viernes, 24 de junio de 2016

El culo de Marilyn Monroe - Relato breve

Estoy en un pueblo que se llama Banff, en Canadá. Subo la montaña hasta pasar el bosquecito de cedros. Hay un parador para los turistas. Es un día soleado de primavera, en poco tiempo empezará el frío recio y ya no se podrá subir. Sino que descendarán los alces y los osos. Ahora los alces están en el período de apareamiento y se ponen bravos, hay que tener cuidado de no enfrentarlos. Por el pueblo hay carteles con prevenciones, qué hacer si uno es atacado por un alce. No parece que hablarles pueda hacerlos entrar en razón. Yo apenas si ví algunos de lejos, indiferentes. 

Los venados, en cambio, pasan cerca de uno husmeando si hay comida. Igual, al parador no se acercan. Hay un plato especial que es Deer-steak, bife de venado. Deberían ser caníbales o suicidas para andarse rondando por acá. El dependiente es un señor muy viejo, de unos sesenta que le pesan como mil. Viene y me pregunta con cara de pocos amigos qué quiero. Pido café. Hay una bicicleta un poco oxidada aparcada dentro del parador, donde termina el mostrador. Cuando el viejo trae el café, le pregunto si todavía la usa. Sí, responde. Debe darle trabajo pedalear. Un poco, ¿la quiere? Se la puedo dejar en tres quinientos. ¿Tres quinientos qué? Dólares americanos, de los grandes. ¿¿Tres mil quinientos?? ¿Usted sabe acaso quién montó acá? Por ese precio tendría que haber sido la diosa Diana en persona. Acá apoyó su bello culo nada menos que Marilyn Monroe. Ah. Vino el director de la película, paraban al principio en Calgary. Escenas de rodeos. Después vinieron a filmar el Río del No Retorno, que es como se llama la película. No hay un río así, así que entre seis ríos de montaña hicieron uno solo, el del No Retorno. El celuloide hace milagros. Como sea, la estrella se aburre. Quiere estirar las piernas, no le gusta estar en el set. Según me enteré después, Mitchum, el co-protagonista, la cortejaba. Pero ella no quería nada con Mitchum que era una especie de macho cabrío. Ella estaba triste, sí, muy triste porque acababa de romper con el marido, el deportista. Así que viene, sube hasta acá. Yo tengo diez años. Me dice: Me prestas la bici? Yo no podía ni hablar y tenía miedo de hacerme en los pantalones. Sí, tartamudeé. ¿Me acompañas, me enseñas el camino?, pregunta y monta. Esa imagen no puedo quitármela de la cabeza; tengo dos divorcios encima, mis dos ex esposas hablan de esta obsesión. Ni que le cuente. Yo subo en la bici de mi hermano -murió hace diez años- y le muestro cosas del camino. Ella dice: “Mejor no hablemos, tengo que practicar”. Se pone a cantar One silver dollar, que después canta y se acompaña con una guitarrita en el filme. Un dólar de plata, brillante, pasando de mano en mano… Tres quinientos es un buen precio; pero pensándolo mejor no la vendo. Ya estoy viejo; es el último recuerdo de amor verdadero que tengo…

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