lunes, 20 de junio de 2016

Arte eterno de hacer comedias. Ensayo, P.S

Haya luz
Todos saben que un día Dios se levantó confuso, sudado, con resaca y se dijo: Hoy crearemos el mundo. Lo que nadie sabe es por qué se le dio por crear el mundo y no, por ejemplo, el antiácido estomacal, un juego de mecano, o el sillón de orejas. Alguno puede pensar que Dios lo hizo porque estaba aburrido, con ese aburrimiento tenaz propio de los niños, y decidió crearse su propio parque de atracciones de manera que nunca, nunca dejara de tener una guerrecita por acá o una catástrofe natural por allá. Y los muñequitos que hablan, claro. Sin embargo, consideraciones filosóficas aparte, yo creo que Dios adolecía de los síntomas arriba mencionados porque estaba angustiado. La angustia es la condición de un ser vivo y sano, aunque ante su malestar, se suela pensar lo contrario. Dios creó el mundo a ciegas cuando dijo “Haya luz” y la luz y las tinieblas le obedecieron y se abrieron. Dios es como el aspirante a escritor que un día se levanta y sabe que quiere escribir. No sabe por qué quiere escribir, porque no está al tanto de su angustia. Recuerden que la angustia es la víbora bajo la flor, y hay que saber verla y encantarla tocando la flauta. Sólo sabe que quiere escribir pero no tiene idea de cómo hacerlo. No importa: este primer saber ya es un madero en un naufragio. En estas ocasiones hay que aferrarse al madero.

Entrenamiento
A Dios tampoco le fue bien cuando hizo el mundo. Tenemos dolor de espalda, porque él nos hizo las vértebras del cuello demasiado pequeñas. Y el apéndice no sirve para nada, ¿para qué lo hizo? Dios le puso buena voluntad al asunto de la Creación, pero la verdad es que las muelas de juicio son una idiotez: pensó en la arquitectura del hombre como en un mono estresado. Y el ornitorrinco, ¿es un chiste? ¿Y el equidna? A Dios le faltó técnica. No había talleres, seminarios, o por ejemplo, la EMAD, el IUNA, Filosofía y Letras. En algún sentido, por suerte fue así. Porque de haber existido una institución donde le impartieran a Dios conocimientos standard sobre el arte de la creación, tal vez seríamos muchos menos de los que somos, idénticos unos con otros, y con tres ojos o dos bocas, porque algún maestro le habría dicho que él tiene que buscar su propio estilo, su singularidad. A Dios nadie podía decirle que los talleres no sirven para nada, salvo para transmitir una técnica y ciertos trucos para ejercitarla. También, un buen maestro puede transmitir el entusiasmo por el trabajo y sostener al alumno en sus primeros y angustiantes pasos. Esa es la verdadera tarea del maestro: que su aprendiz camine seguro. Claro que está el asunto del talento. Dios habrá leído esas declaraciones en la prensa rosa que hacen los artistas cuando pasan por la alfombra roja rumbo al Oscar: es un tanto por ciento de trabajo y un tanto por ciento de inspiración. A Dios esto lo deja perplejo: el talento no cotiza en Bolsa, no es un Dry Martini cuyo sabor depende de las medidas exactas. Philip Roth, poniendo este dilema en labios de un personaje suyo, actor, dice: “Se tiene o no se tiene y te hace distinto del resto”. Una verdad clara como el agua: el único problema de esta premisa es que la única manera de saber si se tiene talento es aguzando la intuición, para que cada vez sea más sencillo, menos doloroso, crear un producto bello. Un tipo intuitivo, con una buena técnica, es un talentoso. Hay gente que tiene la intuición naturalmente –como el sentido del humor- porque proviene de familia de artistas, o porque es un privilegiado o porque bebe líquido de frenos en ayunas o lo que fuera. Pero hay otros a los que les toca leer hasta la ceguera a sus maestros, escuchar, vivir intensamente, y borronear mil páginas, como decía Isaak Dinesen, “escribir todos los días un poco sin esperanza y sin desesperación” hasta dar con uno mismo. Dios, pobre, no tenía literatura a mano en la que inspirarse.

Y Dios creó a la Mujer
Yo creo que Dios estaba contento con Adán. Era fuerte, obediente, viril, había salido del fango y se había elevado hasta entender el lenguaje de los pájaros. Dios, estoy casi segura, se sentía como Sófocles con su Edipo o hasta con su Ayax. Adán era como la tragedia: todo lo que será el arte dramático en los próximos veinte o cincuenta siglos ya está contenido en ese primer producto griego. Y encima, glosado por Aristóteles. Sin embargo, Adán no era por completo satisfactorio: ni para Dios ni para sí mismo. Dios empezó otra vez con el asunto de la angustia y a pasearse de arriba abajo por el Edén. Necesitaba algo más florido, algo que no estuviera completo, a quien siempre pudiera introducírsele algo nuevo. No quiso que su nuevo ser saliera del arroyo, sino que la hizo de hueso, dura, firme, para resistir e incorporar los cambios. Dios creó a la mujer y con ella vino el problema de los géneros. La narrativa estuvo siempre en boca de mujeres; hasta que los pueblos dejaron de ser ágrafos, siempre fue oral y se transmitió de boca en boca. Homero era un ciego que iba por los caminos; dicen que en los fogones luego de la caza se contaban los hombres cuentos e historias, pero yo –con perdón de la historia- tengo mis serias dudas. No imagino un grupo de hombres juntos, por cavernícolas que fueran, que al acabar de comer no miren la tele o piensen en sexo. En aquel entonces no había tele, dirán mis detractores. Pero había sexo y mucho: miren sino qué rápido se pobló la tierra. La tradición oral estaba en manos de las mujeres, de las viejas, sobre todo. Los cuentos orales, los cuentos de hadas, por ejemplo, tenían el triple objeto de advertir, de enseñar y de divertir. Se contaban en el secreto, en el susurro, o se cantaban en forma de romances, cuando las mujeres se reunían a coser e hilar, a parir, a amortajar. Esta era la vida social de las mujeres: hay que recordar que hasta el siglo XII, se consideraba que las mujeres no tenían alma, y hasta el siglo XX no tuvieron vida política. El chisme, hermano menor del cuento, es invento de las mujeres. ¿Por qué si la génesis del chisme tiene un ADN tan claro e indiscutible, el cuento (un chisme sin final moral) no la tiene? ¿Todo tiene que haber sido idea de los hombres?

Método Strasberg en la escritura
A Dios, sin embargo, el asunto de los géneros –cuento, dramaturgia- lo tiene sin cuidado. Por algo es Dios: le viene una idea y la hace. El problema de los mortales es cómo distinguir cuándo una idea es para drama o para un cuento. Nietzsche decía que el verdadero genio sabe distinguir entre ideas brillantes e ideas regulares a la hora de escribir; pero no hace falta ser un genio para eso, sino ejercer el oficio. Un médico clínico sabe qué es catarro y qué es neumonía. Están los osados que se largan a escribir y ven qué se forma en el papel. A veces tienen suerte y los garabatos se inclinan hacia uno u otro lado. A veces terminan en nada, luego de haber escrito sesenta u ochenta páginas y la frustración es enorme. Aquí, una advertencia: la frustración es un gran enemigo del creador. Observen sino lo que le pasó a Dios con Sodoma y Gomorra. Dios los hizo a su imagen y semejanza y después se les desviaron. Hay, entonces, que aprender de Dios, porque la frustración es evitable si uno anda con rienda corta. ¿Qué necesidad hay de dejarse llevar por la supuesta inspiración y escribir la obra en un día? Roma no se hizo en un día, dice el refrán, y si el aspirante a escritor fuera un genio inspirado, seguro no estaría leyendo ni este artículo ni esta revista. Mejor, entonces, aplicar el Método Strasberg, que además es tan gozoso: habida la idea, investigar y toda investigación debe ser anotada en la famosa libretita de escritor –que puede o no ser una Moleskine como la que usaba Hemingway, según el bolsillo y el esnobismo de cada uno. ¿Cuál es el universo en que se moverán los personajes? ¿Quiénes son ellos? ¿Qué cosas dicen, qué cosas han vivido? Escenas de búsqueda: antes de llegar a la historia que se quiere contar, a estos personajes les han ocurrido ciertas cosas: ¿cuáles? Pongamos por ejemplo que uno de los personajes es manco o rengo ¿qué le pasó para serlo? Segunda advertencia para los aspirantes narcisos: los primeros textos nunca deben ser autobiográficos de pe a pa. Siempre serán vagamente biográficos porque el escribe es uno mismo. Pero en la intención autobiográfica suele enredarse el inconsciente, la angustia crece por la dificultad de esta escritura y todo acaba en fracaso. Para los que, en cambio, desean contar una historia de los suyos en la cual ellos no son el personaje divino y principal, chistoso y querido por las Musas (como Tom, alter ego de Tennesse Williams, en El zoo de cristal) se recomienda disfrazar de otros a los propios. Así hizo Ingmar Bergman en la novela Las mejores intenciones en la cual cuenta los amores de sus padres cuando jóvenes. Bastó que cambiara –que ficcionalizara- sus nombres propios para, en la página 31, poder seguir adelante con su historia. Haber recurrido a la verdad y no a la ficción (que es una verdad pero con sal y pimienta) lo había bloqueado. La ficción abre, la veracidad estanca. Dios, claro, estos problemas no los tuvo: al fin y al cabo, él no posee ni madre ni padre que después lean sus escritos y le echen en cara los esfuerzos que les costó criarlo.

La Voz de la Zarza Ardiente
Uno de los signos a través de los cuales el aspirante podrá saber qué se tiene entre manos es la búsqueda de la voz. Todo texto narrativo, necesita de una voz narrativa que cuente la historia de principio a fin. Paul Auster la llama la música de una novela. Más allá de que la historia sea contada en primera, segunda o tercera persona, la voz que narra tendrá el mismo tono. Podrá haber un relato a voces: dos o tres voces cuentan un hecho –como En el bosque, el cuento de Akutagawa- pero cada una es orgánica y monologa. En este sutil punto es donde el cuento, muchas veces –y sobre todo desde que existe la práctica llamada narración oral en escuelas, teatros y otros antros- se topa con el monólogo. Hay cuentos que son monólogos sin marcaciones escénicas y hay monólogos que son cuentos con didascalias. Una manera de acercarse a la escritura del otro género para cambiar de bando o simplemente experimentar, es la práctica de la primera persona. La primera persona, podríamos decir, es propia de nosotros pecadores: Dios, mucho habrá hecho, pero sobre lo que tenía para decir hay divergencias importantes. Hay quien dice que Moisés le hizo de ghost writer y quien que Dios, para empuñar la pluma, eligió un personaje ficticio, Moisés, para contar su historia. Yo me quedo con la segunda: Dios, convengamos, es escritor.
Alcohólico y escritor.

Babel
Gracias al Método de investigación que el aspirante concretó, pueden aparecer una o varias voces. La recomendación es que la investigación no puede durar menos de una semana, porque las ideas –como el pan crudo- necesitan levarse. Si es una sola voz, se trata inequívocamente de un cuento –o en su defecto, un monólogo-. Pero si son varias estamos delante de este producto díscolo y resbaladizo que es la obra de teatro. Durante el Siglo de Oro, Lope de Vega escribió el Arte Nuevo de Hacer Comedias, un texto en verso –ellos lo hacían todo en verso: desde la lista del supermercado hasta el pensamiento: tenían las meninges formateadas en redondillas y alejandrinos- para leer ante los académicos que lo acusaban de no escribir según las acartonadas normas del teatro clásico. Lope se defiende diciendo: Yo escribo para el vulgo (no quedaba bien que declamara, ni siquiera en verso, “me cago en la normativa de cuatro carcamanes”). No imaginar el vulgo tampoco como los que se retuercen en un caño en la tele. Sino que el vulgo era el público de sus obras, como lo era el de Shakespeare y como también lo había sido el de Eurípides, Aristófanes y Séneca y Plauto. Había pasado de dividir una obra a tres actos y no cinco como lo era hasta ese entonces, recomendaba que el asunto –el plot- no se resolviera hasta la mitad del último acto, para que los espectadores no se levantaran y se fueran, etc. Cerca del final, Lope hace acuso de recibo de una vida en el oficio, un a mi juego me llamaron y escribe: “Me llaman ignorante Italia y Francia./ Pero, ¿qué puedo hacer, si tengo escritas,/ con una que he acabado esta semana,/ cuatrocientos y ochenta y tres comedias?” Así que el aspirante debe dejarse llevar por su intuición a la hora de escribir y no por las sugerencias de Patrice Pavis, hacer leer el texto luego a un actor, dos, tres o los que fueran (para oírlo dicho por otros), si es posible montarlo en escena y si lo que le salió es una porquería, no amedrentarse. Ser escritor es un oficio de tenacidad e intrepidez. Bioy Casares tiró a la basura sus primeras cuatro novelas y Lope escribió mil ochocientas comedias y habrá renegado de más de una. Nunca se debe interpretar un fracaso como una puerta que se cierra. Hay que estudiar qué corriente de aire cerró esa puerta, para la próxima engrasar bien las bisagras y poner un taco para impedir el portazo.
Si el aspirante no tiene el temple de volver a la carga con nuevos materiales escritos, reponerse y superar el supuesto fracaso, entonces la escritura no es para él. Podrá tener un talento endeble, o una disciplina irregular en el estudio o la lectura, o ser adicto a cuanta sustancia esté prohibida por la DEA , pero deberá volver a escribir.
Dios, lo sabe Él mejor que nadie, escribe un drama nuevo todos los días.

Exodo
El punto final es asunto prioritario en la construcción de una obra –narrativa o drama, lo mismo. “Hemos terminado aquí, se dijo Dios (recuerden que él habla de sí mismo con el plural mayestático), ya no le pongo al hombre otra oreja. Las orejas me dieron un trabajo del órdago.” Después se fue a tomar una cerveza. La parte de la cervecita es, en principio, una de las más lindas. Es raro entonces lo que pasa en la barra del bar, porque el escritor que hace dos minutos puso el punto final y se consideró el cerebro más magno que pisó la tierra desde Leonardo Da Vinci a esta parte, de pronto empieza a vacilar. Todo su ser se estremece de odio, porque cae en la cuenta de que ha escrito lo que vaya a saber cómo lo diría Lope en verso, pero que el aspirante, frente al vaso vacío de blondos bálsamos llama “una cagada frita; escribí una cagada frita”. Este sentimiento es completamente natural y forma parte del proceso: ¿o cómo creen ustedes que se sintió Dios cuando vio lo que le salió con Caín? ¿Y qué se creen que piensa de la gallareta, por ejemplo, que no sirve ni para la caza?
Sería apropiado en estos casos, que el aspirante a escritor concurra a bares donde el barman o cantinero sea una buena persona. Tal vez, hasta un amigo. De manera que cuando el aspirante sucumbe y se siente poco menos que un analfabeto, el barman lo meta enseguida en una camisa de fuerza e impida que corra a su casa, abra la PC y borre el word que contiene la obra, la ilusión y las noches en vela.
Una obra nunca es muy muy ni tan tan. Para eso está la corrección. Hay que pensarlo así: Dios no corrige y estamos como estamos. Nosotros, corregimos.
El oficio de escritor es un arrastrarse por completo.

Cuarenta días en el desierto
Hay obras a las cuales, en el proceso de corrección, sólo hay que cambiarles una coma de lugar. Hay otras de las que deben hacerse ocho versiones. El aspirante, por supuesto, se queja de la arbitrariedad de los materiales. Sucede que trabaja materiales vivos, el texto tiene una vida propia que ha ido alejándose de él, en la medida en que lo daba por acabado. Una obra es propia y ajena –no incluyendo aquí a los plagiarios, claro-. De todas maneras, aspirante, van estas palabras para ti: salir con una chica rubia y caprichosa te pareció bien, y te pareció bien también que la que la reemplazó fuera morocha y la última que te tocó en suerte pelirroja y con rulos. No se te ocurrió decirte que todas debían ser rubias, no las perseguiste con un frasco de tintura para el cabello como un maníaco. Resumiendo: ¿por qué venir a quejarse ahora frente al texto, que ni siquiera te hizo pagarle las bebidas?
Es sabido que los genios no corrigen: Mozart apenas si tocaba las partituras y DH Lawrence prefería escribir toda la novela de nuevo a corregirla. El cuento, decía Borges, admite unas pocas correcciones una vez terminado. Lamentablemente, los genios están al otro lado del mundo. Nosotros estamos acá, con la autoestima hecha trizas, leyendo con atención el maldito manuscrito que hicimos y dudando acerca de si echar al té caliente unas gotitas de limón o de cicuta. Para el que elige el limón, es preferible que corrija por tramos. Dividir el proceso en dos o tres partes (una corrección de rigor, de redacción y ortografía, otra de coherencia –si el personaje es manco al principio, que siga siendo manco al final-, otra sobre la filosofía de la obra, etc.) Una vez que el proceso terminó –puede llevar de una semana a meses-, recomiendo al aspirante ir a la bodega más cercana a surtirse de bebidas varias o bien pedir un modesto crédito en el banco para pagar cuentas de restaurantes a los que deberá invitar a los amigos. Ahora le toca el turno a la opinión del otro. (Piensen que esto puede ser ingrato, pero ¿qué hubiera pasado si Dios hubiera podido consultar, o dejar sujeto a consideración de otro, sus creaciones? ¿Hubiera, Creaciones Jehová Sociedad Responsabilidad Limitada, dado por resultado algo como el mosquito, por ejemplo? ¿Alguien hubiera podido aprobarle la creación de la tarántula o la mamba negra?) Aquí viene para el aspirante el arte de no cargosear. Hay que enviar el texto a los amigos –aquellos que saben qué está buscando uno no sólo en la literatura, sino en la vida- y son capaces de opinar con franqueza, respeto y distancia. No el amigote para el que va a estar todo bien y te pongo el pecho. Tampoco el analfabeto que te copiaba en la escuela. Traten de encontrar alguien equilibrado –si existe-, pídanselo a título de favor –que lo es-, y luego agasájenlo por haber tenido la generosidad de leer el texto y opinar. Recuerden que la mayor parte de la gente cobra por hacer esto y el amigo lo hace de onda.
También le pueden solicitar una primera lectura a un pariente. El que se lo pide a madre o padre, que lo haga bajo su propio riesgo. También puede funcionar un hermano, siempre que no sea ése al que uno de niño le gritaba Maricón o cosas peores. Respecto de esposos, novios y amantes, para la primera lectura de un texto no son recomendables. Puede suceder que contesten como esos maridos que hace cuarenta años que están casados y cuando antes de salir, la esposa les pregunta: “¿Cómo me veo?” –y la pobre se ve como una torcaza con peluca- responden sin mirar: “Preciosa”. Y también puede pasar que el partenaire monte en cólera y descubra vaya uno a saber qué perversos deseos de traición del aspirante y venga después una ruptura.
Quizás para una segunda o tercera opinión sobre el texto, el aspirante precise de alguien con experiencia en el gremio y le escriba a un maestro. Puede ser muy enriquecedor, sobre todo si esta lectura ha sido antecedida por otras. Porque un maestro, por muy buen maestro o muy buena persona que sea, no es un vínculo afectivo del aspirante. Y si es muy duro en la crítica, puede deprimir al futuro escritor. También, hay que reconocer, los maestros tienen malos días: cuentas por pagar, jaqueca y síndrome pre.menstrual. En cambio, si el escritor ya recibió algunas críticas, está preparado para recibir otras mayores. Imaginen que a Dios le decían: “Pibe, esto de dividir la luz en dos actos, Noche y Día, es una porquería. Tenés que hacerlo en tres actos. Aparte, dos personajes solos en un jardín, charlando, es muy burgués. La Commedie Française lo hizo hasta el hartazgo. Probá con un tercer personaje, algo distinto. No sé, una serpiente…”

Apocalipsis
Por lo visto, entonces, no hay recetas para ser buen escritor y en líneas generales, los sistemas para narrar o escribir dramas son similares. El narrador deberá iniciar su vía crucis editorial y cuando el libro salga se sentirá feliz, satisfecho o se arrojará a las vías, preferentemente en el cruce de Diagonal Norte para que todos los infelices pasajeros lleguen tarde a sus trabajos. La obra de un escritor termina en los ojos de un lector. Sólo el escritor responderá por ella.
El dramaturgo, en cambio, papeluchos en mano rotará a fin de interesar en la puesta en escena a los directores (mal endémico) y a los productores (mal necesario). (Recuerden que aunque para Dios, el Diablo es un enemigo y un rompe guindas metafísico, sin el Diablo, Dios sería otro desocupado más que vive del seguro de desempleo.) Un buen día, alguno decide hacerla. El dramaturgo es casi feliz, pero aquí cae por primera vez en la cuenta que la obra teatral, aunque es un género literario completo, autosuficiente, etc., como cualquier otro texto, a la hora de subirla al escenario es un texto trunco que debe completar el director, el actor, el bailarín y si uno se descuida hasta el boletero se mete de partícipe en la obra en la que uno solo y su alma se quemó las pestañas durante diez meses. De todos modos, no hay aquí tutía. El teatro es así y el dramaturgo que no quiere que le toquen y modifiquen el texto que emigre a otro país donde no se hable español o bien que se suicide para ver si en encarnaciones posteriores tiene mejor suerte. A lo mejor reencarna en un director. Si ni siquiera Dios tuvo suerte cuando le agarraron los escritos San Jerónimo, los Testigos de Jehová y los Mormones, ¿por qué nosotros habríamos de tenerla?

Los hechos de los Apóstoles
Un detallito de color que no deja de llamarme la atención es que en la Argentina, el público lector considera escritor a quien escribe libros. Un narrador es un escritor. Un poeta, en cambio, es un poeta. Un dramaturgo, por lo general, un donnadie. Aunque el lector sea docto –con esto quiero decir, sea conciente de que detrás de la obra que va a ver hay alguien que se desgañitó los sesos escribiendo- no lo considera escritor. Salvo excepción, para el lector argentino los dramaturgos-escritores son Shakespeare, (a los griegos no los conoce) y Tito Cossa. Si le hablan de Discépolo dice que Uno es su tango preferido. Probablemente, esto se deba al divorcio que padece el texto teatral del formato libro. Cada vez se editan menos libros de teatro, cuando cada vez deberían editarse más. Es más que una estrategia de marketing, es mantener el oficio vivo para que no desaparezca como desapareció ya la alquimia o la cetrería. Estoy segura de que fue Dios con su propia mano quien creó a Dan Brown para que saliera con el infundio ese de El Código Da Vinci y pusiera otra vez la Biblia en acción.
Para los escritores el reconocimiento no es tan simple. Declarar que se es un escritor en un aeropuerto, hace sonar las alarmas y te miran como si fueras el que sopló a Bin Laden un par de ideas al oído. Declararlo en la verdulería es sinónimo de: “Ah, no trabaja” y en el caso de que se trate de una escritora es “Ah, es puta”. Declararlo en un bar hace –con diferencias según el sexo- o levantarse chicas o que el tipo que tenés enfrente considere que decir “escritora” es llevar un cartel luminoso que dice “tiráteme encima, ya mismo, papito”. Ser escritor es un oficio de sobrevivencia; no sé por qué el National Geographic no nos dedica programas como los de esos tarados que se meten a chapotear en un pantano lleno de cocodrilos y salen ilesos.
El dramaturgo, no obstante, lo pasa un poco peor: si alguien dice, por ejemplo, en una recepción: “Yo soy dramaturgo” es probable que le pregunten: “Ah, qué bien, un aristócrata. Esa marca está cerca de San Marino, ¿verdad?” o, en su defecto, lo contemplarán como a un dodo, un animal extinto.
Se podría decir que Dios no pasa por este tris, pero tengan en mente que cuando se hizo hombre y bajó en la forma de Cristo Jesús, le preguntaban quién era él y Él, por usar seudónimo o por falsa modestia, contestó El Hijo de Creador y ¡zápate!, lo crucificaron antes que cante un gallo. Si como Hijo del Creador le fue así, como el infeliz llegara a decir que era el Creador mismo, no quiero ni pensar qué le hubieran hecho.
En suma, este es un oficio que se las trae elija uno el género que elija. La queja está a la orden del día y el libro de quejas lo garrapateamos todas las mañanas. La pregunta del millón que debe hacerse cada aspirante, cada escritor y que yo me hago indefectiblemente como el saludo al Sol es: “¿Podría hacer otra cosa?” “¿Cambiaría este oficio por otro?” Y si la respuesta es No o Nunca jamás, entonces está todo bien. Uno, mal que le pese, logró pasar de aspirante a escritor y ahí se queda con su sueño cumplido.


 Publicado en la Revista del INT

1 comentario:

  1. Nooooooooooooo, no puedo dejar de leer este blog!!! Gracias Patricia Suárez!!

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