lunes, 20 de junio de 2016

El caso de la joven afghana . P.S

La mano que hiere, la mano que cura
El retrato de la joven afgana, tomado por Steve Mc Curry (Filadelfia, 1950) en 1984 en el campo de refugiados Nasir Bagh, en Afganistán, está entre las diez fotografías más famosas de la historia. Los expertos la consideran de un nivel estético semejante a la Gioconda de Da Vinci o a las Madonnas de Botticelli. Fue portada del National Geographic en 1985. La niña se convirtió en un símbolo del pueblo afgano y de la opresión que sufrían la gente primero ante la invasión soviética y luego con el régimen talibán. La aldea de la chica había sido bombardeada por helicópteros artilleros y los padres murieron. La abuela y su hermanito caminaron durante dos semanas por la montaña, en medio de la nieve y refugiándose en cavernas, hasta dar con el campamento para refugiados. A los pocos días, el fotorreportero, que había atravesado la frontera de Pakistán disfrazado de lugareño, tomó la foto. Llevó a la chica a un costado, le pidió que abriera los ojos y voilà!
El retrato recorrió el mundo entero, le valió a Mc Curry reconocimiento mundial y el Robert Cappa Gold Medal por el Mejor Reportaje Fotografico. Este material fue tema de discusión en los programas de Larry King y de Oprah Winfrey e hizo que durante los 16 años subsiguientes no pasara un día sin que Mc Curry recibiera llamados o cartas ofreciendo donativos para las víctimas de la guerra, pidiendo localizar a la niña, reclutándose como voluntarios para ayudar a la víctimas en Pakistán o bien, en el caso de algunos hombres, queriendo casarse con ella. Tanto obsesionó a Mc Curry el objeto de su fotografía que en el 2002 volvió a Afganistán en un intento por localizarla. El National Geographic financió su búsqueda, el FBI ofreció sus servicios analizando el iris a todas las afganas que, como Cenicienta, decían ser ellas la modelo del retrato. Se realizó un documental sobre el hallazgo de la joven afgana, que resultó llamarse Sharbat Gula que en la lengua Pashto significa "dulces flores". Estaba casada desde los 13 años con un humilde panadero, tenía tres hijos vivos –el primero había muerto a los 8 meses de nacido-. El marido de Sharbat Gula accedió a que su esposa mostrara su rostro –ajado por el sufrimiento, dice la voz de Sigourney Weaver narrando el documental- alzándose la burka y enfrentando la cámara con la misma tenacidad de sus antiguos ojos verdes. En la reciente entrevista que le hiciera Clarín, Mc Curry comentó: "Ella no conocía la foto, le explicamos que se había convertido en una persona muy famosa. Pese a que le interesó, no entendía del todo lo importante que era, probablemente todavía no lo entienda". Sin embargo, el documental termina con Sharbat manifestando el deseo de que los americanos ayuden a reconstruir su país y que los afganos, sus hijos, reciban educación. El happy end de la historia parece ser la premisa la mano que hiere, es la mano que sana.  En la construcción de este relato, no pesa cuánto de entuerto político hay, ni el papel que los Estados Unidos cumplieron en Afganistán, para desatar una guerra al grito de Osama Bin Laden vive allí, el mismo Osama Bin Laden que años antes había luchado en la resistencia contra la invasión soviética que, finalmente sea dicho, tanto daño había hecho a Sharbat Gula, la Cinderella de toda esta historia. El National, en su rol de benefactor y defensor de los pobres y ausentes, indemnizó a Sharbat Gula por el uso de su imagen y con este dinero creó un fondo especial para ayudar al desarrollo educacional y dar oportunidades a todas las niñas y mujeres de Afganistán. Una de las fotos exhibidas por Mc Curry en su conferencia en el Centro Cultural Borges mostró un aula en Kabul donde las niñas reciben educación y donde impera desde una de las paredes, como un prócer o como Santa María Madre de Dios, un cuadro de Sharbat Gula, ahora madre del pueblo afgano, inspirado en la portada de la revista



El album de los niños lastimados
Sin lugar a dudas, la foto se convirtió en un ícono de Occidente. Una niña de 12 años, envuelta en un mantón rojo agujereado, mira a cámara con sus impresionantes ojos verdes. En primer lugar, lo que atrae al espectador es la belleza de sus ojos y su rostro. Pero vista de más cerca –y este es un leit motiv en todos los retratos de Mc Curry y por extensión, en toda su obra- lo que impacta es el terror de su mirada. Según expresó él mismo, a Mc Curry le que le interesa no es captar los horrores de la guerra sobre el paisaje, sino sobre el rostro humano. Una foto vale mil discursos, dice la frase que tanto puede pertenecer a un semiótico de la imagen como al Mandela que fabricó Clint Eastwood o convertirse en el mantra de cuanto fotoperiodista pulula por los medios. La pregunta del millón es si el retrato de la joven afgana, por sí mismo evoca los sufrimientos del pueblo afgano e incita a la piedad de los cristianos de occidente. La pregunta, además de insoluble es paradójica: por un lado, el espectador de la fotografía la lee desde su propio sistema de signos y conocimientos y aplica a su lectura cuanto hay connotado en ella –el mantón roto, un ancestral lenguaje no-verbal que indica el terror en sus ojos- y una vez hecha esta lectura ya no puede volver a un estadio anterior donde tuviera la opción de leer lo real literal que es una imagen, de alguna otra manera. Por otro lado, el peso de lo denotado en la fotografía, es decir, la historia que la acompaña –la bella huérfana de la guerra- determina al espectador. Como si pudiera decirse:  National Geographic 1, Sharbat Gula 0. Por otra parte, tal como Barthes escribe en El mensaje fotográfico, la imagen de la tragedia –un cuerpo desmembrado, por ejemplo- no significa tanto como la alusión a la tragedia. El mismo Mc Curry mostró en una de sus fotografías la cabeza de un hombre decapitado, sostenida como trofeo de guerra por sus captores. La foto produce horror, pero no conmueve. Sharbat Gula, que en nuestro sistema de valores se lee como la inocencia ultrajada por la guerra, conmueve.
El caso de la joven afgana es sin duda el más famoso pero no el único en la historia reciente del National Geographic. Mc Curry hizo de otro afgano objeto de la caridad: un sastre que cruza el río inundado con su máquina de coser al hombro. Según el fotógrafo contó, la empresa que fabrica esas máquinas de conocer reconoció que era una de las suyas, ubicó al sastre y le envió una nueva máquina para que tuviera con que trabajar. William Allard, otro fotógrafo del National Geographic, sacó en 1982 una foto en Arequipa a un pastorcito peruano llorando a mares porque un camión acaba de aplastarle sus seis ovejas. La foto sale en la portada y la gente, conmovida, reunió entre siete mil y ocho mil dólares para ayudarlo. Logran hallar al chico y años después, vuelve a ser portada cargando una oveja en brazos y sonriendo de oreja a oreja (no obstante, en la sonrisa de ese chico de 10 años, un espectador atento vé que ya le faltan piezas dentales permanentes). Allard comenta: “Hay casos en que las fotografías modifican la realidad”. Pero vuelta a la misma pregunta en estos casos: ¿es la fotografía la que conmueve o es el relato que la denota? ¿o la fotografía no es más que la expresión de mala conciencia del National Geographic?

El oficio
Hacia 1908, la mitad de las páginas de la revista National Geographic eran fotografías. La revista había nacido en 1888 y su objetivo era mostrar el mundo: la naturaleza y las culturas. Uno de sus primeros editores, Gilbert H. Growner, largó la consigna hacia 1920, que la lente de la cámara debía poder ver y disparar, antes de poder creer. El oficio de fotógrafo adquirió los visos del de explorador romántico, un Indiana Jones de la Kodak Chrome. Lejos está de ser considerado un intruso, un perturbador de la paz, porque su lema es heroico; dice Peter Caputo, también fotógrafo del National: “el elefante continúa atacando. Fue apenas un instante en un pantano. Pero tomé la foto y ahora vivirá para siempre”. El fotógrafo se apropia de su objeto y con él trasciende la muerte: el fotorreportero es un inimputable, según se mire, él tiene el empleo soñado. Actualmente, los fotógrafos del National Geographic retratan 150 historias al año y recorren una media de 1millón y medio de kilómetros. Mc Curry calcula que tomó entre 800mil y 1 millón de fotos a lo largo de su vida profesional. “En realidad, es un trabajo bastante simple”, explica Mc Curry. “Llego a un lugar, doy un paseo y veo lo que me interesa. Consiste en observar. Quizá se parezca a hacer malabares con seis bolas: está el sentido de la historia, el sentido del color, el sentido del diseño. Cada pelota es importante y hay que asegurar un balance entre los elementos.” Por lo general, cuenta, pide permiso a sus retratados para tomarles la fotgrafía, sobre todo si tienen un arma en la mano. “Si veo que no están contentos, desaparezco. Uno tiene que desarrollar cierto sentido para conocer el humor de la gente. No hay límites éticos en la fotografía; pero hay que ser cuidadoso y no imponerse. Si la persona no quiere que le tomen una foto, hay que honrarla y no cruzar la línea”. Al parecer para Peter Caputo el trabajo de fotorreportero no le resulta tan simple como a Mc Curry. Caputo, que cubrió las hambrunas de Somalía, declaró en una oportunidad: “el problema de tener una cámara entre el sujeto y tú, es que se convierte en tu escudo. Pero en ocasiones es necesario porque la fotografía que debes tomar es dolorosa y deprimente. Hubo veces en que me sentía doblegado por la tragedia, no pude continuar y bajé la cámara. Sentía que si seguía haciendo mi trabajo con este sentimiento dentro mío, dejaría de ser humano”. No obstante, tanto Caputo como Mc Curry se comparan con el cirujano que debe mantener alta su asepsia enocional para seguir trabajando. No pueden involucrarse con la gente -tampoco los asesinos a sueldo lo hacen- y Mc Curry declara que nunca pregunta los nombres de sus fotografiados, ni se vincula con ellos. Prevalece la cuestión técnica sobre la humana y la fantasía, por supuesto, de que su misión los redime: están investidos, más o menos como el Mesías, con la creencia de que sus fotografías pueden mejorar el mundo.


Publicado en Revista Ñ

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