lunes, 20 de junio de 2016

El viajero. Reseña de un libro de Alberto Manguel

Libro de erudición y miscelánea, ensayo sobre el lector y la lectura desde los antiguos egipcios hasta el internauta, el nuevo texto de Alberto Manguel tiene el poder de subyugar a los amantes de los libros. Si bien, desde su condición de bibliófilo, defiende la lectura en libros en formato de papel, tampoco pontifica ni a favor ni en contra de los otros soportes. El eje de este libro son las tres metáforas a través de las cuales es visto el lector. Puede ser un viajero que sin moverse de su sitio atraviesa paisajes metafísicos y de conocimiento, tal cual el Dante en la Divina Comedia: “La experiencia de la lectura y la experiencia del viaje por la vida son reflejo la una de la otra” y “el viaje, como la lectura, era un peregrinaje que reflejaba el de la vida humana”. También, un melancólico encerrado en su torre de marfil que mira sino con desprecio, con alarmante temor, a las masas que maltratan sus intereses, vale decir, los libros con los cuales se aisló. Escribe el autor: “La lectura, por encima de todas las actividades, proporcionaba un espacio en que la mente podía separarse de su entorno cotidiano y tratar sobre asuntos más elevados”. En algún punto este lector agorafóbico tiene mucho que ver con Hamlet: tal vez la pusilanimidad del príncipe danés no sea sino la cautela propia de un pertinaz estudiante de la Universidad de Wittenberg, arriesga Manguel. La tercera de las metáforas posibles es la del lector como gusano, como larva envuelta en una crisálida de papel, de hojas de libro. Ejemplo de esta tipología lectora son Julián Sorel, el protagonista de Rojo y Negro que busca un saber sobre la vida por sobre un ser molinero; Matilda de Roald Dahl, la nena hiper lectora a quien sus padres niegan la posibilidad de serlo para que entre en la “norma” de una niña común y corriente, vale decir, ordinaria. O Madame Bovary a quien la pasión lectora de novelas de amor, la llevó a enamorarse de unos míseros amantes, y no por nomás querer probar la fruta prohibida del adulterio, como en 1857, sostuvo en los Tribunales el fiscal contra Flaubert, acusado de inmoralidad por el tenor de su novela. No obstante, el lector embrujado por excelencia, como Manguel lo denomina, es Don Quijote, hechizado por las novelas de caballería. “Todo lo que el lector puede hacer, obligado por su extraño destino, es seguir con sus ojos el libro que tiene frente a él, página tras página; es incapaz en cualquier otro sentido.” Concluye Manguel al respecto de sus héroes: “Los protagonistas de los romances de caballerías de don Quijote y de las novelas de Emma Bovary pueden ser débiles sombras de la cosa verdadera, pero aun asi tienen poder suficiente para superar a sus lectores (…) y los fuerzan a atacar molinos o habitar castillos románticos; o, como en el caso de Anna Karenina, a seguir el consejo de Flaubert y ‘vivir’. Incluso si al final está la muerte.”

El ensayo de Alberto Manguel es un libro estupendo, en el sentido propio de la palabra: asombroso. 


Si bien ya lo había logrado en Una historia de la lectura (Alianza editorial, 1996), el autor nuevamente conduce a su lector por magníficos caminos de asociaciones imposibles para cualquier mortal: sólo un gran lector como el mismo Manguel, ajeno a la formación académica de las Letras, puede ser capaz de enlazar anécdotas de San Jerónimo, con Gilgamesh, Simón el Estilita, Dante, Gramsci y Matilda. El lector no sale indemne del paso por estas páginas y sólo le queda murmurar, como un mantra, a la hora de cerrar el libro: “Larga vida al autor”.  

Publicado en Revista Ñ, en 2016

1 comentario:

  1. Excelente reseña para acercarnos a la lectura !! Buscaré a Manguel . Gracias

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