Desde una lectura ingenua, quizás algunos supongan exagerado el título de este prólogo. ¿Acaso es compatible la ciencia con la impunidad? En teoría los científicos son gente meritoria y sus producciones están destinadas a un ámbito preclaro que busca el avance del conocimiento en beneficio de la humanidad. Tal vez otros puedan argumentar, que unas “simples” imágenes son menos peligrosas y casi inocuas frente a lo sucedido con otros aspectos del genocidio indígena como las matanzas de prisioneros, las violaciones masivas a manos de la soldadesca, su hacinamiento en campos de concentración, la contaminación bacteriológica en instalaciones de la Marina o el reparto de niños como si fuesen “perritos”. Todas estas aristas son parte de una misma realidad como las fotos que integran Desmistificando El Familiar... que nada tienen de simples y que evidencian como la ciencia se va a acoplar a la perversa trilogía de la espada, la cruz y el capital, algo que pocos se atreven a mencionar quizás temiendo probables represalias académicas en sus puestos de trabajo o el ostracismo de sus producciones teóricas. La cuidadosa compaginación de las imágenes que ilustran este material, son huellas y pruebas concluyentes de la impunidad de científicos proclives al colonialismo mental. Las reproducciones testimonian el horror silencioso al que fueron sometidos una cantidad indeterminada de personas. Para Estanislao Zeballos, Francisco Pascasio Moreno, Carlos Bruch, Robert Lehmann-Nietsche y tantos otros exponentes ilustrados que dieron por sentado que la historia nunca dejaría atrás la oscura página del racismo, nos encontramos en los albores de un nuevo paradigma. La historia avanza contradiciendo el dogma oficial y oficioso. Tal vez no lo hace con la velocidad que deseamos, pero avanza. Sin embargo esa evolución no es gratuita ni se debe a mutaciones al azar, es producto del empuje de esfuerzos excepcionales de personas imprescindibles. Me permito parafrasear al dramaturgo Bertold Brecht cuando asegura que “existen hombres que luchan un día y son buenos, otros que luchan un año y son mejores, pero existen otros, que luchan toda la vida: esos son imprescindibles”. Afortunadamente en nuestro medio tenemos ejemplos como los de Alberto Rex González y Osvaldo Bayer que supieron trasmitirles a investigadores esclarecidos, como por ejemplo Diana Lenton, que la acumulación del conocimiento resulta inseparable de los valores éticos, condición que va de la mano de la necesidad de justicia y de la reparación histórica. Precisamente, gracias a la extraordinaria labor de esta nueva camada de antropólogos entre los que sin dudas sobresalen los integrantes de GUIAS, nuestros ojos llegan para dar cuenta de la naturalización de la violencia “objetiva”. La tarea desarrollada por Fernando Pepe, Miguel Añon Suárez y Patricio Harrison no consiste ni se remite a la mera publicación de una serie de negativos recuperados de los laberintos del museo platense, algo de por sí meritorio. Retomando de alguna manera la senda iniciada hace unos años por Xavier Kriscautzky en su excelente Desmemoria de La Esperanza, GUIAS también incursiona más allá de los aspectos de forma o editoriales y procura quebrar la invisibilidad a la que fueron sometidos los “trabajadores” del ingenio al relacionar las imágenes con los datos que consiguieron recuperar en un intento por devolverle la dignidad al fotografiado, desligándolo de esa sensación que provoca el muestrario de indígenas de frente y perfil, que remite inevitablemente a los prontuarios criminales, algo que subyace con total claridad en el muestrario de Lehmann-Nitsche. De ese modo, desde una actividad antropológica tan minuciosa como militante de lo que debe ser la ciencia, GUIAS viene bregando por la restitución de restos humanos como los de Damiana, Inacayal, Calfulcurá y tantísimos otros que deben ser prolijamente repatriados a sus comunidades como se pone en evidencia en sus exhaustivos trabajos anteriores Identificación y restitución: “Colecciones” de restos humanos en el Museo de La Plata (2008), “Iconografía”: los prisioneros de la campaña del desierto, de la isla Martín García al Museo de La Plata, 1886 (2009) y Feuguinos en el Museo de La Plata (2010). En su mayoría, las imágenes tomadas a los indígenas durante el último cuarto del siglo XIX hasta mediados del XX siguen un derrotero que pone en escena un itinerario de cosificación, violencia y sometimiento que nada tiene de ingenuo. La invisibilidad desciende sobre el indígena fotografiado y se convierte en un signo que poco y nada tiene que ver con su mismidad de ser humano. Lo podemos rastrear en las tomas de Antonio Pozzo en 1878 a Vicente Catriano Pincén en su estudio de Victoria 590 donde lo expone ante el lente de la cámara como un cacique indómito de torso desnudo al cual El Mosquito califica de “repugnante, inmundo, asquerosísimo” (Valko 2010: 158) hasta desembocar en las imágenes de Estanislao Zeballos tomando mate mientras exhibe displicente y orgulloso un grupo de cráneos que acaba de profanar de una sepultura en Trarú-Lavquen y que “casualmente” posan mirando hacia la cámara (Valko 2010: 389). También en los feuguinos que Juluis Popper acomoda a picaccere una vez asesinados, colocándoles arcos y flechas en las manos para simular una muerte en combate (Popper 1887: albúmina 51). Lo advertimos en los exóticos “caníbales conversos” del padre Beauvoir (GUIAS 2010: 38). Más tarde, ya entrado el siglo XX el rastro continua en el Malón de la Paz de 1946 donde las representaciones muestran a los kollas como un contingente sumiso y “satisfecho” de recibir un par de alpargatas en lugar de sus tierras ancestrales (Valko 2008: 366); incluso en los pilagás que retratan las revistas de la Gendarmería Nacional para afirmar que el Escuadrón 18 de Las Lomitas nada tuvo que ver con la mayor matanza de indígenas del siglo XX producida en 1947 en Rincón Bomba (Revista GN N° 101 y 120), genocidio que a mi juicio marca el fin de la Conquista del Chaco. En dichas publicaciones castrenses, los indígenas asumen un papel de extravagantes danzarines o mendigos pauperizados que reciben dadivas del generoso Escuadrón 18, pese a lo cual, demostrando lo “desagradecidos” que son los pilagás y wichis producen El Ultimo alzamiento indígena tal cual reza el titulo de la nota que la Revista de Gendarmería Nacional adjudica a la tremenda masacre desatada el 10 de octubre de 1947 (Revista GN 120: 17). La ilación de los distintos episodios que acabo de enumerar, aunque parezcan un tanto sinuosos o incluso esquizoides, resulta clara: los indios son sucios, salvajes, exóticos, piadosos, sumisos, mendigos y alzados desagradecidos. Son meros objetos. Son la presentificación de una ausencia impuesta. Son todo eso a la vez. Es decir, no son. Las fotos tomadas a principio del siglo XX por el entomólogo Carlos Bruch, al servicio de la “expedición” de Robert Lehman Nitsche al Ingenio La Esperanza en poco y nada se diferencian de las de sus colegas Antonio Pozzo embarcado en el rally roquista o las de Arturo Mahile durante El Viaje al país de los ranqueles de Zeballos, en ambos casos la iconografía se pone al servicio de los vencedores y nos cuentan su relato de impunidad. Las reproducciones de Bruch de 1906 no hablan, pero dicen. Parecen quietas en su inmovilidad, pero acusan, señalan sin necesidad de apuntar con el índice. Rompen y se evaden de su destino de jaula de papel. Sus miradas eternizadas por el dolor y el espanto incriminan la “objetividad” de científicos que fueron celebrados en su momento por el mundillo académico como autoridades indiscutibles. Zeballos fue uno de los fundadores de la Academia de Ciencias, Moreno fue director vitalicio del mayor museo de ciencias naturales del país y Lehmann-Nitsche durante un largo período fue responsable del Departamento de Antropología Biológica del museo platense. Evidentemente la Zanja de Alsina nunca abandonó del todo el imaginario argentino, y contribuyó a depositar del otro lado del foso a una constelación de individuos, etnias y agrupaciones que fueron inferiorizados, juzgados como indeseables o quistes a extirpar del cuerpo de la Nación. Hoy son ellas quienes juzgan a una elite que fue no sólo opresora del mundo indígena sino también represora feroz de elementales reivindicaciones obreras. Basta recordar que la Ley de Residencia 4.144 redactada por Miguel Cané y puesta en vigor durante la segunda presidencia del general Roca que determinaba la expulsión de los extranjeros de ideología disolvente, data de 1902. Cuatro años después, en momentos en Samuel Lafone Quevedo era director del Museo de La Plata, se realiza la expedición de Roberto Lehman-Nitsche para ver de cerca a esos otros “extranjeros” que habitan más allá de la Zanja. La gran concentraciones de braceros para la zafra fue una gran 'oportunidad' para realizar mediciones de talla, de peso, de tipologías de cabellos y demás caracteres somáticos donde Roger y Walter Leach, dueños del ingenio azucarero pusieron al servicio de la expedición masas de indígenas que Lehmann-Nitsche describió como “brazos baratos que constituyen un cuerpo de obreros sumamente barato y sin pretensiones” (1908: 54). Estos indígenas “sin pretensiones” eran conchabados por sumas irrisorias, sumas que para colmo, terminaban en la caja registradora de los almacenes de La Esperanza. En ese entonces cuando Lehmann-Nitsche se fastidiaba de las mediciones de membranas natatorias, cráneométricas o índices faciales, descansaba la vista de una manera cuando menos 'curiosa', mandando retratar indígenas desnudas, tal como él mismo confiesa “para conseguir algo de variedad y para no cansar a la vista, hemos alternado los relevamientos matemáticos con otros de índole artístico” (Lehmann-Nitsche 1908: 55). Vale aclarar que, cuando el joven investigador ordenaba tales fotografías “artísticas” contaba con 34 años. ¿Hasta donde llegaba la impunidad y la falta de ética del científico europeo? Sin embargo, y más allá del esparcimiento erótico, Lehmann-Nitsche tenía muy en claro que se encontraba del otro lado de la Zanja de Alsina, donde habita la “barbarie”, por eso resulta casi natural que el especialista sumergido en medio de miles de braceros indígenas “descubra” y “describa” fisonomía de matacos “sirios”, de chiriguanos “hebreos”, de chorotes “zulúes” que, como no podía ser de otra manera, poseen rasgos “primitivos” o “degeneramientos” diversos, y obviamente “suciedad” y “piojos”. Las huellas de la impunidad académica impregnan hasta los epígrafes impuestos por estos sucesores del “perito” Moreno que como ya sabemos, no se conformaba en coleccionar cientos de cráneos de “los últimamente vencidos” sino que también se complacía en apropiarse de 'especimenes` vivos como los caciques Foyel e Inacayal con sus respectivas familias a quienes sacaba a relucir cada vez que recibía ilustres visitas del extranjero. Afortunadamente, hoy, otra sensibilidad devela este conjunto de huellas que permiten vislumbrar el destino de millares de seres humanos. Recuperados los rostros de la oscuridad de los sótanos del Museo de La Plata, donde aquellos negativos de vidrio se habían extraviado para que la desmemoria terminara su labor de carcomer las identidades de estos auténticos prisioneros del enorme archipiélago del Gulag argentino. Un siglo después de la exposición forzada ante el ojo de la cámara, resulta conveniente llamar la atención sobre el curioso extravío de tales negativos. Es algo más que la habitual desidia administrativa a la que estamos acostumbrados y que termina arruinando el patrimonio que debe salvaguardar. En este caso, la motivación huele a otra cosa. ¿Por qué un esfuerzo documental tan importante que en su momento insumió recursos considerables como la “Expedición Científica” al Ingenio La Esperanza termina “extraviada” en los sótanos? Dado el problema que últimamente se viene suscitando entre las comunidades que reclaman la restitución de restos ancestrales y cierto establishment académico que, los considera un bien patrimonial cuyo desprendimiento empobrecería al Museo de Ciencias Naturales, parece más probable situar el extravió de estos negativos en tal disputa, a los cuales alguien, con absoluto conocimiento de causa, prefirió hacer desaparecer para ocultar las pruebas de la ignominia y exonerar a los culpables de tanto cautivo de la ciencia. Estas imágenes que aunque pretenden instalarse como excusas de superioridad, en tanto signos, no son univocas, por el contrario su rasgo distintivo es la equivocidad semántica. Significa que poseen más de un sentido. Al igual que una moneda, tienen al menos dos caras y ponen en juego la relación dialéctica de amos y esclavos, circunstancia que de algún modo nos remite a aquel debate entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas realizado en Valladolid en 1550, donde se puso en discusión la calidad humana del habitante de América. La tesis que sobrevoló la erudita discusión realizada en latín, claro está, y que se desarrolló durante largos meses, fue la concepción aristotélica acerca de que el estado natural de la sociedad humana no es la igualdad sino la jerarquía. Siglos después, en las tomas ordenadas por Lehmann-Nitsche advertimos un posicionamiento similar, una gradación entre fotógrafos y fotografiados, de dueños y siervos, de carceleros y presos, de hombres y subhumanos. De un lado tenemos las miradas que atestiguan un Fin del Mundo. Nos observan desde aquella desolación con ojos que pertenecen a náufragos sin islas. No es una metáfora. ¿Acaso tenían algún sitio donde asirse para refugiarse del accionar de militares, eclesiásticos, empresarios y científicos? Del otro lado, advertimos en los márgenes del punto que captura la atención de la foto, detalles que evidencian la presencia siniestra de los científicos satisfechos de exhibir sus presas colocándolas en el portaobjeto del lente de la cámara, disponiendo de sus especimenes a los que obligan a posar para el zoológico académico. Es muy elocuente ese residuo de significación que se agita con desparpajo en las orillas perceptivas. Algunos pueden suponer que se trata de un producto del descuido o del azar. Sin embargo, tales emergencias subliminales expresan una serie de situaciones tan trascendentes como la figura donde se concentra la atención. Advertimos como por momentos se asoman en la composición de la toma o a través de detalles sutiles como una cama junto a una mujer desnuda, o emergen en la sombra de un asistente frente a las miradas de miedo o de curiosidad del indígena frente al trípode de la cámara. Otros signos son más difíciles o confusos de distinguir como manchas de sangre en los labios de alguna mujer o en el varón que se ve obligado a cerrar sus piernas para ocultar sus genitales y brindar una imagen femenina. ¿Qué significa toda esa parafernalia escenográfica? Tales composiciones fotográficas no son errores, ni deslices, ni mucho menos ciencia, son mensajes mafiosos de la impunidad académica. Los integrantes de la expedición al ingenio tienen un ansia de protagonismo que corre parejo con su sensación de superioridad. Sin embargo estos detalles que venimos mencionando, por su origen sígnico son equívocos, significan y se escapan de la intencionalidad de Roberto Lehmann-Nitsche y Carlos Bruch conducen el recorrido de nuestra percepción haciendo foco en los rostros que, aun en los pocos casos donde esbozan una tímida sonrisa, acusan a una elite opresora e incluso hasta nos avergüenzan de nuestra posición de voayers privilegiados que mira a unos y otros. El ingenio azucarero La Esperanza donde se obtuvieron estas fotos no es otra cosa que una ventana que nos permite asomarnos a uno de los tantos campos de trabajos forzados para indígenas inaugurados en tiempos de Adolfo Alsina y Julio Roca. Es una ventana a la más cruel impunidad que, como el Apocalipsis tuvo cuatro jinetes. El capital que heredó los 42.000.000 de hectáreas de las naciones originarias; la religión con su Consejo para la Conversión de Indios al Catolicismo rememorando los primeros tiempos de la Conquista; el Ejército que repartió medallas al por mayor por la supuesta proeza militar de llegar al río Negro, mientras que diarios de aquel entonces como La Libertad afirmaban “Qué gloria podría reclamar el General Roca, por el hecho de ir a pasear a un campo conquistado” (Valko 2010: 167). Pero también existe un último jinete, una impunidad de la que casi nadie habla, una impunidad científica que, al igual que la religión, sirvió de cobertura ideológica al genocidio y posterior cosificación de los pueblos originarios. No hubo Conquista del Desierto, hubo una Construcción del Desierto que siguió a rajatabla aquel dogma de Zeballos: “La Barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos” (Zeballos 1881: 237). En definitiva se trató de una cacería donde los cuatro jinetes obtuvieron su regia tajada. Ha pasado largo tiempo desde la época en que Francisco Moreno escribe a su padre dando rienda suelta a su éxtasis ante la abundante cosecha de cráneos que va recolectando en sus expediciones: “la cabeza [de Catriel] sigue aquí conmigo; hace un rato que la revisé pero aunque la he limpiado un poco, sigue siempre con bastante mal olor. Me acompañará al Tandil porque no quiero separarme de esa joya, la que me es bastante envidiada” (Moreno, E. 1997: 66). Hoy nuevos aires soplan en los pasillos del Museo como lo prueba la reciente restitución de Damiana a los Aché, realizada en junio de 2010. Frente al material que devela Desmistificando: El Familiar... Frente a esos ojos muertos que siguen mirándonos desde estas paginas existen dos caminos a seguir; o nos convertimos en una suerte voayers que asisten a una función sin fin de pornografía científica, o nos plegamos a la denuncia de GUIAS y a su trabajo de divulgación de lo ocurrido para que los restos humanos de los prisioneros de las campañas militares dejen de ser trofeos de guerra que habitan frascos, vitrinas, y probetas, puedan recuperar la dignidad humana y sean restituidos a sus comunidades de origen.
Marcelo Valko Titular de la cátedra Imaginario Étnico, Memoria y Resistencia de la maestría en DDHH de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo

