lunes, 20 de junio de 2016

Las brujas. Patricia Suarez




“Que las hay, las hay…”, dice el refrán popular. Y otro reza: “La naturaleza las hace brujas”.  Lejos de ser mujeres fatales, sellaron para sí un destino fatídico durante siglos en los que fueron asesinadas injustamente. En la Antigüedad había magas, profetisas, sibilas y hechiceras devotas de Hécate, no eran brujas. Y luego, hasta el año 1000 nadie era ejecutado por brujería, aunque los vecinos se acusaban unos a otros de hechicerías y de vuelos nocturnos con el diablo. La Iglesia, harta de acusaciones, sostuvo oficialmente que el viaje aéreo era una ilusión provocada por el diablo y promulgó en su Canon Episcopi: “El alma impía cree que estas cosas no suceden en el espíritu, sino en el cuerpo”. Hasta este entonces, la Iglesia, a través de la Inquisición se conformaba con perseguir a las sectas contrarias al dogma: albigenses, valdenses, y otros herejes. Era una época donde la herejía era una forma de respirar. De todos modos, los inquisidores no se sentían en paz con aniquilar a esta gente, sino que debían hacerlo con todos aquellos que practicaran la brujerías y otras faltas contra la Iglesia de Roma: si se podía torturar a las brujas como a los demás herejes, se llegaría a descubrimientos secretos. Las brujas eran mujeres que hacían pactos con el diablo y se reunían en el bosque a realizar aquelarres, también llamados misas negras o sabbath, para ello, volaban por el aire montadas en escobas.  El Papa Inocencio, en 1448, cede ante ellos: promulga una bula que autoriza a los inquisidores Heinrich Institor y Jakob Sprenger (quienes escribieron el manual de uso para todo inquisidor: El martillo de las brujas) a emplear todo el poder la Inquisición para extirpar las brujas de toda Alemania. El resultado fue que hacia 1480 la Iglesia cambió completamente de parecer y prohibió la creencia acerca de que los viajes y la hechicería maligna no ocurren. Es más: el hecho de creer que estos viajes era una ilusión, ya denuncia algún trato diabólico. Con la bula del Papa Inocencio, se dio comienzo a la gran locura de las brujas que duró del siglo XV al XVII y acabó con 500.000 personas que fueron acusadas y quemadas. Jules Michelet escribe: “Durante mil años el único médico del pueblo fue la bruja. Los emperadores, los reyes, los papas, los más ricos barones tenían algunos doctores de Salerno, moroo judíos, pero las masas de todo Estado, podemos decir todo el mundo, no consultaban más que a la Sala, o comadrona. Si no curaba, la injuriaban y la llamaban bruja. Pero generalmente, por un respeto mezclado de temor, se la nombraba Dama buena, o Bella dama (bella donna), el mismo nombre que se daba a las hadas. Cuando en Basilea, 1527, Paracelso quemó toda la medicina, declaró no saber nada fuera de lo que había aprendido de las brujas.”Las acusaciones, además de ciertas actividades mencionadas más arriba, incluían los pactos con el demonio, besarlo debajo del rabo, copular con íncubos dotados de penes fríos como el hielo o con súcubos (demonios femeninos). En muchas ocasiones, eran acusadas de brujas por acciones más mundanas como matar la vaca del vecino, provocar granizadas, destruir cosechas, enfermar al patrón o la patrona, y robar y comer niños. Casi cualquier cosa servía para acusar a una persona: una mirada de soslayo, una palabra, negarse a comer cerdo podía convertirlo en un cripto judío digno de la hoguera. La lujuria y la lascivia eran condenadas. En el libro de Leonardo Sciascia La bruja y el capitán, la bruja es condenada básicamente por ser una persona de “natural caliente” y porque su patrón y alguno que otro más ha fantaseado acostarse con ella. En los siglos XVI y XVII, en España, gran parte de la población rural vivía “amancebada”, sin haber contraído legítimo matrimonio. Para la Iglesia esto era vivir en pecado, pero no los condenaba a la hoguera. Según Henry Kamen, quienes eran condenados a la hoguera, eran aquellos incautos que emitían opiniones francamente liberales, por lo general, “gente con experiencia de mundo, gente que viajaba como mercaderes, comediantes y soldados” y sostenían, por ejemplo, que no era pecado fornicar o amancebarse.



La madre de Kepler
El caso de la madre de Johannes Kepler merece un párrafo aparte. Katharina Guldenman, su madre, era curandera y herborista y fue acusada de brujería contando 75 años.  Cundió el rumor de que Katharina tenía trato con espíritus malignos. Los vecinos recordaron que la había criado una tía suya que había terminado sus días en la hoguera por bruja. Se supo también que en una ocasión la señora Kepler le había pedido al diácono del cementerio de Eltingen que le permitiera sacar el cráneo de la tumba de su padre, el cual quería mandar bañar en plata para ofrecérselo a su hijo Johannes como delicado recuerdo. Luego los vecinos dieron rienda suelta a su imaginación, su maledicencia y su mala fe. Uno afirmaba que su cojera se debía a que había bebido de una taza de hojalata en casa de Katharina, otro que al pasar por la calle junto a la señora Kepler había sentido un agudo dolor. La inquina aunada a la estupidez: fue la gran cómplice de la Inquisición. En 1615 recibió la hermana de Johannes, escribió implorándole su apoyo en favor de su madre. El proceso duró más de cinco años. Después de haber pedido inútilmente por escrito la intervención del duque de Württemburg para que cesara esta inicua persecución, Kepler se trasladó a caballo, en 1620, desde Linz a Stuttgart, a fin de hacer las peticiones personalmente. Allí le informaron que su madre, una anciana de 75 años, estaba acusada de haber sido iniciada e instruida en las artes mágicas por una tía, quemada en Weil por hechicera; de haber embrujado a varias personas; de tener frecuentes conversaciones con el diablo; de no saber verter lágrimas; de hacer perecer los cerdos del vecindario y de hacer paseos nocturnos; en fin, de no mirar jamás a las personas a la cara, lo que, según decían, era costumbre entre las brujas. Kepler no logró, a pesar de su fama, más que modificar la sentencia que debía recaer sobre su madre. Los jueces decidieron que el verdugo torturaría a la anciana, presentándole pieza por pieza los instrumentos de tortura; debía explicarle al mismo tiempo su uso y el aumento progresivo de los dolores. Esta horrorosa explicación tuvo lugar: la anciana resistió todas las amenazas; terminó con esta declaración: "Diré en medio de tormentos que soy una bruja, pero no será más que una mentira". Tanto coraje produjo su efecto; la madre de Kepler fue liberada y murió en agosto del año 1622. Kepler volvió a Linz, pero sus detractores lo insultaron de tal forma como hijo de una bruja, que se vio obligado a salir de Austria.


Como la tortura era el método para lograr las confesiones de otros nombres de brujas –era éste el cometido principal- con quienes estaban confabuladas, los inquisidores no se detenían hasta que la víctima denunciaba a una serie de personas. El proceso inquisitorial, que podía durar por años, era sostenido económicamente por la familia de la acusada, que quedaba estigmatizada y empobrecida. Con el correr de los años, las personas acusadas de brujería no esperaban salvarse, nada más querían la gracia de ser estranguladas apenas terminara la confesión para evitarse más suplicios y la hoguera. No valían argumentos racionales con la Inquisición, y, como suele suceder en los tiempos de psicosis colectiva, la inteligencia era un signo del demonio. Piedad, recato e ignorancia eran las virtudes que promocionaba la Iglesia de ese tiempo, todo, absolutamente todo lo otro, pertenecía al Maligno.

Para el antropólogo Marvin Harris, en lo que respecta a los viajes por el aire, existieron. No en la realidad, por supuesto, sino proporcionados por un potingue de color verdoso, a base de cicuta, belladona, hierba mora, beleño y mandrágora, que las brujas se untaban por el cuerpo en sus reuniones. El ungüento en sí sería un alcaloide alucinógeno, cuya sustancia, la atropina, las hacía sentir que volaban por el aire y tenían todo tipo de experiencias placenteras. Muy acertadamente, Harris concluye que la gran mayoría de las brujas acusadas, confesas y quemadas, no eran aquellas que participaban en estas fiestas de sustancias, ya que los inquisidores no requisaban las casas en busca de un pote con una pomada verde, sino que se basaban en denuncias de vecinos y luego sometían a los denunciados a la tortura. En junio del 2004, el Papa Juan Pablo II pidió perdón al mundo por la dolorosa experiencia de la Inquisición, es decir, por los pecados de intolerancia cometidos desde el siglo XIII hasta el siglo XIX por los tribunales eclesiásticos. 

Publicado en la revista Quid

1 comentario:

  1. "Bruja" significa: "la que ve". Y tristemente, la Inquisición no buscaba supuestas aliadas del Innombrable... Era más una cuestión económica ya que se adueñaban de las tierras. A veces el pedido de perdón, aunque llegue tarde, muy tarde, puede ser una suerte de reparación mínima pero necesaria.

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