Julia Trentini. Monólogo de PS fragmento de la obra Otros gritos (de MR Pfeiffer y L Coton)


Me picaron las abejas
Pero me comí el panal…


Ya no sé cuánto hace que me envenené. Acá no pasa el tiempo y a pesar de que el tiempo no pasa, el escozor en la garganta no se me vá. Era el cianuro para los ratones, que rastrojean y cagan en los rastrojos: la gente se enferma después si no se echa cianuro. Yo no quiero pensar qué sentirán los ratones cuando les pasa para adentro el veneno. Acá, pase lo que pase, no se me aparece nadie. Debe ser que o el tiempo no pasa, o adonde estamos los suicidas no viene nadie. Yo creo que ya pasó la moda de suicidarse, por eso no cae ninguno. No digo que yo fuera tan importante como para que alguno me siguiera detrás, pero…: la verdad es que me hubiera gustado. Tener alguien con quien hacer la conversación, no estar tan sola… Dirán de mí que es otro gesto de vanidad, seguramente. Me dejaron la cabeza así con que yo era coqueta y vanidosa. ¡Pero qué va, si cuando me morí tenía veinte años! Veinte años, estaba en la flor de la vida. ¿Se creen que a alguno le dio desesperación de que yo partiera del mundo? Nadie, un páramo el amor de los otros. Al principio esperaba ver aparecer a Juan Petrescu o al hermano que estaba medio tullido, ¡hasta a mi mama!  Nada, todos tienen el corazón de acero, el pecho de fierro.
Ojo, que yo no me arrepiento de lo que hice.
Pero tanta soledad, a veces me entran ganas de llorar, y no hay quien me preste un pañuelo.
¡Lo que tuvo que hacer el papá para que me enterraran en sagrado! A ese cura hubo que regalarle la vaca colorada… Dijeron que fue un accidente, me quedaron las tripas hechas un engrudo. Qué asquerosidad, la lengua negra, los ojos dados vuelta. Me velaron a cajón cerrado. La que más me lloraba era la Matilde Gómez, la de Serafina. Lloraba, la pobre, que mojaba toda la pechera del vestido. El vestido, uno de florcitas de encaje, era mío. Yo se lo había prestado y ella no me lo había devuelto: ahí estaba, ahí llorando en mi tumba con mi vestido puesto. Si no fuera porque la conozco como a mi palma a la Matilde Gómez, diría: ¡hay que tener mala entraña para hacer una cosa así! Después del entierro, la mama los invitó a todos con un lechón y se dieron la gran comilona. Habrán tenido –y acá entre los muertos no me dejan mentir- dos palabras de pena por mí y después ¿qué hicieron? ¡Se pusieron a discutir sobre la huelga! Que si la Federación Agraria ayudaría al chacarero, que si la Federación Agraria se aliaría con los patrones; que el colono es el que de verdad hace la Argentina; que  cada colono debería juntar peso sobre peso para el boleto y volverse cada uno a su tierra… ¡el colono, bestia bruta animal, qué rabia les tengo! Por eso me gustaba el Juan Petrescu que era como el clavel del aire. No le importaba la tierra, no le importaba arrendar o poseer, no le importaba el deber de un hombre. Él servía nomás, para bailar en la enramada, hasta bien entrada la madrugada. Al principio, me dije Este es un hombre hecho para gozar de la vida, como aconseja el rey Salomón en la Biblia a los creyentes. Cierto que allá el cura no recomendaba leer el Antiguo Testamento porque lo consideraba medio hereje, mucho más para los judíos que para los católicos. Yo se lo hacía leer a Perico, el monaguillo, y el Perico me decía: Señorita Julia, esto es pecado. Entonces yo –por hacer un bien, porque este ha sido el único pecado de verdad de mi vida, el ansia por hacer el bien- le mostraba los pechos a Perico y Perico leía como si le hubieran dado cuerda. Lindos, los tenía. Blancos y pequeñitos, turgentes, que parecían hechos de lana sin cardar y no de carne. En fin, a qué lamentarse. La cuestión, vuelvo a lo mismo, es que el Juan Peterscu me parecía al principio el Rey Salomón mismo gozando de los dones que nos dá la vida. A los cincuenta, se acabó la juventud y todo hay que hacerlo antes mientras pisamos la tierra, silbaba él. De los cincuenta para adelante, se debe calmar el ansia, porque de los cincuenta para adelante todo es ganancia. Yo no sé por qué él andaba con esa cancioncita, porque el Juan Petrescu no tenía la primera treintena cuando lo decía. Cincuenta años es lo que debe hacer que yo estoy bajo tierra… cincuenta por lo menos y todavía no vino nadie. Pero la cantinela del Juan Petrescu me dio la pista de quién era él. Cómo me tomaba de la cintura en el baile, me apretaba las muñecas, me acariciaba el pelo. A mí me temblaban las piernas. A veces me daba miedo de desmayarme de gusto en el baile y se me diera vuelta la falda y me vieran con la enagua vieja que era de la mama, ¡porque nunca terminé de coserme la nueva de lino y gasa! Tanto tembleque me metía en el cuerpo el Juan Petrescu, que iba yo detrás de él como el cabrito atrás de la chiva. Hasta que un día, ahí mismo contra la enramada, me hizo suya y después como si nada hubiera pasado, se puso a hablarme de las montañas de Rumania. No sé a qué cuento vendrían las montañas de Rumania en ese momento. Volví a la casa del papá con la cabeza vuelta y la entrepierna sucia. ¿Es que el Juan Petrescu, a su modo, me estaba proponiendo irme con él a Rumania? ¿Es que me comparaba a mí con la tierra de su pueblo, ese lugar cálido y familiar…? ¿O es que tal vez me quería decir que yo tenía la piel oscura como la tierra y esto era despreciable? ¡Qué maldita cosa me quería decir a mí el Juan Petrescu momentos después de hacerme suya! Yo no puedo decir que lo amaba, pero ¡al que vive apasionado no lo consuela nada, nada!; y el Juan Petrescu, mal que me pese, era un idiota. Sí, me dejé enflaquecer de la tristeza, pasé días y noches abrazada a la almohada. Después me levantaba dormida, salía campo abierto a mirar la luna. A veces, me parecía distinguir a lo lejos la figura del Juan Petrescu en el caballo malacara, corcoveando. Qué idiota, se pensaba que yo iba a salir detrás suyo por verlo hacer piruetas arriba del pobre animal. El, que jinete sería buen jinete, como se comentaba en el pueblo y yo no voy a engrosar la lista de los que lo alaban por cabalgar, pero ¿no podía él tener un gesto de cortesía, una palabra dulce para mí? ¡Qué me importan las cabalgaduras! Después, ante mi silencio –ante mi desconcierto- me acribilló con papelitos, rollitos, cualquiera hubiera dicho que se prestaba a una correspondencia amorosa. Llegaban los papelitos que traía Inés, la menorcita de los Ferrero, y yo meta llevarle los papelitos a Perico y Perico, el muy asqueroso, meta pedirme que le muestre las tetas. Y yo mostrando, porque soy de esas que cuando se le mete una idea en la cabeza, no se la saca hasta que llega al final. A mí lo que de verdad me importaba era desentrañar los sentimientos del Juan Petrescu, si él me quería o si estaba jugando conmigo. En algún momento llegué a pensar que tanto desnudar el pecho al monaguillo iba terminar por agarrarme una pulmonía. El cura evitaba el trago, pero el Perico no; tomaba el vino de misa y hasta el aceite de lumbre y así me leía las cartitas. Decían: “Ayer la vi pasar y me quedé pensando en usted”. La letra era gruesa, hacía barrotes donde he visto que otros hacen firuletes. “Quería verla, para tener una conversación”. “¿Por qué me rehúye, Julia? No es usted mi amiga?” “Julia, soy un hombre atribulado por el misterio del Destino”. “Julia, pasé la noche al sereno, mirando la luz de su ventana. Al final, no sé si era usted o Inesita. Tienen que encalar esa pared, Julia, dígale a su padre. Tiene una fisura en el cimiento y de seguir así se va a caer.” “Conversar con usted de mi país, es la dicha de las dichas”. “Julia, ¿podrá prestarme quinientos pesos que me endeudé en el juego maldito? Mándemelo con Inés.” “Un aventurón se da una vez en la vida,mi querida Julia.”  “Julia, yo estoy aquí y estoy allá, a veces no sé quién soy.” Había también las notas en rumano; el Perico iba y consultaba al padre, que como el rumano viene de una lengua madre, el latín, y el padre conoce el latín, le traducía. As dori sa cumpar mult te, piper, peste e bere, “Me gustaría comprar mucho té, pimienta, pescado y cerveza”: esta carta debe ser un error que haya llegado a mis manos: ¿o qué era yo para él? ¿una pulpería? Ultima noapte am visat ca o vaca monta negru: “Anoche soñé que montaba una vaca negra” y  Te iubesc, “Te quiero”: cuando el cura le leyó Te iubesc, le dijo a Perico y lo amenazó con que si volvía a traerle alguna duda que tuviera en tinta la palabra iubere, amar, amor, lo hacía vivir a hostias dos meses seguidos. A todas las cartitas del Juan Petrescu respondía yo con mi silencio y al final o cuando la serie de esquelas iba por la mitad, empezó a correrse el rumor de que él andaba en amores con la mujer de Pietralba y eso lo sabía todo el pueblo. Perico, que no tenía más de trece años y poco poder de entendimiento, se apiadó de mí. Perico, que era un niño, me comprendió. Sentenció: “Al Juan Petrescu habría que haberlo matado de chico para que no llegue a cabrón”, y después: “es corto de seso, es falto…” ¡Qué dolor, qué desconsuelo tan grande! Cuánto lloré esa tarde en el atrio desolado de la capillita… Si lo veo desde hoy, desde hoy, yo lo unico que deseo es que el Juan Petrescu se volviera lagartija y alguno, de puro descuido y por jugar, lo matara con una piedra. El Perico, apiadado de mí, besó mis manos, se bebió mis lágrimas, me pellizcó los codos para que se me fuera la palidez. ¡Me había prendado de un tonto! No era bobo del todo, como el chico de los Fuentes que tenía hidropesía y hasta los veinte años lo tuvieron encerrado en el cobertizo, sentadito en el suelo, con una cabeza tan grande como una sandía y tan pesada que no podía pararse y se hacía las necesidades encima. No era esta clase de idiotez pero era una parecida, a lo mejor lo pateó un caballo de niño o le pasaron la encefalitis… Si él se crió entre caballos y siempre andaba de un establo a otro, le pudieron pasar la encefalitis en la peste y él quedo un poco tocado. ¡Qué desolación!
Perico fue mi consuelo en el dolor, pero después la cosa tomó otros visos; él dice que sucumbió a la tentación conmigo, pero yo digo que lo tenía todo aquí entre ceja y ceja y que se moría por sacarse el gusto. Como no tengo hermano, no hubiera imaginado antes que un niño es hombre desde tan joven. ¡Pensar que al principio de todo, cuando el padre lo recogió del hospicio, el Perico tenía la vocación religiosa e iba a hacer el seminario en Rosario, en el convento de los salesianos! Sucumbió a la tentación, dice el Perico y yo digo que este era el plan sino de Dios, el suyo, el de mi monaguillo. Muéstreme un pechito, Julia; Julia, muéstreme un tobillito. Después se daba alivio detrás de la estatua de San Roque; yo a veces quería mirar pero justo me tapaba la figura del perro bravo y rabioso que lleva San Roque de la correa. Cuando se aburrió de darse alivio, Perico empezó a buscarme como un gato en la noche va detrás de la gata en celo. Yo al principio decía que no: pero qué rico comerse el panal aunque piquen las abejas! Sucumbimos a la tentación Perico y yo, para decirlo así. Adán y Eva también sucumbieron a la tentación una vez sola, si la tentación se repite más de una vez se hace costumbre. Se hace vicio, se aquerencia uno a la tentación, entonces: el cuerpo de Perico, tan blanco, tan suave, todo de mansedumbre. Hasta me consultaba: ¿quiere así, quiere asá? ¿le gusta este costado, le gusta este otro?; parecía que iba a sacarme una fotografía y temía deslumbrarme con el disparo del magnesio. Lo hacíamos siempre en el atrio destemplado de la capillita, con la imagen de la Virgen del Carmelo en nuestros ojos. Yo la miraba mientras el Perico hacía y pensaba que ella me protegería de todo mal, sobre todo de concebir. Vaya a saber de dónde saqué una idea tan tonta. Yo creo que la idiotez se me había pegado del Juan Petrescu. A veces pienso que si una pone tanta saña en descubrirle un mensaje sabio al parlotear de un idiota, una se vuelve un poco idiota, un poco loca en ese asunto y así pierde el resuello. Un día no tuve la falta y cuando le fui a decir al Perico lo que me estaba pasando, lo vi llorando en la sacristía a moco tendido porque el cura le mató el gallito blanco para la fiesta de la Asunción de la Virgen. Por eso él no me prestó atención, al parecer mucho lo quería al gallito blanco. Me dijo que lo esperara fuera. Y la Virgen estaba ahí inmaculada, que nada la conmovía. Que había que ser estatua de yeso para ser tan traidora, me digo yo, que le habré rezado novenas y no fue capaz de ayudarme en el momento de confusión cuando el Perico se derramó dentro mío. No habría mucha diferencia entre el ángel Gabriel y el pasmado de Perico, me digo yo, ¿no podía ella hacernos la gracia? Y aunque al fin ese mismo día le conté al Perico que estaba gruesa, él me recibió llorando y a los gritos porque le mataron el gallito blanco y que yo soy la culpable, que le acarreé males con mi lujuria. Perico, le dije, usted no sabe lo que dice. Después fui a que atendiera este feo asunto la comadrona, que todos andarán ahora culpando al Juan Petrescu y él sintiéndose bien hombre y no contando con los dedos la fecha de los meses. Que si fuera de él, más sería un niño de pecho que un no nacido. Triste, estaba después de eso, desolada otra vez, de quitarme un hijo qué cosa tan fea, pero ¿qué iba a ser yo con semejante sacrilegio? Otra vez abrazada a la almohada, otra vez andaba en vela como alma en pena. Hasta que se coló el Perico por mi ventana, apenas repuesto del dolor de la muerte de su gallito blanco, al que acababa de comerse guisado por el cura. Es que en ese pueblo son todos así, primero se encariñan, después te comen y al final se lamentan. Perico se metió primero por la ventana, niño atrevido, y después se me metió en la cama a rogarme como si yo fuera la propia Santa Lucía. Esto, le dije yo, es mucho, Periquito. Esto, Periquito, me va a llevar a la muerte. Pero otra vez hizo e hizo y dos veces más lo visité yo en la capillita. Dimos vuelta a la Madona porque a ella nuestro retozar no le gustaba nada; vuelta a perder el sueño y yo a decirme para mis adentros “Cuando cumpla catorce me caso con él con el permiso del juez, opine lo que opine el cura”; pensaba estos pensamientos: le conseguí un gallo dorado al Perico y tenía la idea de regalárselo en cuanto volvieran los hombres de la huelga, para que entre tanto jolgorio, el regalo no llamara la atención. En eso estaba cuando al Perico le dieron una beca los frailes y se fue al seminario de los benedictinos, en Victoria, al otro lado del río Paraná y se fue, sin decirme siquiera hasta la vista. Al gallo de oro lo acogoté y lo regalé al cura que lo guisaba con pan frito y los colonos se chupaban los dedos con ese plato.


Después de eso estuve que ya no podía conmigo, ni con mi alma. Y me tomé el cianuro. 

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