La lectura y yo. Ensayo


Yo siento que soy una persona definida por la lectura y la escritura. Más por la lectura, quizás –y no por emular a Borges que decía algo parecido-  que por las cosas escritas. La verdad es que en una isla desierta lo pasaría mal sin un libro. Desde que tengo memoria, siempre estuve con la nariz metida entre libros, por placer. Y toda la infancia escuché al otro lado de la puerta: “Apagá la luz de una veeeeez” de mis padres. Yo crecí durante la Dictadura; en el año ’76, yo tenía 7 años y recién sabía leer y escribir. Para mis padres, supongo, una manera de tenerme controlada y que no saliera a “potrear” con los chicos, era que leyera. Por eso, al principio, la cosa de la lectura les hizo mucha gracia: me tenían en casa, leyendo todo el día, silenciosa, segura de todo peligro exterior que pudiera suceder en las calles. Fui una nena solitaria, seria, que se esmeraba en usar palabras que todos comprendieran, porque su propio lenguaje era el de los libros. Ninguno de mis padres era lector, pero tenían colecciones de libros –porque quedaba bien tener libros, creo yo- y leí sin cesar toda la biblioteca Robin Hood y las Ediciones Selectas de mi mamá, los Reader’s Digest, los Lo sé todo. A los 11 años mi papá me regaló mi primer libro: Bajo las lilas de Louise May Alcott. Fue mi primer tesoro. La biblioteca de mi escuela no tenía mucha literatura, así que a los 12 tomé el toro por las astas: me inscribé en la Biblioteca del Sindicato de Empleados de Comercio y sacaba libros de allí, sobre todo Mitología, que me encantaba. En aquel momento, acababa de estrenarse en el cine El exorcista y yo no podía ir a verla porque no tenía la edad suficiente. Más o menos por ese año, me metí por primera vez en mi vida en una librería de viejo y me lo compré. A partir de ese momento, comencé a formar mi biblioteca comprando y canjeando libros. A los 13 años, me asocié a la Biblioteca Argentina de Rosario, la biblioteca más importante que hay en la ciudad y también en la Constancio Vigil. Fui socia de cuanta biblioteca pueden imaginar: del Concejo Deliberante, del Centro Unión de Dependientes, de la Escuela de Mujeres, del Club Náutico, de la Alianza Francesa, de la Asociacion de Mujeres, etc, y de bibliotecas circulantes. Yo creo que antes la lectura a través de bibliotecas es un poco como la que hoy tienen las nuevas generaciones en Internet. Hay cierta voracidad propia del lector en avasallar texto y conocimiento, y cierto placer de buscar y encontrar el libro. Yo, yendo y viniendo de bibliotecas, era feliz. A veces no podía retirar el libro –porque era muy viejo o se encontraba en mal estado- entonces me quedaba a leerlo ahí. Conocía mi tiempo: podía leer de corrido durante seis horas sin sentir cansancio.


Más o menos a los 10 años, mientras todo eso que contaba iba ocurriendo me sucedió algo singular. Momentáneamente me había quedado sin libros y empecé a leer los tres tomos del diccionario verde de mi mamá. Y esta falta me llevó a una reflexión, ¿para qué leer tanto? Porque yo sentía que el lector que era yo, era un recipiente, una vasija, que se estaba llenando y debía volcarse. Y volcarse era escribir; era y fue para mí, el pasar de cierto estado pasivo de la lectura al estado activo de la escritura. Y escribir era devolverle a los otros, algo de lo que los libros me habían dado a mí. Los libros habían sido para mí mis amigos y mis salvadores, yo quería (y quiero aun) que cuando alguien me lea se sienta acompañado, confíe en mí como en un amigo; me gusta decirle a los demás “No estás solo” y “Se puede salir adelante”. Y conste que soy una persona muy pesimista y de depresión fácil, ¡eh!.  Por supuesto, que yo ni soñaba con ser escritora por esos años, pero ya me picaba el bichito de escribir. Como leía a Nancy Drew escribía historias de detectives en un cuadernito –que yo llamaba de los “best sellers”- y también hacía sketchs burlándome de situaciones familiares. A los 13 años, un pastor de mi escuela –yo fui a una secundaria metodista- me dijo que todos los grandes escritores llevaban un Diario íntimo. Aunque en verdad esto no es tan así, en aquel momento yo no lo sabía y me dispuse a la escritura de mi Diario. La escritura del Diario acabó cuando descubrí que me leía mi papá y me armó un escándalo fenomenal por una información que no le gustaba y estaba ahí. Durante varios momentos de mi vida tuve un Diario íntimo, pero lo cierto es que a mí no me funciona: o escribo literatura o escribo el diario. Como lo del Diario me había fracasado, decidí escribir todas las emociones que sentía de manera cifrada, que sólo yo pudiera entenderlas. Así nació para mí la literatura.

Y con esto quise decir que para mí la lectura y la escritura son las dos caras de una misma moneda. Yo no sé lo que es estar sin leer, como no sé lo que es el terror a la página en blanco. Yo sólo sé que la lectura mejoró mi vida y la enriqueció. Es mi mejor amiga. Así como otros recuerdan su primer bicicleta, yo recuerdo mi primer libro de La Ilíada: grande, azul, con un Héctor morocho y un Aquiles rubio (yo estaba perdidamente enamorada de Héctor). Nunca tuve profesoras ni bibliotecarias que me alentaran o indicaran qué leer –no era común en aquella época-, pero sí estaba siempre atenta a lo que leían mis amigas. Uno escucha más a los que están más cerca de uno, ¿no? Y las grandes lecturas me llegaron de manos de los amigos, de aquellos que con la emoción que les había producido tal o cual libro, te convencían. El relato de un libro conmovedor de alguien a quien querés, te azuza a leerlo.
Yo creo en contar los libros. No en la narración oral de un texto –tengo cierto prurito al respecto-, sino en el contar la lectura que uno hizo, a otros. Porque es un modo de transmitir el amor y es algo de eso que hablaba al comienzo, de volcar la literatura en otros. No sé si el ser humano es gregario por definición o no, pero la literatura es un hecho social: uno escribe para otro. Alguien que esconde sus papeles en el escritorio y no publica, no es un escritor: es un señor que escribió con más o menos talento tal o cual cosa. El escritor –el artista en general- se debe a sus lectores. El refrán dice Obras son amores. Y yo pienso también que Libros son amores y es el deber de los que los gustamos, compartirlos con otros.


Comentarios

  1. Querida Patricia: me siento muy identificada con este texto. Podría decir que mi recorrido empezó de manera muy similar. A mí la que me acercó a los libros fue mi mamá, que era una lectora voraz.Primero fue un libro enorme, amarillo, en la tapa estaba Papá Noel y de la bolsa salían los personajes de los cuentos de hadas. "En el mundo de los cuentos", se llamaba. Yo no sabía leer. Tenía 4 años. Mi mamá me leía mientras cocinaba. Luego, a partir de los 9 o 10 años empezó a regalarme una colección. La Billiken. Había una roja y una azul. "Mujercitas", "Los Hombrecitos de Jo", "Una chica a la antigua" (lo leí varias veces), "Azabache", "Jack y Jill"... mi casa era una fiesta cada vez que abría el paquete que mi madre me entregaba. ¡Qué hermosos recuerdos trajiste a mi alma con este texto! Luego vino "Las Aventuras de Tom Sawyer" un libro que le regalaron a mi hermano para su Comunión. Y el que me atrapó para siempre fue " La Ilíada y la Odisea"... a mí me encantaba Aquiles! Gracias, Patricia por este texto tan hermoso.

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