus anchas. Los malandras, a la larga, bien la hacen.

Final del Capítulo 3





Personajes de Mendigando Amor 3
1.      RELATOR
2.      MIGUEL CASTILLO
3.      ARMIDA, SU MADRE
4.      PIRILO, AMIGO DE MIGUEL
5.      CATALINA LA CIEGUITA
6.      DON JOSE

7.      SANTA QUITERIA

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