lunes, 20 de junio de 2016

Padre. Patricia Suárez


Muchas personas piensan que la paternidad es algo mágico. Un hombre tiene una noche de amor y nueve meses después se encuentra con un vástago. Hoy por hoy, los hombres prácticamente están obligados a ser padres y esto no deja de ser tema de debate: no pueden elegir NO hacerse cargo del bebé si la mamá aceptó tenerlo. Para los antiguos romanos, santos patrones del Derecho Romano que dio pie a nuestras leyes, era padre el hombre que alzaba a su hijo en el foro y le daba su nombre. Como pater familias, él tenía derecho a hacer hijo suyo a quien quisiera: al bebé que acababa de parirle su esposa o a un niño extraño. El gesto de levantarlo en el foro ante los jueces y ciudadanos presentes, lo convertía en su hijo. Por otra parte, fueron los mismos romanos quienes instauraron aquello de “mater certa, pater semper incertus”; la madre siempre es cierta, el padre no se sabe (regla romana que vinieron a corregir los análisis de ADN por paternidad). Vale decir, al pasar por el cuerpo de la mujer (al constituirse del cuerpo de la mujer), se hace hijo. Y también de aquí viene la certidumbre que suelen tener algunas mujeres, de que el hijo es más propio para ellas que para el hombre, porque lo tuvo en el cuerpo. Nosotras lo gestamos, nosotras sufrimos los dolores de parto. Más allá de que esta es una falacia como cualquier otra (ni la paternidad ni la maternidad son una cuestión meramente biológica), lo cierto es que intentamos quitarle al hombre derechos sobre su hijo, alegando lo que nos pasó en el cuerpo. La madre que no haya dicho: “Yo lo llevé nueve meses en el vientre, se hizo de mi carne y de mi sangre y ahora el padre me viene con …”, que tire la primera piedra. Es como si dijéramos: como el hijo nos dolió, es nuestro.
Hace poco tuve una discusión con un amigo que insistía en que durante el embarazo, el hombre que iba a ser padre vivía algo similar en su cuerpo. Las mujeres que habíamos sido madres poco más y nos lo comemos crudo: él no sabía nada, nada, de todo lo penoso que habíamos pasado nosotras con los cambios químicos en nuestro cuerpo, el parto en sí mismo y el cambio de nuestra imagen luego. Sin embargo, hay que decir que mi amigo llevaba algo de razón y el ser humano, tal como el diablo, sabe más por viejo que por diablo. Ese saber es el antiguo rito de la covada que se practica aun en algunas culturas de América del Sur, Nueva Guinea y los Estados de Nayarit y Jalisco en México. En Venezuela, al rito de la covada se le llamaba “empolladura”: la madre tras el parto se incorporaba a sus trabajos, y el marido se metía en la cama quejándose de dolores abdominales. Entre los wogeo, en una isla en la costa de Nueva Guinea, los hombres cuya esposa está embarazada dicen que sufren tantos mareos matinales como ellas; se cansan fácilmente y tienen que evitar las actividades fatigosas, como la caza y la lucha. ¿Cuál es el objetivo de este rito? Darle curso a la empatía que sienten muchos hombres con el estado de su mujer. En medicina existe una sintomatología conocida como “síndrome de covada”, un estado de ansiedad empática que trastorna, al menos hasta el nacimiento del bebé, la conducta y el metabolismo del futuro padre. O sea: no es que el tipo está haciendo el tonto con el asunto. ¡Tiene los mismos síntomas de su esposa! En los análisis de sangre  del futuro padre pueden hallarse altos niveles de cortisol y prolactina. ¿Qué siente el susodicho? A partir del tercer mes del embarazo siente antojos, dolor de espalda, náuseas y vómitos. Estos síntomas del papá pueden desaparecer con el nacimiento del bebé. A nadie se le escapa este estado de embarazamiento de los hombres y actualmente, en los Estados Unidos y en Europa, se ha desarrollado la única institución que contempla algo similar a la covada. Los padres acompañan a sus esposas al obstetra, asisten al curso pre parto y allí expresan que ellos también sufren dolores de espalda y malestar durante el emabarazo. Asimismo apoyan a las mujeres durante las contracciones y cada vez más hombres piden presenciar el parto (en Argentina hoy existe legislación al respecto, habilitándolos). A veces, incluso cortan el cordón umbilical y son los primeros en tomar al recién nacido.

Traje a colación el rito de la covada porque me parece que como mujeres deberíamos dejar a los hombres sentir la paternidad en el cuerpo, como lo hacemos nosotras con nuestros hijos. Es verdad que el padre, para los freudianos y romanos, es quien implanta la Ley y quien debe separar a la madre del hijo. Pero además, es probable que haya una gran población masculina que sienta a sus hijos en su carne, con una sensibilidad que los haría parecer femeninos y por eso la reprimen. Error: tendremos un mundo mejor siempre que los padres demuestren su fragilidad y su ternura. Por suerte, hay muchos que lo hacen día a día. Vaya para ellos un feliz día del padre. 

Publicada en Revista Para ti. 

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