jueves, 23 de junio de 2016

Gallito rojo. Monólogo para un hombre

No se rinde un gallo rojo
Más que cuando está ya muerto
Chicho Sanchez Ferlosio



Antonio, en el fondo. Sentado a una mesa chica, debajo de una parra.
Acaricia al Mariscal, un gallo de riña de plumas rojas.

ANTONIO
Le juro que hice todo lo posible.
Cuando ella la fiesta pasada lo vendió a mis espaldas, yo fui y lo rescaté. Iba armado; tenía una pistola debajo del saco. Si el Freire más chico no lo entregaba aquella vez yo le mataba el hermano, por ladrón. Dejaba esa casa hecha un río de sangre. Yo por usted, Mariscal, me juego la vida. Me dice el Freire:
Antó, yo creí que éramos hermanos.
¡Qué hermanos ni hermanos, peró! En el reñidero no hay hermanos; es como en la guerra. Están los patriotas, que son los imbéciles, y están los que quieren salir de la trinchera y asesinan al de al lado.
Después Freire… ese gusano, esa porquería de Freire, me dice:
Antó, fue la Siria que te lo vendió.
No sé cómo no lo maté de un tiro.
Freire me la desea a Siria, estoy seguro. Por eso inventaba mentiras; era un trapacero. En este pueblo todos me la desean. Que iba tapada hasta la barbilla ¡y era igual que si hubiera ido desnuda! Le miraban hasta los codos, se los deseaban. ¡Ah, un asco de jauría!
Cúbrase el pecho, Siria, le pedía yo. Póngase medias como las demás mujeres.
Al principio, al comienzo hacía caso… pero no sé, no sé cuando se iba a la vera… no sé. Si no la quisiera un poco, creo la odiaría todo el tiempo.
Hay que ser honrada, Siria, hay que ser prudente.
¡Ah, ella se me ríe en la cara con unas risotadas de bruja que meten frío! ¡Pedirle prudencia a la Siria, pedirle peras al olmo! ¡Pedirle a la mar, naranjas!
Mi hermana la Carmela me advirtió que no me casara con ella. Yo no me quería casar con nadie. Pero mi madre y mi hermana se les había metido que tenía que ser casado, que el matrimonio cura los vicios. Tenía en aquel tiempo un gallito dorado, valiente, pero que no se le compara, Mariscal.
A la Siria, hermano, tendrás que amarrarle las patas para que no se te escape al monte.
Cacareaba mi hermana, con ese asunto, que la Siria era montisca.
Ah, pero yo la había visto caminar a la Siria, al pozo.
Cuando camina parece que tiene plumas atrás, una pava real, de cómo lo mueve…
Cuando entré en conversación, ella me dice que hace mucho que me mira.
Que ella me quiere, dice. Como no me va a querer ninguna otra.
Cuando le digo a la madre; Ya elegí una, madre. Me caso con la Siria.
La vieja me larga:
No que escuchés al enemigo
no te dejés engañar
porque te va ofrecer cosas
que nunca te dará.
Siria me dice lo quiero, lo quiero, pero ya no me podía ni ver.
¡La volúbile!
La Siria se casó sólo por el interés.
Vestido de punto blanco le pedí que fuera mi esposa.
Vestido de punto blanco, sombrero, zapatos lustrados: un idiota que va al matadero.
Se ríe, la estúpida, en vez de decirme sí.
Siete vasitos de grapa tomé para darme coraje y parecía que se los había tomado ella. Abre la boca así de grande y se ríe.
¡Pero hay que ser estúpida!
Se ríe y después se abre los botones del escote.
Cuando volví de los Freire, la Siria está sentada, zurciendo.
Ella del susto se para así, las piernas abiertas como un sargento.
-¿Qué le pica, Antó?
Me desafía, mirándome como un mochuelo.
Es mi mujer y me desafía, la desastrada.
Echaba chispas.
El resto, usted lo vio con sus propios ojos.
Le volé el costurero, hasta le levanté la mano.
¿Por qué?, le pregunto.
Pierde, me dice desde el suelo, engrifada, ese pajarraco no está muerto de milagro. Lo aleja de mí, Antó. El gallo abajo de la cama duerme y usted duerme arriba. Yo, ¿qué hago, qué hago en de mientras? El gallito se pasa en silla de oro sentado. Yo, remiendo la ropa. No hay ropa sana que me ponga. Vivo a sorbitos de caldo, pidiendo del sobrado un resto. ¡Esto no es vida!
¿Qué voy a hacer con ella, Mariscal?
No me dá más que amarguras.
Me vende al gallo por cuatro pesos y yo me encaro con ella.
¿Por qué, qué va a ser de mí? Ay, qué irá a ser de mí.


Más tarde.
Examinando el plumaje

ANTONIO
No tiene ni un piojillo, Mariscal.
No crea que no me cuesta. Pero le prometo no hacerle doler ni un momento.
Esto lo hago desde chico con las de su raza. La madre me hacía hacerlo a mí, porque mis hermanas, decían ellas, no tenían fuerza en las manos…
A los animales no se les tiene pena, decía la madre.
Pero ¿a un amigo?
La Siria me acompañó a buscarlo. Usted era apenas pichón; caminaba torcido. Pero estaba paradito como la rosa en la huerta. Ahora ella me hace la traición ésta de pedirme, de exigirme… Ah, su deseo como un tirano, como un gallo negro.
Cuando llego, la otra noche, ella me espera con la valija abierta encima de la cama. Mete su ropa: que se va, dice. Que se va con otro, con su amante. La Siria se iba sin decirme adiós; ni que le hubieran tocado el clarín tan apurada estaba.
En el reñidero ya uno una vez me dio el consejo: El matrimonio es como la sandía: hay que probarla para saber si es buena…Cuando se pone así, déjela que se vaya y verá que vuelve.
Pero yo no puedo; no quiero correr el riesgo de esperarla y que no venga.
Me dice cacareando: qué espera que haga, Antó, esta no es vida para una mujer casada.
Ella, ¡ella! que no sabe qué es la honra, venir hablar de la vida de casada.
Usted tarde todas las noches, grita, el animal desplumado dolorido, durmiendo bajo mi cama. Esto no es un matrimonio. Usted se casó con el gallito rojo: usted no se casó conmigo.
Me humillo, me humillo ante ella.
Qué asco que me doy, de veras. Si casi no soy hombre.
Le pido que se quede.
Siria, hágame la caridad.
No quiere, dice que marcha.
Le prometo que dejo las peleas. Le prometo que lo pongo a usted con gallinas, como un paria. No sirve, no quiere.
¿Qué quiere?, pídame lo que quiera, Siria, pero quédese en esta que es su casa.
Y me dice. Me pide esta desdicha.
La verdad es que no sé qué siento más: si no la odiara tanto a lo mejor la querría. Retuérzale el cogote, Antó. Sacrifiquélo.
Mi gallito invicto de cien peleas.
Así dice.
Ojalá se cayera muerta ella. Ojalá un rayo del cielo la matara para que yo la llorara.
Pero qué mujer maldita!
Es sólo un momento, Marisciá.

Oscuro.
Antonio lo intenta; se corta en el sollozo.
Luz. Antonio con el gallo bajo el brazo.

ANTONIO
Secándose las lágrimas.
Lo que no puede ser, no es.
Siria, venga que tengo que hablarle.
Antes que el gallo, la mato a usted.
¡Siria! La estoy llamando.

Apagón final.




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