martes, 28 de junio de 2016

Historia de una muñeca -

Quien fuera el niño terrible de la pintura vienesa, Oskar Kokoschka, conoció en 1912 a Alma Mahler. Por ese entonces ella era la viuda del célebre compositor Gustav Mahler y una suerte de femme fatale de la época. En su currículo amoroso estaba el haber sido besada por primera vez por Gustav Klimt, otro pintor célebre y no menos pasional Oskar. El romance entre Alma y Oscar duró tres años como tal. La relación fue muy tormentosa –la psiquis de Oskar era bastante frágil- y pintaba a Alma todo el tiempo. La leyenda dice que estaba con ella en la cama todo el tiempo, y sólo se levantaba para pintarla. Alma se había convertido en su obsesión. La madre de Alma, desesperada, le escribió: “Si vuelve a ver a Oskar, ¡le dispararé!”. Poco después, Alma quedó emabarazada de su amado, pero abortó a la criatura y esto lo hundió aun más en el desequilibrio.Finalmente, Alma rompió la relación con él y testimonio de estos momentos es el cuadro La novia del viento. Temiendo la persecución y la locura de Kokoschka, Alma se casó en 1915 con el arquitecto Walter Gropius y al año siguiente nació la hija de ambos, Manon.

Kokoschka se hundió en la depresión. No sabía cómo ni con quién reemplazar a Alma, así que tuvo una idea muy singular para hacerlo. Escribió a una frabricante de muñecas en Munich, Hermine Moos el 18 julio de 1918, y le encargó una muñeca de tamaño natural que en todo se pareciera a Alma Mahler. Probablemente, el objetivo de Kokoschka trascendía el sexual: él no quería tener una muñeca infable, sino que quería una mujer en todos los sentidos. En su carta decía: “Ayer envié un dibujo a tamaño real de mi amada y le pido que lo copie con el máximo cuidado y lo transforme en realidad. Preste especial atención a las dimensiones de la cabeza y el cuello, al pecho y las extremidades. Y tómese en serio los contornos del cuerpo, por ejemplo la línea del cuello a la espalda, o la curva del vientre. Por favor permita a mi sentido del tacto disfrutar de los lugares donde capas de grasa o músculo dan lugar a una sinuosa cubierta de piel. Para la primera capa (dentro), por favor use, pelo de caballo fino y rizado; debe comprar un viejo sofá o algo similar y tener el pelo desinfectado. Entonces, sobre esa, una capa de cojines rellenos con lana para las posaderas y pechos. El objeto de todo esto para mí es una experiencia que debo ser capaz de abrazar.” Hermine Moos, como si hubiera sido una émula de Gepetto construyendo a Pinocho, se puso manos a la obra. El día 22 vuelve a escribirle: "Si usted es capaz de hacerla tal cual la deseé, y engañarme con su magia de tal manrea que cuando la toque me dé la sensación de que tengo a la mujer de mis sueños enfrente mío, entonces, querida señorita Moos, yo le estaré eternamente en deuda por sus habilidades y creatividad y por su sensibilidad femenina, que puedo deducir rápidamente por las discusiones que hemos tenido.” Hacer la muñeca llevaba su tiempo, y en diciembre, ansiosísimo, Kokoschka escribió a la fabricante preguntándole: "¿Puede abrir la boca? ¿Hay dientes y lengua? Espero que sí!"
La muñeca llega a manos de Kokoschka en febrero de 1919. Se trata de una muñeca tamaño natural con piel muy fina al tacto y rellena de plumas. La desilusión de Kokoschka es enorme: “…en lugar de una loca ilusión, en vez de una seductora criatura de ensueño con la que estuve fervientemente obsesionado hasta ahora, lo que me mira fijamente es un fantasma … un esfuerzo lastimoso, un muñeco articulado ... Fue un golpe terrible…”
No obstante la desilusión, Kokoschka decidió conservar la muñeca y usarla como modelo para sus pinturas, como por ejemplo para Frau in Blau de junio de 1919, en la cual la muñeca vistió sus mejores galas para él.  No obstante, Kokoschka la tiene en su salón, vestida con las mejores galas ya que le compra ropa de París. Un periódico de la época cuenta cómo se presentó con ella en el palco de la Ópera una vez, cada uno en sus respectivos asientos, pero ese objeto del demonio ni siquiera pudo satisfacer sus deseos sexuales.
En marzo de 1919, Alma Mahler se reunió con el barón Victor von Dirsztay, suerte de emisario de Kokoschka. A través de la boca del barón, Kokoschka le pide a Alma “restablecer algún tipo de vínculo humano con ella”. Alma se niega, porque sospecha que su ex amante vive ahora con otra mujer. Y el barón asiente, sin aclararle que la mujer con quien vive ahora él es la muñeca basada en ella misma.
La Alma de juguete es la modelo ideal: Koskoscha la pinta una y otra vez, a modo de exorcismo personal, hasta que se harta de la muñeca. Una vez hastiado de la muñeca, acabó con ella. Kokoschka planeó dar una fiesta orgiástica y allí eliminarla. El mismo escribió sobre el suceso: “Finalmente, después de dibujarla y pintarla una y otra vez, decidí deshacerme de ella. Me ayudó a curarme de mi Pasión. Por eso le brindé un gran fiesta con champaña, con música de cámara, mientras mi ama de llaves, Hulda, exhibía a la muñeca con sus bellas ropas por última vez. Cuando amaneció –yo estaba bastante borracho, como todos en la fiesta- la decapité y rompí una botella de vino tinto, que le volqué en la cabeza.” Kokoschka recibió una acusación por homicidio en esos días, hasta que quedó claro que la mujer ensangrentada era su fetiche y no una mujer real. Aquellos que han leído Wilt, la novela desopilante del inglés Tom Sharpe, conocen todos los líos que trae practicar cómo matar a la esposa en una muñeca inflable: a Wilt se le cae en cemento fresco y varios días después, los albañiles encuentran una figura bañada en cemento, a la que suponen una mujer asesinada. También Lawrence Durrell cita a hombres aficionados a las muñecas: en Justine una muñeca es la compañera de burdel de un viejo rico, que la viste y enjoya como si fuera una persona de verdad y en Tunc la Corporación Merlin, un ente abstracto y poderoso, maquina una mujer artificial, una muñeca experimental, inconsciente de su propia realidad, que es creada sobre un molde real y desaparecido en el que se encarna la memoria recuperada de la especie.

Aunque la historia de Kokoschka con su muñeca está impregnada de tristeza y de locura, se le deben numerosos retratos y pinturas del que fuera, junto a Egon Shiele y Gustav Klimt, un renovador del arte pictórico moderno. Al parecer, a la muñeca de Kokoschka se la llevó el basurero. De ella, de recuerdo, como del lobo de Tasmania, quedaron apenas unas pocas fotografías.

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