Algo me está pasando. Monólogo para 1 hombre

Marcel:
Antes no era igual.
Yo me sentaba acá y esperaba que ella pasara, eso sí. Pero era distinto.
Me preguntan: ¿qué era distinto?
Había viento, les digo. Se volaba todo. Tenía que agarrarme el gorro con las dos manos.
Contesto así por decir algo.
Para sacármelos de encima.
La gente me tiene harto, tanta estupidez, tanta seguridad: nada más que ellos saben por dónde va el camino recto; lo que hay que hacer, lo que no hay que hacer... Ellos caminan el camino recto y yo voy por cualquier lado, eso es lo que pasa.
Sí, sí, digo. Sí, sí, tiene razón, señor.
Usted sigue la bohemia, anda un poco por acá, un poco por allá. La sigue a la muchacha con los ojos y ella ni siquiera lo mira. Altanera, lo desprecia. Le echa en cara que usted sea tan poca cosa y ella poco menos que una diva. Más linda que un ángel, más mala que el hambre.
Levántese de la silla. Vuelva al camino. Haga su vida como un hombre.
Ande por el puerto, emborráchese con los marineros.
Cruce la bocacalle atento a la luz del semáforo; acompañe a un ciego.
Palmee el lomo de los perros vagabundos.
Así recomiendan ellos.
Sí, sí, repito. Sí, sí, tiene razón, señor. Lo voy a hacer, señor.
Silbe a las mujeres que se contoneen, dice.
Vaya a acostarse con alguna: eso corta cualquier obsesión. Conozco una que se llama Margarita y está en la esquina de… Hay una, la Pelirroja, tiene un departamentito en… y ahí lo puede atender. Carmencita, recibe en el hotel tal…
Todos conocen una mujer para salir del apuro.
Pero mi corazón no está apurado.
A veces ya ni lo siento; estoy muy gordo.
Hace diez años escuchaba el tic tac, tic tac. Y cuando ella pasaba el corazón golpeaba tan rápido que parecía que iba reventar.
Hace diez años que la veo ir y venir.
Sidonie. Ese es el nombre.
Alguien una vez la corrió para entregarle un paquete y la llamó por su nombre. Una compañera, otra con el mismo delantal.
Usa un vestido azul, seriecito. Es un uniforme, trabaja en la perfumería. Allá, de acá se se ve bien el cartel de letras verdes. Hace las tres cuadras despacio, tiene la suerte de vivir cerca del trabajo, no tiene gasto en transporte. A lo mejor ella no piensa que es una suerte. Siempre el mismo vestidito azul, y cuando vuelve la sigue el olor de perfume que trató de vender por la tarde y se estuvo probando o se le quedó pegado. No siempre es un perfume barato. Ella debe recomendar perfumes ricos, a flores. Ella huele como una flor abierta.
Los domingos no vengo. Es cuando se debe ver diferente, pero justo yo no la puedo ver. Todo debe ser diferente. Si tuvo novios o pretendientes, hasta debió pasear con ellos de brazo, por acá.
Yo los domingos estoy lejos, en otra parte. En medio del río, pescando. Es lindo pescar, después frío todo a la noche y mis hermanos disfrutan del pescado frito.
Me da risa el ruidito del pescado en la sartén, es como un risa ese ruidito. Le echo orégano, pimienta negra, sal, aceite de oliva.
Nos sentamos, comemos el pescado.
Ellos dicen:
-Marcel: Cuándo vamos a conocer a Sidonie?
Creen que es mi novia, que un día de estos nos vamos a casar.
-Es muy tímida –les digo- tiene miedo de conocerlos.
Desde la cocina, mi madre grita:
-El amor es un pájaro rebelde.
Yo después ayudo a lavar los platos.
Nos acostamos muy tarde; son lindos los domingos, la familia…
Pero algo me está pasando, creo yo.
Porque el lunes, después el lunes me cuesta levantarme. A veces ni siquiera tomé un vaso de vino y me cuesta levantarme igual. Me hago el propósito de hacerlo a tiempo, pero se me pega la sábana.
Llego tarde a mi banco y ya no la veo pasar. Ya pasó por ahí.
Antes esto no me pasaba, antes yo era distinto.
Estaba más enamorado o tenía esperanza, no sé.
Antes era distinto.
No cambió nada, pero yo no lo puedo entender.

Era distinto.

Fin del monólogo

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