domingo, 3 de julio de 2016

El doble - Relato breve

Para Adriana

Cuando entro, veo que él está sentado más allá con otra mujer. Ni siquiera levanta los ojos para mirarme y nuestras miradas no se cruzan. La mujer a su lado es muy fea, tiene el pelo rojo y raído y se le notan los huesos de la cara, la calavera. Pienso que quizás sea su ex mujer, él me dijo una vez que ella estaba enferma. Pienso que está avergonzado de estar sentado junto a una mujer tan fea y verme de pronto a mí. Pero no puede quitarme el saludo así de repente; hago el cálculo y mis matemáticas fallan: ¿cuánto hace que lloré en sus brazos, ¿tres semanas? ¿hace ya un mes? ¿O dos? El, pienso también, me hubiera olido apenas pisé el teatro. El sabía de mi paso, de mi perfume, de mi risa: siempre estaba dándome caza. Así que no es él, debe ser otro que se le parece mucho y así se lo digo a mi amiga a mi lado. ¿Qué estaría haciendo él en el teatro, un lugar al que nunca iba, qué cosa se le habría perdido ahí? No podía ser él.
La obra que vemos sucede en un tren. Hay dos personajes, un hombre y una mujer. La actriz, que es una mujer encantadora, hace en voz alta la siguiente pregunta: ¿Para qué deseamos tanto, si al final sentimos tan poco?
Estoy clavada en su perfil. El hombre, su doble, tiene la nariz recta, fina. Su nariz no era así. Trato de recordar los detalles del cuerpo del que era mi amante, los detalles que lo hacían singular, las particularidades. Tiene una mancha en la nalga, por ejemplo, pero no puedo pedirle a un hombre, para saber si es un desconocido o no, que se baje los pantalones. Yo, me digo, conozco su cuerpo a la perfección, porque yo me adueñé de su cuerpo en algún momento y dejó de ser agua que pasa. El hombre seis butacas más allá rechaza las pastillas que le ofrece la mujer a su lado. Mira hacia mí, pero no me mira. En un momento sonríe, me parece que me quiere decir algo, pero no es a mí. Tiene un gesto idéntico al que era mi amante, pero debo reconocer que es un gesto común, que es patrimonio de cualquiera. No puedo quitarle los ojos de encima. Trato de imaginarlo a él, en esa butaca, ver cómo encajaría él, recortarlo. Es más menudo y de piel tal vez más oscura que su doble. Este hombre es más fino, más largo. Tiene una leve papada, graciosa. Tiene exactamente sus mismos ojos, los ojos que no dirige hacia mí, pero con una mirada más suave. El hombre en la butaca no quiere convertirse en un peligro para nadie; lo leo en la silueta que veo de él, en la oscuridad. La del doble. La mujer y el doble no están tomados de la mano, así que tal vez son amigos. De pronto tengo la certeza de que es mi ex amante. ¿Cuándo fue la última vez que tuve noticias de él? El, mi ex amante, se hubiera parado y hubiera venido a saludarme. No iba a perderse de demostrar a la mujer fea a su lado, que me conoce.
En el escenario, la actriz, que es una mujer que exuda dulzura, pronuncia algo así: “Tengo que decirle al hombre enfrente mío, a este hombre inesperado: ‘Estoy dispuesta por usted a vivir cualquier clase de aventura. Si no es en esta vida, que sea en otra, porque yo no quiero incomodarlo.’ Si el hombre, el pasajero, se ríe, estará todo bien. Pero, ¿y si no se ríe? Si no se ríe, me echo de cabeza del tren”.
Lo miro con descaro. Elevo una súplica y ruego que no sea él, mi ex amante. Ruego que sea otro hombre que se le parece demasiado. Dicen que hay siete personas en el mundo que son demasiado parecidas a uno. Siete personas por cada uno de nosotros. Si este hombre, no es él, toda la historia, toda mi historia con él tiene explicación. Ha habido un error, eso es. El hombre seis butacas más allá era el que a mí correspondía y no el que he tenido, el del sufrimiento. Eso es todo; la obra termina con los protagonistas a punto de besarse. Es como en esas películas de Hollywood en blanco y negro, donde el beso final lo arregla todo: un beso largo, dulce, en primer plano. Pero aquí no hay beso, sino la sospecha de que el beso sucede cuando cae el telón. Hay aplausos, aplausos. El doble y la mujer fea se paran y aplauden de pie. Yo no lo vi a él tan conmovido con la obra como para aplaudir de pie. ¿Lo hará para congraciarse con la mujer fea? La actriz, a escasas tres filas de nosotros, los mira y asiente. Deben ser sus amigos. El -el que era mi amante- no hubiera podido tener una amiga tan famosa y bella, me lo hubiera dicho apenas conocerme. Para darme celos, para hacerme rabiar, no se hubiera privado de lanzármelo a la cara.
Mi amiga pregunta: ¿Es, no es?
Le pido que nos quedemos de pie a un lado y los dejemos pasar.
Por la estatura podré darme cuenta, por su cuerpo.
Pero él pasa y no me reconoce.
Momentos después, salió del teatro con la mujer. Salieron, se pierden entre las luces de la Avenida. Mi amiga repite su pregunta:

-¿Y? ¿Era?
-No.
-Habrá pensado qué noche se perdió esta noche. No le quitamos los ojos de encima.
-No. Ni los ojos ni el corazòn.

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