Elogio de la paranoia. Ensayo



Ian Fleming hizo mucho más que crear a James Bond. Tuvo una intensa vida casi parecida a la de su héroe en la que fue periodista, agente secreto, comandante de la Royal Navy, y, también, fue quien elaboró un desarrollado plan para encarcelar a Rudolph Hess, uno de las figuras más importantes del nazismo. Según relata Nicolás Suszczyk, fanático perdido de James Bond y creador de una página web dedicada a su héroe bondcollection.com, “pese a ser un mujeriego, Fleming se enamoró de una mujer, Ann O'Neill, esposa de Lord O'Neill, a quien engañaba con el potentado Esmond Rothermere y con Fleming. Cuando murió O'Neill, Rothermere le propuso casamiento y ella lo aceptó. Ann siguió viendo a Fleming y en uno de los encuentros quedó embarazada. De pronto, todo cambió para ambos. Ann se divorció de Rothmere, se casó con Fleming y se fueron de luna de miel a Jamaica, donde él –previendo que podía llegar a aburrirse allí- iba dispuesto a sacar punta al lápiz e iniciarse en la literatura. En una de las películas que se rodaron sobre la vida de Fleming, se cuenta una conversación –que muy bien pudo haber sido cierta- entre él y Ann:
“-¿Qué piensas hacer luego de la guerra?
-¿Qué vas a hacer tú?
-Escribiré una novela de espías... para terminar con todas las novelas de espías.”
Así como una conversación con su amigo Ivar Pryce:
“-No hay espías en Jamaica, Ian... nadie va a creerte. ¿Y cómo llamarás a tu espía? ¿Big Bamboo?
-James.
-¿James? Suena como un chofer.
-Es un nombre fantástico. Bond... James Bond.”
En Jamaica nació la primera novela: Casino Royal, publicada en 1953, y a ella le siguieron doce novelas más con el elegante espía como protagonista. Es el agente secreto del contraespionaje británico con la calificación 007, es decir, con "licencia para matar". La elegancia distingue a Bond, ya desde la etimología: él sabe extraer, elegir lo más fino y exquisito de las cosas. Llegó al cine en el cuerpo de Sean Connery en 1962, en el film El satánico Dr. No, siempre de punta en blanco. Si bien en las novelas de Ian Fleming, el atuendo básico de James Bond consistía básicamente en un traje azul marino oscuro (la composición del tejido variaba según el lugar donde se narraba la historia), una camisa blanca de seda, una corbata negra, medias también azul marino, y zapatos negros. Y a este conjunto básico, habría que sumarle, debido a las obligadas visitas del agente del Servicio Secreto de inteligencia británico a los casinos de medio mundo, un sencillo esmoquin, una camisa blanca y una pajarita negra. Pero en la pantalla todo se transformó en alta costura y Bond se convirtió en el muñeco Ken de los agentes. La Casa Brioni vistió a los Bond desde Pierce Brosnan en adelante, la camisería es inglesa, usa gemelos de plata Dupont y maletas Gucci y lo menos prohibitivo de su atuendo, si quisieras, pobre infeliz, emularlo, son unos jeans Levis que usa Daniel Craig en Quantum. También deberías subirte al Aston Martin que hace pocos meses atrás subastaron en la friolera de U$ 390 mil, aunque quizá, con un poco de onda toonees el Fiat 147 que era de tío Juanca y te dejó para irse a El Bolsón a vender pulseritas porque le vino un brote de tanto leer la revista Uno mismo, hace veinte años. El reloj Omega de titanio fabricado para las escenas de acción de Skyfall, es otro problema para tu bolsillo: acaban de subastarlo en U$254mil. No desesperes: comprá uno a los senegaleses y congoleses que venden bijou por la calle y pintalo con esmalte de uñas craquelado: queda parecido pero no te dará ni la hora. A la Nikon D600 capaz que en Mercado Libre le podés comprar una más barata de algún agente secreto retirado.

La pregunta que te hiciste a los nueve años sobre quién corno era el Ratón Perez que se metía por tu casa cuando tu papá había llenado de alarmas anti robos las aberturas; la pregunta de los once años cuando descubriste que tu mamá y tu papá tienen sexo; la de los quince, cuando descubriste que tu hermana tiene sexo con el noviecito de turno; la de los veinte, cuando descubriste que tu novia tiene sexo con otro, es: ¿puedo convertirme en James Bond y pasar por encima de las miserias humanas de la gente común para concentrarme en una misión llena de glamour? Sí, podés. No es una vocación como para todo el mundo, pero vos podés. De eso tenés que convencerte como está convencido 007, que a diferencia de los personajes de Graham Greene o de Le Carré, nunca dice: “Necesito vacaciones en Chapadmalal” o “No estoy seguro de si seguir al servicio de Su Majestad o ponerme un maxi kiosco en el Subte A”.  Necesitás un poco de dinero para vestuario y comprender que tenés que cambiar de plano tu filosofía de vida. Bond no es un tipo como Sherlock Holmes o Dr. House, a quien de pronto se le revelan las soluciones gracias a la serendipia y al pensamiento lateral. Nada que ver, él resuelve todo con alta tecnología. La netbook ACER que compraste en mil cuotas en Garbarino, no es la idea de alta tecnología que tiene Bond. Así que seamos creativos y busquemos la personalidad necesaria para ser, por lo menos, un becario de los servicios secretos: volverse paranoico. La paranoia como enfermedad es bastante fea, siempre te parece que la gente piensa mal de vos, habla mal de vos, y en consecuencia actuarían sobre vos para dañarte. Algún rasgo paranoide, no obstante, puede ser de gran ayuda y te dará un tinte amargo y discepoliano, si también hicieras tuyo el dicho “Piensa mal y acertarás”. Pero el rasgo al que deberás rendir culto como a Dios Padre es: “Hay un complot contra los míos”.

No creas, tampoco, que para ser un James Bond es cuestión sólo de saber vestirse con elegancia. La vida amorosa de él, aunque se pavonea entre bellas mujeres y agentes traidoras, es de una eterna melancolía. En Sólo se vive dos veces (1964), por ejemplo, se inicia con James Bond en un deplorable estado. Perdió por completo el interés por la vida; se la pasa tomando alcohol, no tiene ganas de trabajar y pierde plata en el juego. Pocas horas después de casarse, Tracy, su hermosísima mujer, ha sido asesinada por Ernst Stavro Blofeld, su enemigo mortal. De aquí, para quien desee convertirse en futuro 007, nacen dos conclusiones: una, hay que perder una mujer amada (en lo posible, sólo sepárense de ella, no la manden a matar) y dos, hay que tener enemigos. Los enemigos no pueden ser una entidad abstracta “la maldad del mundo”, sino una persona en concreto. Y tampoco un enemigo casual, como el panadero que le pone colorante al pan negro, el taxista que arregló el reloj para afanarte en cada cuadra, o el conductor que te grita Cornudo porque no pusiste la luz de giro. No, tiene que tratarse de un enemigo con cierto nivel político. Un ejemplo de enemigo podría ser el jefe de alta seguridad de Condolezza Rice, aquel que le maneja la agenda, la aconseja y compra el sofisticado arsenal para mantenerla protegida en su casa de Palo Alto. No el tipo se seguridad que se pasea por la vereda de la ex 66° Secretaria de Estado de los Estados Unidos, agitando la cachiporra, que esos son más o menos iguales en todas partes, del Pentágono a Villa Luro.


Podría seguir un rato más aconsejándote, pero creo que con practicar la paranoia vamos acercándonos a la idea. En suma, fueron aquí algunos tips para que salgas adelante en el difícil oficio de ser agente secreto. Si lo ves muy complicado, no aflojes. Comprate una remera estampada con la carita del Agente P, Perry el Ornitorrinco, que pusieron de moda Phineas y Ferb unos dibujitos de Disney y paseáte con ella por las puertas de los consulados y embajadas. Es un empezar.

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