domingo, 31 de julio de 2016

La Cenicienta china . Yuyang Tsatsu


… Había una vez, antes de la época de Ch´in (222-206 a. J.C.) y de Han, un jefe de una caverna de la montaña a quien los nativos llamaban el Jefe de la Caverna Wu, desposó a dos mujeres, una de las cuales murió dejándole una tierna hijita llamada Yeh Hsien. La niña era muy inteligente, como también muy hábil para trabajar el oro, y su padre la quería muchísimo, pero cuando falleció fue maltratada por su madrastra y a menudo forzada a cortar leña y enviada a lugares peligrosos para sacar agua de pozos profundos.

Cierto día, Yeh Hsien tomó un pez de más de dos manos de largo con aletas rojas y ojos dorados y lo llevó a su casa y lo colocó en una vasija con agua. Cada día crecía más y más hasta que finalmente no cabía más en la vasija y entonces lo colocó en una fuente que había en la parte trasera de la casa. Yeh Hsien solía alimentarlo con lo que sobraba de sus magras raciones. Cuando se acercaba a la fuente, el pez subía a la superficie y apoyaba su cabeza en el borde, pero si algún otro se acercaba entonces se sumergía y no volvía a aparecer. Este curioso comportamiento fue observado por la madrastra, quien esperó que el pez subiera sin que éste lo hiciera en ningún momento. Un día valiéndose de una triquiñuela dijo a la niña:

—¿No estás cansada de trabajar? Te compraré un nuevo vestido—. Entonces hizo que Yeh Hsien se desvistiera y la envió a una distancia de muchos li para sacar agua de otro pozo. Se puso entonces la madre las ropas de Yeh Hsien y escondiendo un agudo cuchillo en su manga fue derecho a la fuente y llamó al pez. Cuando el pez asomó su cabeza fuera del agua lo mató. El pez tenía en ese entonces diez pies de largo, y cuando fue cocinado tenía un sabor mucho mejor que cualquier otro pez. Y la madrastra enterró sus huesos en un estercolero.

Al día siguiente, Yeh Hsien volvió y cuando se acercó a la fuente, encontró que el pez había desaparecido. Corrió entonces al bosque para llorar su desdicha, cuando un hombre con sus cabellos despeinados y sus ropas rotosas descendió del cielo, y la confortó diciéndole. —No llores. Tu madrastra ha matado al pez, y sus huesos se hallan enterrados en el estercolero. Cualquier cosa que desees, ruega por ello, y tu deseo será concedido—. Yeh Hsien siguió su consejo y no tardó mucho tiempo en que tuviera joyas y oro y telas tan hermosas que hubieran deleitado el corazón de cualquier doncella.

La noche de la fiesta en la caverna se ordenó a Yeh Hsien que se quedara en la casa para vigilar el huerto con los frutales. Cuando la abandonada niña vio que su madrastra se hallaba a larga distancia se vistió con una túnica de seda verde y la siguió a la caverna. Su hermanastra, que la había reconocido, se volvió hacia su madre diciéndole:

—¿No es esa niña extrañamente parecida a mi hermana mayor?—. La madrastra también pareció reconocerla. Cuando Yeh Hsien se dio cuenta de sus miradas se alejó corriendo pero en su apuro dejó caer una de sus sandalias, que cayó en manos de la gente de la caverna.

Cuando la madrastra volvió al hogar, encontró a su hijastra durmiendo con sus brazos alrededor de un gran árbol. Así que desechó los pensamientos que había tenido (acerca de la identidad de la dama tan finamente ataviada).

Cerca de las cavernas había un pequeño reino en una isla llamado T´o Huan. Por medio de su fuerte ejército gobernaba a una docena de islas, y sus aguas territoriales cubrían varios li. Y fue por eso que el pueblo de las cavernas vendió la sandalia al reino de T´o Huan, donde consiguió llegar a ser vista por el rey. Hizo entonces el rey que las mujeres de su casa se la probaran pero era una pulgada más corta aún para la que poseía los pies más pequeños. Hizo entonces que todas las mujeres del reino se la probaran, pero ninguna pudo calzarla.

Sospechó entonces el rey que los hombres de las cavernas hubieran obtenido la sandalia de fuentes dudosas y los encarceló y los torturó. Pero esas almas infortunadas no pudieron decir de dónde provenía la sandalia. Finalmente, fue colocada en el camino y se enviaron correos a todas las casas para que arrestaran a cualquiera que tuviera la otra sandalia. Y el rey se encontraba muy asombrado.

Se revisó la casa y se encontró a Yeh Hsien. Se hizo que se probara la sandalia y se encontró que la misma calzaba perfectamente. Apareció entonces ella con las sandalias puestas y su túnica de seda verde, resplandeciente como una diosa. Se comunicó el hallazgo al rey quien hizo traer a Yeh Hsien a su hogar en la isla, conjuntamente con los huesos del pez.

Después que Yeh Hsien hubo dejado la caverna, la madrastra y hermanastras fueron muertas por piedras que les fueron arrojadas. El pueblo de las cavernas se compadeció de ellas y las enterraron en un pozo y erigieron una tumba con una inscripción que decía:

—La tumba de la mujer arrepentida—. El pueblo de las cavernas las adoró entonces como diosas que procuran matrimonio y cuando les solicitaban un favor de esa naturaleza, les era siempre concedido.

El rey volvió a la corte e hizo de Yeh Hsien su primera esposa. Pero durante el primer año de matrimonio pidió a los huesos del pez tanto oro, jade y joyas que éstos se negaron a suministrar. Llevó entonces los huesos y los enterró junto al mar con cien sacos llenos de perlas con bordes de oro. Cuando sus soldados se revelaron contra él, fue al lugar pero las mareas los habían llevado y nunca se volvieron a encontrar hasta el día de hoy. Esta historia me fue contada por un viejo sirviente de mi familia, Li Shingyün. Proviene del pueblo de las cavernas de Yungchiow y recuerda muchas extrañas historias del Sur.

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