viernes, 8 de julio de 2016

MENDIGANDO AMOR. Capítulo 1

Capítulo 1


Escena 1: PRESENTACIÓN

Relator (el niño Ángel Das Penas)
Hay historias de las que se dicen: “Eso no es cierto”; “Eso no pasó nunca”; “Aquello es música de gaitas”. Pero cuando la historia que te dijeron que no es cierta, te pasó a ti, te levantas de tu silla, los miras ceñudos a todos y les aúllas: “Que es cierta, hombre! Que es verídica! Y si no me crees, todo lo que me sé, te lo cuento otra vez, porque me pasó a mí y esta historia es mía”. Esta historia no es exactamente la mía, pero no me es ajena. Habla de  José Das Penas y sus dos hijas, una más bonita que la otra. Y es una historia de amor y romance. A mí al principio me daba un poco de pudor hablar de amor. Yo espero que de esto no me pase ni pizca o que sea de una señorita buena y lánguida como una princesa en flor, igual todavía soy un niño para pensar en esas cosillas y mi madre me daría un soplamocos que me partiría la nariz si yo le empezara a hablar ya de las muchachas… 
Don José Das Penas, viudo y solo como un búho tuerto,  para escapar de la Guerra Civil, trajo consigo de Galicia a sus dos hijas, la Ana que era alta y delgada, y la Iria que era morena, y a la sobrina por parte de su hermano muerto en la guerra, Catalina, hija de su hermano y Catalina la Lotera de la Calle Mayor. La sobrina era apenitas una niña y ciega ¡pero tenía una videncia! ¡Podía encontrar una aguja perdida en un nido de pájaro y decirle a una doña cómo le iría en el alumbramiento! Así que aquí tienen, a don José, sus hijas Ana e Iria y a la niña Catalina. Y como es una historia de amor, está aquí el amado Miguel Castillo, guapo, argentino, morocho como le dicen a los de piel de aceituna en el país, tironeado por todos los amores de mujer: las hermanas, su propia madre, doña Armida, que le quiere para ella sola.
Claro, que hay otras gentes que intervienen en ella… En toda historia de amor que se precie, los dioses urden el tejido de los destinos. Dios mismo y los seres del cielo que aquí se ocupan son una santita de La Coruña y…

Santa Mariña:
Bendito sea Jesucristo y bendita sea su Madre. A mí aquí me trajo la fé. Yo allá en el Cielo vivo de lo más cómoda y un angelito gaitero que aprendió de mí los mejores sonidos, me toca muñeiras la tarde entera. Nosotras éramos nueve hermanas que nacimos de sopetón, en un solo parto, del vientre de mi madre y somos las nueve santas cristianas, aunque a mí sola me pintó en su cuadro un pintor.  Pero una se debe a sus fieles, como un actor a su público. Y pedí permiso al Creador, para que me deje acercar a mi fiel querido, don José. Y el Creador me dijo: “Vé con los tuyos y acércalos a mi seno”. El dice siempre lo mismo, con su voz de altoparlante y todos en el reino celestial hacemos caso de él, que para eso es Dios, ¿verdad?

RELATOR:
¿Puedo seguir, santita?

SANTA MARIÑA
Pensé que íbamos a departir un poco sobre mis milagros. También sobre mi facha; hay que ver qué maja me pintaron y ahora me muestro en el Museo del Prado.

SANTA CASILDA
La del Prado soy yo.

SANTA MARIÑA
Ya me salta a los ojos la envidiosa de Casilda.

SANTA CASILDA
Patrona de Toledo.

SANTA MARIÑA
¿Y a mí qué? Yo lo soy de Galicia.
 Y no habré convertido el pan en rosas como hizo ésta pero…

RELATOR:
Es que tal vez los radioescuchas se pongan un poco ansiosos, santa Mariña y prefieran que continuemos con la historia…

SANTA MARIÑA:
Una fiesta en cada pueblo tengo. Siempre se baila, se comen turrones, se … bueno, se chupa un poquito de licor, en honor a Nuestro Señor, por supuesto. Mis hermanas, pobrecitas, ya nadie se acuerda de ellas. Le dije a la que me sigue en edad, aunque tenemos todas la misma edad, pero un rango una se tiene que dar: Es más conocida Catalina la Lotera, que tú. Me quería pegar, pero las santas no pegan. Ah, es un oficio muy engorroso en ese sentido…

CATALINA LA LOTERA:
Soy yo la que vendo la suerte.  Pero hube de venderle a José mi hija, la Catalina. Le puse a la niña en la mano el boleto de barco y en el ruedo del vestido, le cosí la estampita con la Santa Casilda.

CATALINA NIÑA
De muy lejos vengo en esta oscuridad
Sin ver una letra te leo la suerte
Sin mirar tus ojos de labriego
Te digo cuándo y cómo será tu muerte.

SANTA MARIÑA
Soy yo quien le susurra visiones a la niña. Es que Arriba me aburro, con mis hermanas haciendo calceta. Digo yo, mejor hubiera sido que alguna se casara. Así por lo menos había un marido al que criticar y no estarse con las agujas, tarareando villancicos…

RELATOR:
Fue una mañana, cuando José Das Penas, ya floreciente comerciante en su almacén El lagarto verde, pidió de rodillas a la santa.

DON JOSE:
Santa, tengo dos hijas casaderas en este país salvaje.  Y temo que un galán de tres al cuarto me las lleve. La mayor, Ana, es la luz de mis ojos. La menor, Iria, la mano derecha en mi negocio. Son el azafrán y el pimentón de mi tierra, son flor en un monte de miserias. Ana, me recuerda a su madre, pobrecita, dulce. Iria, me recuerda a mi madre, brava. Si pudiera pedirte que me las hicieras monjas pero sin marchar al convento, te levantaría una ermita entre los barriles de aguardiente para que te adorara todo un pueblo. No pueden ser monjas, que aquí los hombres las miran y ninguno de ellos tienen los ojos mansos. ¿Qué haré? ¿Qué haré con mis hijas?

SANTA MARINA
Nosotras éramos nueve hermanas que nacimos de sopetón, en un solo parto, del vientre de mi madre. Y mi padre, por cristianas, mandó matarnos a todas. ¿Vas a mandar a matar tú también a tus hijas?

DON JOSE
Santa, permite que no se enamoren de nadie.

SANTA MARIÑA
No puedo hacer eso.

DON JOSE
Que se enamoren entonces de un comerciante de mi ramo que me dé la oportunidad de ampliar el negocio.

SANTA MARIÑA
No puedo hacer eso.

DON JOSE
Santa, siempre he creído que eras poderosa.

SANTA QUITERIA (hermana de Mariña)
Te pasa por bocona. Por andar pregonando qué milagrosa que sos, nomás porque un día le diste un bastonazo a una piedra y brotó el agua. Una santa debe ser modesta.

SANTA MARIÑA
Me faltaba escucharte a ti. Cuando nuestro padre nos mandó a matar por cristianas, nadie derramó una lágrima de verte con la corona del martirio.

SANTA QUITERIA
Nuestro cruel padre nunca nos hubiera enviado al martirio, si no fuera porque una tarada andaba gritando a los cuatro vientos: Soy cristiana y reniego de la fé de mi padre.

SANTA MARIÑA
Deberías estar en el infierno, Quiteria.

SANTA QUITERIA:
José, José Das Penas. Soy santa Quiteria que habla. José, cuidaré a tus hijas.

SANTA MARIÑA refunfuña:
Siempre la misma metida.

DON JOSE
¡Santa! ¡Santa mía! Te haré una ermita en la bodega…

SANTA QUITERIA
No, José no… El licor y el cristianismo no son buena compañía…

DON JOSE
Te levantaré una hermita entre los jamones colgados…

SANTA QUITERIA
Mi idea de la poesía, José, me impide…

SANTA MARIÑA:
¡Jah! Comer no te impide. Te comerías todos los jamones de tu ermita.
José, fiel mío y mío sola y ahora parece que compartido con esta bruja: tus hijas harán lo que harán, pero te prometo cuidarte la niña lotera, para que esté contigo toda su vida.

DON JOSE:
No, la lotera no. No es hija mía.

SANTA MARIÑA:
José, su madrecita te la encargó bajo mi mirada en un altarcito improvisado en Oleiros.

SANTA QUITERIA:
Era un asador, Mariña. No un altar. Ahí asaban la caza del día.

SANTA MARIÑA
Te pido, hermana, que te metas en tus asuntos.
José, la niña seguirá a tu lado.

DON JOSE
Mis hijas son todo lo que tengo. La otra vende lotería y se arregla sola.

SANTA QUITERIA
La cieguita te ama como a un padre, don José.

SANTA MARIÑA
Lo que más me revienta es cuando te hacés la humilde, Quiteria. Ahora protegés a la nena esa. Ojalá se tropiece y se rompa una pierna cuando salta a la cuerda. Así queda ciega y coja.

SANTA QUITERIA
Sos una harpía. Calláte por favor, Mariña y ocupáte que en el cielo hay tres ángeles que quieren aprender a tocar la gaita. Andá y enseñáles.

SANTA MARIÑA:
Como me robes un fiel, te prometo que…


Escena 2

RELATOR
De modo que bajo la protección de las santas, las dos hijas de don José Das Penas comenzaron a vivir soñando con la llegada del hombre que conquistaría su corazón. Ana, soñaba en el almacén. Iria, soñaba en el almacén. Las dos acodadas en el mostrador, distraías en el vuelo hipnotico de una mosca alrededor de terrón de azúcar…

ANA
Quiero un hombre dorado para mí, un hombre como una espiga de trigo.

IRIA:
Para mí, que mi hombre sea firme como un árbol, sabroso como la nuez.

ANA
Que al mirarme me transporte de deseo.

IRIA:
Que oiga campanas en mi vientre cuando pose sobre mí sus labios.

ANA
Que el hombre que ame…

RELATOR: Pero de pronto, la cruda realidad. Una vieja de agrio cáracter las vuelve al almacén El lagarto verde. En el almacén que fundó el padre, el olor de las especias es algo normal. Pero de pronto, un azufre, el perfume de un cuero de buey echado a perder las invade. Ambas levantan la vista a la vez, sobresaltadas, e Iria se persigna.

Entra Armida, una señora mayor, que golpea con la mano en el mostrador. Es la madre de Miguel.

ARMIDA
¿Acá no atiende nadie?

RELATOR
Una mujer, casi una anciana, entró al almacén con una canasta en el brazo. Apenas si la podía sostener, tan pesada era. La fragancia de su contenido, hacía sonreír hasta a las arañas del techo. ¡Pan caliente, la demostración de que Dios existe!

ANA e IRIA:
Disculpe, señora. ¿Qué se le ofrece?

ARMIDA
No vengo a comprar, vengo a vender.

IRIA:
Se dice buen día, eh, vieja.

ANA
Tratála bien. Puede ser un hada que viene a hacernos una gracia.

ARMIDA
Gracias hacen los monos. Yo vengo a ofrecerles mercadería.

IRIA:
No está el dueño.

ARMIDA
El dueño es tu padre. Puedes comprarme igual

IRIA:
Nosotras no manejamos plata. Todo el padre.

ARMIDA:
Puedo dejarte la mercadería y me pagas mañana.

ANA:
Decíle que sí. A lo mejor es un hada y es mercadería encantada.

IRIA:
El padre si hago eso me come la cara a bofetadas.

ARMIDA
No lo hará, en cuanto pruebe mis panes. Mi pan flor, que parece hecho de nube. Mis felipes, de harina de sol. Y los mignones las harán chuparse los dedos. Venderán todo en un abrir y cerrar de ojos. Y cuando yo regrese mañana a cobrarles, se habrán enriquecido…
ANA
Sí, señora hada, si.

RELATOR
Pero la niña Catalina que estaba viendo con sus ojos ciegos a la vendedora de panes, chilló:

CATALINA
No le compres, Ana! Esos son los panes amargos de tu destino.

IRIA:
Déjeme entonces la canasta entera.

ARMIDA
Claro que sí, claro que sí. Mañana vendrá a traerte otra canasta mi hijo. Mi hijo se llama Miguel, Miguel Castillo, es un muchacho como una espiga de trigo y el corazón de un cabrito. Lo que mira, lo vuelve miel. Tengan cuidado con mi muchacho, no se anden levantando las enaguas con él.

CATALINA:
¡No debiste, Ana! ¡No debiste comprarle!

ANA
¡Nos traerá buena suerte!

CATALINA:
No, Ana, será tu desgracia,
panes que hornea una madre
y envía al hijo a vender
es propio de suegra o de madrastra…

ANA:
Catalina, sos muy niña para hablar así.

IRIA:
Estos panes huelen a pecado.

ANA
El pan huele a trigo en el sembradío.

RELATOR
Y estos fueron los panes que comenzaron con toda la historia, que recién empiezo a contarles.


Escena 3
RELATOR:
Tal como la vieja Armida había vaticinado, los panes se vendieron en un santiamén. Don José cuando vio la ganancia que le habían dejado, olvidó la mala idea que le cruzara de pegarle dos mamporros a las hijas hasta saltarles los dientes.  Esa mañana, él debe dejar El lagarto verde para ir al puerto en busca de un mercader que le trae canela de tierras lejanas. La canela y la vainilla son sus especias preferidas. Llevado por el perfume de su ilusión, anda por la calle como volando. Saluda con dos palabras a las hijas y un cosquilleo en el morro a la niña Catalina.

CATALINA
No te vayas, tío. Es una maniobra del diablo para hacernos perecer como familia.

RELATOR:
Nadie oye a Catalina. Las adivinadoras tienen la desdicha de no ser creídas por nadie. Y Ana a nadie comenta que ha encontrado en el pan una espina, una horquilla con su nombre.

DON JOSE
¡Apréndete una canción nueva, Catalinilla! ¡Adiós!

RELATOR
Nada más salir don José, entra un muchacho. Es alto y garboso, de piel de aceituna y ojos achinados. Habla con gran timidez y las palabras escapan de su boca como venados.

MIGUEL
Señoras, vengo a cobrar los panes que dejó ayer mi mama.

RELATOR
Los pensamientos nunca se pronuncian en voz alta. Pero las hermanas nada más verlo piensan a la vez:

ANA
Repica una campana de plata en alguna parte. No sé en cuál campanario será y ya estoy enamorada.

IRIA
Fue verlo y una dalia abrirse en mis entrañas.

RELATOR:
Pero ninguna de las dos dijo nada de eso. Y la niña Catalina rompió a llorar.

Catalina llora.

IRIA le tira del pelo
Calláte, mocosa ordinaria.

CATALINA chilla
¡Mi pelo, mi pelo!

ANA:
¿Sabe usted cuánto le adeudamos?

IRIA
Cuánto le debemos.

MIGUEL
No sé. Mi mama dijo que capaz ciento veinte pesos. Por el gasto de venir y por el gasto de andar. Por los zapatos que calzo y gasto.

IRIA:
Claro. Dáselos, Ana.

ANA
Dáselos vos, yo no soy tu esclava.

IRIA:
Que me hagas caso. Para eso soy tu hermana mayor.

MIGUEL
Para hacer el pan no dormimos en la noche hasta las dos de la madrugada. Entonces el maestro saca el pan tostado del horno, con una pala negra que de pronto se ha puesto roja, roja como…

ANA
Como la esperanza de amor.

IRIA:
La esperanza es un pájaro verde. ¡Imaginársela morada! Que hay que ser bruta ignorante. Aquí tiene, Miguel, su dinero.

CATALINA
Yo no sé los colores. Cómo es el rojo? Cómo es el verde?
Qué es la esperanza?

IRIA:
¡OH!

MIGUEL
Perdone, no quise tocarla.

IRIA
Me corrió un escalofrío.

MIGUEL
Le hice mal sin querer…

IRIA
Me dio una electricidad.

MIGUEL
Perdone, le ruego.

ANA
Lo acompaño a la puerta.

IRIA
El panadero vé donde está la puerta.

CATALINA
Ahí delante. Doce pasos, catorce pasitos. Si hasta yo lo sé.

IRIA
Ana, pica el ají para el escabeche

ANA
Acompaño al panadero hasta la puerta, te dije.

IRIA
¡Volverá usted, panadero?

RELATOR
Pero Miguel Castillo ya no contesta. Está sumergido en los ojos de Ana.

ANA
Debo verlo.

MIGUEL
Sí.

ANA
En el pan había una espina…

MIGUEL
Mi mama no ve muy bien cuando amasa.
Es un cabo de vela que apenas alumbra.

ANA
Esa espina tenía la forma de una A.
Era una señal para mí.

MIGUEL
No…

ANA
Sí. El destino me dice.

MIGUEL
No! No quiero que me hablen del destino.

ANA
Enviaste a tu madre con la excusa del pan.

MIGUEL
No.

ANA
Sí, sí. Era una excusa para verme.
MIGUEL
No, no!!
Estás confundida, Ana.

ANA
Sabés mi nombre! Cómo sabés mi nombre?
Mi hermana no lo dijo.

MIGUEL
Adiós, adiós, Ana.

RELATOR
Miguel huyó.
A eso le llaman huir. Salir corriendo en alguna dirección.
Pero, ¿quién puede escapar de su propio destino?
¿Volverá a ella?
¿Volverá el panaderito a traer el pan?


Fin de la historia de Mendigando amor


DIOS EN LO ALTO
Cuando yo empiezo a hablar, enseguida me salen con la cuestión del libre albedrío. Aquí Ana podía elegir y no seguir el fruto prohibido de su deseo. Hice el mundo en siete días. Creé la luz y la separé de la oscuridad, separé la tierra del agua, creé los animales, las plantas, ya se sabe: todo. Después hice al hombre a imagen y semejanza mía. Lo trabajé en el barro, porque soy un alfarero. Aunque no me dedique exclusivamente a la alfarería. Adán. Después, él se quejaba de soledad. Le hice una mujer, que me salió mal y la tiré. Hice un par de modelos más y tampoco funcionaron. A veces las creaciones salen fallidas. Un día se me ocurrió una idea: que podía hacer a la mujer de la costilla de Adán. Fabricada con hueso, porque una mujer debe ser más duradera que un hombre y más fina a la vez: es hueso, no es barro de la cañada. Hubo que esperar a que Adán estuviera dormido para sacarle la costilla, porque si no chillaba como un marrano. Y era una lata esperar a que se durmiera... Le costaba dormirse… ¡también, en el Paraíso se pasaba todo el día sin hacer nada! A la mañana siguiente le presento a Eva. El no demostró mucha emoción, no tenía grandes cosas para decir. Es obvio que Adán me salió corto de palabra. Eva parecía contenta, no sé. Parecía contenta pero estaba siempre descontenta, era una fija. En fin, ahí decidí que necesitaba descansar. Tenía que parar y descansar. Porque cansado se cometen errores. Muchos errores, errores irremediables. Incluso, tengo para mí que debí haber parado antes para descansar. Y no hacer los muñequitos. Que con el tigre y el oso polar estábamos más que bien. No hacían falta ni el hombre ni la mujer. Eso no fue más que para quebraderos de cabeza. Esto de Miguel Castillo y las dos hermanas de El Lagarto Verde, esto es un gran, un enorme quebradero de cabeza.
Fin Capítulo 1
Personajes del Capítulo 1

1.      Relator
2.      José Das Penas
3.      Santa Mariña
4.      Santa Casilda
5.      Santa Quiteria
6.      Ana
7.      Iria
8.      Catalina
9.      Armida Castillo
10.  Miguel Castillo

11.  Dios

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Recomendación. Un excelente blog de libros para niños y jóvenes

A todos los lectores jóvenes o que estén interesados en la literatura infantil y juvenil, quiero recomendarles el blog https://corazoncitosl...