Capullito de alhelí. Obra corta para 2 personajes


Personajes

REINA
CLAUDIO LIBERTO

Escenario

Dormitorio. Un gran tocador con espejo, ropero con puertas-espejo, espejos por todas partes. Cortinados importantes. Cama con dosel.
Al otro lado, en un saloncito, espera un antiguo novio de REINA, el Brigadier.
Dentro está REINA, quitándose la ropa con rapidez y eligiendo otra para ponerse. Está en enaguas.
Entra CLAUDIO LIBERTO impulsivamente.

CLAUDIO: ¿Qué estás haciendo?

REINA: No me gusta.

CLAUDIO: ¿Qué hacés? ¿te estás cambiando?

REINA: No me puedo ver vestida así.

CLAUDIO: Si te quedaba muy bien...

REINA: Calláte. Eso me lo decís porque no me mirás nunca.

CLAUDIO: Si el vestidito azul te quedaba...

REINA: ¡No era un vestidito azul! Era un traje sastre de cachemir. Lo compramos en París. ¿O no te acordás?

CLAUDIO: ¿Cómo voy a saber yo...? (Pausa). ¿Qué le digo? Te está esperando...

REINA: Que me espere.

CLAUDIO: No sé para qué lo invitaste.

REINA: Servíle un brandy mientras tanto.

CLAUDIO: ¿Un qué? No tenemos brandy.

REINA: ¿Cómo que no?

CLAUDIO: No.

REINA: Si yo compré hace menos de un mes una botella.

CLAUDIO: Se habrá terminado.

REINA: Se evaporó. (Ignorancia de CLAUDIO.) Te lo habrás tomado vos. Confesálo. No se puede tener una bebida en esta casa que todo te lo tomás vos. ¡Hay que tener las botellas bajo llave! Siempre fuiste igual: siempre: un tragón.

CLAUDIO: Yo no lo atiendo nada.

REINA: Todo me queda espantoso.

CLAUDIO: Era tu novio; andá y atendélo vos.

REINA: No digas “tu novio”: es alguien de mi pasado.

CLAUDIO: Cuando el pasado vuelve a uno, lo hace para atormentarlo.

REINA: ¿De dònde es esa frase? ¿Lear? ¿Enrique IV?

CLAUDIO: Es mía.

REINA (revolviendo ropa): Una mujer como yo debería cambiar su guardarropas dos veces al año. Escuchá lo que te digo. ¡Dos veces! No una vez en veinte años. Una actriz que usa ropa fuera de moda, es una actriz muerta. Caput, muerta. ¿Qué hacés ahí tirado?

CLAUDIO: Leo.

REINA: ¿Qué hacés leyendo?

CLAUDIO: Yo no voy a ir a atender a tu novio.

REINA: ¿Cómo que no?

CLAUDIO: No.

REINA: ¿Y quién lo va a atender? ¿Acaso tengo mayordomo yo? ¿Tengo cocinera? Ni una sirvienta mugrienta podemos pagar. (Pausa.) Además él no viene a atormentarme. Yo no me arrepiento de nada, podés estar seguro. Lo nuestro no funcionó: no funcionó y punto. ¿Por qué tendría que sentirme atormentada yo? ¡Atormentada, qué palabra! Además vos no me conocías cómo era yo a los veinte años: (obnubilada) era espléndida.

CLAUDIO: Mmm.

REINA: Andá y servíle un coñac, ricura, y algo para picar, unas... almendras, castañas o unos... no sé.

CLAUDIO: Salamines.

REINA: ¿¿Cómo le vas a servir salamines??

CLAUDIO: Quedaron dos de ayer. Se comen hoy o se tiran.

REINA: Ni se te ocurra servirle salamines, CLAUDIO LIBERTO.

CLAUDIO(siniestro): Tirar comida es pecado.

CLAUDIO se encoge de hombros, se levanta, va hacia la puerta. REINA se interpone.

REINA: ¡No! No vas a ir a servirle salamines. Te quedás acá. Te prohíbo que me hagas quedar como a una cualquiera sirviéndo...

CLAUDIO: Bueno. (El espejo, el tocador, los cepillos para el pelo, los perfumes) Me quedo.

REINA: ¿Qué hacés?

CLAUDIO: Nada. Miro los perfumes.

REINA: Dejálos donde están. (CLAUDIOlos deja.) Ví que te tomaste el francés el otro día. ¿No? Negálo. ¿Ves? (Pausa, asombro de CLAUDIO) Sabés lo que cuesta el perfume francés. No podés tomarte un perfume así porque sí. Te lo advierto. ¿Querés tomarte un perfume? Vas a la perfumería Lizarriturri y te comprás uno de cinco pesos, de la fragancia que vos quieras y te emborrachás, si te place. Pero esos de ahí no me los tocás.

CLAUDIO: Tu novio dice que nunca te fue a ver al teatro.

REINA: Ay, por favor. Si el que mandaba las rosas era él.

CLAUDIO: Él no dijo eso.

REINA: Le habrá dado pudor confiártelo a vos.

CLAUDIO: A mí no me dá pudor que él me lo confíe.

REINA: Hablás como un proxeneta.

CLAUDIO: Él dijo que no está bien que un Brigadier se meta en un tablado.

REINA: ¿Y quién mandaba las flores entonces?

CLAUDIO: Otro.

REINA (pensativa): No, no. En la tarjetita decía: “Para la más bella rosa, de su viejo amor...”  ¿Quién iba a...? No, no. (con un corset): Ayudame con esto. Cuando lo crucé en la calle, fue tan galante. Por eso lo invité. Dudó antes de aceptar, un hombre tan serio como él. Pero yo le dije: “Querido, seamos modernos, veámonos...” Él no es un êprit ouvert, claro.Venía de la provincia a tomar un poco de aire, eso dijo.

CLAUDIO: Es un pueblerino, al final.

REINA: No. Se retiró al campo, me explicó, porque ahí se vive mejor. Tiene un fundo allá.

CLAUDIO: ¿Un qué?

REINA: No sé. Una estancia será. Una chacra.

CLAUDIO: Un milico bruto, del montón, es tu Brigadier.

REINA: Sos un envidioso. ¡Eran rosas lo que mandó! Los verdaderos admiradores mandan rosas. Orquídeas también. Últimamente están de moda los lirios... Era él el que enviaba los ramos. ¡Él! Después de tantos años...

CLAUDIO: Esto te hace mal. ¿Para qué te lo vas a poner?

REINA: Porque me gusta.

CLAUDIO: ¿Lo querés conquistar?

REINA: Cuando yo te digo que tires, vos tirá.

CLAUDIO: Si ya no tenés veinte años. La faja te...

REINA: El corset.

CLAUDIO(cruzando el cordón en los ojales): La faja te corta la respiración, y después te desmayás por ahí, Reina. Mirá que ni siquiera podemos pagar un médico a domicilio.

REINA: Tirá, Claudio Liberto.

CLAUDIO: Va a haber que ir al hospital. ¿Y cómo queda que entres vos, Reina Capodimonte, la grande, ¡la reina! a un hospital donde van los más humildes hijos del pueblo, los muertos de hambre?

REINA: Más.

CLAUDIO: Yo más que un enfermero no te puedo pagar.

REINA (con un hilo de voz): ¿No entendés lo que es ajustar?

CLAUDIO: Después te desvanecés... Nunca vas a parecer una jovencita de 20 años, aunque te atornilles adentro de una armadura, Reina... Tenés edad ya, tenés más de...

REINA: Él fue el único hombre en mi vida del que estuve enamorada.

CLAUDIOapoya su pie en la cintura de REINA, tira con mucha fuerza, el cordón se rompe y salen disparados cada uno para su lado.

REINA (caída en un rincón de la habitación): Ay, ay. Qué inútil...

CLAUDIO: Creo que me rompí un hueso. Me rompí un hueso.

Momentos después.
Los dos en torno a la mano izquierda de CLAUDIOLIBERTO.

CLAUDIO: Me duele.

REINA: ¿Qué te hiciste? Dejáme ver.

CLAUDIO(le tiende la mano): Despacio.

REINA: ¿Adónde te duele? ¿Acá? (Pausa, examina.) No tenés nada.

CLAUDIO(dolorido): ¿Cómo que no? ¿No ves que el meñique está para el otro lado?

REINA: No.

CLAUDIO: Mirá.

REINA: Siempre tuviste los dedos chuecos.

CLAUDIO: ¿Qué decís? Andá, mejor. Atendé a tu novio.

REINA: No puedo. ¿No ves que no tengo ropa para ponerme?

CLAUDIO: Gritále, entonces. Decíle desde acá que se vaya a su casa.

REINA: ¡No! (Más calma) Todavía no. Vino para decirme algo, tiene que decirme algo, una cosa.

CLAUDIOse acuesta.

REINA: ¡Claudio Liberto!

CLAUDIO: ¿Qué pasa?

REINA: No te acuestes.

CLAUDIO: Estoy enfermo.

REINA: ¿De dónde estás enfermo, eh?

CLAUDIO: ¡De la mano! ¿O no viste el golpe que me di?

REINA (rasga un batón o una sábana): Dame que te vendo.

CLAUDIO: Ni loco.

REINA: Dáme, te digo.

CLAUDIO: No. ¿Qué? ¿Sos de la Cruz Roja? No, me vas a hacer cualquier cosa. No, salí. Me va a dar gangrena.

REINA: Maricón.

CLAUDIO: Andá, hablále. Se te va a ir.

REINA: No, él no... él sería incapaz de irse... (Corre hacia la puerta, la entreabre, y dice con dulzura): Armando, querido... ya voy. Tuve un... imprevisto... enseguida estoy con vos... un momentito... Ahí tenés unas revistas para entretenerte... Estoy yo en ésa. Cuando hice de Julieta...

CLAUDIO: ¿Qué hace?

REINA (espía por la cerradura): Hojea las revistas.

CLAUDIO: Hacerle mirar esas antiguallas, no tenés vergüenza.

REINA: Claudio Liberto... él... él... no, no puede ser.

CLAUDIO: ¿Qué?

REINA: Creo que se está tocando.

CLAUDIO: ¿Qué?

REINA: Mira las revistas y se toca. Te lo juro.

CLAUDIO: Es por el papel viejo: debe tener ácaros.

REINA: No, no. ¿Qué ácaros? Está... Vení a ver.

CLAUDIO: Justo lo que me faltaba.

REINA: Se está desabrochando el cinto.

CLAUDIO: Te lo dije. Todos tus amantes fueron unos asquerosos. Pero vos perdés la cabeza por cualquiera.

CLAUDIO LIBERTO se acerca a mirar, la empuja.

REINA: Dios mío, Dios mío... ¿Cómo tengo que considerar esto? ¿Una falta de respeto o un elogio?

CLAUDIO: Diminuto. ¿Y vos te morías de amor por eso?

REINA: Andá, echálo.

CLAUDIO: ¿Yo? Vos metiste un degenerado en esta casa y vos lo sacás.

REINA: No...

CLAUDIO: ¿No? ¿Quién lo hizo? ¿A quién le dio por reencontrarse con su novio del pasado? ¿A mí? ¿Por qué no te viste con él en un restaurant, en un hotel? ¿Por qué tenía que ser acá?

REINA (suplicante): CLAUDIO...

CLAUDIO: No, explicáme por qué.

REINA: ¿Y cuándo vienen tu ex mujer y tus hijas?

CLAUDIO: Es distinto. Son mis hijas, soy su padre.

REINA: ¿Y ella por qué?

CLAUDIO: Ella ni siquiera entra.

REINA: Esa vaca.

CLAUDIO: Cuando pienso que dejé a Adela por vos, ¡cuando lo pienso!

REINA: ¿Qué? ¿Qué?

CLAUDIO: Calláte.

REINA: Conmigo fuiste feliz.

CLAUDIO: Andá y sacá a ese tipo de mi casa. Ya.

REINA: No. No lo voy a echar.

CLAUDIO: Ah, ¿no?

REINA: Lo voy a atender.

CLAUDIO(brutal la aleja de la puerta, se agacha y espía por el agujero de la cerradura): Esperá a que se suba los pantalones por lo menos.

REINA (en el espejo): ¿Estoy bien?

CLAUDIO(la mira): Psí.

REINA: No te preguntaba a vos. Al espejo, le decía.

CLAUDIO: Mmm. Ayudáme.

REINA: ¿Qué?

CLAUDIO: Ayudáme a levantarme del suelo.

REINA: ¿Qué te pasa?

CLAUDIO: No me puedo apoyar en la mano. (La observa.) Se hinchó.

REINA: No está hinchada.

CLAUDIO: ¿Cómo que no? Mirá. (Le enseña las dos manos.)

REINA: Un poquito.

CLAUDIO: ¿No ves que está más grande que la otra?

REINA: Siempre es más grande la izquierda que la derecha, porque uno la usa más y la tiene más desarrollada.

CLAUDIO: Es al revés. La derecha está más desarrollada que la izquierda.

REINA (pintándose los labios): Ah, ¿si? Pero en los zurdos no.

CLAUDIO: Yo no soy zurdo.

REINA: No...

CLAUDIO: Yo uso la mano derecha, claro que no tanto como tu novio.

REINA: ¿Qué decís?

CLAUDIO(enojado): Es un asqueroso tu Brigadier, un inmundo. Y encima querés atenderlo, sonreírle, servirle una masita. ¿Por qué no lo atendés en camisón directamente? Digo, así vamos ahorrando tiempo. Porque sos una asquerosa vos también. Nunca confié en vos: nunca. Me mantuve a distancia, te miraba coquetear con los actorcitos, cuando los galanes ya no te prestaban más atención... Después, los técnicos, el director, ¡el electricista! Mendigando un poco de amor como una arrastrada, pero delante de mí: ¡disimulando!, fingiendo el orgullo que no tenés. ¿Y yo qué hacía?: disimulaba también que no me afectaban tus deslices... Sos una desgraciada, una mujer sin corazón.

REINA: Basta, basta. ¿Con qué derecho...?

CLAUDIO: ¿Con qué derecho, decís? Con el que me dio veinticinco años de secarte las lágrimas, masajearte los dolores de espalda, ¡limpiarte los vómitos cuando venías de una fiesta! Pero decís que no tengo derechos. Es verdad. (Transición, brutal.) Frígida. Frígida, loca. Ninfómana.

REINA: ¡Te va a oír! Basta.

CLAUDIO: ¡Ninfomána! ¡Mirá por lo que te preocupás! ¡Porque te escuche ese sinvergüenza! ¿Dónde está mi valija? ¡Dónde está! (Se trepa a un ropero y baja como puede una valija de cartón). Yo me voy de esta casa ahora mismo; me voy. Me hartaste. Hace veinticinco años que te aguanto, pero ya no te aguanto un minuto más. (Ella trata de bajarlo de la silla, agarrándolo del pantalón.) No quiero verte nunca más en mi vida, Reina. Jamás.

REINA: ¡Claudio Liberto!

CLAUDIO: Escucháme bien claro: no te quiero ver más.

REINA (suplicante, dolorosa). ¡Basta!

CLAUDIO: ¡Dejá de tironearme!

REINA tira del pantalón de CLAUDIO LIBERTO y él cae de la silla sobre REINA. Cae la valija, polvo, telarañas, mugre. CLAUDIO LIBERTO grita de dolor.

CLAUDIO: ¡La mano! ¡La mano!

REINA (desesperada, saliendo de entre el polvillo como del escombro de una guerra): ¿Te hiciste mal? (Le toma la mano) ¿Acá?

CLAUDIO(quejandose): La otra me duele, me duele... Me la rompí también...

Golpes en la puerta.

REINA: Un momento, Armando. Ya estoy con vos, querido... Es que se nos cayó, se cayó... un percance. Enseguidita estoy.

Momentos después, CLAUDIO LIBERTO con las dos manos vendadas.
Entra REINA desde la puerta del baño, trae un pote.

REINA: Acá está la crema de caballos. Ponéte.

CLAUDIO: No me voy a sacar las vendas ahora.

REINA: Te pongo yo (le pone crema en los antebrazos). Esto calienta todos los músculos y va directamente a los nervios afectados. Te los deja como nuevos.

CLAUDIO: Si me sigue doliendo vamos al hospital.

REINA: ¡No, Claudio Liberto! Si te sigue doliendo te tomás una aspirina.

CLAUDIO: Me van a quedar las manos deformadas.

REINA: Para lo que las usás. (Pausa.) ¿Qué me mirás así? ¿O resulta que sos un cirujano ahora, un pianista, eh? Bueno.

CLAUDIO: Tengo que mantener un nivel, tengo alumnos... Soy un profesor de actuación.

REINA: Cinco muertos de hambre. Jovencitos que te coquetean...

CLAUDIO: Mirá en lo que te fijás. Ahora venís a dudar de mi... de mi...

REINA: No dudo: estoy segura.

CLAUDIO: En qué te basás para decirlo, Reina. Es de lo más insultante esto que me estás diciendo. Seguro esperás que después te perdone. Pero no voy a poder. De aquí no hay retorno. No hay retorno, no. Sos una desagradecida aparte. Cuando yo te daba clases, también vos eras una muerta de hambre.

REINA: Me hice a mí misma.

CLAUDIO: ¡¡Mentira!! Yo te hice, yo te enseñé todo lo que sabés.

REINA: Vos eras un donnadie.

CLAUDIO: Esta es la última vez en tu vida que me ves. ¿Está todavía ahí?

REINA (va hacia la puerta, espía): Sí.

CLAUDIO(seña obscena): ¿Está otra vez...?

REINA: No seas cerdo.

CLAUDIO: Si tiene tanta potencia, te conviene, Reinita.

REINA: Estás celoso.

CLAUDIO: Yo soy un hombre decente. No hago porquerías en la casa de nadie.

REINA: Los jovencitos sin embargo siempre llaman...

CLAUDIO: Están ensayando la obra de Marlowe.

REINA: ¿Se te calientan las manos?

CLAUDIO: ¡¿Qué?! (Pausa.) Poco.

REINA: Si no sentís calor es porque te quedaste paralítico de las manos. No tenés terminaciones nerviosas vivas. (Pausa.) Es chiste, no me mires así. Capaz que esta crema está vencida... (Mira el pote.) Está vencida. (tira el pote por el aire.)

Suena el teléfono, REINA corre a atender el aparato que está en la habitación, pero cuando alza el tubo, descubre que el Brigadier atendió el teléfono del saloncito. Ella tapa el tubo.

REINA: ¡Atendió él!

CLAUDIO: ¿Qué?

REINA: Está hablando por teléfono.

CLAUDIO: ¿Él?

REINA: Con tu mujer. (Pausa.) Le dice que te vio actuar, cuando hiciste de Jettatore, que estabas soberbio. Tu mujer le dice que estuviste mediocre. (a CLAUDIO) Después decís que Adela te admira. Ah, no. Ella le dice qué soberbio estuviste en “El traje del Emperador”. (a él) Claro, porque hacías de idiota. Y en Rigoletto la gente aplaudió de pie: esa obra era una porquería, Claudio Liberto. Se nota que vos hiciste la adaptación... Con Adela, claro. Él le está preguntando a tu mujer cómo soy yo como actriz. ¿No lee los suplementos de espectáculos de los diarios, las revistas? Ella dice que soy una mujer hermosa: mirá qué generosa Adela... Una mujer fatal, dice. Y dale. ¿Es buena actriz, es buena, una artista talentosa?: él tiene una obsesión con eso. Desde que lo conozco (secreteando): él no quería que yo fuera actriz, por eso nos dejamos... Un tipo muy celoso: me revientan los celosos, ya te lo habré dicho. (Escuchando) Ay, qué yegua. Tu mujer le dice que soy patética actuando, analfabeta. (al teléfono, enojada). ¡Patética sos vos, Adela! (Corta, furiosa. Larga pausa) Ahí tenés: me desquité. Hace veinticinco años que estoy esperando la oportunidad de pelearme con tu mujer. Listo.

CLAUDIO: Me siento muy mal.

REINA: ¿Por qué? ¿Ahora me vas a decir que ella era el amor de tu vida, eh? Una zorra era.

CLAUDIO: No es eso.

REINA: Ya sé, ya sé (fastidiada) Es la madre de tus hijas.

CLAUDIO: ¡Me duelen las manos! ¡Me tiembla todo el cuerpo!

REINA: Ah, eso. (Abre la mesita de luz, tiene un candado, busca la llave del candado entre sus ropas, abre, saca una botella de whisky, le sirve un vaso.) Dejá, yo te doy de tomar en la boquita. Así, como un pajarito... ¿Ella fue el amor de tu vida?

CLAUDIO: ¿Quién?

REINA: Adela Méndez, Claudio Liberto, ¿de quién estamos hablando?

CLAUDIO: No. No fue.

REINA: ¿No me mentís?

CLAUDIO: Dejáte de estupideces.

REINA: Adela fue el amor de mi vida.

CLAUDIO: No.

REINA: ¿Yo lo fui?

Largo silencio.

REINA: El amor de tu vida se llama Esteban Simón. El que viene a la clase de los miércoles. Me dí cuenta, cómo te mira...

CLAUDIO: Te callás, Reina.

REINA: Es el que vive en Longchamps: ¿ése es Esteban, verdad?

Pausa tensa.

REINA: ¿Por qué te pusieron Claudio Liberto? Sabés que nunca pude comprender cómo podés tener un nombre tan absurdo...

CLAUDIO: Yo soy un hombre absurdo.

REINA: Porque Liberto es un esclavo al que el amo le dio la libertad, ¿no?

CLAUDIO: Querés decir que tengo un nombre poco realista.

REINA: ¿Cómo?

CLAUDIO: Las rosas te las mandé yo, Reina.

REINA: ¿Qué?

CLAUDIO: Dame más whisky. Las compraba en La Imperial de Almagro. Las rosas rojas de botón. Te escribía la tarjetita con la mano izquierda, para que no me descubrieras la letra...

REINA: ¿Vos?

CLAUDIO: Te veía deprimida, y pensé que las rosas...

REINA (enojada y fastidiada): ¿Vos? ¿Fuiste vos?

CLAUDIO: te gusta tanto la fantasía que creí que te iba a alegrar...

REINA: Y yo que pensaba que era ese crápula que está ahí afuera.

CLAUDIO(risueño): No, era yo.

REINA: ¡Por qué no me dijiste!

CLAUDIO: Era una sorpresa. No te vayas a enojar, Reina...

REINA: Me pasa siempre lo mismo con estas cosas: no sé si tengo que enojarme o considerarme halagada. Deformación profesional.

CLAUDIO: Ponéme más pomada que me voy sintiendo mejor. (Le pone pomada brutalmente.) Decíle a tu novio que se vaya. No tiene nada que hacer en nuestra casa.

REINA: No puedo decírselo. Vos no entendés.

CLAUDIO: Si no tuviera las manos quebradas, iba y lo trompeaba a tu novio.

REINA: No tenés las manos quebradas.

CLAUDIO: ¡Ojo! Me duele.

REINA: ¡Te duele! ¡Podés sentir! (Pausa, se toma el vaso de whisky hasta el fondo.) Siempre esperaba que me hicieras una escena de celos. Hasta si me hubieras matado, habría sido feliz. Pero vos, un duque. Un lord inglés. Al señor le ponen los cuernos y el señor no se inmuta.

CLAUDIO(suplicante): No es cierto, Reina.

REINA: Calláte, dejáme hablar. ¿Te acordás de Jorge Montes? Al principio estaba, ¿cómo decir?, entusiasmada con él. No era amor, querido, porque yo sé muy bien distinguir lo que es estar enamorada, de lo que es no estar enamorada. ¡Una lo hace tantas veces arriba del escenario que al final entiende! Pero me aburrí muy pronto de Jorge, pobrecito, muy pronto. Sí: me aburría. En la época del entusiasmo, me ocultaba, para que vos no nos descubrieras. Pero cuando llegó el aburrimiento, pensé que si nos descubrías, ese amorío hubiera tenido algún sentido. Hubiera reavivado, no sé, la pasión. Entre vos y yo, quiero decir. Dejé indicios, algunos casi sin querer, otros tan a propósito. Era imposible que vos no lo supieras. Pero lo dejaste pasar. Hiciste la vista gorda. Lo dejaste pasar, Claudio Liberto. No te importaba.

CLAUDIO: No es cierto.

REINA: Esperá que no terminé. Claro, tuve que acabar yo la relación con Jorge Montes y soportar que él me viniera a llorar la milonga. Qué fastidio. Decidí que nunca más me iba a entregar en cuerpo y alma a una persona, así, de esa manera, por puro impulso. Lo he hecho: nunca volví a entusiasmarme con una persona. Algo como el entusiasmo sí, una euforia momentánea... Al fin y al cabo, las aventuras amorosas van y vienen, pero lo que perdura es el trabajo. El arte. Es así. (Larga pausa.) Lo sabés, ¿no es cierto?

CLAUDIO: ¿Qué?

REINA: El teatro está siempre.

CLAUDIO: No sé. Me fastidia esta conversación. No le veo el sentido.

REINA: Ya sé, querido. Ya lo sé. En aquella época, a pesar de todo, en mi vida estabas vos, para lo bueno y para lo malo. (Pausa.) Casi diría que eras como un refugio para mí. Claro, lo otro me gustaba también, pero yo sabía que no era real, que era como una adicción: farolitos de colores, divertimentos, simulacros de amor, hojarasca. A la larga lo otro resultó mucho, visto desde hoy: toda la planta del teatro, como decís vos. Pero es que si el espejo no le devuelve a una una imagen galante, una debe mirarse en un hombre, en un corazón confiado. No voy a decir en unos ojos puros, porque eso ni se encuentra ni yo lo ando buscando. Sabías que yo iba de aquí para allí, revoloteaba, revoloteaba, me perdía. (Pausa dramática.) Nunca te importó. Nunca te enojaste, nunca alzaste la voz, los celos son para vos una lengua extranjera.

CLAUDIO: ¡No es cierto! Yo sufría, Reina.

REINA: Ahora resulta que sufrías.

CLAUDIO: Tomaba para no verte.

REINA: mentira.

CLAUDIO: Es verdad. No soportaba sufrir y...

REINA: ¿Qué papel estás haciendo? (Pausa.) Hace años que me decís que tomás por esto o por lo otro, que vas a hacer un tratamiento, que vas a ir a un médico. Todo mentiras.

CLAUDIO: Lucho, lo sabés.

REINA: Eso no es luchar, Claudio Liberto.

CLAUDIO: Por vos lo intentaría otra vez.

REINA (risa suave.) Tarde piaste. (Pausa.) No te creo. O actuabas antes o actuás ahora. No importa, no tiene importancia ya. De verdad. Estoy en paz con vos ahora que te lo dije.

CLAUDIO: Yo te quise siempre.

REINA: Psí. Ya lo sé.

CLAUDIO: Lo digo en serio.

REINA: Sí.

CLAUDIO: Por favor, decíle a tu novio que se vaya de mi casa.

REINA: Andá y decíselo vos.

CLAUDIO: ¿Yo?

REINA: Si.

CLAUDIO: ¿No te vas a enojar conmigo si lo echo?

REINA: ¡Querés que te dé garantía para todos tus actos! Andá y hacélo.

CLAUDIO intenta incorporarse.

CLAUDIO: Ayudáme a levantarme.

REINA: No.

CLAUDIO: ¿Y cómo voy a hacer para ir a echar ese tipo?

REINA: No sé. Vos querés echarlo, no yo. Arregláte como puedas.

CLAUDIO: No, yo... A mí me da igual. Vos me dijiste que lo eche.

REINA (empuja a CLAUDIO contra el piso y pone encima de él su pie): No vayas.

CLAUDIO: ¿En qué quedamos? Me tenés como a un pelele: andá, quedáte...

REINA: No vayas.

CLAUDIO: Sabés. Uno así también se cansa.

REINA: Cansáte.

REINA se arregla para salir de la habitación.

CLAUDIO: ¿Qué vas a hacer?

REINA: Voy a atender a mi Brigadier.

CLAUDIO: ¡¡No!!

CLAUDIO se incorpora rápidamente, agarra a REINA del brazo, la zamarrea, ella se resiste, caen los dos al suelo. Ella debajo de él.

CLAUDIO(llora): No. No otra vez.

REINA: ¿Qué te pasó?

CLAUDIO: Las manos, las manos...

Momentos después.
CLAUDIO LIBERTO está sentado en el piso, apoyado contra la puerta que dá al saloncito. Bebe.
Al cabo de un tiempo, entra REINA.

REINA: Ya se fue. Ay, ¿qué hacés ahí?

CLAUDIO: Te besó.

REINA (sorprendida): No.

CLAUDIO: Te ví cuando te besó. Y te tocó también.

REINA (risueña): Pero no.

CLAUDIO: No me digas que no cuando sí te ví.

REINA: No puede ser. Viste mal.

CLAUDIO: Te ví por el agujero de la cerradura.

REINA: Me espiabas.

CLAUDIO: Sí.

Larga pausa.

REINA: No te creo.

REINA busca la valija, la empieza a hacer.

CLAUDIO: ¿Qué hacés?

REINA: Me voy.

CLAUDIO: ¿Con él?

REINA: ¡Pero no! ¿No entendés? Él no es nadie para mí.

CLAUDIO: ¿Entonces?

REINA: Me voy de acá. Te dejo.

CLAUDIO: ¿Cómo que me dejás? ¿Cuando yo me quise ir, me hiciste quedar y ahora resulta que te vas vos? No: si vos te vas yo me voy también.

REINA: No seas infantil.

CLAUDIO: Si vos me dejás, yo te dejo.

REINA: Hacé lo que quieras.

CLAUDIO: Después me echás en cara a mí mi indiferencia.

REINA: Cuando yo te conocí, ni siquiera sabía actuar. Pero vos ya eras un gran actor. Me dijiste que no fuera al Conservatorio, que vos me lo ibas a enseñar todo. Y así fue. Estudié cada gesto tuyo, cada inflexión de tu voz, cada expresión de tus manos: diseccioné tu arte. Y pretendés que después de veinticinco años, te crea cuando me decís que me espiabas por la cerradura. Ni siquiera tuviste el suficiente ingenio de espiarme de verdad por la cerradura, para ver que no nos besábamos. Para ver que le daba unos billetes al Brigadier.

CLAUDIO: ¿Plata? ¿Le diste plata? ¿De dónde la sacaste?

REINA: De los ensayos de “Yerma”. Pagaban al final, muy poco, es cierto.

CLAUDIO: Vos no estás para hacer “Yerma”.

REINA (gesto de desprecio): No.

CLAUDIO: ¡No te lleves la bata japonesa!

REINA: ¿Por qué?

CLAUDIO: Me va a servir para recordarte.

REINA: ¿La bata?

CLAUDIO: Sí.

REINA: Te la querés poner, por eso.

CLAUDIO: Qué cosas decís. Mejor que te vayas de una vez.

REINA: ¡¡Qué rápido te resignás a que me vaya!! ¡Si parece que te estoy haciendo un favor!

CLAUDIO: ¿Te acordás cómo cantábamos?

REINA: No.

CLAUDIO: Dáme un gusto. Un gusto nada más, en este momento. Hagamos como hicimos aquella vez, en la gira por el norte del país.

REINA: No tengo voz.

CLAUDIO: No es cierto. Cantemos...

REINA: Desde que me enfermé de los ganglios perdí la voz, Claudio Liberto. Lo sabés.

CLAUDIO: Intentémoslo. Por última vez.

REINA (rotunda): No.

CLAUDIO: Cantabas bien. Me gustaba cuando hacíamos “Capullo de alhelí”.

REINA: Capullito.

CLAUDIO: ¿Qué?

REINA: Capullito de alhelí, en diminituvo, algo chiquito.

CLAUDIO(sin entender lo que ella le aclaró) En Capullo de alhelí cantabas como gallina que acaba de poner un huevo.

REINA: ¿Eso es un elogio o un insulto?

CLAUDIO: ¿Dónde vas a ir?

REINA: No sé.

CLAUDIO: ¿Pero qué vas a hacer ahora? ¿Salís y te tomás un taxi?

REINA: Sí, supongo que sí. No sé.

CLAUDIO: ¿Por qué no me alcanzás al hospital primero?

REINA: ¿Qué?

CLAUDIO: Me duelen mucho las manos.

REINA: Andá solo al hospital.

CLAUDIO: Las tengo rotas, ¿ves? Esta ya no la puedo mover. Alcánzame al hospital.

REINA: No.

CLAUDIO: ¡Me dejás tirado como a un perro para correr detrás del Brigadier!

REINA: calláte mejor.

CLAUDIO: ¡Y encima te usa, te exprime, te quita dinero! Sos vieja y desabrida. Y lo sabés, Reina. Eso es lo que más pena me dá. Traté de ocultártelo tanto como me fue posible. Pero estás vieja, provocás disgusto. Y nadie te quiere en el ambiente, tan maledicente que fuiste, una hiena, ¡una serpiente!

REINA: no deberías nombrarla.

CLAUDIO: A vos te nombro. Te dan papeles de pura pena. ¿Lo sabés o no lo sabés? Schilling cree que si no actuás te vas a pegar un tiro de la desesperación. Me pidió que te vigile. Yo pensé que me estaba haciendo una broma; pedirle a un cornudo que vigile a su mujer... ¿Con Schilling también...? Me cuesta entender por qué te tiene cariño. Por eso te dá papelitos en sus elencos, cositas para que no te mueras de hambre... Qué imbécil; si él supiera que vos vas y tirás la plata con el primer Brigadier que se te cruza.

REINA (digna): Si hubieras espiado por la cerradura habrías visto quién era, cuando se sacó el uniforme.

CLAUDIO: No me interesa ver la desnudez de tus amantes.

REINA: Ni siquiera lo reconociste cuando cruzaste unas palabras por él. Estás viejo. Perdiste los reflejos; o te falla la memoria o te falla la vista.

Pausa.

CLAUDIO: Ah, ¿si?

REINA: Era Enrique. (Pausa, mastica.) Enrique Brisson.

CLAUDIO(sorpresa): ¿Quién?

REINA: Enrique.

CLAUDIO: ¿Enrique?

REINA: Volvió de Francia. Para visitar al hijo. Yo justo lo ví y...

CLAUDIO: ¿Y qué hacía de Brigadier en mi casa?

REINA: Yo le pedí un favor. Lo contraté. Una pequeña actuación, por una vieja amiga...

Larga pausa.

CLAUDIO: No entiendo. Mejor terminá de hacer esa valija y andáte.

REINA: Sí.

Hace la valija, laboriosa, aplicada.

CLAUDIO: ¿Quién era el Brigadier?

REINA (bajo): Enrique, ya te dije.

CLAUDIO: ¿Le pediste que se vistiera de Brigadier? Le pagaste para que lo hiciera. (Pausa.) ¿Para qué? (Pausa) Reina, explicáme.

REINA: No tengo ganas.

CLAUDIO: ¿Le pediste que hiciera esa porquería en mi casa?

REINA: Fue un chiste de él.

CLAUDIO: ¿Te gusta Enrique? ¿Es eso? ¿Lo amás? ¿Te vas a vivir a Francia? ¿Te querés ir con él? (REINA niega con insistencia, no contesta.) ¿Entonces por qué? ¿por qué?

REINA: Actuó para mí. Por vos.

CLAUDIO: Es un disparate.

REINA: Yo no sabía que iba a terminar así.

CLAUDIO: Estás loca, Reina.

REINA: Siempre.

REINA sale de la habitación. Sale de la casa.
CLAUDIOse quita las vendas muy despacio, mueve las manos.
Al cabo de unos momentos, REINA vuelve. La puerta del dormitorio está trabada. Golpea.

REINA (con voz sorda): Abríme, Claudio Liberto.

CLAUDIO: No.

REINA: Abríme, por favor. No me puedo ir así.

CLAUDIO(con fastidio). Esperá un momento. (Se empieza a vendar otra vez las manos.)

REINA: Si... si querés que me vaya, vas a tener que echarme vos.

CLAUDIO(entreabriendo la puerta): ¿Y cómo, REINA?

REINA (da un paso, entra): No sé. No tengo ni la menor idea. (Se quita los guantes.) Desafinabas cuando cantabas. ¿Te lo había dicho ya?

CLAUDIO: No...

REINA: Ahora lo sabés.

CLAUDIO: Cerrá que hace frío.

REINA (cierra la puerta detrás suyo): ¿Te duelen las manos?

CLAUDIO: Mucho. Mucho.


Apagón.



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