Adicta a las series


Lo que halla de común entre un médico que maltrata a sus pacientes, un publicista buen mozo pero infiel, un capomafia urbano, un político corrupto, un mafioso en Finlandia, un fabricante de metanfetaminas, un niño que vuelve de la muerte y yo, es un misterio. Pero me vi todas: Dr House, Mad Men, Los Soprano, House of cards, Lilyhammer, Resurrection y ahora Breaking bad. De hecho, muchas de las personas que me rodean son adictas a las series que ven por Internet (en algunos portales legales de películas como lo son Netflix, Apple TV o Amazon TV y en otros sitios que lo son menos como Cuevana o Series Pepito). Al parecer hay unos signos para detectar cuando de verdad tenés un problema con la adicción a las series, o como se llama a los individuos que lo padecen: seriéfilos o bingers. Lo básico es que empezás a descuidar tu entorno social porque preferís encerrarte a mirar series, muchas series. Dejás de lado salidas con amigos o familia, le robás un poco de tiempo a la pareja y los que tienen las series en la tablet que portan encima, las ven todo, todo el tiempo que pueden. Uno almuerza viendo series, viaja en subte viendo series, cena viendo series y lo último que hace a la noche antes de caer dormido, es ver series. El problema es que las series son de nunca acabar. Quien se fanatiza por House of cards, por ejemplo, una vez acabadas de ver las dos temporadas no finaliza para siempre la experiencia de ver series. Se pasa a otra serie a la espera de que hagan una tercera de House of cards o lo que sea. Los investigadores de Neuromarketing Labs midieron las respuestas física de 70 personas a las pusieron a ver series. “Cuando el espectador es expuesto a sus series favoritas, su sudoración se incrementa y los latidos de su corazón y su respiración también se aceleran.” Cosa que no pasa si te sentás a ver una serie que te es indiferente (y creo yo que este es uno de los motivos por lo cual todos los bingers lo son en soledad; nadie se reúne con cinco o seis amigos a ver series toda la noche). Los investigadores aseguran que el cerebro llega a una especie de orgasmo con determinados personajes, y dan como ejemplo a Sheldon, de “Big Bang Theory”; en “The Walking Dead” es Daryl  y en “Cómo conocí a vuestra madre” es Ted Mosby. En mi experiencia personal, haber visto Los Soprano todo un enero, me embriagó a tal punto que a veces, en la calle, me parecía ver a Janice, la hermana de Tony, comprando en el supermercado chino o a Chris tomando cerveza por los pubs del bajo. Cierta vez, el que en ese entonces era mi marido, llegó de un viaje a las 6 am. Yo me había dormido a la madrugada viendo Mad Men y les puedo asegurar que el recibimiendo amoroso que le hice, medio dormida aun, fue convencida de que lo hacía con el guapísimo Don Draper. Algo parecido me pasó recientemente, nada más que con Walt White, e incluso toqué la espalda de mi compañero pensando en la cicatriz que le había dejado la operación del cáncer de pulmón. De más está decir, que gracias a Dios, mi compañero es sanísimo. Uno hace entrar a los personajes de las series a su vida cotidiana, de pronto se vuelven familia y se pasan el día con uno. Ver series es como leer una novela de 500 páginas: cuando estás por la mitad del libro sabés que se convertirá en parte de tu vida. La buena noticia médica es que desde el punto de vista hormonal las series tienen un efecto calmante, aun cuando sean violentas o de terror.

En un artículo publicado en Time en el mes de enero, explicitaban los cuatro mecanismos por los que las series se implantan en nuestro cerebro: ráfagas visuales (una edición veloz de lo que sucede en la escena), control total de la escena (cuanto más detalle hay para mirar más atento está el espectador), sexo a rolete (los seres humanos sentimos una atracción biológica a mirar congéneres nuestros teniendo sexo) y por último, violencia. Más aquí el detalle: no se trata de cualquier violencia estilo película de acción, sino una violencia justificada por la moral elevada o las buenas intenciones del protagonista. La científica Anne Bartsch publicó en la Science Daily que “Las descripciones de violencia que son percibidas como significativas, conmovedoras y provocadoras de pensamientos, pueden fomentar empatía con las víctimas, admiración por actos de valor y belleza moral a la luz de la violencia. Lo que significa un auto-reconocimiento a los impulsos violentos”. Dr. House maltrata a los pacientes para salvarlos; Tony Soprano manda a matar soplones pero quiere ser mejor persona y por eso va a terapia y a Walt White ya en el primer capítulo le diagnostican de cáncer y se dedica a comerciar con metanafetaminas para dejarle dinero a su familia gaste dinero, ¿quién puede culparlo si tiene que matar a alguien? Es más, cómo perderse en el siguiente capítulo la manera en la que conseguirá el pobre hombre deshacerse del cadáver. No creo que las series contagien su violencia, ni las vuelva más sanguinarias; pero sí creo que hablan del enorme hambre que tenemos las personas porque nos cuenten historias de todo tipo. Yo creo a veces que son, en el fondo, como eran aquellas rondas que hacían las vecinas en la vereda para pasarse los chismes. Hablaban sobre personas cercanas y contaban sobre ellos historias increíbles. Las series nos animan a vivir lo increíble, y en general nos enganchamos porque nos hacen vivir lo increíble. Es cuestión de animarse a verlas. 

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