Elogio de la madre mala. Patricia Suárez



Aquel chiste que Woody Allen pronunció en Annie Hall, “Cuando me llevaron a ver Blancanieves, todos salían siempre enamorados de Blancanieves, yo, sin embargo me enamoré de la Madrastra”, habrá de convertirse en un hecho rotundo en los espectadores de hoy día. Atrás quedaron las épocas en que la Madrastra –personaje que encarna a la madre mala kleiniana, a la bruja medieval, a la filicida y a la suegra- estaba representada por una vieja arrugada y ponzoñosa. Sí, Maléfica, el hada malvada de La Bella Durmiente de Disney era horrible. Pero eso ocurrió en 1959 y mucha agua corrió bajó el puente, al punto que nada menos que Anjelina Jolie se puso en su piel en la versión de La Bella Durmiente de Robert Stromberg, que acaba de estrenarse. Las preocupaciones de la actriz pasaron más por cómo llevar los cuernos (Maléfica tenía cornamenta) que sobre la problemática de la mujer fálica. Declaró hace muy poco en Enterteinmant Weekly: "Puede sonar un poco a locura, porque parece que les estés diciendo que sean unas villanas, pero las jóvenes de hoy verán algo bueno en ella. Maléfica es una gran persona, aunque esté lejos de ser perfecta". Por otra parte, hasta las niñitas de 7 años, que originalmente se hubieran identificado con la tontorrona, sufrida y soñolienta Aurora, salen entusiasmadas con Maléfica: que la capa de cuerva que usa, que el cuerpazo que tiene, que los ojos amarillos. Que encima es la esposa de Brad Pitt hace un montón, adopta chicos de otras culturas de lo generosa que es, tiene los propios y como si fuera poco, venció el cáncer de mama (agregan chillando de placer las madres que llevan a sus hijitas). Atrás quedaron también las épocas en que el mundo era maniqueo y se dividía en buenos y malos. James Cagney y Peter Lorre encarnaban al enemigo público número uno porque eran rudos, desalmados, criminales y perversos. A nadie se le hubiera ocurrido decir que “en el fondo, el vampiro de Düsseldorf, aunque asesinara criaturitas, era una gran persona”. Luego, el cine comenzó a mostrar la densidad espiritual de los personajes secundarios, tal como lo hacía Elia Kazan y salpimentados con el concepto de acto gratuito sartreano (hacer daño sin que importen las consecuencias del acto), y con el de banalidad del mal que usara Hanna Arendt para explicar la ataraxia de Adolf Eichmann en el Holocausto.Y los grises se convirtieron en un boom: había sonado la hora para los personajes de moral dudosa y pasaban a primera fila de Hollywood. De pronto, podían verse a los perversos desde más cerca: ya se sabe la fascinación que genera el perverso en el neurótico, que está convencido de que el perverso la pasa bomba de verdad, mientras él lleva una vida miserable. Y cuando no son perversos por naturaleza (como podría ser Norman Bates, el psicópata de Hitchcock), el exceso de poder los ha enloquecido. Así vimos aHitler por Bruno Ganz (Hirschbiegel, 2004), la reina Isabel de Inglaterra por Helen Mirren (Frears, 2006), el presidente George W. Bush por Josh Broslin (Oliver Stone, 2008) y ahora a Margaret Tatcher por Meryl Streep (Lloyd, 2011) y a J. Edgar Hoover por Leonardo Di Caprio (Eastwood, 2011). Una cosa nos queda en claro: ellos no son los perdedores; ellos no son unos pobres tipos. Ellos están investidos de un poder que les dio el pueblo; y el poder, en el lenguaje de los cuentos de hadas, se llama magia. Por eso, Blancanieves, Cenicienta, la reciente Giselle de Encantada (Kevin Lima, 2007), hasta la Chica de la Capa Roja (Hardwicke, 2011), tienen algo de tontas, de torpes, o para decirlo con todas las letras: son unasperdedoras. Hoy por hoy nadie, y menos un niño, puede llegar a creer que ser bueno es un valor con el que cual salir a competir en el mercado laboral, por ejemplo, y forjarse un sólido porvenir.Lo de “poner la otra mejilla” pasó definitivamente de moda. Para obtener algo del sueño americano se necesitan otros ingredientes, no todos necesariamente vituperables: hay que preparar un brebaje que contenga saber, talento, seguridad, persuasión, carisma y en la medida de lo posible, belleza y dinero. Hoy por hoy, una Madrastra tiene que ser sexy: lo entendió la Reina Grimhilde deBlancanieves (Disney, 1937; la misma forma parte del Top 30 de villanos de Disney); lo entendió Susan Sarandon haciendo de la bruja Narissa en Encantada y el sex appeal como atributo fue hasta parodiado por Úrsula, la bruja de La sirenita (Disney, 1989); lo entendió Gwynet Paltrow cuando le tocó la Bruja Blanca en Narnia. Sigourney Weaver fue madrastra de Blancanieves en la versión de la película de 1997; y poseía, sobre todo la hermosura. De hecho, es la belleza y la pérdida de la belleza por efecto del tiempo, el leit motiv del cuento original. Cualquier actriz convocada para hacer de Madrastra, deberá ostentar la belleza además de la sensualidad. Claro que, en el caso de Sigourney, cuando adopta el disfraz de ancianita del bosque que vende manzanas es aterrorizante. Con la manzana no pretendía matar a Blancanieves sino provocar que al morder la fruta cayera en un hechizo llamado “la muerte dormida”, del cual sólo se puede despertar con el primer beso de amor. Sin duda, “la muerte dormida” fue el hechizo que Shakespeare pensó para su Julieta, aunque Romeo, como los siete enanos, haya confundido la muerte con el sueño. Otra vuelta de tuerca le dará al asunto Tarsem Singh, director de Espejito, Espejito. Para empezar, Blancanieves deja de lado su gazmoñería originaria y se hace una guerrera a lo Mulán. Para seguir, pone de madrastra a la bella Julia Roberts, histriónica como nunca, y para terminar pone a la manzana en segundo plano. La Madrastra ofrece la manzana a Blancanieves, el día de la boda de ésta con el príncipe y si bien la vanidosa mujer perdió el combate contra el tiempo, aquí no es más que una vieja arrugada: de ningún modo se convierte (como en las otras versiones) en un monstruo de la naturaleza. La Madrastra, derrotada, se asemeja más a una Bette Davis a los 80 años, que a un ser demoníaco: vale decir, no está tan mal después de todo. Los hermanos Grimm pensaron un final en exceso cruel para la Madrastra: la buena gente del reino la obligaba a meter los pies en zapatos de hierro caliente y debía bailar hasta la muerte. Este final fue cambiado a lo largo de dos siglos y ahora la Madrastra simplemente desaparece yéndose hacia el horizonte lejano. Un creador no tiene derecho a maltratar al personaje con el cual el espectador se ha encariñado. Por eso, enla versión, de manos de Rupert Sanders, Blancanieves y el cazador que se estreno hace un par de años, la princesa fue una guerrera en el estilo del fantasy y la Madrastra la bellísima Charlize Theron, una “devoradora de almas”, casi inspirada en la Condesa de Bathory, la llamada “Condesa Sangrienta”, una asesina húngara que bebió y se bañó en la sangre de unas 600 muchachas en el siglo XVII. En una sociedad hipersexuada y desvivida por el poder, que valora la juventud como un mérito y no una simple etapa de la vida, difícilmente alguien pueda abstraerse de querer ser eternamente joven y bello. Cambiarán los tiempos y seguramente habrá cirugías estéticas a precios populares. Lo que con toda certeza no podremos es meter en un caldero polvo de momia, líquido negro, la risa de una vieja bruja, un grito de terror, una rafága de viento y un relámpago, ingredientes que usaba la Madrastra para transformarse y quitar de en medio a su peor rival. Nosotros, en cambio,tendremos nada más que el esforzadísimo beneficio del gimnasio y el diván.

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