La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

martes, 29 de junio de 2010

El Angel y la Monja. Sketch humorístico

Personajes:

El Arcángel Gabriel
La Monja [Hermana Castigo del Cielo]

Claustro conventual. Como entrando del jardín aparece el arcángel Gabriel. Es alto, delgado, tiene peluca y 2 alas apolilladas que largan polvillo cuando las agita. Detrás de un celosía muy entramada está la monja a la que no vemos con claridad, pero notamos su presencia, su voz.

El Angel Gabriel

lunes, 28 de junio de 2010

Vida de Wendy y Peter. Sketch humoristico

Wendy adulta, cansada, abotagada, paupérrima, embarazada de 8 meses, fuma en la cocina, gran desorden y suciedad, mamaderas y cosas de chicos y de bebés diseminadas por todas partes. Llanto de bebé.

Los osos prejuiciosos. Sketch humorístico basado en "Ricitos de Oro y los 3 Ositos"

Personajes

Oso 1
Oso 2
Ricitos de Oro

Comedor de los tres ositos. Entran 2 osos. Notan un desorden extraño.

jueves, 24 de junio de 2010

la ficción de viajar

La emigrante. Obra brevísima

Cenicienta. Roald Dahl. Tomado de "Cuentos en verso para niños perversos"


"¡Si ya nos la sabemos de memoria!",


diréis. Y, sin embargo, de esta historia

tenéis una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia...

El lío se organiza en el momento

en que las Hermanastras de este cuento

se marchan a Palacio y la pequeña

se queda en la bodega a partir leña.

Allí, entre los ratones llora y grita,

golpea la pared, se desgañita:

"¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!

¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!".

Y así hasta que por fin asoma el Hada

por el encierro en el que está su ahijada.

"¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida?

¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida

te dan esas lechuzas?". "¡Frita estoy

porque ellas van al baile y yo no voy!".

La chica patalea furibunda:

"¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!

¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,

zapatos de charol, sortija, broche,

pendientes de coral, pantys de seda

y aromas de París para que pueda

enamorar al Príncipe en seguida

con mi belleza fina y distinguida!".

Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,

en menos tiempo del que aquí se cuenta,

se personó en Palacio, en plena disco,

dejando a sus rivales hechas cisco.

Con Ceny bailó el Príncipe rocks miles

tomándola en sus brazos varoniles

y ella se le abrazó con tal vigor

que allí perdió su Alteza su valor,

y mientras la miró no fue posible

que le dijera cosa inteligible.

Al dar las doce Ceny pensó: "Nena,

como no corras la hemos hecho buena",

y el Príncipe gritó: "¡No me abandones!",

mientras se le agarraba a los riñones,

y ella tirando y él hecho un pelmazo

hasta que el traje se hizo mil pedazos.

La pobre se escapó medio en camisa,

pero perdió un zapato con la prisa.

el Príncipe, embobado, lo tomó

y ante la Corte entera declaró:

"¡La dueña del pie que entre en el zapato

será mi dulce esposa, o yo me mato!".

Después, como era un poco despistado,

dejó en una bandeja el chanclo amado.

Una Hermanastra dijo: "¡Ésta es la mía!",

y, en vista de que nadie la veía,

pescó el zapato, lo tiró al retrete

y lo escamoteó en un periquete.

En su lugar, disimuladamente,

dejó su zapatilla maloliente.

En cuanto salió el Sol, salió su Alteza

por la ciudad con toda ligereza

en busca de la dueña de la prenda.

De casa en casa fue, de tienda en tienda,

e hicieron cola muchas damiselas

sin resultado. Aquella vil chinela,

incómoda, pestífera y chotuna,

no le sentaba bien a dama alguna.

Así hasta que fue el turno de la casa

de Cenicienta... "¡Pasa, Alteza, pasa!",

dijeron las perversas Hermanastras

y, tras guiñar un ojo a la Madrastra,

se puso la de más cara de cerdo

su propia zapatilla en el pie izquierdo.

El Príncipe dio un grito, horrorizado,

pero ella gritó más: "¡Ha entrado! ¡Ha entrado!

¡Seré tu dulce esposa!". "¡Un cuerno frito!".

"¡Has dado tu palabra. Principito,

precioso mío!". "¿Sí? -rugió su Alteza.

--¡Ordeno que le corten la cabeza!".

Se la cortaron de un único tajo

y el Príncipe se dijo: "Buen trabajo.

Así no está tan fea". De inmediato

gritó la otra Hermanastra: "¡Mi zapato!

¡Dejad que me lo pruebe!". "¡Prueba esto!",

bramó su Alteza Real con muy mal gesto

y, echando mano de su real espada,

la descocó de una estocada;

cayó la cabezota en la moqueta,

dio un par de botes y se quedó

quieta...

En la cocina Cenicienta estaba

quitándoles las vainas a unas habas

cuando escuchó los botes, -pam, pam, pam-

del coco de su hermana en el zaguán,

así que se asomó desde la puerta

y preguntó: "¿Tan pronto y ya despierta?".

El Príncipe dio un salto: "¡Otro melón!",

y a Ceny le dio un vuelco el corazón.

"¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza!

con ese yo me juego la cabeza...

¡Pero si está completamente loco!".

Y cuando gritó el Príncipe: "¡Ese coco!

¡Cortádselo ahora mismo!", en la cocina

brilló la vara del Hada Madrina.

"¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,

que tus deseos corren de mi cuenta!".

"¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-,

no quiero ya ni príncipes ni nada

que pueda parecérseles! Ya he sido

Princesa por un día. Ahora te pido

quizá algo más difícil e infrecuente:

un compañero honrado y buena gente.

¿Podrás encontrar uno para mí,

Madrina amada? Yo lo quiero así...".

Y en menos tiempo del que aquí se cuenta

se descubrió de pronto Cenicienta

a salvo de su Príncipe y casada

con un señor que hacía mermelada.

Y, como fueron ambos muy felices,

nos dieron con el tarro en las narices.

jueves, 10 de junio de 2010

Sobre la pasión. Charles Baudelaire en La Fanfarlo

¿Son sinceras nuestras pasiones? ¿Quién puede saber con seguridad lo que quiere, y conocer cabalmente el barómetro de su corazón?

domingo, 6 de junio de 2010

La mujer pública - Paul Robin, 1908

Digan lo que quieran las gentes preocupadas, nuestra profesión es análoga a la de todos los trabajadores. Nosotras nos esforzamos y nos consumimos produciendo amor para los que vienen a comprárnoslo, lo mismo que nuestras hermanas las llamadas virtuosas, se consumen cosiendo, tejiendo, frotando madera o metales o sufriendo la fatiga y la humillación del servicio doméstico.
A los que osan decir que nuestro producto no es útil, podemos probar que lo es tanto o más que los vestidos, el calzado, el mobiliario, sólo considerando que fue y es universalmente pedido, mientras que la mayor parte de los humanos han vivido y viven casi desnudos y sin muebles.
Nuestra profesión sufre la concurrencia de las mujeres legítimas. La principal diferencia entre estas profesiones consiste en que nuestras concurrentes trafican al por mayor y nosotras al menudeo. Nosotras vendemos nuestra mercancía a todo el mundo; ellas la suministran a un contratista vitalicio, aunque sea tan repugnante siempre como nos lo parezca breve rato alguno de nuestros clientes.
Dicen que su mercancía es mejor que la nuestra; puede dudarse de ello al ver el número considerable de casados que vienen a pedirnos lo que probablemente su legítima no ha podido suministrarle.
En general, las aspirantes al matrimonio tienen en tan poca estimación su propio valor, que en lugar de [2] hacerse pagar lisa y llanamente como nosotras, se ven obligadas a presentar un dote, es decir, una cantidad para darse de balde y con dinero encima. Su valor es, pues, negativo, menor que nada,
Es verdad que eso, verdadero en el fondo, resulta una apariencia en muchos casos, porque la casadera bien dotada cuenta siempre gastar mucho más para sus necesidades y caprichos que lo que representa el capital que aporta.
Se nos acusa de rapaces; se detallan, para vilipendiarnos, las astucias a que hemos de recurrir para sacar de clientes mezquinos la remuneración de nuestro trabajo; pero las mujeres legítimas no son menos astutas y rapaces; con la circunstancia de que emplean los mismos medios y aun otros más violentos para sacar dinero a su supuesto cliente único: en realidad roban impunemente.
Espantados de los escándalos que producirían esos hechos tan frecuentes, si se diese la publicidad de los tribunales a una parte de ellos, los legisladores, conservadores de la sociedad y de su buena fama (?) no reconocen el robo doméstico.
De vez en cuando se da el espectáculo grotesco de castigar infelices por complicidad en un acto culpable cuyo principal autor no puede ser procesado; pero en cambio es de ver la cómica indignación y la virtuosa ferocidad con que se castiga a aquella de entre nosotras que se alarga a buscar un suplemento de honorarios en el bolsillo de un repugnante borracho a que se ha visto precisada a entregarse.
Nuestro salario en pago del trabajo realizado, o el importe de la mercancía vendida, se paga al contado, y si, con razón o sin ella, el cliente no queda satisfecho, no vuelve más. Nosotras, las despreciadas, somos generalmente equitativas, siquiera sea por interés para conservar el parroquiano; pero las mujeres llamadas honradas, [3] para suministrar lo justo en cantidad y en calidad, se acomodan a su conciencia, y ésta es elástica.
Sabido es cuán poco amables son las relaciones ordinarias entre los casados después de una corta luna de miel; pues las relaciones amorosas han de parecerse necesariamente a las otras, peor aún, porque se ha de hacer acto de amor, de cariño, de complacencia y de condescendencia entre personas indiferentes o que se odian.
Los defensores de los viejos dogmas religiosos y políticos, a la vez que nos suministran abundantísima clientela, declaran nuestra profesión inmoral, y a nosotras por consiguiente; pero el calificativo que se nos aplique corresponde por igual a nuestros cooperadores. Cualquiera que sea el punto de vista moral desde el que se juzguen nuestros actos, la responsabilidad es idéntica para nosotras y para los que usan de nosotras; ellos y nosotras somos igualmente culpables o inocentes. Todo juicio contrario es absurdo e inicuo: si se condena, si se castiga uno de los dos actores necesarios para la realización de un acto, debe condenarse y castigarse igualmente el otro.
Si se quiere culpar, no el acto, sino la tendencia a cometerlo, esta tendencia es seguramente más excusable en la que obra impulsada por la necesidad de vivir, que en el que siente el impulso de la voluptuosidad. Sin embargo, rechazando esta ventaja, nosotras, las malas, las despreciadas, nos atenemos generosa y prudentemente a la igualdad de responsabilidad, considerando que si la necesidad de amor carnal es menos imperiosa que el hambre, le sigue de cerca, y al fin lo mismo se muere del uno que del otro.
Pero ¿se ha de culpar a alguien? ¡No! La necesidad de amar ha de satisfacerse, y la penosa y dolorosa evolución de la humanidad le ha satisfecho mal hasta el presente, como tantas otras necesidades, esperemos a pesar de los lamentables errores de lo pasado y de lo presente, que en [4] lo futuro, en este punto como en otros, se llegará a la solución que dé a todos alegría sin mezcla de dolor alguno. ¡Es cosa tan fácil! La lamentable historia sexual de la humanidad en todos tiempos y lugares, ha agotado todos los absurdos y atrocidades imaginables, impuestos por la autoridad en sus concepciones más ineptas y crueles. La manera con que nos tratan en la actual civilización la autoridad y la opinión convencional, lo mismo que las leyes y costumbres que rigen y rodean la unión legal y su ruptura, el matrimonio y el divorcio, son abominables supervivencias de aquellas torturas universales.
la única solución no ensayada, la única buena, la única que puede dar satisfacción a todos, excepto a la loca minoría ávida de opresión, es la libertad, pura y simple, sin frases.
El número de hombres y mujeres en todas partes es sensiblemente el mismo. Las pequeñas diferencias locales, tan dolorosas bajo el régimen de la pseudo-monogamia y de la prostitución, carecerían de importancia en un régimen de verdadera libertad. Hay, pues, posibilidad de satisfacción sexual para todos, sin falta y sin exceso para nadie.
Para nosotras, como para todas, el amor sería una alegría y no una vergüenza o un tormento. Honroso en todo caso, sería honrado siempre; siempre verdaderamente libre, espontáneo, jamás forzado, nunca esclavo ni mercenario.
Esta idea desagrada a los que practican o, por mejor decir, profesan por interés una moral basada sobre concepciones extraterrestres que no confirma la observación ni la experiencia, ni justifican los resultados. Que los retrasados practiquen el ascetismo que predican, si eso les agrada, pero no lo impongan a los demás. Mejor aún, que la totalidad humana, inspirada en la razón, rechace toda imposición; que cada uno sea dueño de sus destinos en [5] el límite de las posibilidades naturales, no añadiendo ineptas fantasías individuales a las dificultades naturales, fatales, manantiales desgraciadamente fecundos de miserias variadas.
Examinaremos ahora dos de éstas, la menor, aunque reputada la más grave.
La naturaleza madrastra nos ha colmado de enfermedades de toda especie. Entre las más horribles hay una que vicia rápidamente todo el organismo; sus manifestaciones son úlceras duraderas, chancros roedores, múltiples abscesos, la caída de dientes y pelos e intolerables dolores que parecen moler los huesos. A veces se cree el paciente curado; pero frecuentemente es una vana esperanza, porque, transcurridos meses y aun diez y veinte años de curación aparente, se manifiestan accidentes secundarios y terciarlos peores que los primarios. Ese mal espantosamente contagioso se inocula en el menor rasguño y hasta sobre una mucosa sana, y muy especialmente en el acto del amor. A los bárbaros moralistas a priori les parece un castigo y creen hacer obra piadosa agravándole.
Ese mal sirve de principal pretexto a los legisladores masculinos para ponernos absolutamente fuera de la ley y entregarnos a la arbitrariedad con que se trata a las fieras. No recordaremos los horribles suplicios infligidos apenas hace un siglo a las pobres enfermas, basta exponer que actualmente aún esas enfermedades especiales se consideran como crímenes; sus hospitales son cárceles ante todo. Ciertamente suele encontrarse en ellos médicos y practicantes sensatos, pero lo más corriente es que la enferma sea sujeto de experimentos crueles, y en cuanto su estado lo permite, es objeto de una vergonzosa especulación que los príncipes de la ciencia y los honrados administradores de aquellos establecimientos no ignoran. Con ley o sin ley denominada con estudiada obscuridad [6] «de Enfermedades contagiosas», se emplean todos los medios, lícitos o no, para impedirnos comunicar con los hombres, como si no se ignorara que los hombres nos han contagiado, siendo ellos más culpables que nosotras, porque la forma de sus órganos les permite reconocer el mal antes que nosotras, y sin considerar que cuando ellos nos emponzoñan casi siempre lo saben, y aún lo hacen expresamente, mientras que en la inmensa mayoría de casos, nosotras causamos la infección sin saberlo y contra nuestra voluntad, y si hay mujeres que cometan tal vileza, todavía cae la responsabilidad sobre los hombres, pues lo hacen por una tradición según la cual sólo se trata de una broma pesada. Muchos tienen la infame preocupación de creer que transmitiendo su mal a una virgen quedan curados. ¡Véase qué origen tan criminal de violaciones!
¿Hay quién piense en castigar, en fustigar en los hombres tales crímenes voluntarios, premeditados y alevosos? No hay ley que lo castigue. Por el contrario, nosotras que seríamos dichosas si pudiéramos recibir los simpáticos socorros de verdaderos sabios, estamos sometidas, so pretexto de salubridad, a unas visitas tan vejatorias como inútiles. Que se nos guíe; que se nos enseñen todas las precauciones higiénicas; que podamos consultar siempre al práctico benévolo, al consejero amigo, ¡qué cosa mejor! Pero no; visitas forzosas, periódicas, hechas de cualquier modo, con espéculums sucios, propagadores del contagio y que parecen destinados a la diversión de unos polizontes y de una comparsa pseudo médica, y luego, al tun tun, secuestro, prisión, asistencia brutal.
La preñez es el fantasma terrorífico, porque envenena la vida de toda mujer que apenas se basta a sí propia y que tiembla al pensamiento de aumentar su miseria, y, más aún, de asociar a ella un hijo que no podría soportarla. Ese peligro amenaza más a las mujeres semivirtuosas. [7] En general, el exceso de actividad sexual nos hace infecundas; pero esa triste esterilidad no tiene siquiera la ventaja de ser segura; estamos menos expuestas, pero lo estamos aún. El consuelo que pudiera proporcionarnos la ilusión de una criaturilla hermosa, saludable y bien cuidada, se desvanece al contacto de la realidad, que demuestra que un hijo nos imposibilitaría nuestro recurso de existencia, y no ofrecería a nuestros infelices vástagos más que las miserias de la buhardilla y de la calle, y después el inevitable destino de ser de lo más miserable entre los parias; las niñas siguiendo la misma suerte que su madre, los niños pasando a formar en el grupo despreciable de sayones que al servicio de la autoridad nos explotan, nos torturan o nos asesinan.
Los más furiosos apóstoles de la procreomanía recomiendan la fecundidad hasta reventar a las otras mujeres; jamás recurren a buscar partidarios entre nosotras. Todos admiten que hacemos bien en ser estériles; pero ninguno, siquiera sea por humanidad o por falsa moral, piensa en suministrarnos los medios. Hay médicos que sobre este asunto, suelta las bromas más vulgares estúpidas, pero nadie piensa en instruirnos. La policía, tan molesta e impertinente siempre, jamás piensa en obligar a nuestros patronos o explotadores a que nos suministren los medios de higiene sexual, aparatos o productos, más necesarios para nosotras que para las demás; es difícil, si no imposible, instalarlos por nosotras mismas en los tugurios que se nos abandona y de que los propietarios, intermediarios y polizontes sacan grandes beneficios.
Si existiese una administración verdaderamente benévola y tutelar (¡hipótesis absurda!) ese sería su primer cuidado, porque al mismo tiempo que nos salvaría de una maternidad odiosa, nos pondría perfectamente al abrigo del contagio, y con nosotras se librarían también los hombres cuya seguridad sola les interesa. [8] Los preservativos son los mismos para los dos males; pero no solamente no se nos enseñan, sino que los aprendemos únicamente por tradición, mezclados con absurdos inútiles o perjudiciales, y por añadidura se persigue a los propagadores de arte tan estimable. Los filántropos, guiados por sentimientos humanitarios, más aún que los explotadores a quienes inspira el cebo de la ganancia, son objeto de las calumnias y de las tropelías de los locos que gobiernan el mundo.
¡Mujeres que sufrís el triste y peligroso trabajo del amor forzado, sin voluntad; mujeres creadoras involuntarias de innumerables miserias, destinadas a sufrir y morir, atormentadas por el temor de aumentar el número de las víctimas y la intensidad de los sufrimientos, y vosotras, desgraciadísimas, que envejecéis desamparadas, ansiando en vano un poco de esas voluptuosidades cuyo exceso nos abruma, y cuya regular distribución causaría, vuestra felicidad y la nuestra! ¡Unámonos para el buen combate! ¡Conquistemos para todas juntas alegría, seguridad, maternidad dulce y libremente consentida en los límites que indican la procedencia y la ciencia tutelares! ¡Que nuestros sucesores vean en medio de la abundancia maternal del afecto de todos para todos, del culto de todo lo que es verdadero y bello, el principio tan deseado de la era de felicidad universal!

Confidencia recibida por
PAUL ROBIN

Anécdota de un Tratado de Embriología Sagrada, de I.M Griesco Le-Grand, 1848

Es materia esta tan delicada para confesores y médicos, que a pesar de los prodigiosos adelantos de la ciencia sobre esta materia, aún no se atreven los naturalistas a fijar límites a la influencia que puede ejercer la preñez en la moral de la mujer. Se citan casos de mujeres que han robado, asesinado, y hasta han cometido actos de antropofagia. Cítanse también casos de androtomía; casi todos los autores repiten el caso de aquella mujer que se empeñaba en comer el hombro de un panadero a quien había visto desnudo; otras han deseado morder en el pescuezo, el brazo, o la cara a ciertas personas determinadas. Hemos oído referir a la que nos dio el ser, el hecho siguiente, que aunque no es de androtomia, es casi igual. Hallábase embarazada de su primera hija en ocasión que tenían en ceba un hermoso cerdo. Todas las tardes a [63] la hora de dar un pienso al animal, bajaba la señora con una exactitud admirable a verle comer, y después de contemplarle con la vista fija gran rato, se retiraba entristecida, y se ponía a llorar; su esposo que la amaba tiernamente, procuraba con halagos investigar la causa de aquel llanto y tristeza, mas era en vano porque duplicaba el llanto y enmudecía. Pasados muchos días de tan desagradable escena, su esposo la exigió con alguna entereza y resolución le dijese la causa de tan inexplicable tristeza, y entonces tuvo la señora que confesar que su tristeza provenía de que apetecía comer una tajada bien cuadrada, del lomo del cerdo, pero que había de cortársele estando vivo, al tiempo de comerse el pienso. Riéronse todos del capricho, y padre le ofreció que al día siguiente se mataría el cerdo; pero nada menos que eso, porque se opuso tenazmente diciendo que no permitiría que de ninguna manera se quitase la vida a un animalito que ella quería tanto, por lo manso que era. Pasaron algunos días, y la tristeza de madre iba en aumento, lo cual observado por padre; una mañana temprano la llevó a la cama la tajada del cerdo perfectamente cuadrada, del sitio que ella había señalado, afirmándola que se le había cortado estando comiendo el pienso de la mañana; aunque en realidad había sido después de haberle degollado. Con esto desapareció aquel estado lastimoso de la señora, y cosa particular, a su debido tiempo parió una niña la cual tenía cerca del hombro derecho un lunar de una pulgada cuadrada con toda la forma y aspereza del cuero del cerdo, con [64] su correspondiente cerda larga, parecía que estaba dibujado a pincel. Aquí en Madrid hay personas que viven aún, y conocieron a hermana doña Carmen Riesco; y tratan personalmente a madre doña Rosa Le-Grand, la cual no obstante de tener cerca de ochenta años refiere este suceso. A pesar de que cuando murió la hermana teníamos ocho años, conservamos muy viva la idea de aquel raro lunar, que llamaba la atención de todas las personas que por primera vez nos visitaban. La hermana sentía bastante este capricho de la naturaleza, pues se hallaba imposibilitada de llevar vestidos escotados según era moda entonces, y poder lucir su hermoso cuello, y blanca tez.

viernes, 4 de junio de 2010

No puedo enamorarme de ti - Joaquín Sabina

Escucha una cosa

Que te voy a decir
Aunque te duela el alma
Como me duele a mi
Podría engañarte
Si se me diera de ti
El caso es que
No puedo enamorarme de ti
No, no puedo enamorarme de ti
Nadie te roba nada
Nadie ocupa el lugar
De nadie son los besos
Del los labios del mar
De nadie es el camino
Que no mira hacia atrás
Donde se desangran
Las estatuas de sal
No no puedo enamorarme de ti
No no puedo enamorarme de ti
Si quieres quererme
Voy a dejarme querer
Si quieres odiarme
No me tengas piedad
Pero hay una cosa
Que no vas a lograr
Y es hacer negocios
Con la necesidad
No, no no puedo enamorarme de ti
No no puedo enamorarme de ti

Alrededor no hay nada. Joaquín Sabina

El moño, las pestañas, las pupilas,

el peroné, la tibia, las narices,
la frente, los tobillos, las axilas,
el menisco, la aorta, las varices.

La garganta, los párpados, las cejas,
las plantas de los pies, la comisura,
los cabellos, el coxis, las orejas,
los nervios, la matriz, la dentadura.

Las encías, las nalgas, los tendones,
la rabadilla, el vientre, las costillas,
los húmeros, el pubis, los talones.

La clavícula, el cráneo, la papada,
el clítoris, el alma, las cosquillas,
esa es mi patria, alrededor no hay nada

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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