martes, 5 de julio de 2016

El plato de Berta. Txt

Sí, nos vimos pocas veces antes. Pero no pude resistir la tentación, tal vez porque hacía frío. O porque nos vimos poco después del mediodía, no lo sé. Nunca puedo resistir la tentación de cocinarle a un hombre. Debe estar en mi adn; a veces hasta tengo miedo de cocinarles y que se aficione alguno a visitarme por eso. Aunque no haga platos sofisticados, sino por lo otro: el calor de hogar. Raro, siempre raro eso: la débil línea que separa a la amante de la madre. Además tomábamos un anís turco que yo había comprado. Le dicen anís turco, pero es sirio. Tardamos en saber que había que rebajarlo con agua, así que lo bebimos, por así decir, crudo: te quemaba cuando pasaba dentro tuyo. No sé si lo quería, tampoco sé si me quería él. A lo mejor, lo del amor al principio no es tan importante. La cosa es que hice un plato que hago siempre y no tiene nombre. Tampoco yo le dije mi nombre, el real. Le dije que me llamaba Berta. Así, Berta a secas. No sé de dónde lo saqué, fue lo primero que me vino a la mente el día que lo conocí. Si me hubiera venido Clarisa Starling que es la agente de El silencio de los corderos, le hubiera dicho Clarisa Starling. El me hubiera creído, él no tiende a desconfiar de la gente. Eso me parece. A lo mejor esa ingenuidad es porque es extranjero; él tiende a creer en los regalos que hace la vida y me considera a mí su premio de lotería, su premio exclusivo. Eso me resulta halagador. Puse el agua a hervir y eché los fideos tirabuzón, tres puñados. En una sartén de medidas para un hobbit, con un chorrito de aceite de oliva, hice saltar unos garbanzos. Garbanzos de una lata de garbanzos. Este plato lleva muchas latas de cosas que después hay que mezclar. Alguna que otra vez, pero no en esta ocasión, agregué pimientos de lata o palmitos. Pero los palmitos siempre me resultaron un arma de doble filo, porque suavizan el sabor de las demás cosas. 

Cuando los garbanzos empezaron a tostarse en la sartén, agregué salsa de soja. Después colé los fideos, agregué los garbanzos saltados y dos latas de atún en trozos. Sal, aceite de oliva, aceto balsámico de Módena, pimienta negra, una pizca de locoto en polvo. Las especias lo son todo en un plato sencillo y la pimienta negra es un atributo de Venus. Lo dejé enfriar un poco; no se trata de un guiso, sino de un plato. El me dice que las comidas picantes no le gustan, tampoco las muy dulces. Le sirvo y él come en silencio. Me pregunta dónde aprendí a hacerlo y le digo que en Turquestán. Es otra de esas respuestas que me vienen a la mente antes de que pueda evitarlas. Ni siquiera sé dónde es el Turquestán, y a lo mejor lo sepa él mejor que yo, porque a lo mejor esté cerca de Liberia, de donde viene él. Le pregunto qué cubiertos prefiere si cuchara o tenedor y él me consulta cuál usaré yo, para comer. Quiere que hagamos todo igual, los dos. Le digo que la cuchara, me gusta usar cuchara para todas las comidas que puedan hacerse con ella. Sé que es algo primitivo, pero me gusta. El dice: “Tranquilamente podrías vivir en Liberia; allí todos usan cuchara”. Aprueba el plato y antes de irnos a la cama, le pongo todo en un tupperware para que se lleve el resto de cena; seguro no tiene una mujer para que le cocine la cena. “Berta”, susurra él cuando se despide, después, y eso es todo. Mueve el índice y el dedo mayor de la mano derecha para saludarme, a la distancia. Lo veo algunas veces más, no demasiadas, pero de esas veces una o dos le vuelvo a cocinar. Después, me dá temor que él descubra mi nombre el de verdad y ya no contesto sus llamados.

Publicado en la revista Gourmet,. dic de 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dueños de nuestro destino - Parábola judía

El Talmud analiza el ejemplo de lo ocurrido con la hija del Rabí Akiva, quien de acuerdo con los astrólogos estaba destinada a fallecer el d...