lunes, 20 de junio de 2016

Padres hay muchos. Padres y literatura. Patricia Suárez


Gracias al dicho uno podría pensar que hay muchas clases de padres. La paternidad biológica es cosa casi mágica por la cual un hombre tuvo sexo con una mujer y nueve meses después le entregan un bollito de carne al que debe llamar hijo. No obstante, la paternidad implica un rol social, en todas las culturas del mundo, aunque no siempre es ejercido por el padre biológico. Quien le enseña al hijo, al heredero, su deber, la Ley, y las cosas de la vida puede ser el tío materno, la abuela paterna, etc. Para el antropólogo italiano Franco Le Cecla, “maternidad y paternidad son ante todo ‘ideas’, esto es interpretaciones que cada cultura hace de las relaciones de privilegiada contigüidad y proximidad”. Las leyes de herencia proponen otra reflexión sobre la relación padre/hijo y nos dejan atónitos por su diversidad. La nobleza sorprende son su sistema de reyes y reinas posibles; la ley sálica no permitía a las mujeres acceder al trono: si el príncipe moría, el trono no pasaría jamás a su hermana, sino a su tío, el hermano del rey. Aquellos que miran la serie inglesa Downtown Abbey saben que todo el drama comienza por una singular ley hereditaria en la cual la propiedad no pasará a la hija mayor, Mary Crawley, sino al varón mayor, un primo lejano de la familia. Pero basten dos ejemplos más: en Cataluña solía regir la ley de l´hereu, el heredero: el primogénito heredaba las propiedades del padre y continuaba su labor, mientras que al segundo le tocaba dormir entre las bestias y además no se le legaba ni moneda. En Marruecos, en la actualidad un organismo cuestiona el principio de herencia establecido ya en el Corán e indiscutible, por el cual una mujer hereda la mitad que un hombre. Se pretende que esta diferencia se iguale.
Sin embargo, en la actualidad cuando hablamos de figura paterna y demás conceptos filosóficos en referencia a la paternidad, seguimos formateados por la idea de padre en la sociedad romana, el pater familias a quien se le debe absoluto respeto y obediencia durante toda su vida. La ceremonia -sublatus­- en la cual el padre reconocía oficialmente a su hijo y le daba su nombre -que, vamos, de eso se trata la paternidad hoy y hace dos mil años- consistía en elevar a la criatura en el foro y presentarla. Pero hete aquí que podía presentar como propio un hijo que no lo era, adoptándolo, y no presentar al propio, quien podía ser abandonado para que muriera.

Padres de Naciones
Abraham es el padre de naciones, según el Antiguo Testamento, y el primer patriarca, palabra con que se asigna a los cabezas de familia que ejercen una autoridad religiosa y moral. Un hombre que contiene todo el poder de una familia, un país o una comunidad, será siempre llamado el padre. Jehová dice a Abraham que deje su tierra y sus parientes y que siga el llamado a la tierra que él lo guiará, donde se multiplicará y gracias a él será bendición de naciones. Abraham -por ese entonces Abram- parte de su tierra a los 75 años, acompañado por Lot. Conoce a Sara (Sarai al comienzo) y se casa con ella. Nace mucho después Isaac, y su padre para que nadie dude de su legitimidad abandona a su concubina Agar y a su hijito Ismael en el desierto, niño que se convertirá en padre de la nación ismaelita o musulmana. Pero un día las cosas se ponen negras para Abraham y Jehová, con el fin de probar su fé, le pide que lleve al pequeño Isaac a un monte en la región de Moriá y lo pase a cuchillo. Abraham no duda y Dios en su infinita misericordia hizo aparecer un carnero sobre la piedra de sacrificio. Tal motivo bíblico fue motivo de numerosos cuadros -entre ellos dos Caravaggio- y del libro Temor y temblor de Kierkegaard. De hecho, Kierkegaard narra que desde ese día Abraham perdió para siempre la alegría. Es que, ¿hay delito peor que el filicidio? Tampoco le tocó ser el único padre con intenciones filicidas, sino que tiene una suerte de espejo en Agamenón. Éste, cabeza del ejército griego, desesperado porque sus soldados se las ven negras en una playa de Aulide, con peste y sin viento para atacar a los troyanos, recurrirá al oráculo. Para aplacar la ira de Artemisa, le responden, debe sacrificar a su hija mayor, Ifigenia. Su padre no parece haber tenido mucho empacho para hacerlo, y a último momento la muchacha se transformó en una cierva blanca, mientras que la verdadera Ifigenia, la joven de carne y hueso, fue transportada por la diosa a su templo en Aulide para que la sirviera eternamente como sacerdotisa. Abraham perdió la alegría, pero Agamenón ganó la guerra y cuando regresó a casa, tras tocar el aldabón y meterse en la bañera a relajarse, la propia esposa se vengó de él, pasándolo a cuchillo.

Padres escritos
No abundan los padres amables en la literatura, y siempre cumplen un rol que hoy nos sabe bastante ingrato. A Shakespeare, de la relación entre padres e hijos no se le escapaba un pelito: en la tragedia Julio César, cuando éste es asesinado por los conjurados, llega a ver que uno de ellos es Marco Bruto, quien tal vez sea su hijo, porque por el tiempo de su nacimiento César fue amante de la madre. Ni lerdo ni perezoso, Shakespeare le hace decir: “¿Tú también, hijo?”, frase que al parecer mencionaba el historiador Suetonio, aunque otras fuentes históricas afirmen que César nomás se cubrió el rostro. Borges recordará este episodio en uno de sus textos, en relación al asesinato de Justo José de Urquiza cometido por caudillos alzados en el cual presuntamente estaban algunos de sus hijos. Otro padre shakesperiano: el Rey Lear que despreciará y llevará a la muerte a la hija que más lo ama, Cordelia. Más acá en la historia de la literatura puede mencionarse un puñadito de padres peculiares: el de Mientras yo agonizo de William Faulkner, una especie de tirano imbécil de su familia, quien una vez fallecida su esposa decide llevarla a enterrar a su tierra natal, acompañado por todos sus hijos a quienes obliga y somete en nombre del deber, aunque por el camino y como quien no quiere la cosa, el padre de familia, se casa con otra mujer. Un padre más simpático y más cercano a nuestro tiempo, es el creado por Daniel Wallace en El gran pez. El libro se hizo célebre gracias a la película de Tim Burton y allí aparece este gran hombre, un mentiroso compulsivo, un contador de cuentos tan perfecto, que mantiene a su hijo sumido en la perplejidad acerca de qué es verdad y qué es mentira.  

Padres epistolares
Sin embargo, dos padres se instalan en el paradigmático vínculo de comunicarse a través de las cartas. Uno es el padre de Franz Kafka, a quien el hijo escribe una carta de cuarenta páginas llena de acusaciones y reproches y al fin y al cabo nunca se la entrega en mano. La entrega a su madre y la madre jamás la dá al padre; razón por la cual el padre nunca la leyó. La carta tiene una gran belleza estilística y quizá el reclamo más auténtico de Franz es el pedido de ayuda que hace a su padre: que lo autorice, que acepte y se enorgullezca de tener un hijo autor. Dado que el padre no leyó nunca esta carta que produce el desvelo de tantos estudiosos y psicólogos, uno puede preguntarse si la orden que dio Franz a sus amigo Brod, de que a su muerte todos sus escritos fueran destruidos, tiene que ver con que el padre, don Hermann Kafka, jamás tomó en serio que su hijo fuera un escritor.

Y finalmente, el padre de la patria, el General don José de San Martín, quien escribió a su hija doce consejos llamados popularmente “las máximas a Merceditas”. Las redactó en su retiro en Boulogne Sur Mer y como están escritas en imperativo, puede que ni siquiera fueran para que Merceditas las aplicara en sí misma, sino en sus dos hijas Josefa y María Mercedes Balcarce. Al día de hoy las Máximas se enseñan en todas las escuelas de la República Argentina y son un verdadero tesoro que deberíamos cumplir.

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