Yo, adicta a los libros. P. Suárez

Nombre: Patricia Suárez
Edad: 40
Raza: Caucásica. (según definición Wikipedia).
Estatura: 1,57 mts
Peso: 65 kg.
Señas particulares: Cicatriz de apendicetomía.
Acusación: Bibliómana. Compradora compulsiva de libros.
Modus operandi: Internet, librerías de libros nuevos, de usados, feria del Parque Rivadavia. Intenta leer 90/100 páginas diarias. Dice que es como una ablución religiosa. En el peritaje psicológico reveló libro igual tótem; libro igual fetiche. Acusada demencia.
Sentencia: Pendiente.


El destino marcado no es el correcto
La bibliómana nos recibe en su departamento del barrio céntrico de Montserrat, en Buenos Aires. Tiene todo el aspecto de ser un estudio como  aquel que tenía Rock Hudson para recibir a Doris Day en las películas, pero en este caso ella vive allí, en este lugar minimalista –detesta los cuadros, las fotografías en las paredes, los adornos- con sólo dos bibliotecas. A primera vista, la desnudez de las paredes parece desdecir que se trate de una bibliómana convicta y confesa. Nuestra entrevistada tiene ojos de loca; dice como si fuera lo más natural del mundo: “Mi sueño fue durante mucho tiempo, convertirme en una criatura como la mosca con ojos compuestos, pero que pudiera leer con cada uno de ellos.” Luego sirve té de ginseng, energizante, y sonríe, los anaqueles de la repisa de la cocina están cargados de libros. “Algunos repetidos y muchos de autores que desconozco por completo, que a lo mejor editaron sólo un libro en español y quiero saber de qué se trata. Les echo un vistazo mientras como, y si me atrapa, sigo leyendo hasta el final. Por lo general, nunca termino la comida del plato.” Después procede a abrir los placares empotrados de la casa: hay libros en todas partes, de arriba abajo: entre las toallas metió los libros que leyó durante el año pasado. Algunos –los de teatro- los guarda debajo de la mesa del televisor. Tiene libros apilados en la alacena de la cocina –los policiales- y en el botiquín del baño –novelitas de bolsillo-. Por el piso debe haber una cincuentena de volúmenes.  Entrevistada especialmente para este medio, la bibliómana cuenta sabrosos detalles de su vida y su relación con los libros.

El destino que ha solicitado no está en casa en este momento
Comienza a narrar sus orígenes como lectora. Proviene de una familia comerciante, de orígenes judíos, de una ciudad de provincias. Toda su niñez tuvo libros al alcance de la mano, pero no se debió a que sus padres o parientes fueran lectores, sino a que la colección de libros adultos de Ediciones Selectas de lomos grises combinaba perfectamente con el juego de living. Asimismo, la biblioteca Robin Hood de libros para niños que había pertenecido a su madre, vale decir, los libros amarillos, estaban en composé con el papel de las paredes. Hasta hoy, la bibliómana, no puede asegurar que la madre alguna vez hubiera leído Heidi o Tom Sawyer. “Esta duda”, dice, “debería llevársela a mi psicóloga. Pero momentáneamente he suspendido el tratamiento. No es la primera vez que me ocurre. De pronto estoy en la sesión, y le explico al terapeuta con el debido entusiasmo quién es tal o cual autor, a raíz de haber salido el comentario de su obra, por alguna malévola asociación en un sueño. El terapeuta admite que no conoce al autor mencionado, luego corre a comprarse sus libros con el dinero de mis sesiones, mientras que yo los he leído de bibliotecas porque no he podido comprármelos. Este tipo de pensamiento, me hace abandonar el psicoanálisis”. Consultada acerca de cuáles libros la formaron como lectora, trae un recuerdo de infancia en el que estaba condenada a leer los libros que hubieran en la casa, es decir que saltaba de Mujercitas a la biografía novelada de Juana la Loca. El padre de la bibliómana no veía con buenos ojos estas lecturas caóticas y procedió a obsequiarla con Bajo las lilas de Louise May Alcott. Al respecto, la entrevistada reveló: “Esta autora me llevó a concluir a tan temprana edad que el mundo de las mujeres es de verdad incomprensible, por no decir irracional: también me lanzó a la depresión durante un mes seguido.” La bibliómana refiere a su entorno; creció durante la Dictadura Militar Argentina y esto cimentó una relación fundamental con los libros. Los militares tomaron el poder en 1976, cuando la lectora contaba sólo 7 años. Sus padres, aterrorizados por los peligros del mundo exterior, estimularon la lectura en su hija mayor. Para ambos progenitores, tener a la criatura leyendo en su cuarto era un modo de tenerla bajo control. “Mi madre temía que saliera a potrear con los varones”, repite ella, “y que me secuestrara un soldado, un guerrillero o un sátiro; cualquiera de los tres o los tres juntos”. Para ese entonces, la bibliómana comenzó a sacar material de la biblioteca escolar, sobre todo versiones para niños de los grandes clásicos. “Esa clase de calamidad literaria a las que nos hacemos tan adeptos; creo además que estaba enamorada perdida de Héctor, el héroe troyano”. Otra de sus lecturas de la época fue el diccionario de su madre “tres tomos, color verde, hacía juego con la pantalla de la lámpara de pie y el dressoir de caoba”  donde sólo se detenía en las figuras de la mitología. Para los 11 años, la mitología clásica se convirtió en su gran pasión y para acceder a libros específicos sobre el tema, se asoció a la biblioteca del Sindicato de Empleados de Comercio, al cual pertenecía su padre. A partir de allí pasó horas frecuentes encerrada leyendo, a un punto tal que a sus inestables padres ya no les pareció una buena idea haberle inculcado el hábito de la lectura. “Temían estar criando ya una monja, ya una comunista”. El padre comenzó a realizar incursiones a la habitación de la hija en la que examinaba los libros y la tipografía, así como la cantidad de watts utilizada para decodificar el papel. Luego, emitía casi siempre las mismas palabras: “Vas a quedarte ciega leyendo tanto. Y además nos vendrá un choclo en la cuenta de luz. Basta con los libros”. La bibliómana sintió excitado su espíritu rebelde con esta sentencia paterna y procedió a hacer sus primeras razzias en librerías de viejo –práctica que continúa hasta la actualidad-. “Mis dos primeras compras fueron El exorcista de W. P. Blatty y La interpretación de los sueños de Freud. El primero me aterrorizó y sentí el placer de vencer el terror a través de la lectura; me sentí como un indio delante de un fogón a quien el cacique enseña cómo debe enfrentar los espíritus maléficos de los antepasados. Del libro de Freud no entendí ni jota, así que fui y lo cambié por otro. No recuerdo cuál fue el libro que me dieron a cambio”. También había comenzado para la bibliómana, una modesta actividad de mercachifle que siempre realizó en la esfera privada.

El destino que quiere alcanzar está ocupado en este momento
“Viví siete mudanzas desde que poseo la mayoría de edad y una de ellas fue de ciudad”. Previendo las traumáticas dificultades de acarrear kilos y kilos de papel de una morada a otra, la bibliómana decidió tener una especie de nave madre, una biblioteca inmóvil que perduraría a través de los años y, por qué no llamarlo así, de los combates amorosos del matrimonio occidental. Esta biblioteca fue fundada entonces en el departamento de su abuela paterna quien era prácticamente analfabeta y trataba a los libros con profundo y sincero respeto. “Creía que los libros eran la pequeña gente del bosque, una especie de duendes, con los que si entrabas en contacto, transformaban tu vida mágicamente”. La bibliómana contrajo primeras nupcias con un cineasta quien, aunque no era un gran lector, traía su propia biblioteca a cuestas. “Era una época rara de mi vida”, relata, “porque aunque no podía considerarme técnicamente pobre, estaba dentro de la franja de pobreza según mis ingresos: paupérrimas colaboraciones en periodismo cultural. Me gastaba cuanto podía en libros, e incluso había llegado a proceder con inquina frente a mi primer marido. Había visto un chiste en la película Annie Hall, donde Woody Allen le reprocha a Diane Keaton haber utilizado el ex libris con mala voluntad. Si mal no recuerdo, ella hacía lo siguiente: escribía con lápiz el nombre de él en la primera hoja de los libros y el de ella con tinta. En el momento de la separación, borró las marcas en lápiz, de manera tal que toda la biblioteca se convirtió en suya. Yo, que era sabedora gracias a mis lecturas de Tolstoy y de Flaubert, de la escasa durabilidad del sentimiento amoroso, hice exactamente lo mismo que Annie Hall con consecuencias drásticas para mi ex esposo. ¿Acaso no dicen que la realidad supera siempre la ficción?”. La lectora ríe de su propia malicia, a la vez que agrega con más detalles de los aquí volcados por razones de pudor, que durante la separación, defendió a capa y espada sus libros, permitiendo al marido, en compensación, vaciar literalmente la casa. “La noche que él se mudó finalmente, caí en la cuenta de que no me había dejado siquiera una almohada en donde apoyar la cabeza.” ¿Determinan los libros las relaciones amorosas? “Sí, definitivamente en mi caso”, responde ella, “Poco después de mi separación tuve un amante, quien, aunque no era un gran amante, era un gran lector. Esto a mí me resultaba enormemente erótico y creo que hasta podría haberle fingido una docena de orgasmos con tal de que siguiera regalándome libros. Pensé que se trataba de algo temporario, porque yo era desdichada y anhelaba el consuelo masculino. Pero después se repitió la situación con otro amante y con otro más. Me pregunto si no hubiera llegado a ser feliz con un simple librero. Sin embargo, mi segundo marido fue un dramaturgo y un gran lector. El día que entré por primera vez a su casa, vi. las paredes forradas de bibliotecas. Las glándulas salivales me aullaban de codicia, los ojos me salivaban de ganas de ponerle las manos encima a los libros. Entonces este buen hombre pronunció las siguientes palabras: ‘Toda esta biblioteca es tuya, mi amor’ y yo me enamoré de él profundamente para toda la eternidad. Mi respeto y admiración por su cualidad de lector fue tal que el día que partí de su casa, llevándome a nuestra hija, mi computadora y la olla a presión, no toqué uno solo de esos libros. Eran suyos y serán suyos, hasta que los herede la criatura y me los ceda. Porque si algo me queda claro de mi último matrimonio, es que a ese cretino bocón pienso sobrevivirlo por lo menos para apoderarme de todos los ejemplares que me prometió.”   

El destino que quiere alcanzar no está disponible en este momento. Intente nuevamente.
La bibliómana comenta que pierde el apego a los libros una vez que los ha leído; en ese caso no le cuesta desprenderse de ellos ya sea regalándolos o canjeándolos. Dice de sí misma que disfruta de prestar libros, sobre todo a los amigos, y que considera muy de pequeño burgués rastrero la sentencia que tacha a quienes prestan libros de imbéciles. No obstante, relata que el golpe más fuerte lo sufrió al mudarse de ciudad y dejar la biblioteca que venía formando en la casa de su abuela nonagenaria. No podía llevarse estos libros a su nuevo domicilio; no tenía espacio para ellos. Hizo de tripas corazón y dirigió su pensamiento a formas positivas: forjaría una nueva biblioteca en Buenos Aires, sin prisa pero sin pausa, recuperaría así todo aquel material en la distancia. Por si fuera poco disgusto, la abuela falleció dos años después y el padre de la bibliómana –que no es afecto a la lectura, según él mismo confesó a la bibliómana aun recuerda con nostalgia las páginas de El quinto jinete de Larry Collins que leyera tres décadas atrás durante la hepatitis- decidió desmontar rápidamente la casa para ponerla en venta. La ávida lectora, enardecida porque su padre la conminaba a sacar los libros de allí a la brevedad, rompió con él y con la biblioteca. Le dio orden de vender cuanto libro se encontrara en esa casa; sin embargo, el padre tuvo piedad de aquellos ejemplares que su hija había ido acovachando y que ahora eran una selva de ácaros y peces de plata y un festín para las cucarachas. Armado de una paciencia hercúlea ese hombre justo cargó sobre sus espaldas una centena de cajas e hizo el recorrido desde la casa de la abuela hasta la suya propia: trasladó la biblioteca de su hija a su casa, el lugar de donde ninguna de las dos, a entender del padre, hubiera debido salir. “Muchos de mis libros están ahora en la casa de mis padres; eso hace que regresar de visita, me emocione. Tengo allá miles de libros para leer y suelo demorar la vuelta, porque me entusiasmo a leer tal o cual cosa que no deseo traer para mi casa en Buenos Aires.”

Usted tiene un mensaje nuevo
La bibliómana dirige su mirada al reloj de la cocina y con ese gesto nos advierte que el tiempo designado para la entrevista ha concluido. Antes de irnos, le preguntamos si hay algo en especial que desee contarnos, una anécdota, o tal vez un pecado de juventud o un secreto que busquen su redención a través de la palabra. Ella se queda mirando el infinito –o una taza obsequio del Jardín Zoológico con un pajarito amarillo pintado- con esos ojos de loca egipcia, líquidos y almendrados, que le han sido alabados por pocos poetas y muchos albañiles y nos contesta que sí, que tiene uno peculiar que ni siquiera se atrevió a confiar a su psicoanalista. Tiene la manía de comprar dos veces, tres, hasta cuatro quizás, el mismo libro que aun no ha leído. Muchas veces le sucede tal cosa por error –no recuerda tenerlo, cree tenerlo en la casa natal y no en la suya, etc.- y otras muchas porque este segundo ejemplar con el mismo título y perteneciente al mismo autor, es una edición anotada o realizada por un traductor que le interesa leer especialmente. (En la Argentina, las traducciones hechas por traductores locales son cada vez más escasas.) Pero en otros casos, la compra del libro se debe a pura locura. Ella lo explica del siguiente modo: “Por ejemplo, sé que quiero leer La romana de Alberto Moravia. Hace años que quiero leerla, pero por un motivo o por otro todavía no he podido hacerlo. De pronto, estoy en una librería y veo un ejemplar de La romana a un precio más o menos módico y pienso: ‘Seguro que si me compro el libro, esta vez sí lo leo’. Así que compro el libro e intento leerlo; si tengo suerte, leo la novela entera, pero ya se sabe cómo es de frágil el mundo del lector, atravesado como está por los deseos corruptos provenientes del mundo exterior (léase otros libros que leer, que comprar) y el pobre Moravia me queda abandonado entre vaya a saber qué pila mohosa, hasta que mi interés se despierte de nuevo en alguna librería de viejo. El ansia del lector es casquivana. Reflexioné sobre esta condición mía muchas veces y sospeché que debía invertir algunas sesiones de terapia para curarme de la compulsión; después llegué a la conclusión que en este caso sería más cara la cura que la enfermedad.” Ya en el umbral de la puerta, le hago una última pregunta: “¿La bibliomanía es una enfermedad entonces?” “Sí, querida”, me responde ella, de súbito alarmada por un timbrazo, “pero es una enfermedad de la que uno no se muere. Cuando baje, abra la puerta al señor que viene a traerme los libros que compré por la Internet. Déjelo pasar que él ya conoce el camino.”

Publicado en la Revista Eñe en 2009. España

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