Qué tienen los músicos en la cabeza? A propósito de un documental del National Geographic exhibido por su cadena NatGeo

Antes, si quería saber sobre el cerebro y su funcionamiento, una persona recurría a los libros. Consultaba bibliotecas de medicina, o llegado el caso, consultaba con un neurólogo. Ahora, el National Geographic nos ofrece la versión compendiada del saber humano. Para colmo, con músicos y artistas de protagonistas que harían suspirar a una piedra. Más o menos como las hacía suspirar el legendario Orfeo.
La fan prende el tele a tiempo para ver  Inteligencia musical, el nombre que NatGeo dio a su documental estrenado el domingo. La fan todo lo que sabe sobre el cerebro humano lo aprendió: a) en la escuela secundaria, b) en la serie Dr. House. Pero aquí se sintió convocada a no perder un instante de mayúscula emisión, porque la estrella era nada menos que Sting. Lo eligieron porque también ellos lo consideran un músico creativo y que constantemente acepta nuevos desafíos de aprendizaje: con más de 50 años, Sting aprendió a tocar el laúd por sí mismo. La fan, que apenas si puede mover los dedos para tapar uno y otro agujero de la flauta dulce escolar, se queda admirada.
Vivo y coleando, Sting se sometió como conejillo de Indias a la resonancia magnética para mostrar su actividad cerebral cuando escuchaba determinadas canciones. Cuando le pusieron música ambiental, la actividad cerebral de Sting se detuvo en línea mortal prácticamente y después explicó a cámara: “La música ambiental es una peste”.
Quien conducía estas investigaciones fue el Dr Daniel Levitin, también llamado Dr. Rock and Roll porque además de neurocientífico, es comediante de escena, toca el saxo –en las cortinas acompañó a Sting en Roxanne- y la fan se pregunta con desolación por qué médicos así no están en las deprimentes guardias de hospitales, que te mandan a casa con una aspirina después de un diagnóstico apocalíptico.
Los otros doctores a cargo fueron Peter Janata y Lola Cuddy, especialista en pacientes con Alzheimer. Un paciente que no puede recordar el nombre de la comida en el plato, puede tararear las canciones que escuchaba en Shangai en 1930. O sea que la música del dinosaurio Barney ha quedado inscripta para siempre y para horror de muchos en el patrón cerebral de más de uno. Otros músicos invitados a mostrar su actividad cerebral y la relación entre música y movimiento, fueron Leslie Feist, Wyclef Jean y Michael Bublé, ahora novio de Luisana Lopilato. Por suerte para Bublé, a él no lo sometieron a la resonancia pidiéndole que pensara en Luisana mientras estaba dentro para comprobar su actividad cerebral. Pero él, sin que viniera a cuento y no haciéndose cargo de su sobrepeso, largó: “Puede entender por qué las mujeres se enamoran de los cantantes: es como si uno estuviera desnudo”. Un fanfarrón.
Al final, los doctores afirman lo mismo que los dealers: el placer es una cuestión de sustancias. Cuando la música gusta, el cerebro fabrica endorfina. Wyclef Jean asintió enfáticamente: “Se me iluminan los ojos cuando toco la guitarra”. La música libera tres sustancias: endorfina, dopamina (en el canto) y oxitocina (en el baile) y la conclusión es que el sentido de la música es crear y mantener los nexos sociales. El hombre es el único animal que conoce el sentido del ritmo y al parecer las fanáticas no se enamoran de los músicos por ser unas simples taradas, sino que existe una explicación evolutiva: los músicos liberan en sus exhibiciones una gran cantidad de energía física y creativa, lo cual resulta imprescindible para la generación siguiente. Aquí es cuando la fan –y cualquier espectador del montón- se pregunta qué vio su madre en su padre, dado que el pobre apenas si puede rascar una vidalita en la guitarra.

Cuando preguntaron a Sting por su primer recuerdo musical, él comentó que fue su madre, tocando en el piano un tango. (Acá la fan suspira.) Siempre le gustó el compás espasmódico del tango, declaró, a tal punto que aunque algunos digan que Roxanne es una canción reggae, él dice que es un tango. ¿Quién, que tenga un nombre de tres sílabas, no tarareó la canción con su propio nombre? Cris-ti-ne, Te-re-se, etc. La fan se promete buscar en la web la dirección de Gordon Matthew (nombre real de Sting) para escribirle y proponerle casamiento.

En otras palabras, el programa fue un éxito, aunque para la fan la visión de un cerebro tomografiado no sea muy diferente a la fotografía en blanco y negro de una milanesa a caballo. Sin duda, llevar famosos a los documentales incrementa el interés del público y el rating de los programas. Una experiencia parecida fueron los programas sobre la vida animal “In the wild” que filmó Anthony Hopkins con los leones, y  a Julia Roberts con los orangutanes en Borneo (imperdible, cuando un oranguntán, casi la acogota: seguro al pobre bicho le habían pasado Pretty Woman antes.) Quedan ahora PRODUCIR documentales más al alcance de la vida cotidiana del espectador: en breve tal vez lleven a los Rolling al dentista por un implante dental más o a Marilyn Mason a la cosmetóloga. 

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