domingo, 19 de junio de 2016

El Ópalo. Obra de monólogos para 3 mujeres y 1 personaje literario


Personajes:
Celeste Albaret, criada
Celina Cottin, la criada anterior.
Albertina, personaje de “En busca del tiempo perdido” de Proust.
Felicia, la cocinera (Puede omitírsela como personaje y ser apenas una voz o una filmación).

Celeste Albaret.
Una mujer sentada en una silla de cretona. Vestida de castaño o de azul marino, el pelo recogido. Su expresión es dulce.
Yo recuerdo…
Vivo en el campo adonde nací.
Un día viene Odilón Albaret, el que serà mi marido. Es un muchachón, tiene diez años más que yo. Es gordo, es taxista en París; a veces lleva y trae de paseo a un tal señor Proust, que no es su único cliente, es uno más. Es la primera vez que oigo el nombre del que será mi señor. Mi madre me promete como novia a este Odilón. ¡Ay, no! No, madre! Le pido que no me case tan joven. Veintidós años no es joven, dice ella, un poco más y se pasa el arroz. Le pido a mi madre, le suplico y no logro convencerla. Madre, no me case tan temprano. No me case este año ni tampoco en la primavera o el verano: ¡no antes de que empiece el otoño! Están las fiestas y los bailes; puedo ir y ponerme todos los adornos. Seguro encuentro un pretendiente, uno de aquí del campo. Pero ella no me escucha y me encuentra a este Odilón, demasiado temprano me caso con él, demasiado y él me lleva a la gran ciudad, bien lejos, para que sea su esposa.

Celina Cottin
Una mujer de mediana edad, la esposa de Nicolás Cottin.
Renguea un poco al andar.
Cuando vuelvo de la hospital, me la encuentro a la muy mosquita muerta bien instalada. El señor está a gusto con ella. Le prepara el café de Corcellet, que le preparo yo; lo filtra por el filtro Corcellet que yo compro en la rue de Lévis. Le lleva el croissant, lo pone en la bandeja de plata, con la cafeterita de plata, la lechera, el tazón y el azucarero. Se le queda mirando sin dirigirle la palabra, esperando que él le hable. Si él no le habla, ella no habla. Si él no toca el timbre, ella no acude. Sabe que está prohibida la entrada a su cuarto, a menos que él llame. ¿Cómo aprendió todo eso esta campesina bruta? ¿Haciéndole los mandados?

Celeste Albaret
Esto lo recuerdo bien porque fue la primera vez que lo ví. Viene la guerra. A Agostinelli, el chofer del señor Proust, lo envían al frente. Al tiempo envían a Odilón. Yo quedo muy sola, en París. Tengo el alma contrita; por eso el señor le dice: Su esposa se va a enfermar de toda clase de dolencias: fatalidad, abatimiento, falta de jolgorio. Yo creo que es un chiste, pero así me lo transmite Odilón que siempre fue un poco estúpido, el pobre. Le dice: ¿Por qué no la trae a la casa y que haga de courriere, lleve los paquetes con mis libros a los amigos? Así que voy a su casa, nada más hasta el vestíbulo y Nicolás Cottin me da en mano los paquetes que yo reparto entre sus conocidos. Se trata de Por el camino de Swann, que acaban de publicar. Pasa mucho tiempo así, hasta que Celina, la esposa de Nicolás Cottin y criada del señor también, se enferma y deben operarla en el hospital. Entonces, el señor Proust me manda a llamar. Me pregunta si quiero servirlo a él. Por primera vez, lo veo. Alto, desgarbado, tiene puesto un sobretodo negro y está metido adentro de la cama así. La piel muy pálida, los ojos grandes, con lucecitas amarillas, un poco hundidos. Parece lo único vivo en él. Y el cabello: revuelto, negro, de pájaro perdido en la tormenta. Alguna vez le dije: “¿Qué diablito le hizo el pelo a usted, señor?!” Acepto servirlo; hago la reverencia y salgo. Le digo que empiece llamándome Celeste y no madame Albaret. El dice que no puede, que entienda: él es un caballero. Viví nueve años a su lado. Despierta a las cuatro de la tarde; duerme en la primera hora de la mañana. Nunca antes ni después vi un señor así. Desde el primer día que lo veo sé que lo serviré con devoción siempre, toda la vida.

Albertina 1
Yo soy su personaje, el de varios libros suyos. Los libros de verdad importantes, son los que hace sobre mí, aquellos en que aparezco yo. Si alguien en quien puede decirse que Marcel Proust se inspira para inventarme, es Alfred Agostinelli, chofer suyo; su pasión. Cuando llega Agostinelli a la vida del escritor, le pide trabajo y él dice: Dios mío, voy a tener que sacar del puesto a Odilon Albaret, el chofer anterior. Eso es muy injusto, piensa. Pero lo mira con sus ojos omnívoros, como dicen por ahí que eran los ojos de Proust. Así que no quiere perderse ese bocado, este Agostinelli, y lo nombra su secretario. Le ofrece mecanografiar A la sombra de las muchachas en flor. Agostinelli acepta, pero le aclara que se ha casado en este tiempo con una antigua amante, Anna. Es una mujercita pretenciosa y antipática, fea. El escritor le dice que se vayan a vivir los dos con él y se van. Agostinelli y el escritor van y vienen de Cabourg a París un par de veces. Así en su cabeza empiezo a existir yo, sin que ni siquiera él sepa que yo empiezo a existir. El que escribe está condenado a ignorarse a sí mismo a la hora de escribir, el arte es un ogro, un tirano, somete a un hombre común a la esclavitud.

Celeste Albaret
Yo no sé hacer nada; soy del campo. Pongo mucha atención y observo, para aprender bien. El asma lo hace sufrir. Hace vaporizaciones. Siete u ocho horas, y hay en la habitación un humo tremendo. Toma veronal para dormir y pastillas de cafeína para no dormir. El dice que como es hijo de médico, sabe más que el médico. Nunca consulta qué debe hacer con el doctor Bize. Una vez voy con él a Cabourg y tiene una crisis en el coche, no puede respirar. Después no vamos más a Cabourg. Como sea, se muda y encierra en la casa, me empieza a decir Celeste. La habitación del señor Proust está siempre en la penumbra. Hay cortinas gruesas, azules, que no dejan pasar la luz ni el polvillo de afuera. Tampoco el sonido, porque las paredes están revestidas en corcho. No se enciende nunca una lámpara, para que el gas no ataque al señor. Vive como un recluso. Ahí está su cama de cobre, un armario de palisandro y un chiffonier. Dentro del chiffonier él guarda los pañuelitos de encaje de la mamá y están sin uso, anudados con una cinta azul. Si cierro los ojos, puedo verlo todo como si estuviera aquí mismo. Hay un gran escritorio de roble, lleno de libros. Hay una chimenea que nunca se enciende, el reloj y dos candelabros dormidos. Hay un mueblecito chino, detrás de una puerta con batientes, donde él guarda las fotos de su hermano Robert y él cuando eran niños, y en otro cajón, el dinero. Hay tres mesitas: una de bambú, al alcance la mano, donde están los medicamentos, una pila de libros, los pañuelos de bolsillo, las bolsas de agua caliente; en la otra mesita de noche, de sándalo rojo, sus manuscritos, las libretitas, el tintero, las plumas, los anteojos; en la tercera, de nogal, ponemos la bandeja con el café, con el agua de Évian o con el tilo, por las noches. ¡Tengo un vivo recuerdo de todo…! Hay un piano de cola, creo yo que desafinado, aunque no tengo buen oído, oído musical que se dice. Cuando viene el señor Hahn, el compositor, pasa los dedos por él y frunce las orejas. Ya sé que las orejas no se pueden fruncir! Pero me gusta decirlo así.

Celina Cottin
Apenas esta Celeste si sabía leer y escribir cuando entró al servicio y ahora le aconseja al señor cómo pegar papelitos en el borde de los manuscritos para que no se le arruine su libro. Papiroles, le dice. Como sea, le digo a esa sinvergüenza que del cuarto del señor me ocupo yo, que respete mi jerarquía. Cuelo el café, como hago siempre. Pero al rato, el señor me llama, me levanta en peso: ¿Qué pasa, Celina? Este café está infecto; perdió todo el aroma. Estoy segura que fue esta maldita Celeste la que lo coló a escondidas o le echó agua fría a la cafeterita o hizo algo que estropea mi café, el café perfecto que yo siempre le serví al señor y por el que nunca tuve una queja.

Celeste Albaret
El señor no soporta los perfumes. En una ocasión, la princesa Martha Bibesco viene de visita pero el señor no la recibe porque está bañada en perfume, dice él, aunque ella apenas si tiene dos gotas detrás de las orejas y aquí en el cuello. Como sea, los perfumes naturales o artificiales pueden causarle un ataque de asma. Otros dicen que es porque le tiene inquina a la princesa; en cambio la duquesa de Guiche entra y sale de la casa, embadurnada con cuanto polvo facial se le ocurre. Yo creo que el señor le tiene a la duquesa un afecto especial, porque ella le recomendó los tapones Quies para los oídos. Eso lo mantiene aislado en su obra, libando en los recuerdos del tiempo perdido. Un día el señor me contó de la duquesa de Guiche: Sabe, Celeste? El duque sale con sus preciosas amistades y la duquesa se queda en casa con los tapones en los oídos. Así está segura de ignorar la hora a la que regresa el marido: ¡y todo va estupendamente!

Celina Cottin
Así que me entero por ahí, lo que ella anda diciendo, murmurando. Es una intrigante. El muchacho de la floristería me ha dicho. Voy a comprar una orquídea para el doctor Bize; el señor no se sentía bien, lo llamó muy tarde y teme haberlo molestado. Por eso ahora le manda una orquídea, a modo de disculpas: él siempre se disculpa con flores de la gente, no importa lo que cuesten las flores. Mientras la envuelve en su caja de celofán, el florista me dice que esta traidora de Celeste, anda comentando por ahí sobre mi pasado, que no es tan decoroso como yo lo hago ver, que tengo el espíritu violento, modales tormentosos. Eso no es posible, pero parece que lo dice. Dice que no tengo clase ni para ser el aya de Gargantúa. Mi Dios!

Celeste Albaret
El señor sabía tener muchos amores y más amoríos; eso me dice siempre. Hay otros que cuentan cosas extrañas de él; que le gustan los muchachos, las acciones fuera de la naturaleza. Igual, él me habla de sus historias: lleno de gula recuerda a las muchachas en flor, a la actriz Louisa Mornand del tiempo de las camelias en el ojal, a Laura Hayman, que empezó con un duque alemán y siguió con todos los grandes príncipes de Rusia, así dice el señor un poco en broma, un poco en serio. Hasta menciona a una criadita de la mamá, Marie no sé cuántos, cuando él es muy joven y que es echada a la calle en cuanto la señora se entera del affaire. Igual como él no las olvida, debe ser difícil olvidarlo a él. Una vez, junto coraje y le pregunto por qué no se casa: sería un buen marido, atento y delicado. Pero él responde que está casado con su obra, y lo único que cuenta para él son sus papeles, los treinta y dos cuadernos negros. Después dice también que le hace falta dar con una mujer que lo comprenda, que sólo conoce en el mundo una mujer que lo comprende, y esa mujer soy yo.

Celina Cottin
¿Desde cuándo ella sabe quién es Gargantúa, quién es Rabelais, cómo está encolado un libro? Tiene el tupé de chismosear que mi marido, Cottin, me sacó a mí de una casa de citas; que eso se echa a ver en mi carácter vulgar. Me llama vulgar a mí, ¡ella, que sacaba a pastar a las cuatro terneras de su familia hasta que cumplió los veinte años! Celeste Albaret tiene alma de bestia, yo sé lo que me digo.

Celeste Albaret
Cuando le empieza la gripe que al final se lo lleva, una tarde me dice: Sabe, Celeste? Un día usted me cerrará los ojos. Me corre frío por la espalda cada vez que me acuerdo de sus palabras. Una frase así no la dice a nadie, a ninguna de las criadas, ni a Celina Cottin, aquejada de celos y a la que tendrá que despedir porque sus repentinos ataques de ira ponen en peligro el buen nombre de la casa. En el último tiempo, a Celina ni siquiera le da los buenos días; ella se lo buscó. Cuando ya el señor no puede levantarse de la cama, llamo en mi ayuda a Marie, mi hermana. Pero a ella nunca le dice una palabra de cariño, de agradecimiento, que vaya más allá de alguna gentileza. Por otra parte, el señor cuida sus palabras, porque el asma no le permite hablar de más; apenas si abre la boca para decir lo justo y necesario. Hacemos la experiencia del dictado, yo me pongo muy cerca de su boca, con el cuaderno y la pluma en la mano, lo escucho y escribo La fugitiva, que a la postre llamarán “Albertina desaparecida”. Después no resulta, el señor se agita igual y vuelve a la escritura pero su letra es tan difícil que mando traer a la sobrina de mi marido, Yvonne, que es mecanógrafa, para que tipee los manuscritos y se puedan leer. Una sola vez le hago lenguado frito. Después ya no come, sólo cerveza helada que Odilón trae del Ritz. El príncipe Antoine Bibesco vé todas nuestras maniobras y afanes con la salud y la obra del señor y una vez confiesa a Yvonne: En mi opinión, su señor amó sólo a dos mujeres a lo largo de su vida: la madre y Celeste Albaret. El señor Proust dijo eso de mí. En una entrevista muy vieja le preguntan:
-¿Cuál es, para usted, el colmo de la desdicha?
-Estar separado de mamá – contesta. Pero el príncipe Bibesco insiste que en su opinión, aparte de la señora, el señor Proust me amó también a mí.

Albertina
No tengo excusas; no puedo hablar de mí, porque no existo.
Soy una creación suya. Él escribe de mí que conoce sólo uno o dos perfiles recortados contra el mar y se enamora de mi sonrisa, de la mirada, del hombro. Con eso le basta y en las horas muertas y en las esperas compone así un carácter; toda mi persona. Me vé silenciosa, al comienzo, reducida a un envoltorio amable y eso le basta para concluir que soy inteligente. Todo esto está escrito en su libro, no estoy inventando; no son simples conjeturas. Alguna vez, el escritor le dice a su amante que es tan presumido que probablemente piensa que se inspirará en él para escribir otros libros, el resto de su obra. Se lo dice de rabia, pero a Agostinelli le da igual: él sabe que las personas reales son carnadas para la literatura de un escritor como él. Tiene otras preocupaciones Agostinelli, disfrutar de la vida es su mayor objetivo. Por el camino de Swann se vende bien y él está contento, así su señor tiene más dinero para brindarle. En París, Agostinelli está exclusivamente al servicio del escritor; la mujercita fea no molesta para nada. El amante, Agostinelli, canta La tristeza es una estupidez y el escritor, la pone más adelante en mi boca. Soy yo, Albertina, la que cantará esa canción en un libro. Entre canciones y veladas se pasan los días y un día Agostinelli despierta y cae en la cuenta de que está prisionero. Proust lo hace prisionero, lo tiene bajo vigilancia, hasta exalta los celos de la mujercita, para que ella también lo vigile. El resultado es que todos sufren

Celeste Albaret
El señor escribe de mí también. Una tarde, cuando regreso con Marie de la vuelta por las librerías para ver si se vende o no El mundo de Guermantes, me dice que está escribiendo sobre mí. Son seis páginas de Sodoma y Gomorra. Mi hermana y yo aparecemos como las criadas de una dama extranjera, con nuestros nombres verdaderos. La novela ya está escrita cuando yo entro al servicio, por eso él lo injerta después: para mí es un honor muy grande. Las palabras no le alcanzan a esta pobre campesina bruta para decir lo que quiero decir, cuando digo que estoy agradecida! En el principio, el señor dice que somos unas ignorantes, pero más adelante pone que yo tengo talento literario.

Celina
El señor no me quiere recibir. Dice que le voy con cuentos. Si le parece bien, Celina, tómese un tiempo para descansar. Usted no está repuesta de la operación en la pierna. Es esta miserable que le habla mal de mí, provoca conflicto por cualquier nimiedad. Como cuando puso apresto a los guantes del señor que después le causaron rinitis y debió acostarse de inmediato, porque estaba muy agitado.

Albertina
Habla de mí en dos libros: en Sodoma y Gomorra, aparezco, pero en los otros dos yo soy la protagonista, en La prisionera y La Fugitiva.
Dice por ahí que los encantos de una persona inflaman menos la pasión –la mirada, la sonrisa, el hombro, en fin- que una frase como: No, esta tarde no voy a estar libre. Doy un ejemplo: me acosa dulcemente, al fin le prometo una carta, él está calmado. Por la razón que fuera, no llego a enviarle la carta, ningún correo la lleva. ¿Qué pasa? Nace en él la ansiedad y el amor. Después dice que la afición que me toma es una desgracia que le sobrevino, una enfermedad. Me exaspera privándome de mil placeres sin importancia y me suplica cada vez que tengo que salir, para retenerme. Si le digo que voy a parecer una maleducada ante la sociedad, él dice que me ha visto tantas veces no tener educación… Me hace perder un garden-party, un paseo en burro, una excursión. Si accedo y me quedo, de inmediato se pone feliz, porque cree que abandono a otro para estar con él. Pero al rato sufre de nuevo y se debate entre celos porque concluye que un plantón hará que ese otro imaginario me desee todavía más. Para no contrariarlo, termino pidiéndole que entre en investigaciones, en vigilancias. Él toma mi pedido de mal modo. Lo que él llama amor es una tortura recíproca. 

Celina
El señor es un hombre con el corazón fatigado. Está entregado a su obra y esta engatusadora hace mil tretas para sacarme del paso. No me extrañaría que quisiera quedarse con todo al final, o que lo robe. Si la madre del señor viviera, esta malvada hubiera volado de la casa de una patada en el traste, y le hubieran revisado hasta los calzones. Es una ladrona, una trepadora. El señor dice que no admitirá los celos entre el servicio. Le digo que la eche a la calle.

Celeste
Escribe:”Maria Gineste era más regularmente rápida y saltarina. Celeste Albaret más blanda y lánguida, quieta como un lago, pero con terribles accesos de remolinos en los que su furia recordaba el peligro de las crecidas y de los torrentes líquidos que se lo llevan todo por delante, que todo lo devastan”. Un día me llama y lo lee en voz alta, pausado, cuidando la respiración. Me suben todos los colores al rostro y no sé lo que hago. Me arrodillo y le beso las manos. Hasta el año que me casé apenas si sabía leer y escribir, ahora estoy en un libro.
Ya puedo morirme.

Albertina
Dice que todo el tiempo le gustaría creer en mi inocencia, pone en tela de juicio mi moralidad y acaba por pensar que soy lesbiana. Dado que logra apartar de mí cuanto hombre anda cerca, me quedan solo unas pocas amigas; de ahí deduce que soy lesbiana y mi placer es un vicio escondido. Lo engaño con madmoiselle de Vinteuil, según él, y con la amiga de madmoiselle de Vinteuil y con Andrea, por si fuera poco. Supone que mis inclinaciones hacia mi mismo sexo es un secreto a voces. Me acecha de tal manera que al fin me propone que me mude con él, a la casa de la madre. Así es como me convierte en su prisionera y quedo a la entera disposición de todos sus deseos.

Celina
Era de esperar que pasara algo así. Nicolás no me oye, no me ayuda. Le digo que me ayude o le revelo al señor que él levanta quiniela. Nicolás me responde que el señor ya lo sabe, porque el señor es muy sabio, lee nuestros pensamientos y no condena nuestras acciones. Mi marido está loco, es una cosa que supe siempre. Me tomo tres semanas de descanso y a los cinco días que estoy en la casa ya hay problemas de nuevo. Esta maldita gata que no deja de urdir sus planes. Cose campanillas y cascabeles en las borlas de la colcha del señor, por si tiene un ataque de asma, al debatirse entre las sábanas, las campanillas suenen. Esto es obra de una alienada, digo.

Celeste Albaret
Con mi hermana nos ponemos de acuerdo y ya no dejamos entrar a nadie a su habitación. Sólo el profesor Proust, hermano del señor, y el doctor Bize. A los escritores no, aunque nos llamen tiranas. Se dicen amigos del señor y después escriben por ahí en los periodicuchos que ‘tiene sonrisa de tiradora de cartas’, que ‘parece una judía de sesenta años’, que tiene el alma raída. Paso siete semanas al lado de mi señor, sin acostarme. El último día pide cerveza fría y Odilon tarda un siglo en traerla. Cuando llega, el señor le dice: Tarde, como todo. El doctor le pone una inyección y el señor me reprocha que yo lo permita.

Celina
Esta mujer tiene que ir al hospicio, grito. Tiene una gran facilidad para sacarme de las casillas. Es cierto que tengo el carácter fuerte. Como sea, ella dice una grosería en voz baja y yo le respondo con un grito. Despierta mi odio; la cuestión es que le chillo y el señor me oye. Le voy a pedir, Celina, que deje esta casa para siempre, si le parece, me ordena. Nicolás me sigue porque no le queda otro remedio, maldito traidor. Un día vuelvo a la casa del señor con otra mujer, una alsaciana robusta que por dos francos me promete pegar a Celeste. La muy ladina se ve venir el asunto apenas nos aprestamos en la cocina y le advierte al señor, que nos echa. Nunca pude ver otra vez al señor Proust. Qué maldición esta Celeste Albaret.

Albertina
Me cuenta: Cada vez que escribo sobre tu hermosura, lo borro y le escribo encima que en realidad ardo en deseos de besarte. ¿Qué quiere decir eso, quién lo sabe? Como sea, estoy bajo su dominio. Se puede ser esclavo en tres situaciones: en la pasión, en el servicio doméstico y dentro de un libro.
Así que le pertenezco.
En el amor, anota él, no hay otra elección posible que la mala.

Celeste
Anoche tuvo una visión: es una dama gorda, toda vestida de negro, horrible, que sacude las sábanas en su habitación. Es el final, dice él. Es 1922. Estoy parada a los pies de su cama y él está mirándome. Ordéneme algo, señor, digo para adentro. Lo que sea, señor. De pronto, el profesor le cierra los ojos. Terminó todo, así de simple. Dicen que el servicio es una esclavitud, pero yo no lo creo. Estoy aquí para evitarle al señor el daño del mundo; ¡y la muerte me pasa por encima y se lo lleva! Un perro guardián lo hubiera defendido mejor. Voy a mi cuarto, me paro frente al espejo del armario. Me escupo.

Albertina
Para Proust yo, la que soy, fui su placer de amor, su pena de amor, la margarita de mayo que se marchita en tu mano, el pájaro rebelde que no puede encarcelarse y al que por más que se lo llame, huye. Cuanto más me llames, más lejos voy a estar. Esa soy yo, Albertina Simonet, protagonista de dos libros de Marcel Proust. Esta debe ser una forma del amor, digo: lo que no puede dar con la boca y con las manos, él lo pone en la tinta. Acá estoy a su merced. ¿Cómo termina conmigo? Me presta cada vez menos atención; termina por verme poco atractiva y se aburre. El escribe: Mi vida con ella es, cuando no tengo celos, aburrimiento; y cuando no los tengo, dolor. Así estamos: de deseo en deseo, de dolor en dolor, de éxtasis en éxtasis, de decepción en decepción, de remordimiento en remordimiento, de olvido en olvido, hasta que un día, por efecto de la edad, las emociones se sobreponen al vaivén y el amor va a parar al arte, el teatro, la pintura, o la literatura.
Él se acuesta en su cama de cobre y escribe. Si escribir es vivir, es también revelar la vida de él a los otros. Pero yo sigo y sigo, impresa en el papel. Un personaje es un ser desesperado; no tiene remedio.

Celeste Albaret
Pego los últimos papeles en las pruebas de La prisionera, como el señor Proust me pidió. Ordeno todo con el profesor Proust. Poco a poco las cosas van desapareciendo. Una vez, a la vuelta de una fiesta, el señor me regaló el ópalo de su alfiler de corbata. Lo hice montar en un anillo, lo llevo puesto noche y día. Un día lo pierdo. Estoy desolada, rezo a san Antonio, como mi madre. Odila, mi hija, trae unas verduras, las pica, hace una tarta. Viene mi hermana, comemos. De repente, Odila se para en seco: Me rompí un diente, dice. Es el ópalo del señor Proust.
Así sé que como yo no lo abandono a él, él no me abandona a mí.
El señor escribe que el tiempo se puede recobrar, escribiendo.
Pero yo no creo que sea cierto.
Es todo.

Felicia, 1
Este texto puede ser filmado o en off.
Vestida de cocinera, traje negro, delantal blanco impecable. Una anciana muy pálida, rústica. En una silla sencilla, con los pies muy juntos metidos en mocasines negros, que parecen varios números más grandes.

Felicia
Yo estoy con él desde los tiempos de la señora: cocino. Nunca habrá otra señora como ella, tan fina, tan buena, tan considerada. Después voy con el señor Marcel cuando se muda a la casa en boulevard Haussman. Me pide que le haga el Buey en Gelatina, Buey à la Bourguignonne ; el señor aprecia de verdad este plato y para mí es un honor preparárselo. Lo hago con carne de vaca, no de buey como dice el nombre, el corte de la nalga o el lomo, hay que rociarlo con una jarra chica de vino de Borgoña; van luego las cebollas, el tomillo, el perejil, el laurel, los champiñones: es un plato de mucho cuidado. Tanto le gusta, que lo puso en un libro: Swann, creo yo. Un día me pregunta: Felicia, ¿cómo cocina usted el buey…?; se lo digo y toma nota, lo pone en el libro. Mi receta está ahí. Eso me pone contenta, aunque después las cosas se complican. Todavía está la señora cuando Nicolás Cottin, el criado, marcha a la Costa Azul para croupier de un casino, el Cercle Anglais. La señora le ordena: Marcel, si Cottin vuelve no lo tomes jamás a tu servicio, porque seguramente adquirió malos hábitos en su trabajo. La señora se refiere a la bebida cuando le habla así. Después, vino la gran desgracia, y ella entró en la paz del Señor: se nos fue como un pájaro. Al tiempo, Cottin, que es un pícaro de verdad, vuelve del casino y pide entrar al servicio. El señor Marcel es bueno como el pan y lo quiere a su lado; dice que para conservar el recuerdo de cómo era antes la casa. No, no, señor, le digo, recuerde las órdenes de su mamá. Hasta me veo obligada a tomar una determinación para que se respete la palabra de la difunta señora. Señor Marcel, si el criado pisa otra vez esta casa, yo deberé retirarme de su lado. El señor Marcel tiene tomado el pecho cuando digo esto. Pero un criado también está para advertir del mal a su señor. Así que debo irme de la casa. Me retiro a las afueras, con mi hermano. El señor Marcel es muy bondadoso, me envía cartas y dinero cada tanto. Yo no escribo muy bien, no tengo cómo contestarle esas amables cartas. Ya nadie vuelve a cocinarle el Buey a la Bourguignonne. Después, yo me muero un día y como él no lo sabe, me sigue enviando las cartas durante bastante tiempo.


Final


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