Como actor vacilante en el proscenio
que temeroso su papel confunde,
o como el poseído por la ira
que desfallece por su propio exceso,
así yo, desconfiando de mí mismo,
callo en la ceremonia enamorada,
y se diría que mi amor decae
cuando lo agobia la amorosa fuerza.
Deja que la elocuencia de mis libros,
sin voz, transmita el habla de mi pecho
que pide amor y busca recompensa,
más que otra lengua de expresivo alcance.
Del mudo amor aprende a leer lo escrito,
que oír con ojos es amante astucia
Trad Mujica Lainez
Brindar con extraños. Libro de cuentos
Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.
ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt
Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...
Fidelidad presidencial
"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."
citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler
viernes, 30 de julio de 2010
martes, 27 de julio de 2010
El lobito bueno -- J.A. Goytisolo
Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
lunes, 26 de julio de 2010
Té - Saki
James Cushat-Prinkly era un joven que siempre había abrigado la firme convicción de que un día de estos iba a casarse; y hasta los treinta y cuatro años de edad no había hecho nada para justificarla. Quería y admiraba a un gran número de mujeres, en conjunto y desapasionadamente, sin dedicar a una en particular ninguna consideración matrimonial, lo mismo que uno puede admirar los Alpes sin por ello querer ser dueño de un pico en concreto. Su falta de iniciativa a este respecto despertaba cierto grado de impaciencia entre las mujeres románticas del círculo hogareño. Su madre, sus hermanas, una tía que vivía con ellos y dos o tres comadres íntimas contemplaban su moroso acercamiento al estado conyugal con una desaprobación que harto distaba de ser muda. Sus coqueteos más inocentes eran vigilados con la intensa avidez con que un grupo de foxterriers escrutaría los más leves movimientos de un ser humano que diera razonables indicios de poder sacarlos a pasear. Ningún mortal de corazón decente resiste durante mucho tiempo las súplicas de varios pares de ojos perrunos anhelantes de un paseo; James Cushat-Prinkly no era tan terco o indiferente a las influencias caseras como para hacer caso omiso del deseo expreso de su familia de que se enamorara de alguna chica agradable y casadera; y cuando su tío Jules abandonó esta vida y le legó una no muy modesta herencia, de veras pareció que lo correcto sería acometer la empresa de descubrir a alguien con quien compartirla. Llevaba adelante este proceso de descubrimiento más por la fuerza del peso y las sugerencias de la opinión pública que por iniciativa propia. La clara mayoría de sus parientas y las ya mencionadas comadres habían escogido a Joan Sebastable como la joven más idónea de su grupo social para que él le propusiera matrimonio; y James se fue acostumbrando a la idea de que Joan y él pasarían juntos por las etapas obligatorias de las felicitaciones, los regalos, los hoteles noruegos o mediterráneos y la ulterior vida doméstica. Empero, había necesidad de preguntarle a la dama su opinión al respecto. Hasta la fecha la familia había manejado y dirigido el galanteo con habilidad y discreción, pero la propuesta en sí tendría que ser un esfuerzo individual.
Cushat-Prinkly cruzaba por Hyde Park con dirección a la residencia de los Sebastable en un estado de ánimo de moderada complacencia. Ya que había que hacerlo, le alegraba saber que iba a salir de ello esa misma tarde. Proponer matrimonio, incluso a una muchacha tan agradable como Joan, era un asunto más bien molesto; pero no se podía pasar una luna de miel en Menorca y después toda una vida de felicidad conyugal sin cumplir con este requisito. Se preguntaba cómo sería en realidad Menorca en cuanto sitio de visita; se la imaginaba como una isla en perpetuo medio luto, con gallinas de Menorca blancas y negras correteando por todas partes. Quizás no tendría nada de eso vista de cerca. Personas que habían estado en Rusia le habían contado que no recordaban haber visto allí patos de Moscú, así que a lo mejor no había gallinas de Menorca en esa isla.
Sus reflexiones mediterráneas fueron interrumpidas por la campana de un reloj al dar la media hora. Las cuatro y media. Frunció el entrecejo en señal de disgusto. Llegaría a la mansión de los Sebastable a la hora precisa del té. Joan estaría sentada frente a una mesa baja y tendida con una variedad de teteras de plata, jarritas de crema y delicadas tacitas de porcelana, detrás de las cuales surgiría el agradable campanilleo de su voz en una serie de preguntas intrascendentes sobre el té fuerte o claro; cuánta, si acaso, azúcar, leche o crema; y así sucesivamente. "¿Es un terrón? Lo he olvidado. Le gusta con leche, ¿verdad? ¿Desearía más agua caliente, si le quedó muy fuerte?"
Cushat-Prinkly había leído de estas cosas en cantidades de novelas; y en cientos de experiencias reales había comprobado que se ajustaban a la verdad. Millares de mujeres, a esta hora solemne de la tarde, recibían en medio de exquisitos cubiertos de plata y porcelana, mientras sus agradables voces tintineaban en un chorro de preguntas intrascendentes y solícitas. Cushat-Prinkly detestaba todo aquel engranaje del té de la tarde. Según su teoría de la vida, toda mujer debía tenderse en un diván o en un sofá, hablar con seducción incomparable o contemplar pensamientos indecibles, o podía limitarse a estar callada como un objeto para ser contemplado; y, descorriendo una cortina de seda, un pajecito egipcio debía traer en silencio una bandeja cargada de tazas y golosinas, que serían aceptadas sin palabras, así como así, sin tanta cháchara acerca de la crema, el azúcar y el agua caliente. Si de veras el alma de uno estaba encadenada a los pies de la amada, ¿cómo era posible hablar juiciosamente de té aguado? Cushat-Prinkly nunca había expresado sus opiniones sobre el tema a su madre; ella estaba acostumbrada a toda una vida de trinar agradablemente a la hora del té, detrás de primorosos objetos de plata y porcelana, y si le hubiera hablado de divanes y pajecitos egipcios, le habría recomendado pasar una semana de vacaciones en la costa. Y fue así como, mientras atravesaba una maraña de callejuelas que conducían indirectamente a la elegante alameda de Mayfair que era su destino, el pavor de enfrentarse a Joan Sebastable en su mesa de té se apoderó de él. Se le ofreció una salvación pasajera: en un piso de una casita angosta del lado más ruidoso de la calle Esquimaut vivía Rhoda Ellam, una especie de prima lejana que se ganaba la vida fabricando sombreros con materiales muy costosos. Los sombreros de veras parecían venidos de París; pero los cheques que recibía por ellos no parecían, por desgracia, destinados a viajar a París. Así y todo, Rhoda daba la impresión de encontrar divertida la vida y de pasarla bastante bien pese a las estrecheces. Cushat-Prinkly decidió subir a su piso y aplazar una media hora el importante asunto que tenía entre manos. Si prolongaba la visita podía arreglárselas para llegar a la mansión de los Sebastable después de que la última pieza de fina porcelana hubiera sido levantada.
Rhoda lo invitó a pasar a un cuarto que parecía servir de taller, sala y cocina, y que era tan admirablemente pulcro como cómodo.
-Me estaba preparando un bocadillo -anunció ella-. Hay caviar en el pote que tienes a tu lado. Empieza con ese pan moreno con mantequilla mientras corto un poco más. Búscate una taza; la tetera está detrás de ti. Y ahora cuéntame montones de cosas.
No volvió a referirse a la comida, sino que echó a hablar en forma amena e hizo charlar del mismo modo al visitante. Mientras tanto, cortó el pan con magistral destreza y sacó pimienta roja y rodajas de limón, cuando tantas otras mujeres sólo habrían sacado excusas y razones por no tener estos aditamentos. Cushat-Prinkly descubrió que estaba disfrutando de un excelente té sin tener que contestar tantas preguntas como las que tendría que absolver un ministro de agricultura durante una epidemia de peste bovina.
-Y ahora dime por qué has venido a verme -dijo de pronto Rhoda-. No sólo despiertas mi curiosidad, sino también mi instinto comercial. Espero que hayas venido por lo de los sombreros. Me enteré de que el otro día recibiste una herencia y, claro, se te ocurrió que sería un gesto muy hermoso y conveniente de tu parte celebrar el suceso comprándoles unos sombreros despampanantemente caros a todas tus hermanas. Puede que no te lo hayan mencionado, pero estoy segura de que la misma idea se les ocurrió a ellas. Desde luego, con las ferias hípicas encima, estoy con el agua al cuello; pero en mi profesión estamos enseñadas a eso: vivimos con el agua al cuello... como Moisés niño.
-No vine por lo de los sombreros -dijo el visitante-. En realidad, no creo haber venido por nada tan especial. Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar a visitarte. Sin embargo, ahora que hemos estado conversando se me ha venido a la cabeza una idea bastante importante. Si te olvidas de las ferias por un momento y me prestas atención, te contaré qué es.
Unos cuarenta minutos después James Cushat-Prinkly regresó al seno de su familia con un importante anuncio:
-Estoy comprometido en matrimonio.
La noticia fue recibida con una arrebatada explosión de felicitaciones y autocomplacencias.
-¡Ah, ya lo sabíamos! ¡Lo veíamos venir! ¡Lo predijimos hace semanas!
-Apuesto a que no -dijo Cushat-Prinkly-. Si alguna de ustedes me hubiera dicho hoy al mediodía que yo iba a pedirle a Rhoda Ellam que se casara conmigo y que ella me iba a aceptar, me habría reído de semejante idea.
La precipitación romántica de aquella aventura compensó en algo la despiadada negación de los pacientes esfuerzos y hábiles intrigas llevadas a cabo por las mujeres que rodeaban a James. Les costó bastante tener que desviar, sin previo aviso, su entusiasmo por Joan Sebastable a Rhoda Ellam; pero, después de todo, se trataba de la futura esposa de James; y los gustos de él tenían cierto derecho a ser tomados en cuenta.
Una tarde de septiembre de aquel año, pasada ya la luna de miel en Menorca, Cushat-Prinkly entró al salón de su nueva casa en la plaza de Granchester. Rhoda estaba sentada ante una mesa baja, rodeada de exquisitas porcelanas y de lustrosas platas. Al tiempo que le tendía una taza, le preguntó, con un agradable tintineo en la dicción:
-Te gusta más claro, ¿verdad? ¿Le pongo más agua caliente? ¿No?
Cushat-Prinkly cruzaba por Hyde Park con dirección a la residencia de los Sebastable en un estado de ánimo de moderada complacencia. Ya que había que hacerlo, le alegraba saber que iba a salir de ello esa misma tarde. Proponer matrimonio, incluso a una muchacha tan agradable como Joan, era un asunto más bien molesto; pero no se podía pasar una luna de miel en Menorca y después toda una vida de felicidad conyugal sin cumplir con este requisito. Se preguntaba cómo sería en realidad Menorca en cuanto sitio de visita; se la imaginaba como una isla en perpetuo medio luto, con gallinas de Menorca blancas y negras correteando por todas partes. Quizás no tendría nada de eso vista de cerca. Personas que habían estado en Rusia le habían contado que no recordaban haber visto allí patos de Moscú, así que a lo mejor no había gallinas de Menorca en esa isla.
Sus reflexiones mediterráneas fueron interrumpidas por la campana de un reloj al dar la media hora. Las cuatro y media. Frunció el entrecejo en señal de disgusto. Llegaría a la mansión de los Sebastable a la hora precisa del té. Joan estaría sentada frente a una mesa baja y tendida con una variedad de teteras de plata, jarritas de crema y delicadas tacitas de porcelana, detrás de las cuales surgiría el agradable campanilleo de su voz en una serie de preguntas intrascendentes sobre el té fuerte o claro; cuánta, si acaso, azúcar, leche o crema; y así sucesivamente. "¿Es un terrón? Lo he olvidado. Le gusta con leche, ¿verdad? ¿Desearía más agua caliente, si le quedó muy fuerte?"
Cushat-Prinkly había leído de estas cosas en cantidades de novelas; y en cientos de experiencias reales había comprobado que se ajustaban a la verdad. Millares de mujeres, a esta hora solemne de la tarde, recibían en medio de exquisitos cubiertos de plata y porcelana, mientras sus agradables voces tintineaban en un chorro de preguntas intrascendentes y solícitas. Cushat-Prinkly detestaba todo aquel engranaje del té de la tarde. Según su teoría de la vida, toda mujer debía tenderse en un diván o en un sofá, hablar con seducción incomparable o contemplar pensamientos indecibles, o podía limitarse a estar callada como un objeto para ser contemplado; y, descorriendo una cortina de seda, un pajecito egipcio debía traer en silencio una bandeja cargada de tazas y golosinas, que serían aceptadas sin palabras, así como así, sin tanta cháchara acerca de la crema, el azúcar y el agua caliente. Si de veras el alma de uno estaba encadenada a los pies de la amada, ¿cómo era posible hablar juiciosamente de té aguado? Cushat-Prinkly nunca había expresado sus opiniones sobre el tema a su madre; ella estaba acostumbrada a toda una vida de trinar agradablemente a la hora del té, detrás de primorosos objetos de plata y porcelana, y si le hubiera hablado de divanes y pajecitos egipcios, le habría recomendado pasar una semana de vacaciones en la costa. Y fue así como, mientras atravesaba una maraña de callejuelas que conducían indirectamente a la elegante alameda de Mayfair que era su destino, el pavor de enfrentarse a Joan Sebastable en su mesa de té se apoderó de él. Se le ofreció una salvación pasajera: en un piso de una casita angosta del lado más ruidoso de la calle Esquimaut vivía Rhoda Ellam, una especie de prima lejana que se ganaba la vida fabricando sombreros con materiales muy costosos. Los sombreros de veras parecían venidos de París; pero los cheques que recibía por ellos no parecían, por desgracia, destinados a viajar a París. Así y todo, Rhoda daba la impresión de encontrar divertida la vida y de pasarla bastante bien pese a las estrecheces. Cushat-Prinkly decidió subir a su piso y aplazar una media hora el importante asunto que tenía entre manos. Si prolongaba la visita podía arreglárselas para llegar a la mansión de los Sebastable después de que la última pieza de fina porcelana hubiera sido levantada.
Rhoda lo invitó a pasar a un cuarto que parecía servir de taller, sala y cocina, y que era tan admirablemente pulcro como cómodo.
-Me estaba preparando un bocadillo -anunció ella-. Hay caviar en el pote que tienes a tu lado. Empieza con ese pan moreno con mantequilla mientras corto un poco más. Búscate una taza; la tetera está detrás de ti. Y ahora cuéntame montones de cosas.
No volvió a referirse a la comida, sino que echó a hablar en forma amena e hizo charlar del mismo modo al visitante. Mientras tanto, cortó el pan con magistral destreza y sacó pimienta roja y rodajas de limón, cuando tantas otras mujeres sólo habrían sacado excusas y razones por no tener estos aditamentos. Cushat-Prinkly descubrió que estaba disfrutando de un excelente té sin tener que contestar tantas preguntas como las que tendría que absolver un ministro de agricultura durante una epidemia de peste bovina.
-Y ahora dime por qué has venido a verme -dijo de pronto Rhoda-. No sólo despiertas mi curiosidad, sino también mi instinto comercial. Espero que hayas venido por lo de los sombreros. Me enteré de que el otro día recibiste una herencia y, claro, se te ocurrió que sería un gesto muy hermoso y conveniente de tu parte celebrar el suceso comprándoles unos sombreros despampanantemente caros a todas tus hermanas. Puede que no te lo hayan mencionado, pero estoy segura de que la misma idea se les ocurrió a ellas. Desde luego, con las ferias hípicas encima, estoy con el agua al cuello; pero en mi profesión estamos enseñadas a eso: vivimos con el agua al cuello... como Moisés niño.
-No vine por lo de los sombreros -dijo el visitante-. En realidad, no creo haber venido por nada tan especial. Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar a visitarte. Sin embargo, ahora que hemos estado conversando se me ha venido a la cabeza una idea bastante importante. Si te olvidas de las ferias por un momento y me prestas atención, te contaré qué es.
Unos cuarenta minutos después James Cushat-Prinkly regresó al seno de su familia con un importante anuncio:
-Estoy comprometido en matrimonio.
La noticia fue recibida con una arrebatada explosión de felicitaciones y autocomplacencias.
-¡Ah, ya lo sabíamos! ¡Lo veíamos venir! ¡Lo predijimos hace semanas!
-Apuesto a que no -dijo Cushat-Prinkly-. Si alguna de ustedes me hubiera dicho hoy al mediodía que yo iba a pedirle a Rhoda Ellam que se casara conmigo y que ella me iba a aceptar, me habría reído de semejante idea.
La precipitación romántica de aquella aventura compensó en algo la despiadada negación de los pacientes esfuerzos y hábiles intrigas llevadas a cabo por las mujeres que rodeaban a James. Les costó bastante tener que desviar, sin previo aviso, su entusiasmo por Joan Sebastable a Rhoda Ellam; pero, después de todo, se trataba de la futura esposa de James; y los gustos de él tenían cierto derecho a ser tomados en cuenta.
Una tarde de septiembre de aquel año, pasada ya la luna de miel en Menorca, Cushat-Prinkly entró al salón de su nueva casa en la plaza de Granchester. Rhoda estaba sentada ante una mesa baja, rodeada de exquisitas porcelanas y de lustrosas platas. Al tiempo que le tendía una taza, le preguntó, con un agradable tintineo en la dicción:
-Te gusta más claro, ¿verdad? ¿Le pongo más agua caliente? ¿No?
domingo, 25 de julio de 2010
Marido mayor y esposa joven. Richard B Sheridan
¿Qué debe esperar un viejo soltero cuando se casa con una esposa joven? Han pasado seis meses desde que lady Teazle me hiciera el más feliz de los hombres... ¡Y desde entonces he sido el perro más miserable que alguna vez contrajera matrimonio! Reñimos un poco en camino a la iglesia, y logramos pelear antes de que las campanas terminaran de sonar. Más de una vez me atraganté de bilis durante mi luna de miel, y había perdido toda la serenidad de la vida antes de que mis amigos hubiesen terminado de desearme felicidad. Sin embargo elegí con precaución: una muchacha que siempre había vivido en el campo, que no había conocido más lujos que una bata de seda, ni más disipación que el baile anual de una carrera de caballos. ¡Sin embargo ahora toma parte en todas las extravagancias de la moda y la ciudad, con una elegancia tan pronta que no parece que una vez haya sido un arbusto o una hierba extraña a Grosvenor Square. Se burlan de mí todos mis conocidos, y me citan con frecuencia en los periódicos. Ella derrocha mi fortuna, y contradice todos mis estados de ánimo; pero lo peor es que sospecho que la amo, o nunca soportaría todo esto. Sin embargo, nunca tendré la debilidad de confesarlo.
(...)
Ah, querido Rowley, cuando un viejo soltero se casa con esposa joven, se merece... no... el propio crimen lleva en sí el castigo.
Tomado de La escuela del escándalo
(...)
Ah, querido Rowley, cuando un viejo soltero se casa con esposa joven, se merece... no... el propio crimen lleva en sí el castigo.
Tomado de La escuela del escándalo
lunes, 19 de julio de 2010
Eurídice...
Como llegaste, te fuiste.
No es verdad que estuviste penando entre los demonios,
Que se abrieron las piedras para recibirte
Y que el corazón de Hades quedó roto al escucharte.
Hay tantas cosas que son y no son
Que apenas parecen ciertas.
Te ordenaron que me lleves,
Que vayas delante, que no mires
Hacia atrás. Como yo, por otra parte,
Hice tantas veces a la hora de perdonarte
Tus celos, tus rencores. Los desplantes
Que por cualquier cosa me hacías
O la cobardía propia, como dicen por allá,
De los tocadores de cítara.
Nada más tuve que seguir tus pasos
A través de la oscuridad,
Aunque yo me preguntaba
¿podrá él, podrá sacarme de este infierno?
Algunos creen que era mejor
Si hubieras venido muerto, a yacer conmigo.
No era algo que pudiera pedírsete;
Tanta generosidad no entra en tu alma
De músico. ¿Por qué la gente se casa,
Por qué Orfeo, por qué tiene a Eurídice
Que picar una serpiente?
Ah, la vida es muy cruel, pero peor
Sin duda es la muerte, si esperas que el citaredo
Venga a rescatarte. Yo no estaba a disgusto
Yo solamente estaba extinta. Por el poder
Del amor y de su canto, él vino y pidió
Por mí; las lágrimas de todos allá abajo
Concluyeron que él debía llevarme a su lado.
Ahora, si lo pienso, ni siquiera estoy segura
De que haya sido un deseo mío. A lo mejor
Era un tesoro que le pertenecía. Caminé dos pasos,
Tres, el túnel, la caverna. Ya estaba el sol,
Ya sólo un pie quedaba en el inframundo,
Hediendo entre los muertos. Y fue ahí
Cuando te volviste. ¿Era yo, yo la de siempre?
¿Estaba bien? ¿Tenía los dos ojos, todos los cabellos?
¿Chirriaban las coyunturas de mis huesos?
¿Estaban mis dientes enfilados, sonriendo?
Esas fueron tus palabras, dichas con una voz
Como si tuviera importancia con qué adefesio
Podías encontrarte. Después, regresé,
Volví al lugar de donde nunca debí haber salido.
Los reyes suspiraron: Ay, Eurídice, cuánto te amaba.
Cuánto lo amabas. Se llenan la boca con el asunto del amor:
A pesar de todo, para eso son reyes del Olimpo.
La música es ajena a este lugar, el llanto
Es lo más aproximado a su sonido. Yo, en cambio,
Permanezco en silencio, esperando. Qué, quién,
Podrá venir, es un misterio. Es la sustancia que colma
Mis días y era de mi amante y mío, mi alimento.
Aquí alguien grita y otro se lamenta
Y yo susurro, Orfeo, Orfeo, Orfeo,
Tres veces cada noche, incansanble,
Aunque nunca jamás después de repetir su nombre,
Haga lo que haga, duermo.
No es verdad que estuviste penando entre los demonios,
Que se abrieron las piedras para recibirte
Y que el corazón de Hades quedó roto al escucharte.
Hay tantas cosas que son y no son
Que apenas parecen ciertas.
Te ordenaron que me lleves,
Que vayas delante, que no mires
Hacia atrás. Como yo, por otra parte,
Hice tantas veces a la hora de perdonarte
Tus celos, tus rencores. Los desplantes
Que por cualquier cosa me hacías
O la cobardía propia, como dicen por allá,
De los tocadores de cítara.
Nada más tuve que seguir tus pasos
A través de la oscuridad,
Aunque yo me preguntaba
¿podrá él, podrá sacarme de este infierno?
Algunos creen que era mejor
Si hubieras venido muerto, a yacer conmigo.
No era algo que pudiera pedírsete;
Tanta generosidad no entra en tu alma
De músico. ¿Por qué la gente se casa,
Por qué Orfeo, por qué tiene a Eurídice
Que picar una serpiente?
Ah, la vida es muy cruel, pero peor
Sin duda es la muerte, si esperas que el citaredo
Venga a rescatarte. Yo no estaba a disgusto
Yo solamente estaba extinta. Por el poder
Del amor y de su canto, él vino y pidió
Por mí; las lágrimas de todos allá abajo
Concluyeron que él debía llevarme a su lado.
Ahora, si lo pienso, ni siquiera estoy segura
De que haya sido un deseo mío. A lo mejor
Era un tesoro que le pertenecía. Caminé dos pasos,
Tres, el túnel, la caverna. Ya estaba el sol,
Ya sólo un pie quedaba en el inframundo,
Hediendo entre los muertos. Y fue ahí
Cuando te volviste. ¿Era yo, yo la de siempre?
¿Estaba bien? ¿Tenía los dos ojos, todos los cabellos?
¿Chirriaban las coyunturas de mis huesos?
¿Estaban mis dientes enfilados, sonriendo?
Esas fueron tus palabras, dichas con una voz
Como si tuviera importancia con qué adefesio
Podías encontrarte. Después, regresé,
Volví al lugar de donde nunca debí haber salido.
Los reyes suspiraron: Ay, Eurídice, cuánto te amaba.
Cuánto lo amabas. Se llenan la boca con el asunto del amor:
A pesar de todo, para eso son reyes del Olimpo.
La música es ajena a este lugar, el llanto
Es lo más aproximado a su sonido. Yo, en cambio,
Permanezco en silencio, esperando. Qué, quién,
Podrá venir, es un misterio. Es la sustancia que colma
Mis días y era de mi amante y mío, mi alimento.
Aquí alguien grita y otro se lamenta
Y yo susurro, Orfeo, Orfeo, Orfeo,
Tres veces cada noche, incansanble,
Aunque nunca jamás después de repetir su nombre,
Haga lo que haga, duermo.
domingo, 18 de julio de 2010
La denunciante. Ejercicio para actores. Basado en un fragm de una novela de Ed Mc Bain
Personajes:
Inspector.
Adelaida.
Pequeña cocina. Una mesa con un mantelito de vinilo. Una cafetera, dos tazas de café.
Inspector.
Adelaida.
Pequeña cocina. Una mesa con un mantelito de vinilo. Una cafetera, dos tazas de café.
domingo, 11 de julio de 2010
Nota de gratitud - Wislawa Szymborska
Debo lo impagable
a quienes no amo:
El alivio, de que otros
sean quienes los necesiten.
La dicha de no ser yo
el lobo para su oveja.
La calma, al estar con ellos,
la libertad…
Eso, el amor no es capaz
de ofrecer ni de tomar.
No los espero en ve y va
de la ventana a la puerta.
Con paciencia de reloj
de sol y sombras,
comprendo cuanto el amor no puede
y le perdono como a él está vedado.
La distancia entre su encuentro
o una carta,
serán días, tal vez semanas,
jamás una eternidad.
Con ellos, viajar no es un sobresalto;
es oír de verdad conciertos,
es ver las catedrales,
presenciar en calma el teatro.
Si siete ríos o montañas
se me interponen a ellos,
montañas son y son ríos,
que se hallan en cualquier mapa.
Si vivo en tres dimensiones,
no es lírico ni retórico
sino mera espacialidad:
si a alguien lo debo es a ellos.
Ellos mismos, cabalmente,
no valoran el tesoro
que para mí es sus manos huecas.
“No les debo nada”
de ellos opinaría mi amor
si al caso le preguntaran.
a quienes no amo:
El alivio, de que otros
sean quienes los necesiten.
La dicha de no ser yo
el lobo para su oveja.
La calma, al estar con ellos,
la libertad…
Eso, el amor no es capaz
de ofrecer ni de tomar.
No los espero en ve y va
de la ventana a la puerta.
Con paciencia de reloj
de sol y sombras,
comprendo cuanto el amor no puede
y le perdono como a él está vedado.
La distancia entre su encuentro
o una carta,
serán días, tal vez semanas,
jamás una eternidad.
Con ellos, viajar no es un sobresalto;
es oír de verdad conciertos,
es ver las catedrales,
presenciar en calma el teatro.
Si siete ríos o montañas
se me interponen a ellos,
montañas son y son ríos,
que se hallan en cualquier mapa.
Si vivo en tres dimensiones,
no es lírico ni retórico
sino mera espacialidad:
si a alguien lo debo es a ellos.
Ellos mismos, cabalmente,
no valoran el tesoro
que para mí es sus manos huecas.
“No les debo nada”
de ellos opinaría mi amor
si al caso le preguntaran.
Vocabulario - Wislawa Szymborska
“¿La Pologne? ¿la Pologne? Ahí se muere una de frío, ¿verdad?”, preguntó tras un suspiro de alivio. En tantos países se viene aplicando eso de que el clima es el tema seguro por excelencia, para cualquier conversación.
Yo quise refutarle: “Los poetas de mi pueblo, madame, escriben sus versos con pinzas. Y no es que siempre sean tan acuciosos; no: se desenfadan si la luna entibia lo preciso, y entonces, en estrofas calmas de estentóreos plañidos loan las sencillas vidas de nuestros pastores de focas, pues sólo en recipiente tal es posible embeber el rugido incesante de la ventiscas. Nuestros Clasisistas, por su parte, encriptan sus odas en estalactitas de tinta sobre el caudal varado de una avalancha; los demás, los Decadentes, claman contra el destino y secretan nieve en vez de lágrimas (Si alguno quiere ahogarse, requiere a la mano un hacha para cercenar el hielo). Así, como le digo, mi estimada madame”.
Eso quise decirle, pero olvidé cómo se dice “foca” en francés y tuve dudas sobre “estalactita” y “hacha”.
“¿La Pologne? ¿la Pologne? Ahí se muere una de frío, ¿verdad?”.
“Pas du tout”, contesté parcamente.
Trad Luis Sand
Yo quise refutarle: “Los poetas de mi pueblo, madame, escriben sus versos con pinzas. Y no es que siempre sean tan acuciosos; no: se desenfadan si la luna entibia lo preciso, y entonces, en estrofas calmas de estentóreos plañidos loan las sencillas vidas de nuestros pastores de focas, pues sólo en recipiente tal es posible embeber el rugido incesante de la ventiscas. Nuestros Clasisistas, por su parte, encriptan sus odas en estalactitas de tinta sobre el caudal varado de una avalancha; los demás, los Decadentes, claman contra el destino y secretan nieve en vez de lágrimas (Si alguno quiere ahogarse, requiere a la mano un hacha para cercenar el hielo). Así, como le digo, mi estimada madame”.
Eso quise decirle, pero olvidé cómo se dice “foca” en francés y tuve dudas sobre “estalactita” y “hacha”.
“¿La Pologne? ¿la Pologne? Ahí se muere una de frío, ¿verdad?”.
“Pas du tout”, contesté parcamente.
Trad Luis Sand
Sobre estar mal contigo mismo - Wislawa Szymborska
Jamás conjuga culpar el buitre;
el jaguar ignora qué significa escrúpulo;
no aflige la vergüenza a la piraña cuando ataca.
Y las víboras llamarían limpias
a sus manos, si tuvieran.
De remordimientos no comprenden los chacales.
Leones ni chinches vacilan en hacer su labor.
Vacilar por qué si sólo ejercen su derecho.
Aunque una tonelada carga el corazón
del asesino de ballenas,
se vuelve frágil de pronto.
En el tercer planeta de este sistema solar,
con señas de bestialidad por doquier,
la conciencia limpia campea a la delantera.
trad Luis Sand
el jaguar ignora qué significa escrúpulo;
no aflige la vergüenza a la piraña cuando ataca.
Y las víboras llamarían limpias
a sus manos, si tuvieran.
De remordimientos no comprenden los chacales.
Leones ni chinches vacilan en hacer su labor.
Vacilar por qué si sólo ejercen su derecho.
Aunque una tonelada carga el corazón
del asesino de ballenas,
se vuelve frágil de pronto.
En el tercer planeta de este sistema solar,
con señas de bestialidad por doquier,
la conciencia limpia campea a la delantera.
trad Luis Sand
jueves, 8 de julio de 2010
El Patito Horrible. Pequeño txt de humor
Personajes.
El Patito Horrible (un pato enorme, muy cabezudo, rengo, desplumado, bizco, espantoso).
La Pata
El escenario es el lecho conyugal. El Patito Horrible hace meditación.
El Patito Horrible (un pato enorme, muy cabezudo, rengo, desplumado, bizco, espantoso).
La Pata
El escenario es el lecho conyugal. El Patito Horrible hace meditación.
miércoles, 7 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
Sobre los advenedizos. Honoré de Balzac
Los advenedizos son como los simios, de los cuales tienen la destreza: se les ve en lo alto, se admira su agilidad en la escalada, pero llegados a la cima, no se distingue sino sus aspectos denigrantes.
Tomado de El Lirio del Valle
Tomado de El Lirio del Valle
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Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.
Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.
Conocerlo todo, según Mahfuz
"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.
Paradoja del deseo - Oscar Wilde
En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!
Testamento de Florencio Sánchez
"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."
Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar
Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."
Siempre idéntica a sí misma
Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.
Búsquedas desesperadas - Woody Allen
«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».
Conócete a ti mismo. Oscar Wilde
Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.
He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci
Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.
Etérea. Tradición oral española.
Este es el cuento de María Sarmiento
que fue a cagar y se la llevó el viento
De una Suplicante a Santa Lucía
En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!
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