La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

jueves, 26 de mayo de 2011

La doncella guerrera - Romancero español


En Sevilla a un sevillano siete hijas le dió Dios
todas siete fueron hembras y ninguno fué varón.
A la más chiquita de ellas le llevó la inclinación
de ir a servir a la guerra vestidita de varón.
Al montar en el caballo, la espada se le cayó
por decir ¡maldita sea¡, dijo -Maldita sea yo.
El rey que lo estaba oyendo, de amores se cautivó:
-Madre, los ojos de Marcos, son de hembra, no de varón.
-Convídala tú, hijo mío, a los ríos a nadar
que si ella fuese hembra, no se querá desnudar.
Toditos los caballeros se empiezan a desnudar
y el caballero don Marcos se ha retirado a llorar.
-¿Porqué llora usted don Marcos?.- ¿Porqué debo de llorar?
Por un falso testimonio que me quieren levantar.
-No llores alma querida, no llores mi corazón,
que eso que tú tanto sientes, eso lo deseo yo.

Romance del Caballero - Romancero Español


En el tiempo que me vi más alegre y placentero
me encontré con un palmero que me habló y dijo así:
- ¿Dónde vas el caballero, dónde vas, triste de ti?
Muerta es tu linda amiga; muerta es, que yo la vi.
Las andas en que ella iba, de luto las vi cubrir.
Condes, duques la lloraban, todos por amor de tí.
Dueñas, damas y doncellas, llorando decían así.
Ay, pobre del caballero que tal dama pierde aquí.
- Que esté muerta, que esté viva, a verla tengo que ir.
Al subir de una escalera, una sombre vi venir.
- No te asustes, dueño mio, no te asustes tú de mí,
que soy tu amiga querida que ha venido a verte aquí.
- Si eres mi amiga querida echa tus brazos a mí.
- Los brazos que te abrazaban, a la tierra se los dí.
- Si eres mi amiga querida, echa un beso para mí.
- Los labios que te besaban, los gusanos dieron fin.
Cásate, buen caballero; cásate y te pido así,
que la mujer que tú tengas, que la estimes como a mí.

Cantado por Joaquin Diaz

martes, 24 de mayo de 2011

La chirimoya sin aire. Canción de amor

Que no quiero ser tanto, 
que no quiero ser una rica chirimoya , 
que quiero ver los amaneceres sin madrugar, 
que quiero otra chirimoya a la que abrazar. 

Que la vida de una chirimoya está llena, 
sin necesidad de fama, gloria ni halagos, 
que mi vida está llena 
cuando sólo una chirimoya está en ella. 

Que no te digo nada cuando abro la boca, 
que no te digo nada cuando el fuego me enfría, 
que te lo digo todo en silencio, 
que te lo digo todo con alegría.

viernes, 20 de mayo de 2011

Quien tiene mujer hermosa. Canción judeo española

Quien tiene mujer hermosa,
Que la tenga bien guadrada,
Porque se la lleva el gato
Y el se quedará sin nada.
Y también de la madrugada.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Rima improvisada de don Luciano Mallea. Según Sarmiento en "Recuerdos de Provincia"

Cásate y tendrás mujer;
Si es bonita, que celar,
Si es fea, que aborrecer,
Si es rica, que obedecer,
Si es pobre, que mantener;
Cásate y tendrás mujer.

martes, 17 de mayo de 2011

Dime ramo verde. Canciones de Sanabria


Dime, ramo verde,
dónde vas a dar,
porque si te pierdes
yo te iré a buscar.
Si me pierdo que me busquen
al lado del mediodía
donde cae la nieve a copos
y el agua serena y fría.
Dime, ramo verde,
dónde vas a dar,
porque si te pierdes
yo te iré a buscar.
Algún día dije yo
que olvidarte era mi muerte
y ahora ya me da lo mismo
olvidarte que quererte.
Dime, ramo verde,
dónde vas a dar,
porque si te pierdes
yo te iré a buscar.

Seguidilla cordobesa - Recog por Joaquín Díaz


Qué importa que los labios
Amando callen
Qué importa que los labios
Amando callen
Qué importa que los labios
Amando callen

Cuando amor por los ojos
Sabe explicarse;
Cuando amor por los ojos
Sabe explicarse.
Porque en amando
Tienen lengua los ojos
Más que los labios
Tienen lengua los ojos
Más que los labios.
Esclavo de esos ojos
Fui largo tiempo
Esclavo de esos ojos
Fui largo tiempo
Esclavo de esos ojos
Fui largo tiempo 
Pretendiendo favores
Logré desprecios;
Pretendiendo favores
Logré desprecios.
Y en mi desgracia
No me queda el alivio
De la esperanza
No me queda el alivio
De la esperanza.

Yo bien puedo ser casada. Canciones Populares del Siglo XVI, Francisco de Salinas


Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré
para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré
si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.

Recogida por Joaquín Díaz

A quién contaré yo mis quejas. Canciones Populares del Siglo XVI, Francisco de Salinas


¿A quién contaré yo mis quejas / mi lindo amor
a quién contaré yo mis quejas / si a vos no?
Esperanza por quien padece / mi corazón
¿a quién contaré yo mis quejas / si a vos no?
Muerto quedo si tú me dejas / mi lindo amor
¿a quién contaré yo mis quejas / si a vos no?

Recogidas por Joaquin Díaz

¿Quién te me enojó, Isabel? Canciones Populares del Siglo XVI, Francisco de Salinas


¿Quién te me enojó, Isabel?
¿Quién con lágrimas te tiene?
Yo hago voto solemne
Que pueden doblar por él.
¿Quién al verte no diá
contemplando tu tristura
que es mayor la desventura
de quien sufre por amar?

Recogida por Joaquín Díaz

domingo, 15 de mayo de 2011

DIVINA COMPLACENCIA. Carta 2. Epistolario erótico. Laura Cotón y Patricia Suárez.


 Febrero de 1935

...no veo otro recurso para aconsejarte que escribirte en el secreto y solicitártelo, ya que si don Bartolo se entera de mis asuntos se acabó el pisito y la buena vida, cosa que yo no puedo permitir porque una mujer debe tener a toda costa sus recursos. No es que yo no haya estado alguna vez enamorada de don Bartolo, si es que se le puede llamar enamoramiento al sentimiento que puede llegar a provocar don Bartolo en una mujer, más bien puedo decir que yo siempre he mantenido mi interés por él y en este interés le he sido fiel hasta las tabas. Los tacones, que queda más fino. Nada más desearía que él cambie algunas cosas: por ejemplo, que no se deje las medias puestas y las ligas cuando se mete en la cama, por mencionar una nimiedad; u otra: que mejorara sus modales en la mesa: lo del palillo escarbadientes me cae como una patada en el hígado. Si él tuviera una personalidad un poco diferente tal vez nos entendiéramos mejor; si fuera otra persona completamente sería óptimo. Es verdad que nunca llegará a ser un dandy, cuando su preocupación mayor es si en la quintita le crecen o no los nabos y los repollos... Está aprendiendo unas palabritas en francés porque ha creído a pie juntillas eso que le dije que soy francesa; no creas que le mentí por puro placer, jamás me atrevería a hacerle una cosa así a una persona, pero es que una mujer debe tener sus recursos para defenderse en la vida; y si a don Bartolo le gusto más como francesa, voilá!, seré francesa. Lo malo de esta vida es que paso mucho tiempo encerrada en mi pisito, y aunque los celos de don Bartolo no son los de un moro, considera que debo pasarme la mayor parte del tiempo dentro, porque si no las mujeres pierden el ansia. El ansia por hacer el amor; así dice él. Yo creo que el ansia la perdí hace ya bastante y a veces prefiero que él me cuente el alza y el baja de los precios de las hortalizas a que andemos con el alza y el baja de su miembro. Digo miembro porque me parece una fineza al lado de todos los sinónimos de verdulero que usa don Bartolo a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Admito que ese hombre es un gran conocedor del mundo vegetal. Dos o tres noches a la semana yo debo cumplir con mi papel a la perfección, en esos momentos suelo considerarme una actriz consumada, ¡quién sabe si la Dietrich no habrá empezado de la misma manera! Don Bartolo llega, deja la canasta con la mercadería en la cocina, y Ada lo recibe sonriente. Ada es una muchacha todavía y anda todo el día en las nubes, pero yo me doy cuenta que es mujer para él, no me cabe dudas. Cuando lo ve desempaquetar los duraznos, las batatas, Ada pone una expresión celestial como si estuviera escuchando el Ave María; después, cuando ella lava las batatas lo hace con la dedicación que pondría un sacristán para limpiarle el culo a un ángel sin destrozarle las alas. Ahí mismo don Bartolo pela una zanahoria y entra en mi cuartito masticándola con la boca abierta. El oficio de actriz es uno de los más sacrificados. Lo recibo en deshabillé y aunque algunas veces alego una jaqueca, no me sirve demasiado de excusa, porque él dice que el mejor remedio para la jaqueca es montar por atrás. Lamento lo gráfico de esta expresión, pero este es el tenor de esta carta que no tiene otro objeto que contarte mis cuitas más dolorosas y aconsejarte. Con dolorosas no me refiero sólo a las que se pueden deducir del montar por atrás. Tampoco me refiero a las espirituales, porque a la vista de don Bartolo cada vez dudo más de que todos los seres humanos tengamos espíritu, como dice la Biblia en alguna parte. Cuando noto que está por echárseme encima como una fiera, previendo mis futuros malestares, pretexto que necesito ir al toilette. Digo toilette porque se supone que soy francesa. Entonces me pongo en cuclillas sobre la bacinilla, en cuyo fondo he colocado un espejito, y me toco, me toco y pienso en Rosita, en Magda, ¡pienso hasta en mi sirvienta!, y me imagino que el espejito las refleja a ellas y no a mí, y noto cómo ellas se van abriendo lentamente, tal cual si un ama de llaves les saliera por allí para recibir una visita... A veces esta fantasía es tan poderosa que debo evitar por todos los medios continuarla, para que el orgasmo no me arrebate y no caiga en esa tristeza posterior que es como un túnel y en la cual la perspectiva de recibir a don Bartolo me hace sentir ni más ni menos que un chivito a punto de degüello. A veces recuerdo los dedos de Rosa, tan suaves, tan precisos, la delicadeza de su pellizco; me basta eso para sentir esa agua viscosa que sale de mí y que yo imagino que es el pegamento que une a los verdaderos amantes, como éramos Rosa y yo o como... no quiero pensar en esto ahora. Lo principal es llegar mojada al lecho, y luego una se pone a contar las estrellas de un cielo imaginario mientras el otro hace lo suyo. Mal, lo hace don Bartolo, aunque pone empeño, pero está convencido que en la brutalidad hay placer, y yo no quiero corregirlo porque está el pisito y esta vida que en sí es bastante buena y una mujer tiene que tener un recurso. En general, don Bartolo se queda a dormir aquí toda la noche, porque le dice a la esposa que tiene un campeonato de casín o de truco, y vaya a saber por qué la esposa se lo cree. En mi interior creo que esa mujer es mucho más astuta que yo; aunque él la tiene zumbando de aquí para allá y hasta la hace trabajar en el mercadito. Los hombres son tan cansadores, ¡si al menos don Bartolo durmiera! Pero resulta que el insomnio o la vejez lo hace levantar en medio de la madrugada, y yo le sugiero: “Don Bartolo, ¿por qué no lee un libro, una novela, el periódico, así se entretiene hasta que llega la mañana?” Esta sugerencia mía no tiene ningún resultado; él dice que como le enseñaron a leer a los dieciocho años, no le tomó ningún gusto a la palabra escrita. Así que venga a ponerse arriba e intentar hacer el misionero. ¿Quién habrá inventado esta manera de conocerse? Nunca dejo de sentirme como una mariposa atravesada por un alfiler. Y el sudor de don Bartolo... a guiso de legumbre, a puchero de gallina... La actuación es difícil durante la madrugada y una debe recurrir a métodos como seguramente usaban la Duse o la Bernhardt, que son actrices proverbiales. Muchas veces me ha ocurrido que tanto pensar en Rosa o en Magda o en Lupe, que el fin me ha sobrevenido durante el sueño. De manera que don Bartolo entra más o menos sin dificultad y el único dolor es el recuerdo hollado de mis viejas amigas... Pero otra veces no queda remedio sino el emplasto de caléndula al día siguiente y al mal tiempo buena cara porque el pisito y el trajín de vida, etcétera: este año don Bartolo me obsequió con un tapadito de zorro gris, mientras que el año pasado fue nutria del litoral, un animal que parece que no ha sido Dios quien lo ha creado, y exuda olor a mono mandril. 
            Tengo que dejarte, mi querida, ya es el atardecer y debo prepararme. Prometo continuar estas modestas lecciones en las próximas cartas. No dejes de escribirme y cuéntame cómo vas viviendo tus aventuras con ese don Armando. Siempre tuya,
                                               Margarita

DIVINA COMPLACENCIA. Carta 1. Epistolario erótico. Laura Cotón y Patricia Suárez.


*

Mi querido Deseado:  ¿Por qué no has venido a visitarme desde que te fuiste con Paulette?  ¿Por qué tengo que verla sólo a ella, y tú nunca apareces?  A tus años y los míos bien podemos dejarnos de zonceras.  Lo pasado, pisado, y yo te sigo queriendo como siempre.  Si yo no soy rencorosa, tampoco tú debieras serlo.  Y no se hable más de eso.  ¿Es que vas a seguir con tu enojo, aun sabiendo lo que ocurrió con mi dulce Jedre, o Polaina, como tú le decías? 

Él era tu amigo, merece que al menos le dediques un tiempo a averiguarme quién fue el que lo quemó.  Tan pequeñito quedó que el cajón parecía de niño.  Como si el fuego lo hubiera descrecido.  Tú debes tener una idea.  Aunque ya estés retirado, un policía es siempre un policía. Puedo asegurarte – y tú coincidirás - que la gente de Me. Ruggiero nada tuvo que ver con esto.  Personalmente se encargaron de interrogar a cada una de mis chicas, y fueron más que empeñosos.  María no pudo volver a usar sostén luego del testimonio.  Te aseguro, Deseado, es un misterio.  Pero ya porque los aires están cambiando, ya porque Jedre tenía el mal hábito de comprar algunos barrilitos de cerveza de la competencia, la gente de Me. Ruggiero no siguió adelante con las averiguaciones, ocupados como están de otros asuntos.  A mis chicas las ubicaron en otras casas, porque de la nuestra no quedó casi nada.  Y a mí, Me. Ruggiero en persona me ofreció otra maisón, de menos categoría, a la que, según sus propias palabras,  yo me encargaría de darle “distinción y elegancia”.

Pero a mí la muerte de Jedre me ha hecho cambiar mucho, y tomar decisiones.  Algunos ahorros tengo, con Me. Ruggiero y los suyos estoy en paz, así que me dije:  “Emma, este es el llamado que esperabas”.  

Sí, Deseado, tú sabes que yo siempre le envidié a los cristianos tantas cosas bonitas que tienen, tantos milagros, tantos santos, tantas vírgenes, las procesiones de diciembre con tanto jazmín en las manos.  Y tanta oración para todo, una para el amor mal curado y otra para el callo pertinaz. 

Y bien, ese fue el momento apropiado.  Te está escribiendo una católica.

Pero no está en mí hacer las cosas a medias.  Cuando fui puta, puta fui.  La mejor pagada, la que los hombres elegían para sí, para agasajar a sus amigos y para iniciar a sus hijos.  Y cuando madama, madama, y reconocerás que las cuentas siempre cerraron bien, los sirvientes fueron discretos, la clientela selecta y mis chicas las más requeridas.  Yo supe enseñarle a cada una algún arte, aun cuando no tuvieran ningún talento propio.  Elegí su lingerie, siempre de catálogo, recomendé sus peinados, no dejé detalle sin revisar.  Realcé de aquella los muslos, el cabello rojo de ésta, los senos blancos de la otra.  Si tenía aire de niña, de mis manos salía ángel y virgen.  Y si la piel de su cara era desprolija, la velaba y hacía caminar con aire de misterio. 

Recuerda sino a la odalisca, como rebautizaron a la que yo llamé Mata Hari.  La pobrecita tenía el pecho un niño tuberculoso.  Y su cara, con esos dientes torcidos, y esa nariz interminable. Pero había que recuperar lo que se había invertido en ella.   Le puse sostén de cobre repujado, chador turquoise tupido, que pendiendo de su nariz no había peligro de deslices, y el resto del cuerpo desnuda,  exhibiendo sus lindas nalgas y sus piernas bien formadas.  Esparcí el rumor de que era la hija de la Mata Hari, refugiada  en Buenos Aires, y la prohibición de quitarle el velo “por asuntos de estado” y el corpiño por “promesa que le hizo a su madre, que jamás quiso exhibir su pecho a nadie”.  Sólo tú supiste del engaño, y eso por el gran cariño que siempre te tuve. Esa pobrecita sin talento fue el éxito de tres años.  Ella pagó tu reloj con iniciales grabadas, y mi anillo de sello, que guardo para una emergencia de vejez.  Es que la leyenda, si está bien contada, paga más que la belleza.

No diré que el anillo es despreciable, pero para mí lo que cuenta es un trabajo bien hecho.  Es mi naturaleza.  Así que cuando me decidí por el cristianismo, me leí dos libros de oraciones y la Biblia entera, con sus salmos, sus jueces, sus cartas a los gálatas, a los colocenses y hasta el pie de imprenta.  Con la memoria que ponderabas cuando te daba los informes tan minuciosos de lo que éste o aquel dijo y lo que el otro respondió, supiera o no de qué hablaban, estudié estos libros y me presenté a un convento para postularme, y sin muchos rendivuses le dije a la madama superiora todo cuanto preguntó, y más.   La sorprendieron mis conocimientos, me dijo que lo pensaría, y me tuvo teniéndole la vela dos semanas.  Al fin, muy seria, me explicó que creía inconveniente que yo me les uniera.  “¿A ver, y por qué?”  le pregunté amoscada.  “No creo que sean conciliables su antiguo oficio con esta vocación”.  Tuve la sospecha de que no decía verdad, por muy religiosa que fuera, y que le molestaba mucho más lo conversa que lo puta.  Allí mismo, me conoces, me puse a discutirle.  Ella habrá aprendido su religión en la iglesia, pero a mí me la enseñó en la cama mucha sotana caída.  

Le hablé de las virtudes cristianas, y de cómo las había practicado.  Le mostré las cartas de recomendación que me había hecho escribir por más de un viejo conocido.  Vencí todos sus argumentos, pero no su negativa.  Entonces le dije que lo que ella no quería es que yo me enterara de cuánto sisaba de las limosnas, o a qué hora comenzaba a beber el vino de misa.  Esto fue porque vi en una copa un fondillo de mosto que tal vez mi presencia temprana no le permitió lamer con prolijidad.  Tú sabes que estas observaciones las hago sin quererlo, me basta una mirada en redondo para saber qué se estuvo haciendo y quién lo hizo.  Es un don en mí, no una intención.  Poco más me echa de patadas en el traste.

No pienso dejarme vencer por un rechazo.  Escribí cartas a tres conventos diferentes, para ver si me aceptaban en alguno de ellos.  No hubo respuesta. Y como tenía un poco de tristeza, fui a visitar a nuestro amigo común, el párroco al que tú solías pelar al tute cabrero.  Para consolarme, me ofreció asistirlo hasta que pudiera hacerme novicia.  Y aquí me estoy con él, ya va para dos años.  Mientras tanto, he escrito una carta al Papa, pidiendo su permiso para fundar una orden yo misma, a la que me gustaría llamar “Orden de las Transidas de Amor”.  No me ha contestado todavía.

Nuestro amigo está conforme conmigo, pero no ve con simpatía esto de fundar una orden.  Ha intentado disuadirme, pero cuando lo hace, le recuerdo la época en que estaba totalmente loco por aquella muchacha que nos duró tan poco,  esa rubia de ojos grises que se consumió en algunos meses. Por su salud le rogaba yo que no la eligiera, habiendo tantas otras, gordas y sanas.  Pero hasta que la pobrecita no murió, él no dejó de elegirla.  Afiebrada y tosiendo sangre lo atendía.  Los últimos días, ya en agonía, estuvo con ella tanto tiempo que hubo que quitársela.  Lo mismo estoy yo ahora, empeñada en una causa perdida.


Tú estarás pensando “Pero si quiere levantar un convento, por qué no otra maisón?”.  Porque no puedo imaginar una maisón sin Jedre en ella.  Y porque no voy a dormir bien hasta refregarle a esa superiora por la cara que yo puedo ser mejor monja que ella, y más bondadosa.  Y que si ella se reza diez rosarios, yo voy a rezarme veinte, y a saber todas las vidas de santos, todas, y a aprenderme el santoral de memoria.  Le he escrito al Papa que vea si puede darnos el sacramento de la confesión, porque puedo dar pruebas de que las mujeres somos buenas para recibir confesiones de otros, y también de aconsejar bien.

Me ha dicho Pola que estás teniendo problemas con el amigo.  Que no te responde como antes, y que te enojas cuando eso ocurre, y le pegas a ella.  Mal hecho.  Deja a la pobre tranquila.  Yo la he aconsejado bien.  Le he dicho que por la mañana debe hacerte una friega suave con aceite tibio mientras tú tomas el mate. Abstente de orinar mientras lo hace. Le he dicho lo que debe orar con la friega.  Durante el día, ella no usará calzones, y se andará cerca de ti, para cuando la necesites.  Tú la llamas cuando te parezca que algo ocurre.  Ella ya está advertida de que puede que tú pienses que está ocurriendo y que cuando se te arrime, todo haya pasado.  Ella es paciente y lo acepta.  Te quiere mucho.  Entonces tú no le pegas, le dices que se vaya, y así tantas veces como necesites.  Al principio cuesta un poco.  No te dejes vencer, y si  te gusta, le pides a Pola que te lo acaricie cuantas veces quieras.  Lo que aguantes estará bien, puede que las primeras veces sea uno, dos, tres y basta.  Pero con el tiempo contarás hasta diez, y luego veinte, y luego perderás la cuenta. Pola no es una vocacional, tú bien lo sabes.  No se te irá con otro.  Es tuya y se quedará hasta que la eches.  Y tú, por tu parte, debes aceptar que tienes tus años, y muy bien vividos.

Si dejaras de temer tanto por la muerte del amigo, podrías dedicarte un poco a tu otro amigo muerto, Jedre.  Te hará bien distraerte de tu pesar.  Para ayudarte con tu problema, porque te quiero bien, te envío de regalo unas cartas.  Tómalas como un entretenimiento, y haz buen uso de ellas.  No te diré cómo llegaron hasta mí, y sí que desde que me llegaron, no he dejado de pensar en aquellas otras cartas, las que usé en El Gato Negro para diversión de mis clientes.  Las leía Ruth, no sé si la recuerdas, la del lunar grande en la barbilla.  Ruth tenía una voz maravillosa. Qué lástima que tuvieron que castigarla cortándole la lengua.  Cada vez que las leía, todo se aquietaba en la sala.  No eran las cartas, sabes, era la voz de Ruth.  Y esa pronunciación tan grave, ese modo de decir las erres.  Mis chicas se quedaban embobadas oyéndola.

Las cartas que te envío no son como aquellas.  Esas las escribía un poeta, al que no había otra forma de cobrarle los servicios.  Éstas están escritas por mujeres. Esas cuyos padres, maridos, hermanos e hijos hacen prosperar nuestro negocio.  No han pasado por muchas manos. Se que tú las apreciarás, porque serás quien las profane. Y que, una vez que las hayas leído, como tendrás mucho que agradecerme, averiguarás por mí quién pudo hacer cosa semejante a Polaina.  ¿Has visto un cuerpo recién quemado?  De él sale un humo oscuro, pequeño. Los cabellos rizados de Jedre, tan rubios, ¿recuerdas?  Pues sus cabellos quedaron negros, como enloquecidos de Carmela.  Apenas quisieron moverlo, se quebraron sus brazos.

Y a mí, Deseado, se me quebró el alma.  Alguna vez tuve la fantasía de que tú, Polaina y yo tendríamos nuestro propio negocio.  Soñaba con ese paraíso para mi vejez.  Pero alejado tú y muerto él, lo de la religión me parece mejor oficio.

Te hago llegar junto con las cartas unos pesos, parte de los que Me. Ruggiero me entregó cuando lo de Jedre.  Se que a él le hubiera gustado que los gastes.  Compra con ellos alguna botella de buen jerez, y lee lo que te envío.  Y luego vete a buscar a tus viejos conocidos, y dame el nombre que estoy buscando. Te lo ruega tu amiga que no te olvida.
                                                                                                          Emma

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

Follow by Email

Entradas populares

Páginas vistas en el último mes

Buscar este blog

Cargando...

Translate

Google+ Followers

Seguidores