sábado, 25 de junio de 2016

Memorias mínimas. Sobre la literatura autobiográfica.


1.
La tradición de escribir memorias es bastante reciente. La Antigüedad se las arreglaba con sus cronistas, como Herodes o Pausanias, hoy cimientos de la historia y de la geografía. De hecho, el arte de escribir memorias era en aquel tiempo homologable –según el historiador J-P Vernant- al rendirle culto al soldado caído en batalla. Un soldado cultivaba el valor y al caer en el campo de gloria, se convertía en un personaje heroico que dejaría memoria. Más adelante, aunque podían escribirse gestas de reyes, e incluso autobiografías, se trató siempre de personajes y hechos extraordinarios, que en sí mismos eran dignos de atención. Pero no era habitual que personalidades anónimas escribieran sus experiencias, aunque sabemos de sujetos que lo hicieron. Por ejemplo, el molinero Menocchio, que redacta fragmentos de su vida cotidiana. Menocchio será procesado por el Santo Oficio de la Inquisición y quemado en la hoguera en el siglo XVI en Italia, por su manera peculiar de ver el cosmos. El historiador Carlo Guinzburg tomará sus escritos y hará sobre ellos un libro magnífico sobre el pensamiento y la locura en el Renacimiento, El queso y los gusanos.
Con esto se quiere decir que el impulso de signar la propia vida a través de las 28 letritas del alfabeto es inherente al ser humano, dado que escribir es exponer y explicarse, además de sentar memoria. Ya lo dice el refrán: “Sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, las tres formas de perdurar en el tiempo y trascender la muerte. Las memorias de la gente común, lo que dá en llamarse historias de vida llamaron la atención como género literario recién en las últimas dos décadas y en la actualidad gozan de popularidad entre los lectores.

2.
Particularmente es en las experiencias más trágicas donde aparece la necesidad de sentar memoria. Los sobrevivientes del Holocausto, de las dictaduras y las guerras, suelen escribir sus memorias llevados por la necesidad de denunciar y esclarecer, para que estos hechos aberrantes no vuelvan a repetirse. Dado que pasaron sesenta y cinco años del Holocausto, las memorias de sobrevivientes adquieren especial importancia. Se trata de ancianos que hoy por hoy se animan a contar aquello que les produjo tanto sufrimiento y que en su momento, algunos, intentaron olvidar. Muchas de estas memorias han sido recogidas o redactadas por parientes y amigos. Es el caso de Un día más de vida sobre la vida de David Galante y escritas por Martín Hazan, su ahijado. Galante nació y vivió en Rodas y fue deportado a Auschwitz. PONER EL LIBRO DE GYULA (NORMA EDITORIAL) También El ghetto de las ocho puertas, sobre la vida de Mira Ostromogilska, de quien el joven escritor argentino Alejandro Parisi fue su amanuense. La señora Ostromogilska sobrevivió al Ghetto de Varsovia, vivió durante largo tiempo en la Argentina y falleció el año pasado, año en que se editó el libro con su vida. El relato de Parisi escuchando a la anciana es conmovedor:  “Debo confesar que durante todo un año esperé que en la voz de Mira afloraran el odio, el rencor hacia los alemanes y los católicos… Pero nunca ocurrió. De a ratos, ella me miraba a los ojos diciendo: ‘No entiendo cómo pudo pasar eso’. Otras veces, en cambio, mientras yo hacía fuerza para no llorar, ella interrumpía el relato de un fusilamiento en el ghetto para decirme con total naturalidad: ‘¿No quiere comer un pepinito con pastrón?’ Y luego, indiferente a mi cara de asombro, volvía a su relato.
LA NOVEDAD DE PLANETA.

3.
Por otra parte, memorias más felices llegaron también al mundo editorial. Se trata de La extraordinaria historia de mi vida ordinaria de Joseph Minc, un señor –mecánico dental de profesión- nacido en Rusia en 1908, activista del Partido Comunista que hubo de exilarse en Francia y finalmente instalarse en la Argentina. Su hijo Alain habla sobre la decisión de editar unas memorias escritas originalmente para nietos y sobrinos; explica: “la desaparición de los mundos evocados por mi padre es más rápida de lo que podía pensarse, y entonces no hay razones, salvo la moderación y la discreción personales, para seguir ‘privatizando’ un testimonio así.” En Memorias de otra princesa rusa también Elizaveta Mijailovna, nacida en Rusia en la última década del siglo XIX, escribía para sobrinos y nietos. A los 65 años, su hijo Anatole Saderman le regaló un cuaderno blanco para que ella escribiera la historia de su vida y Elizaveta lo hizo en ruso. Luego, su hijo lo tradujo y algún tiempo después, su nieto lo editó. Elizaveta junto a su familia e hijos hubo de huir de los bolcheviques –no tanto por cuestiones políticas sino por la persecución antisemita-. En el Prefacio, ella escribe: “…escribiré mis recuerdos, pero debo advertir que jamás me he destacado por mi buena memoria (…) y toda mi ciencia se acabó en tres años de escuela municipal primaria. Pero describiré mi infancia y adolescencia con veracidad y sin adornos, pues las recuerdo con mucha claridad. Quizás se me escape algún detalle de los más interesantes, más no me culpen por el olvido: Es mi traicionera memoria.”

4

Probablemente el lector se deleita en estas memorias porque le traen algo de sí mismo: su propios orígenes inmigrantes o su familia.  Sin embargo a la pregunta ¿cuál es el sentido de leer las memorias de personas comunes?, puede responderse con una hipótesis. Tenemos la fantasía de que el hombre evoluciona y hace un aprendizaje de los horrores acaecidos para no volver a repetirlos. Nos imaginamos que los romanos o los inquisidores eran tipos mucho más ignorantes y crueles que nosotros. Es una fantasía que deberíamos hacer caer, si de verdad queremos mejorar las cosas. La afectividad del hombre no evoluciona: leer estas memorias ayuda a re-pensar el pasado para no caer en los mismos errores en el futuro. 

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