martes, 21 de junio de 2016

Happy birthday, Mr President.

Un nuevo libro salió al ruedo para contar los amores de Marilyn y John Fitzgerald Kennedy. Tal vez a ninguna estrella de cine se le hayan dedicado tantas biografías como a Marilyn Monroe. Tal vez ninguna estrella de cine haya sido lo que fue Marilyn Monroe. Entre el canónico y extenso libro de un biógrafo contumaz, Donald Spoto, Marilyn Monroe publicado en 1993, de 794 páginas, a Blonde la también extensa novela de Joyce Carol Oates, quien se permite contradecir varios puntos de Spoto, surgió esta rara avis Marilyn y JFK de François Forestier. Respecto de la construcción de su libro, el autor declaró: “Para escribir esta historia hay que tener una documentación sólida y un defecto fundamental: ser malpensado. Y yo lo soy”.
Forestier tiene sólo aciertos en este libro. En primer lugar, su escritura es una lección de periodismo. Por supuesto, no del periodismo que sirve para remover la historia, sino del que estamos acostumbrados a ver en E-True Hollywood Story. Con una prosa aguda, pertinaz, humorística, el autor va narrando hechos probablemente exagerados de la realidad, pero que hacen imposible soltar el libro. No sólo el affaire Monroe-Kennedy aparece expuesto aquí en un close up capaz de sacar a la luz los más feos defectos, sino que expone también una Casa Blanca en la era Kennedy –a la que llama el reino de Camelot- totalmente desmitificada. La corrupción está a la hora del día en cualquier país, en todos los políticos. El nihilismo de Forestier nos tranquiliza como argentino, pero nos pone los pelos de punta como seres humanos. La ética no evoluciona. Aquí, ya JFK no es el presidente demócrata y ávido de justicia e igualdad que vimos en los filmes y que nos llega en el santoral hollywoodense, sino un tipo adicto al sexo, a las fiestas y orgías, egoísta. Al menos en la esfera de su vida privada, JFK no podía amar a nadie que no fuera a sí mismo. Tampoco es Marilyn aquí la adorable criatura que retratara Truman Capote en una crónica de 1979: una especie de niña malcriada pero encantadora, que pregunta a las adivinas si adelgazará este año o si se casará con Arthur Miller. Ni siquiera es para Forestier, la Marilyn que con su mejor expresión de víctima de una sociedad descarnada he tenido pecados de juventud, como posar desnuda para un almanaque, porque necesitaba dinero para el almacén. Marilyn es en este relato poco menos que una prostituta y a su vez, cae sobre su cabeza algo mucho peor que la acusación de prostituta: Forestier la tacha todo el tiempo de vacía, frívola, adicta a las pastillas, manipuladora, estúpida. Marilyn Monroe encarnó el erotismo, el ícono viviente del deseo sexual, y fue a los norteamericanos de mitad del siglo XX, lo que Helena fue para los troyanos: alguien, algo, imbuido de divinidad e imposible de resistir. De más está decir, que tampoco el amor se le daba con facilidad a la Monroe: ni ella podía darlo, ni recibirlo. Quizás, concluye Forestier, se hayan amado: sólo quizás.
Por otra parte, aunque ambos hubieran tenido la personalidad adecuada para vincularse en un amor franco, las circunstancias históricas estaban en su contra. El presidente de los Estados Unidos, un demócrata con ideas de cambio, que ascendía al sillón presidencial tras la Guerra Fría. Y ella, una estrellita que se acostaba con medio mundo, sin mirar mucho cómo ni con quién lo hacía y de quien todos temían –el FBI, la CIA, la KGB, la Mafia y hasta JFK- que fuera una abriboca que desparramara secretos de Estado aquí y allá o los divulgara a los cuatro vientos. (Cuando JFK rompió con ella, Marilyn se puso a farfullar de dar una conferencia de prensa.) Marilyn era espiada por todas las entidades de seguridad nacional antes mencionadas, más la Century Fox, que acabaría por despedirla en junio de 1962, harta de sus caprichos. Todo su departamento estaba plagado de micrófonos y como si eso fuera poco, la misma Marilyn, en un acceso de paranoia o de lucidez, hizo poner micrófonos porque se creía espiada. Pero pongamos por caso que Marilyn no hablara con nadie de ningún secreto de Estado –no tenía ni la memoria para recordarlos ni el cerebro para repetirlos-, muy bien podía ocurrir que en su dormitorio se susurraran secretos privados que para estas entidades del bien público fuera sabroso saber. En este caso, por ejemplo, que el presidente se acostaba con la estrella. Que el hermano del presidente, Robert, también lo hacía –o lo hizo, al final, cuando fue a consolarla del abandono de John. Muy poco balsámicas, las palabras de Robert fueron: “Marilyn: has sido sólo un polvo para mi hermano.”
Según Forestier, la actriz alentaba la ilusión –ilusión por otra parte sostenida por cuatro o cinco barbitúricos que ella engullía como confites- de llegar a ser Primera Dama. Kennedy le recalca varias veces que él no puede divorciarse sin convertirse en un hazmerreír electoral. Marilyn, parece que entiende, y arrastra por donde va su corte de los milagros: un ama de llaves que le puso la Fox para tenerla bajo control, Paula Strasberg que la supervisa en sus actuaciones a cámara, sus psiquiatras, psicoanalistas, hasta su ex marido Joe Di Maggio, que la adora y estará loco de amor por ella hasta el final.

La historia de un vestido
El 19 de mayo de 1962, se daría en Nueva York una gala dedicada al 45º cumpleaños de JFK. Marilyn estaba invitada a cantar un feliz cumpleaños, con una letra especial donde se agradecía al presidente todo lo que por el pueblo norteamericano había hecho. Para poder asistir a la gala, Marilyn tenía que viajar de Los Angeles a Nueva York, plantar el rodaje de Something’s Got to Give , película que dirigía George Cukor, lo cual la pondría a las patadas con la Fox, productora del filme. (De hecho, la Fox la pone de patitas en la calle una quincena después.)
Donald H. Wolfe en su libro Marilyn Monroe: Investigación de un asesinato, pone en palabras del psicólogo de la diva la siguiente apreciación: “Era una chica verdaderamente surgida de la calle, con una madre mentalmente ausente y un padre que había desaparecido, una chica que había conocido toda la pobreza del mundo. Y ahora iba a cantarle ‘Feliz Cumpleaños’ al Presidente de los Estados Unidos en el Madison Square Garden. Para ella no había forma de resistirse a eso.”

Cada actriz, cada diva tiene un vestido al que queda unida: Rita Hayworth con el azul de Gilda, quitándose los guantes; Ava Gardner con el de La Condesa Descalza.  Por otra parte, al decir de la cantante Bjork, las cosas mucho no han cambiado: las mujeres siguen buscando un vestido bonito con que conquistar al príncipe. Casi está en el ADN del XXY. Dos o tres fueron los vestidos que trascendieron en la imagen de Marilyn: el que usara cuando cantó Los diamantes son los mejores amigos de una chica, bajando las escaleras –clip que después Madonna emuló en sus comienzos con Material Girl- y el blanco plisado, parada sobre la respiración del subte y que al levantarse descubría su calzoncito blanco-. Pero el más estrafalario fue sin duda el que usara durante la velada del cumpleaños de Mr Prez, como le llamaban. Para la ocasión, Marilyn –o Mrs Green, tal su seudónimo en la Casa Blanca- encargó al modisto Jean Louis un vestido tan ligero que podía sostenerse en una sola mano. Era color carne y llevaba cinco capas de gasa en las partes pudendas para disimular las transparencias. Era un poco como el vestido color del tiempo que Piel de Asno pedía a su padre, por pedirle algo imposible. Tenía seis mil piedras del Rin que refractarían la luz de los reflectores. Siete sastras estuvieron cosiendo las piedras durante una semana. El vestido sería usado por Marilyn sin ropa interior debajo y cosido in situ momentos antes de salir a escena. En semejantes condiciones, el diablo metió la cola: mientras la actriz cantaba el Happy Birthday, Mr President en el escenario –cancioncita que una crítica teatral de ese momento consideró que había sido como hacer el amor con el Presidente delante de 40 millones de personas-, la costura del vestido reventó por atrás. Primero fue una raya y luego dejó al descubierto el trasero de la mujer más codiciada del mundo. JFK, desde su palco, adivinando o no todo lo que sucedía en el escenario no dejó de exclamar: “¡¡Qué culo, qué culo!!” Marilyn Monroe y JFK fueron amantes esporádicos durante casi una década. Habidos los consabidos intríngulis políticos, luego de aquella gala ya no volvieron a verse.


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