- Qué harías si supieses para qué te ha creado Dios?
Brindar con extraños. Libro de cuentos
Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.
ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt
Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...
Fidelidad presidencial
"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."
citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler
martes, 26 de octubre de 2010
Pregunta... - Maximo Gorke
Suavemente. Arthur Schnitzler
No se fuerza a la suerte ni a las mujeres.
Tomado de "El regreso de Casanova"
Tomado de "El regreso de Casanova"
lunes, 25 de octubre de 2010
Fragm de una carta de Gustave Flaubert a su madre. 1850
¿Para cuándo mi boda? Me lo preguntas a raíz del casamiento de Ernesto. ¿Cuándo? Nunca, así lo espero. En la medida en que un hombre puede responder de lo que hará, respondo aquí por la negativa.
(...)
El artista, creo, es una monstruosidad, algo fuera de lo natural. Todas las desgracias con que lo abruma la Providencia son causadas por negar este axioma. Sufre por ello y hace sufrir. Que se interrogue al respecto a las mujeres que amaron a poetas y a los hombres enamorados de mujeres artistas. Pues bien (esta es la conclusión), estoy resignado a vivir como he vivido, solo, con multitud de grandes hombres que constituyen mi círculo, con mi piel de oso, siendo yo mismo un oso, etc. Me importa un comino el mundo, el porvenir, el qué dirán, una posición cualquiera y hasta la fama literaria que me hizo otrora pasar tantas noches en blanco, soñando. Así soy yo, ése es mi carácter.
(...)
El artista, creo, es una monstruosidad, algo fuera de lo natural. Todas las desgracias con que lo abruma la Providencia son causadas por negar este axioma. Sufre por ello y hace sufrir. Que se interrogue al respecto a las mujeres que amaron a poetas y a los hombres enamorados de mujeres artistas. Pues bien (esta es la conclusión), estoy resignado a vivir como he vivido, solo, con multitud de grandes hombres que constituyen mi círculo, con mi piel de oso, siendo yo mismo un oso, etc. Me importa un comino el mundo, el porvenir, el qué dirán, una posición cualquiera y hasta la fama literaria que me hizo otrora pasar tantas noches en blanco, soñando. Así soy yo, ése es mi carácter.
martes, 19 de octubre de 2010
La pesadilla del telólogo - Bertrand Russell (1961)
El eminente teólogo doctor Thaddeus soñó que estaba muerto y se dirigía al cielo, sus estudios le habían preparado y no tuvo ninguna dificultad para encontrar el camino. Llamó a la puerta del cielo y se encontró con un escrutinio más meticuloso de lo que esperaba. -Solicito la admisión -explicó- porque he sido un hombre de bien y he dedicado mi vida a la gloria de Dios.
-¿Hombre? -dijo el portero-. ¿Qué es eso? y ¿cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la gloria de Nadie?
El doctor Thaddeus se quedó perplejo. -No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.
-Lamento herir tus sentimientos -dijo el portero-
pero lo que dices es nuevo para mí. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas «hombre». Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario. El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.
-¿Qué es esto? -le preguntó al portero,
-Esto dice ser miembro de una especie llamada «hombre» que vive en un lugar de nombre «Tierra». Tiene la curiosa idea de que Alguien se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.
-Bueno -dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas «Tierra».
-Forma parte del Sistema Solar.
-¿Y qué es el Sistema Solar? -preguntó el bibliotecario.
-Pues.., -replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el sistema solar forma parte de la Vía Láctea.
-¿Y qué es la Vía Láctea? -preguntó el bibliotecario.
-Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.
-Bueno, bueno -dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra «galaxia». De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.
Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.
-Bueno, -dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones galaxias y a cada una le corresponde un volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?
-Es la galaxia llamada Vía Láctea -dijo titubeante el doctor Thaddeus.
-De acuerdo -concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré, si es que puedo. Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.
-Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión? Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías. Se sobrepuso y preguntó con timidez: -¿Qué desean saber acerca de una galaxia?
El doctor Thaddeus se lo explicó: -Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama «Sol».
-Hum dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra. Creo, sin embargo, que cierta vez la Administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular. Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, siendo en principio interesante que un ser tan rudimentario se presentase de improviso, sería lo mejor que podían hacer.
Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo: -Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados «planetas». Tras una minuciosa y microscópica investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe de ser uno de ellos.
Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado llanto: -¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con dicha eterna. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que sólo es uno entre muchos millones de tales grupos. ¡No puedo soportarlo, y ya no me es posible adorar a mi Creador!.
-Muy bien -dijo el portero-.Porque no hay ningún Creador que adorar, ya que la ilimitada cavidad del Universo es eterna, nada la creó, y todo lo que ves no ha surgido más que de la combinación aleatoria entre los elementos primordiales. Aunque tú, triste homúnculo, en el Gran Libro de la Naturaleza, debes de ser una insignificante errata, con la que no deberíamos haber perdido ni un ápice de nuestra enorme duración temporal. En aquel momento se despertó el teólogo. -El poder de Satán sobre nuestra imaginación durante el sueño es aterrador musitó.
-¿Hombre? -dijo el portero-. ¿Qué es eso? y ¿cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la gloria de Nadie?
El doctor Thaddeus se quedó perplejo. -No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.
-Lamento herir tus sentimientos -dijo el portero-
pero lo que dices es nuevo para mí. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas «hombre». Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario. El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.
-¿Qué es esto? -le preguntó al portero,
-Esto dice ser miembro de una especie llamada «hombre» que vive en un lugar de nombre «Tierra». Tiene la curiosa idea de que Alguien se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.
-Bueno -dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas «Tierra».
-Forma parte del Sistema Solar.
-¿Y qué es el Sistema Solar? -preguntó el bibliotecario.
-Pues.., -replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el sistema solar forma parte de la Vía Láctea.
-¿Y qué es la Vía Láctea? -preguntó el bibliotecario.
-Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.
-Bueno, bueno -dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra «galaxia». De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.
Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.
-Bueno, -dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones galaxias y a cada una le corresponde un volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?
-Es la galaxia llamada Vía Láctea -dijo titubeante el doctor Thaddeus.
-De acuerdo -concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré, si es que puedo. Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.
-Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión? Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías. Se sobrepuso y preguntó con timidez: -¿Qué desean saber acerca de una galaxia?
El doctor Thaddeus se lo explicó: -Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama «Sol».
-Hum dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra. Creo, sin embargo, que cierta vez la Administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular. Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, siendo en principio interesante que un ser tan rudimentario se presentase de improviso, sería lo mejor que podían hacer.
Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo: -Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados «planetas». Tras una minuciosa y microscópica investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe de ser uno de ellos.
Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado llanto: -¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con dicha eterna. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que sólo es uno entre muchos millones de tales grupos. ¡No puedo soportarlo, y ya no me es posible adorar a mi Creador!.
-Muy bien -dijo el portero-.Porque no hay ningún Creador que adorar, ya que la ilimitada cavidad del Universo es eterna, nada la creó, y todo lo que ves no ha surgido más que de la combinación aleatoria entre los elementos primordiales. Aunque tú, triste homúnculo, en el Gran Libro de la Naturaleza, debes de ser una insignificante errata, con la que no deberíamos haber perdido ni un ápice de nuestra enorme duración temporal. En aquel momento se despertó el teólogo. -El poder de Satán sobre nuestra imaginación durante el sueño es aterrador musitó.
¿NOS DA MIEDO PENSAR? Bertrand Russell: "Principles of Social Reconstruction". London, 1916.
"Los hombres temen al pensamiento más de lo que temen a cualquier otra cosa del mundo; más que la ruina, incluso más que la muerte.
El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.
¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos?
¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?
¡Fuera el pensamiento!
¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.
Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades."
Bertrand Russell: "Principes of Social Reconstruction". London, 1916.
El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible. El pensamiento es despiadado con los privilegios, las instituciones establecidas y las costumbres cómodas; el pensamiento es anárquico y fuera de la ley, indiferente a la autoridad, descuidado con la sabiduría del pasado.
Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no el privilegio de unos cuantos, tenemos que habérnoslas con el miedo. Es el miedo el que detiene al hombre, miedo de que sus creencias entrañables no vayan a resultar ilusiones, miedo de que las instituciones con las que vive no vayan a resultar dañinas, miedo de que ellos mismos no vayan a resultar menos dignos de respeto de lo que habían supuesto.
¿Va a pensar libremente el trabajador sobre la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros, los ricos?
¿Van a pensar libremente los muchachos y las muchachas jóvenes sobre el sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Van a pensar libremente los soldados sobre la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar?
¡Fuera el pensamiento!
¡Volvamos a los fantasmas del prejuicio, no vayan a estar la propiedad, la moral y la guerra en peligro!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, amorfos y tiránicos, antes de que sus pensamientos sean libres. Puesto que si sus pensamientos fueran libres, seguramente no pensarían como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.
Así arguyen los enemigos del pensamiento en las profundidades inconscientes de sus almas. Y así actúan en las iglesias, escuelas y universidades."
Bertrand Russell: "Principes of Social Reconstruction". London, 1916.
Poema - e e cummings
en un lugar en el que nunca he estado, felizmente más allá
de cualquier experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más frágil están las cosas que me cercan,
o aquellas que no puedo tocar porque están demasiado cerca
tu mirada más leve fácilmente puede descerrarme,
pese a que he cerrado mi ser como dedos,
vos me abrís siempre pétalo por pétalo, como la Primavera abre
(tocando hábilmente, misteriosamente) su primera rosa
o, si es tu voluntad cerrarme, yo y
mi vida se cerrarán muy hermosamente, repentinamente,
como cuando el centro de esta flor imagina
la nieve descendiendo cuidadosamente en todas partes
Nada de lo que podemos percibir en este mundo se compara
con el poder de tu intensa fragilidad: cuya textura
me fuerza con el color de sus tierras,
mostrando muerte y eternidad con cada respiración
(no sé que hay en vos que se cierra
y se abre; sólo que hay algo en mí que entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.
Trad Leandro Fanzone
de cualquier experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más frágil están las cosas que me cercan,
o aquellas que no puedo tocar porque están demasiado cerca
tu mirada más leve fácilmente puede descerrarme,
pese a que he cerrado mi ser como dedos,
vos me abrís siempre pétalo por pétalo, como la Primavera abre
(tocando hábilmente, misteriosamente) su primera rosa
o, si es tu voluntad cerrarme, yo y
mi vida se cerrarán muy hermosamente, repentinamente,
como cuando el centro de esta flor imagina
la nieve descendiendo cuidadosamente en todas partes
Nada de lo que podemos percibir en este mundo se compara
con el poder de tu intensa fragilidad: cuya textura
me fuerza con el color de sus tierras,
mostrando muerte y eternidad con cada respiración
(no sé que hay en vos que se cierra
y se abre; sólo que hay algo en mí que entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.
Trad Leandro Fanzone
Poema - Mervyn Peake
Las cosas más vastas son aquellas que no podemos aprender.
No nos enseñan a morir, ni a nacer,
ni a arder
de amor.
Qué digno de lástima es nuestro regreso forzoso
a las pequeñas cosas que podemos dominar.
Trad Leandro Fanzone
No nos enseñan a morir, ni a nacer,
ni a arder
de amor.
Qué digno de lástima es nuestro regreso forzoso
a las pequeñas cosas que podemos dominar.
Trad Leandro Fanzone
Una parada en el bosque en una tarde nevada - Robert Frost
Creo saber de quién es este bosque
el dueño vive en el pueblo, sin embargo;
no va a enterarse de que me detuve acá
a mirar su bosque lleno de nieve.
Mi caballito debe creer que es raro
parar sin que haya una granja cerca,
entre el bosque y el lago congelado,
la noche más oscura del año;
hace sonar el arnés al sacudirse
para preguntar si hubo algún error.
El otro único sonido que hay es el barrer
del viento suave y los copos como plumas.
El bosque es encantador, oscuro y profundo,
pero yo tengo promesas que cumplir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir.
Trad de Leando Fanzone
el dueño vive en el pueblo, sin embargo;
no va a enterarse de que me detuve acá
a mirar su bosque lleno de nieve.
Mi caballito debe creer que es raro
parar sin que haya una granja cerca,
entre el bosque y el lago congelado,
la noche más oscura del año;
hace sonar el arnés al sacudirse
para preguntar si hubo algún error.
El otro único sonido que hay es el barrer
del viento suave y los copos como plumas.
El bosque es encantador, oscuro y profundo,
pero yo tengo promesas que cumplir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir.
Trad de Leando Fanzone
Ser un empleado. G. B. Shaw
¿Qué convierte a un hombre en un empleado, en Dublín o en cualquier otra parte?
Es imposible hacer un empleado de un beduino. Pero es sumamente fácil conseguirlo con un inglés. Lo único que es preciso hacer es dejarle caer en una familia burguesa, darle un padre que no pueda mantenerle, ni darle un capital para iniciarse, ni llevar su educación más allá de la enseñanza de la lectura, la escritura y aritmética, pero que se sienta deshonrado si su hijo elige la profesión de mecánico. En tales circunstancias, ¿qué puede hacer el pobre diablo sino convertirse en empleado?
Es imposible hacer un empleado de un beduino. Pero es sumamente fácil conseguirlo con un inglés. Lo único que es preciso hacer es dejarle caer en una familia burguesa, darle un padre que no pueda mantenerle, ni darle un capital para iniciarse, ni llevar su educación más allá de la enseñanza de la lectura, la escritura y aritmética, pero que se sienta deshonrado si su hijo elige la profesión de mecánico. En tales circunstancias, ¿qué puede hacer el pobre diablo sino convertirse en empleado?
El humor para G.B Shaw
Cómo define usted el humorismo?
Como cualquier cosa que haga reír. Pero el mejor humorismo es el que arranca una lágrima junto con la carcajada.
Como cualquier cosa que haga reír. Pero el mejor humorismo es el que arranca una lágrima junto con la carcajada.
lunes, 18 de octubre de 2010
El sombrerero - Felix María de Samaniego
A los pies de un devoto franciscano
se postró un penitente. - Oiga, hermano,
¿qué oficio tiene?
- Padre, sombrerero.
- ¿Y qué estado?
- Soltero.
- ¿Y cuál es su pecado dominante? 5
- Visitar una moza.
- ¿Con frecuencia?
- Padre mío, bastante,
sin poderme curar de esta dolencia.
- ¿Cada mes?
- Mucho más.
- ¿Cada semana?
- Aún todavía más.
-Ya... ¿cotidiana?
-Hago dos mil propósitos sinceros,
pero...
- Explíquese, hermano, claramente,
¿dos veces cada día?
- Justamente.
- Pues, ¿cuándo diablos hace los sombreros?
se postró un penitente. - Oiga, hermano,
¿qué oficio tiene?
- Padre, sombrerero.
- ¿Y qué estado?
- Soltero.
- ¿Y cuál es su pecado dominante? 5
- Visitar una moza.
- ¿Con frecuencia?
- Padre mío, bastante,
sin poderme curar de esta dolencia.
- ¿Cada mes?
- Mucho más.
- ¿Cada semana?
- Aún todavía más.
-Ya... ¿cotidiana?
-Hago dos mil propósitos sinceros,
pero...
- Explíquese, hermano, claramente,
¿dos veces cada día?
- Justamente.
- Pues, ¿cuándo diablos hace los sombreros?
El arte de dedicar libros. Juan Carlos Bondy
La dedicatoria de un libro es probablemente la forma más sublime de honrar a una persona. Es decirle a alguien: “Te agradezco por alentarme, por ser mi amigo, por parecerte a mí o por ser el amor de mi vida”. Marguerite Yourcenar, explicando los motivos por los que no había dedicado a nadie sus Memorias de Adriano, dijo que para ella era una suerte de indecencia colocar una dedicatoria personal al frente de un libro en el que pretendía pasar inadvertida. Sin embargo, sostuvo que siempre existirá un compañero, un cómplice, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor.
Por ese motivo es para mí todo un misterio que novelas tan monumentales como Luz de agosto o Ulises carezcan de un agradecimiento. Por ejemplo, ¿por qué Hemingway no dedicó Adiós a las armas a su enfermera Agnes von Kurowsky? La dedicatoria en ese caso era tan obvia como la que colocó García Márquez al inicio de El general en su laberinto: “Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”.
Salvo que alguien me asegure lo contrario, sostengo que los latinoamericanos se distinguen claramente como los grandes “dedicadores” de la literatura. La mejor dedicatoria que he leído en mi vida la escribió Alfredo Bryce en La última mudanza de Felipe Carrillo: “A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano”. Otra de Bryce que me parece estupenda está en La vida exagerada de Martín Romaña: “A Sylvie Lafaye de Micheaux, porque es cierto que uno escribe para que lo quieran más”. La última que cito de Bryce se encuentra en Permiso para vivir: “Dijo el sabio Borges, que más sabía por viejo y sabía más todavía por diablo: ‘Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más gracioso y sensible de pronunciar un nombre’. Dicho lo cual, pronuncio muy graciosa y sensiblemente tu nombre, Pilar de Vega”.
Borges tiene una dedicatoria excelente en El hacedor. Se trata de un homenaje a Leopoldo Lugones: “Mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos, y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.
Estas dedicatorias tampoco están nada mal:
Ernesto Sábato en El túnel: “A la amistad de Rogelio Frigeiro, que ha resistido todas las vicisitudes de las ideas”.
Juan Carlos Onetti en Juntacadáveres: “Para Susana Soca: por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido”.
Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral: “A Luis Loayza, el borgiano de Petit Thouars, y a Abelardo Oquendo, el Delfín, con todo el cariño del sartrecillo valiente, su hermano de entonces y de todavía”.
Nuevamente Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo: “A Euclides da Cunha en el otro mundo, y en este mundo, a Nélida Piñon”.
Gesualdo Bufalino en Perorata del apestado: “A quien lo sabe”.
Antonio Muñoz Molina (en la foto) en Plenilunio: “Para Elvira, que tenía tantas ganas de leer este libro”.
Camilo José Cela en La familia de Pascual Duarte: “Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”.
Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres: “A Miriam, a quien este libro debe mucho más de lo que parece”.
Cyrill Collard en Las noches salvajes: “A mis hijos que, sin duda, jamás nacerán”.
Tom Sharpe en Wilt: “A Carne Uno”.
García Márquez tiene una dedicatoria fulminante en El amor en los tiempos del cólera: “A Mercedes, por supuesto”.
Termino este post con una frase genial de Juan José Arreola escrita en Palindroma: “La dedicatoria se suprime a petición de parte”.$
http://juancarlosbondy.blogspot.com/2005/11/el-arte-de-dedicar-libros.html
Tomado de www.escritores.org
Por ese motivo es para mí todo un misterio que novelas tan monumentales como Luz de agosto o Ulises carezcan de un agradecimiento. Por ejemplo, ¿por qué Hemingway no dedicó Adiós a las armas a su enfermera Agnes von Kurowsky? La dedicatoria en ese caso era tan obvia como la que colocó García Márquez al inicio de El general en su laberinto: “Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”.
Salvo que alguien me asegure lo contrario, sostengo que los latinoamericanos se distinguen claramente como los grandes “dedicadores” de la literatura. La mejor dedicatoria que he leído en mi vida la escribió Alfredo Bryce en La última mudanza de Felipe Carrillo: “A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano”. Otra de Bryce que me parece estupenda está en La vida exagerada de Martín Romaña: “A Sylvie Lafaye de Micheaux, porque es cierto que uno escribe para que lo quieran más”. La última que cito de Bryce se encuentra en Permiso para vivir: “Dijo el sabio Borges, que más sabía por viejo y sabía más todavía por diablo: ‘Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más gracioso y sensible de pronunciar un nombre’. Dicho lo cual, pronuncio muy graciosa y sensiblemente tu nombre, Pilar de Vega”.
Borges tiene una dedicatoria excelente en El hacedor. Se trata de un homenaje a Leopoldo Lugones: “Mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos, y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.
Estas dedicatorias tampoco están nada mal:
Ernesto Sábato en El túnel: “A la amistad de Rogelio Frigeiro, que ha resistido todas las vicisitudes de las ideas”.
Juan Carlos Onetti en Juntacadáveres: “Para Susana Soca: por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido”.
Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral: “A Luis Loayza, el borgiano de Petit Thouars, y a Abelardo Oquendo, el Delfín, con todo el cariño del sartrecillo valiente, su hermano de entonces y de todavía”.
Nuevamente Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo: “A Euclides da Cunha en el otro mundo, y en este mundo, a Nélida Piñon”.
Gesualdo Bufalino en Perorata del apestado: “A quien lo sabe”.
Antonio Muñoz Molina (en la foto) en Plenilunio: “Para Elvira, que tenía tantas ganas de leer este libro”.
Camilo José Cela en La familia de Pascual Duarte: “Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”.
Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres: “A Miriam, a quien este libro debe mucho más de lo que parece”.
Cyrill Collard en Las noches salvajes: “A mis hijos que, sin duda, jamás nacerán”.
Tom Sharpe en Wilt: “A Carne Uno”.
García Márquez tiene una dedicatoria fulminante en El amor en los tiempos del cólera: “A Mercedes, por supuesto”.
Termino este post con una frase genial de Juan José Arreola escrita en Palindroma: “La dedicatoria se suprime a petición de parte”.$
http://juancarlosbondy.blogspot.com/2005/11/el-arte-de-dedicar-libros.html
Tomado de www.escritores.org
miércoles, 13 de octubre de 2010
Títeres: origen, historia y misterio. Javier Villafañe
Vamos a correr el telón y asomarnos por unos instantes al mundo de los títeres, a ese maravilloso y complicado mundo, tan antiguo como la misma humanidad. Los títeres vienen de muy lejos. Es perderse en el misterio pretender buscar su origen. Nacieron con la imaginación, y pertenecen a todos los tiempos y a todos los lugares de la tierra. Charles Nodier —quien fue un ferviente admirador de los títeres— se ha ocupado de ellos en varios artículos. Acerca de su origen escribió en la Revue de Paris: "Al no poder fijarse la época precisa de su nacimiento, puede decirse que el títere más antiguo es la primera muñeca puesta en las manos de un niño, y que el primer drama nace del monólogo, mejor dicho del diálogo que sostiene el niño y su muñeco. Yo quisiera —continúa—poder dar a los comediantes un origen más ilustre, pero está perfectamente demostrado que descienden en línea recta de los títeres y confesaremos que, varios entre ellos, los que más admiramos en los grandes teatros, han conservado un aire de familia"
Artículo tomado de la Revista Imaginaria.
Artículo tomado de la Revista Imaginaria.
martes, 12 de octubre de 2010
EL ALCARAVÁN Y LA ZORRA. Cuento popular español
Recopiladora: Mª Angustias Nuevo Marcos, nacida en Navalmoral de la Mata.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 23-5-2003
Observaciones: lo aprendió de su madre, que le contaba este cuento cuando la daba de comer. Como comprobaremos, es muy apropiado para los niños que son malos comedores, pues cuando el que cuenta la historia dice ¡Alcaraván comí! ¡A la una!, el niño, encandilado por la atención y la entonación que se le da a la frase, abre la boca. Este momento debe ser aprovechado por la madre para meterle una cucharada de comida. Lo mismo podrá hacer cuando exclame: ¡Alcaraván comí! ¡A las dos! , ¡Alcaraván comí! ¡A las tres!. Con un poco de suerte, al final del cuento el niño-a mal comedor-a se habrá terminado el plato de comida.
Lugar: Navalmoral de la Mata.
Fecha: 23-5-2003
Observaciones: lo aprendió de su madre, que le contaba este cuento cuando la daba de comer. Como comprobaremos, es muy apropiado para los niños que son malos comedores, pues cuando el que cuenta la historia dice ¡Alcaraván comí! ¡A la una!, el niño, encandilado por la atención y la entonación que se le da a la frase, abre la boca. Este momento debe ser aprovechado por la madre para meterle una cucharada de comida. Lo mismo podrá hacer cuando exclame: ¡Alcaraván comí! ¡A las dos! , ¡Alcaraván comí! ¡A las tres!. Con un poco de suerte, al final del cuento el niño-a mal comedor-a se habrá terminado el plato de comida.
Érase una vez un alcaraván que hacía su nido en lo alto de un pino. Allí ponía sus huevos y allí criaba a sus pollitos. Pero una zorra que lo vio quiso aprovecharse de la ignorancia del alcaraván y le decía:
—¡Alcaraván, échame un hijito, que si no te corto el pino con mi rabito!
Al alcaraván le daba mucha pena tener que darle un pollito a la zorra para salvar el resto del nido. Pero la zorra insistía y le volvía a decir:
—¡Alcaraván, échame un hijito, que si no te corto el pino con mi rabito! —y añadía:
—¡Alcaraván comí! ¡A la una! ¡Alcaraván comí! ¡A las dos! ¡Alcaraván comí! ¡A las tres! — y a la de tres el alcaraván tenía que echarle uno de sus hijitos.
Al poco tiempo, la zorra volvía con las mismas:
—¡Alcaraván, échame un hijito, que si no te corto el pino con mi rabito! ¡Alcaraván comí! ¡A la una! ¡Alcaraván comí! ¡A las dos! ¡Alcaraván comí! ¡A las tres!
Y el pobre alcaraván le tenía que echar otro hijito, y así se estaba quedando sin hijitos.
Esto se repetía año tras año.
Hasta que un día pasó por allí un búho y al ver al alcaraván llorando le preguntó:
—¿Por qué lloras, alcaraván?
Y el alcaraván le contestó:
—Lloro porque todos mis hijitos se los ha comido la zorra, porque me dice que si no la echo un hijito me cortará el pino con su rabito y así la he ido dando cada uno de mis hijitos y así cada año. Y siempre me quedo sin ningún pollito en el nido.
Entonces el búho le dijo:
—¿Pero cómo crees eso? Es una mentira, la zorra no puede cortar el pino con el rabo, eso sólo lo puede hacer el leñador con su hacha.
Entonces cuando volvió la zorra a pedirle un hijito diciendo:
—¡Alcaraván, échame un hijito que si no te corto el pino con mi rabito! ¡Alcaraván comí!...
Entonces el alcaraván, que ya estaba avisado por el búho, no le dejó terminar y contestó:
—¡A otro tonto, pero no a mí!
domingo, 10 de octubre de 2010
El cuento de la chorovitita - Cuento popular de España
Recopiladora: Sara Cabezón Sancho, nacida en 1986.
Lugar: Mirabel (Cáceres).
Fecha: otoño del 2002.
Informante Sara Llanos Álvarez, su abuela nacida en 1927.
Observaciones: Su abuela lo aprendió en su infancia en Mirabel y a su vez se lo contó su abuelo.
Érase una vez una chorovitita que bajó a beber a una laguna que estaba hecha carámbano, al posarse el pajarillo en él, éste se rompió y quebró la patita de la chorovitita. ¡Pobre chorovitita!
—Carámbano, ¿por qué eres tan fuerte que quebraste la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el sol, que me derrite —dijo el carámbano.
—Sol, ¿por qué eres tan fuerte que derrites el hielo, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuertes son las nubes, que me tapan —dijo el sol.
—Nubes, ¿por qué sois tan fuertes que tapáis el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el viento, que nos mueve —dijeron las nubes.
—Viento, ¿por qué eres tan fuerte, que mueves las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la pared, que me detiene —dijo el viento.
—Pared, ¿por qué eres tan fuerte, que mueves las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el ratón, que me agujerea —dijo la pared.
—Ratón ¿por qué eres tan fuerte que agujereas la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el gato, que me come —dijo el ratón.
—Gato, ¿por qué eres tan fuerte que te comes el ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las
nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el perro, que me muerde —dijo el gato.
—Perro, ¿por qué eres tan fuerte que muerdes al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el palo, que me pega —dijo el perro.
—Palo, ¿por qué eres tan fuerte que pegas al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la lumbre, que me quema —dijo el palo.
—Lumbre, ¿por qué eres tan fuerte que quemas el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el agua, que me apaga —dijo la lumbre.
—Agua, ¿por qué eres tan fuerte que apagas la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el buey, que me bebe —dijo el agua.
—Buey, ¿por qué eres tan fuerte que te bebes el agua, que apaga la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la escopeta, que me mata —dijo el buey.
—Escopeta, ¿por qué eres tan fuerte que matas al buey, que se bebe el agua que apaga la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?...
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
—Carámbano, ¿por qué eres tan fuerte que quebraste la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el sol, que me derrite —dijo el carámbano.
—Sol, ¿por qué eres tan fuerte que derrites el hielo, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuertes son las nubes, que me tapan —dijo el sol.
—Nubes, ¿por qué sois tan fuertes que tapáis el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el viento, que nos mueve —dijeron las nubes.
—Viento, ¿por qué eres tan fuerte, que mueves las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la pared, que me detiene —dijo el viento.
—Pared, ¿por qué eres tan fuerte, que mueves las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el ratón, que me agujerea —dijo la pared.
—Ratón ¿por qué eres tan fuerte que agujereas la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el gato, que me come —dijo el ratón.
—Gato, ¿por qué eres tan fuerte que te comes el ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las
nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el perro, que me muerde —dijo el gato.
—Perro, ¿por qué eres tan fuerte que muerdes al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el palo, que me pega —dijo el perro.
—Palo, ¿por qué eres tan fuerte que pegas al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la lumbre, que me quema —dijo el palo.
—Lumbre, ¿por qué eres tan fuerte que quemas el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el agua, que me apaga —dijo la lumbre.
—Agua, ¿por qué eres tan fuerte que apagas la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es el buey, que me bebe —dijo el agua.
—Buey, ¿por qué eres tan fuerte que te bebes el agua, que apaga la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?
—Más fuerte es la escopeta, que me mata —dijo el buey.
—Escopeta, ¿por qué eres tan fuerte que matas al buey, que se bebe el agua que apaga la lumbre, que quema el palo, que pega al perro, que muerde al gato, que se come al ratón, que agujerea la pared, que detiene el viento, que mueve las nubes, que tapan el sol, que derrite el carámbano, que quebró la patita de la chorovitita?...
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
El Alcaraván - Simón Díaz
Cuenta la leyenda, que en la casa que sobrevuela el alcaraván cantando, hay una mujer en estado.
El perico en el conuco, la totuma en el corral
Y hasta el gallo carraspea, cuando pasa un animal (Repetir 2 veces)
I
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
e asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
II
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
III
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
Se asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
IV
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
Te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
V
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
Se asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
VI
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
Te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
El perico en el conuco, la totuma en el corral
Y hasta el gallo carraspea, cuando pasa un animal (Repetir 2 veces)
El perico en el conuco, la totuma en el corral
Y hasta el gallo carraspea, cuando pasa un animal (Repetir 2 veces)
I
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
e asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
II
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
III
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
Se asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
IV
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
Te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
V
Allá en mi pueblo, cuando pasa un Alcaraván
Se asustan las muchachas por el beso del Morichal
El perro de la casa se levanta y sale pa´llá
Pa´llá pa´ fuera, por que no le gusta pelear
VI
Que fuiste tu, que si yo, que no, que si tu
Te vieron que llevabas cafecito al Morichal
Y que Pedro, en los maizales, tus espigas reventaba
Y esa noche, la luna se puso bonita,
clarita que hasta Pedro se asusta si pasa algún Alcaraván
El perico en el conuco, la totuma en el corral
Y hasta el gallo carraspea, cuando pasa un animal (Repetir 2 veces)
Todos somos censores - Perry Nodelman
Artículo publicado originalmente en la revista CCL, Canadian Children’s Literature Nº 68 (1992), traducido por Paula Cadenas e incluido en la antología Un encuentro con la crítica y los libros para niños, seleccionada y editada por Brenda Bellorín y María Fernanda Paz Castillo (Caracas, Banco del Libro, 2001. Colección Parapara Clave).
Imaginaria agradece a María Beatriz Medina —Directora Ejecutiva del Banco del Libro de Venezuela— la autorización y las facilidades proporcionadas para la reproducción de este artículo.
Tomado por P.S. de la revista Imaginaria.
sábado, 9 de octubre de 2010
POLONIO DEL TRABAJADOR LITERARIO Breve guía para autores y editores. Edmund Wilson
Traducción de Aurelio Asiain
Este ensayo de Edmund Wilson, publicado originalmente en 1935, recogido primero en The Shores of Light y después en otras colecciones, no es inédito en español, pues ha visto antes la luz en una revista mexicana cuyo nombre y fecha no recuerdan nuestros informantes. Publicamos esta nueva traducción porque creemos que, no siendo inédito, tampoco es conocido y, a mas de seis décadas de publicado, sigue siendo una perfecta pieza inaugural para una revista literaria. Polonio es, desde luego, el personaje del dubitativo Hamlet.
viernes, 8 de octubre de 2010
Para pronunciar a la hora de dormir - Linn Ullmann
Me gustaría a alguien arrullar,
sentarme junto a alguien y estar.
Me gustaría mecerte y cantarte,
contigo en los sueños salir y entrar.
Querría ser el único en la casa
que supiera que fue fría la noche.
Y querría escuchar adentro y afuera,
auscultarte a ti, el mundo y el bosque.
Los relojes se llaman con sus dobles,
y se le ve entonces el fondo al tiempo.
Y abajo pasa aún un hombre raro
e importuna a un perro también extraño.
Detrás se hace el silencio. En ti he puesto
los ojos abiertos de par en par;
te sostienen suavemente y te sueltan
cuando algo se mueve en la oscuridad.
sentarme junto a alguien y estar.
Me gustaría mecerte y cantarte,
contigo en los sueños salir y entrar.
Querría ser el único en la casa
que supiera que fue fría la noche.
Y querría escuchar adentro y afuera,
auscultarte a ti, el mundo y el bosque.
Los relojes se llaman con sus dobles,
y se le ve entonces el fondo al tiempo.
Y abajo pasa aún un hombre raro
e importuna a un perro también extraño.
Detrás se hace el silencio. En ti he puesto
los ojos abiertos de par en par;
te sostienen suavemente y te sueltan
cuando algo se mueve en la oscuridad.
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